58 segundos (Eclipse)
He visto salir el sol tantas veces que ya no estoy
seguro de haberlo visto nunca. Aparece ante mí como una enorme luz artificial,
demasiado limpia algunos días, demasiado exacta, una lámpara encendida detrás
del decorado de esa Matrix en la que a veces sospecho que vivo. Durante años,
casi todas las mañanas, lo he observado regresar desde el mar, no de repente,
porque el amanecer no sucede de golpe aunque luego lo recordemos así, sino
mediante una sucesión rápida de luces que se corrigen unas a otras: primero una
claridad casi enferma, apenas distinta de la noche; después una línea rojiza
que parece dibujada con desgana en el horizonte; más tarde el naranja, el oro,
el blanco que ya no permite mirar. La hora varía, el tiempo cambia, las nubes
deforman el proceso y lo vuelven más verdadero, pero incluso en la noche previa
al amanecer, cuando todavía no existe nada que pueda llamarse día, se adivina
en el borde del agua una respiración leve, un resplandor fugaz que nos anuncia
que la Tierra va a iluminarse de nuevo. Decimos que sale el sol, como si se
levantara para nosotros, como si hubiera dormido al otro lado del mar y
regresara obediente a cumplir con su trabajo, y esa forma infantil de contarlo
me gusta más que cualquier explicación, porque conserva la ficción de que algo
vuelve, de que no todo lo perdido desaparece, aunque sepamos que somos nosotros
quienes giramos, quienes nos acercamos a la luz con una obediencia de planetas
y de cuerpos que todavía no han aprendido a desconfiar del movimiento.
Me
gusta, en especial, cuando aparece cerca del puerto. Allí puedo imaginar a un
leviatán oculto tras las sombras de la caverna, riéndose desde siempre de los
hombres, no con crueldad, sino con la paciencia de quien conoce el truco y está
cansado de que los demás sigamos llamándolo milagro; un maestro del atrezo que
tira de hilos invisibles, abre una rendija en el telón y coloca ante nosotros
esa luminaria inmensa para que la contemplemos herida por los brazos de las
grúas. Las grúas son importantes, porque impiden que la belleza se vuelva pura,
porque la cortan, la contaminan, recuerdan que el paisaje también trabaja,
carga los contenedores, acumula óxido, gasóleo, voces que no escucho desde la
carretera. El sol nace entre hierros y, durante unos segundos, parece
pertenecer al puerto, como si fuera una mercancía desproporcionada que alguien
hubiera dejado suspendida antes de decidir en qué barco sale. Sé que es una
perspectiva como otra cualquiera, que no tiene por qué ser real y que ni
siquiera puedo saber si la palabra «verdadera» sirve para lo que vemos; aun
así, me gusta pensar que ese alguien indeterminado me concede cada mañana una
imagen distinta, no para que la posea ni para que la olvide, sino para que la
disfrute mientras conduzco, casi siempre demasiado absorto, y note cómo la luz
entra por el parabrisas, toca el salpicadero, se demora un instante en mis
manos y luego desaparece detrás de un edificio o de una curva. Hay amaneceres
más limpios, otros más hermosos, seguro, pero no son este. Este contiene el
puerto, las grúas, el mar apenas entrevisto, el cristal sucio del coche y mi mirada
todavía incompleta; contiene, sobre todo, la sospecha de que la realidad
necesita una escenografía para convencernos.
Si
cambio el viaje, y por lo tanto el espacio desde el que lo contemplo, puedo
verlo salir sobre una montaña, pero entonces es un sol tardío, menos auténtico,
un sol que llega cuando el mundo ya ha empezado sin él. Asoma por encima de la
piedra como una moneda gastada, madura, más pequeña, y no posee la violencia
del que nace desde el agua, quizá porque la montaña lo retiene y lo entrega
cuando ya no quedan dudas sobre el día. Para las montañas prefiero los
atardeceres, cuando vuelvo por la autopista y la luz me hiere la cara desde el
lado izquierdo, siempre el izquierdo, como si hubiera calculado mi posición y
me esperara en el mismo punto para obligarme a entornar los ojos. Me gusta más
porque se esconde. Hay algo tranquilizador en saber que va a ocurrir con una
precisión milimétrica, lo mismo que sucede por las mañanas, pero al revés:
primero la luz pierde espesor, luego se vuelve oblicua, amarilla, casi táctil;
más tarde una claridad final empaña el horizonte y contrasta con la oscuridad
que intuyo mucho más allá, al otro lado de las montañas, donde alguien estará
viendo el mismo sol con otra edad, otro cansancio y tal vez otra idea del
final. Durante unos minutos, los coches parecen desplazarse dentro de una
sustancia dorada y cada parabrisas devuelve un destello distinto, una breve
señal que no significa nada y que, sin embargo, podría confundirse con un
mensaje. Después el astro se hunde y el mundo continúa. Esa continuidad me
desconcierta: el sol desaparece, la luz se retira, la carretera conserva el
mismo ruido y nadie se detiene. Tal vez por eso los atardeceres son más
sinceros que los amaneceres; no prometen un comienzo, muestran una pérdida y
dejan que cada uno decida cuánto quiere pensar en ella.
Por
eso me gusta el sol, aunque, si hablo de atardeceres, tendría que hablar
también de ese sol de postal un poco hortera que puede verse desde el
embarcadero de la Albufera o, si el tiempo y las ganas lo permiten, desde una
barca que avanza por sus aguas poco profundas, casi inmóviles, donde parece
haberse quedado varada una forma antigua de mirar. Es un sol total, sin grúas
que lo hieran ni montañas que lo retrasen, un sol que se duplica en el agua y
parece diseñado para que alguien saque el teléfono. Antes lo habríamos
convertido en postal. Elegíamos una de entre aquellas columnas giratorias de
las tiendas de recuerdos, tanteábamos la cartulina satinada con los dedos,
buscábamos una imagen que se pareciera al estado de ánimo que deseábamos tener
o, al menos, a la verdad ficticia que queríamos enviar. Después había que
comprar un sello, encontrar un bolígrafo, reducir la felicidad a cuatro líneas
porque el espacio imponía una modestia que ahora hemos perdido: «Estamos bien»,
«esto es precioso», «ojalá estuvieras aquí». A veces bastaba con la firma. La
fotografía hacía el resto, no porque demostrara que éramos felices, sino porque
actuaba como metáfora de nuestra ausencia, de la distancia entre quien escribía
y quien recibiría días después aquella prueba tardía de que habíamos estado en
otro lugar. La postal llegaba cuando el viaje quizá había terminado; llevaba
consigo un retraso, una pequeña resistencia del mundo, y ese tiempo era parte
del mensaje. No es que todo tiempo pasado fuera mejor, esa es otra mentira
demasiado cómoda, pero había en aquel gesto un trabajo físico que ahora me
parece íntimo: acercarse al estanco, humedecer el sello, escribir una
dirección, confiar la imagen a manos desconocidas y aceptar que podía perderse.
La felicidad no era instantánea. Tenía que viajar.
Las
redes han machacado aquella forma lenta de recordar. La felicidad ha dejado de
insinuarse para mostrarse entera, la intimidad se ha convertido en una
superficie expuesta y el recuerdo ya no espera al trabajo minucioso de la
memoria; todo se emite mientras todavía está ocurriendo, como si necesitáramos
compartir la vida antes de saber qué hemos vivido. Ahora hay filtros; ahora
somos ese yo desnudo que se ofrece en sacrificio no solo al amigo, sino también
al extranjero, al otro que nos consume sin pudor durante unos segundos y se
ausenta de nosotros con el mínimo movimiento de un dedo. Ya no enviamos una
imagen a alguien: la arrojamos a una multitud sin rostro para comprobar que
existimos en la cantidad de reacciones que provoca. Necesitamos esa aprobación
artificial porque, cuando no llega, la experiencia parece perder densidad, como
si el paisaje no hubiera ocurrido del todo, como si la puesta de sol en la
Albufera necesitara ser contemplada por quienes no estaban allí para
convertirse en verdadera. Quizá por eso fotografiamos tanto el Sol: porque es
lo único que no puede pertenecer a nadie y, aun así, lo cercamos dentro de un
rectángulo, lo recortamos, intensificamos el naranja, borramos una nube,
enderezamos el horizonte y escribimos debajo una frase que intenta hacerlo
nuestro. Nadie mira ya el Sol en la fotografía; miramos a quien la publica, la
vida que quiere atribuirse, el lugar desde el que nos dice, sin decirlo, que
está bien lo que hace, que es ella o él quien va a enseñarnos cómo debemos
mirar. Y nosotros les concedemos ese poder. Hemos convertido a desconocidos en
una especie de chamanes domésticos, sacerdotisas del amor, sacerdotes de lo
real, visionarios de una trascendencia fabricada con veinte segundos de vídeo;
elevamos hologramas sin léxico, cuerpos construidos con esmero para parecer
espontáneos, iluminados sin revelación alguna, y después obedecemos su forma de
mirar como si detrás de la pantalla hubieran descubierto algo que nosotros no
alcanzamos a comprender. Es un mal de nuestro tiempo, supongo, aunque tampoco
puedo colocarme fuera de él. Yo no suelo publicar esas fotografías, pero sería
ridículo utilizarlo como prueba de pureza: estoy escribiendo esto, al fin y al
cabo, para mostrarme, para buscar vuestra aprobación, quizá incluso para
convencerme de que soy diferente. Tal vez solo sea otro imbécil refugiado en la
gramática, alguien que utiliza las palabras para vestir de pensamiento lo que
podría no ser más que una necesidad bastante elemental de ser leído, de sentir
que al otro lado existe alguien y, en el mejor de los casos, alimentar la
estupidez de creer que alguna de estas frases puede hacerlo un poco más feliz.
También yo he fotografiado amaneceres desde el coche, he repetido tomas, he
esperado a que las grúas ocuparan el lugar exacto, he eliminado imágenes porque
la luz no se parecía a la que recordaba, aunque aquella hubiera sido la luz
exacta que existió para mis ojos. Después ni siquiera miro esas fotografías.
Tengo decenas de álbumes en un orden impecable, muertos en una nube de píxeles
a la que no creo que regrese nunca; las fotografías no estimulan mi bondad, no
me hacen más feliz, ni siquiera consiguen avivar la añoranza de aquello que
pretendían conservar. Quizá las acumulamos porque seguimos creyendo que guardar
una imagen es guardar una parte del tiempo, aunque sepamos que no es cierto. La
memoria también utiliza filtros, solo que tarda más en aplicarlos.
Aquí
quiero detenerme un segundo, solo uno, porque necesito literaturizar un eclipse
y todavía no sé muy bien qué significa hacerlo. Parece que hasta ahora me he
limitado a glosar la belleza poética del Sol, pero sin Sol no hay eclipse y,
sin embargo, será la Luna quien haga visible su ausencia, quien proyecte sobre
nosotros una sombra que en realidad tampoco le pertenece. Estaremos dentro de
un coche, en la loma de una montaña, en una terraza o sobre un barco detenido
en el mar; da lo mismo, porque el eclipse hace días que lo acapara todo,
fagocita cualquier pensamiento y ocupa cualquier imagen que proyectemos sobre
el miércoles 12 de agosto de 2026. Hablo del Sol, sí, pero sé que será la Luna
quien tome, invisible, las riendas de la historia. No me interesa explicar la
mecánica: la Luna interpuesta, las órbitas, la reducción gradual de la luz;
para eso existen diagramas, pronósticos, mapas que señalan con precisión por
dónde pasará la sombra y relojes capaces de decirnos, casi con insolencia, el
segundo exacto en que empezará y terminará la oscuridad. Veo incluso que el
Ministerio ha publicado una aplicación en la que podemos consultar qué
porcentaje de esa sombra alcanzará esta parte minúscula del mundo: un noventa,
un noventa y cinco o un cien por cien, como si también aquí necesitáramos una
cifra que midiera la experiencia, como si contemplar un noventa por ciento del
eclipse fuera haber asistido solo a una parte de algo que, para ser vivido de
verdad, exigiera la oscuridad completa, el descenso de la temperatura, la luz
abandonando el cuerpo cuando el cuerpo todavía espera que sea de día. Tampoco
quiero convertirlo en símbolo tan pronto. Un eclipse llega ya demasiado cargado
de símbolos: fin del mundo, castigo, revelación, muerte provisional del astro,
animales que se inquietan y hombres que durante siglos golpearon metales,
tocaron tambores o gritaron para espantar aquello que creían que estaba
devorando al Sol. La ficción suele acercarse a estas cosas con hambre,
dispuesta a apropiárselas antes incluso de que sucedan, pero quizá el reto
consista en resistirse, en esperar a que la oscuridad diga algo antes de
obligarla a significar aquello que nosotros habíamos decidido de antemano. Hace
unos días el Sol estaba en todo lo alto, sin la belleza inaugural del amanecer
ni la solemnidad del ocaso, un Sol vulgar de agosto que aplastaba los colores,
calentaba las fachadas y parecía incapaz de desaparecer; sin embargo, mientras
lo observaba desde la sombra, comprendí que todo un país estaba preparando su
ausencia. Personas que apenas levantan la cabeza del teléfono consultaban
mapas, buscaban horizontes despejados hacia el oeste, compraban gafas negras,
reservaban habitaciones, alquilaban barcos y calculaban desplazamientos para
situarse con exactitud dentro de una franja invisible trazada no por una
carretera, una frontera, una lengua o una guerra, sino por la sombra de la
Luna. Y quizá fuera eso lo que empezaba a inquietarme: necesitábamos estar
allí, verlo, fotografiarlo, demostrar que habíamos sido alcanzados por la
sombra, apropiarnos también de aquellos segundos y convertirlos después en una
imagen que alguien contemplaría desde otro teléfono. Me pareció entonces que el
eclipse ya había empezado. No en el cielo, todavía, sino entre nosotros. De
alguna manera habíamos encontrado una forma visible para algo que llevaba
tiempo ocurriéndonos, para ese vacío cada vez más difícil de nombrar en que
parece estar convirtiéndose la vida, para ese narcisismo extraño en el que el
otro existe sobre todo como espectador de nosotros mismos. Sí, pensé, el
eclipse ya está entre nosotros; quizá por eso necesitamos con tanta
desesperación mirar hacia arriba. Y era inevitable, ya han aparecido quienes
pretenden explicarnos qué veremos cuando lo hagamos. Los mandarines cantan
desde sus púlpitos, entonan las plegarias de la buena nueva y administran por
anticipado nuestra capacidad de asombro. Ellos deciden qué imagen será
memorable, qué emoción debemos sentir, qué palabras utilizaremos después para
contarla. Tocarlos parece imposible; ellos son los tocados, los ungidos de esta
liturgia contemporánea, los que vociferan que llega una nueva era mientras la
Luna, indiferente a todos nosotros, continúa avanzando hacia el Sol.
En
cualquier caso, intento concentrarme en unos preparativos que no sé si van a
llegar a buen fin. Sé que se acerca un hecho inconcebible, monstruoso incluso
en el sentido antiguo de la palabra, algo que ninguno de los que conozco ha
vivido antes y que, sin embargo, llevo días reduciendo a horarios, porcentajes,
mapas, gafas y previsiones meteorológicas. Observo el final del día desde mi
atalaya con la esperanza absurda de que el Sol se espere, de que retrase unos
minutos su caída hasta que todo haya sucedido, pero son las ocho y la montaña
ya empieza a morderle los pies. Me quedo mirando esa imagen, un Sol que parece
querer esconderse antes de tiempo detrás de la gran muralla de pinos y
arbustos, y me imagino allí, caminando entre la maleza con este bochorno
insoportable de agosto, apartando ramas secas, respirando el olor recalentado
del romero y del orégano, ese aroma casi áspero que desprenden las plantas
cuando llevan demasiadas horas soportando el verano. Desde aquí, entre las
casas y la montaña, tampoco encuentro un resquicio por el que pueda escapar la
mirada y alcanzar la plenitud de aquello que todavía desconozco. El plan, en
principio, era sencillo: prepararme para disfrutar de la noche justo antes de
que llegara la noche; pero sería, según creo, una oscuridad distinta,
artificial, aunque no tenga nada de artificio, una noche que nos alterará
porque el cuerpo no la espera, que llegará antes de su hora y desaparecerá unos
minutos después para devolvernos a otro atardecer y, enseguida, a la noche verdadera.
Todo resulta un poco demencial para un organismo acostumbrado desde mucho antes
de saber que existe a confiar en los ciclos: amanecer, luz, ocaso. Oscuridad.
¿Qué significa entonces que la tarde se rompa? ¿Qué puede sentir el cuerpo
cuando durante unos instantes aquello que ha aprendido como una ley deja de
cumplirse? ¿Tendré frío? Mientras pienso en ello, la belleza salvaje que tengo
delante —ese fulgor de colores que ningún filtro consigue retratar con
fidelidad y que la literatura, por mucha soberbia que tenga, apenas puede
perseguir— me deja absorto, lleno de ideas que se atropellan y que, sospecho,
acabarán formando parte de unos preparativos que quizá no lleguen a
materializarse. Porque debo ser sincero conmigo mismo: no; el eclipse no lo
veré desde esta ventana. Tendré que franquear la montaña, buscar el otro lado,
perseguir durante unos kilómetros un Sol que se me está escapando mientras
escribo. Los pinos, la maleza y esa elevación que cualquier otro día apenas
forma parte del paisaje se han convertido de pronto en una barrera entre mi
deseo de mirar y la indiferencia absoluta de la naturaleza. Son las ocho y
cuarto y el Sol ya no es apenas un círculo: queda de él un resplandor extendido
sobre el horizonte irregular que se alza enorme ante mí. Y entonces comprendo
que tampoco soy el único que se está preparando para perseguirlo.
Lo
primero que he descubierto es que hemos conseguido convertir también la
oscuridad en un mercado. Todo se mercantiliza; todo acaba convertido en una
feria, incluso aquello que durante unos segundos debería pertenecernos por
igual y sin intermediarios. Quizá sea ese nuestro bazar de los pobres: la
ilusión de poseer algo único, de participar por una vez en una experiencia
irrepetible que nadie ha fabricado y que, por esa misma razón, parecía a salvo.
Pero no sabemos hacerlo. Hay una necesidad de rebaño, casi una obediencia, que
nos empuja a gastar, a comprar, a reservar, a creer que pagando nos acercamos
durante unas horas a esa otra ilusión, mucho más antigua, de vivir como los
ricos, de disponer del lugar exacto, de la vista privilegiada, del instante que
los demás tendrán que contemplar desde algún sitio peor. Esta mañana, las
primeras seis noticias del periódico hablaban del eclipse; el incendio de
Castellón refulgía, distante, en un breve bajo la cabecera del diario, reducido
casi a una anomalía incómoda dentro de la celebración que se aproxima. Todo es
confuso en el mercado: el fuego real arde en unas montañas mientras nosotros nos
preparamos para comprar la oscuridad de otras. El Gobierno y la ONCE han
repartido dos millones de gafas especiales, dos millones de pequeños
rectángulos casi opacos que servirán para mirar aquello que, por exceso de luz,
no puede mirarse. Hay algo extraño en esa imagen: millones de personas
cubriéndose a propósito los ojos de oscuridad para poder ver el Sol. También
hay gafas falsas, claro; no podíamos permitir que un acontecimiento semejante
ocurriera sin falsificaciones, sin vendedores capaces de imprimir una
certificación tranquilizadora sobre un plástico dudoso, como si incluso la
retina pudiera someterse a esa confianza ciega que hemos aprendido a depositar
en una pantalla, un sello o unas cuantas estrellas de valoración. Los hoteles
han subido de precio dentro de la banda de totalidad y una noche en Soria, que
cualquier otro día podía costar poco más de cien euros, ha llegado a acercarse
a los novecientos. No importa demasiado estar en el centro exacto de la sombra;
basta con encontrarse dentro. Una línea que nadie puede ver separa de pronto
habitaciones baratas de habitaciones carísimas, pueblos casi vacíos de pueblos
llenos y carreteras normales de carreteras que la DGT espera ver saturadas.
Incluso se alquilan terrazas y balcones como palcos privilegiados. Siempre
hemos comprado las vistas de postal —una habitación frente al mar, una mesa
junto a una ventana, el piso alto desde el que se distingue la montaña—, pero
esto es distinto, durante unos minutos no compramos el paisaje, compramos una
posición geométrica respecto al universo. Pagamos por estar justo allí donde la
Luna va a borrar el Sol. Y yo, mientras tanto, observo todo desde una rutina
casi sin gente, aislado, escuchando los sonidos blancos del exterior, como si
la multitud se hubiera desplazado ya hacia un acontecimiento que todavía no ha
sucedido y me hubiera dejado aquí, al margen, mirando cómo también la sombra
aprende a tener precio.
En
Mallorca ocurre algo todavía más hermoso y más absurdo: las plazas para
contemplar el eclipse desde el mar llevan días agotándose —catamaranes,
golondrinas, embarcaciones de alquiler— y Salvamento Marítimo prepara un
dispositivo especial porque centenares de barcos saldrán a buscar un horizonte
limpio. Me imagino el agua llena de motores, copas de plástico, teléfonos
levantados, niños con gafas de cartón, patrones intentando mantener la
distancia mientras todos miran hacia el mismo punto, como si el mar entero
hubiera decidido orientarse por unas horas hacia una ausencia que se adivinará
sobre el mismo horizonte que ayer ardía en tonos rojizos. Han recomendado que,
cuando llegue la oscuridad, las embarcaciones mantengan encendidas sus luces de
navegación. Cuando todo acabe y vuelvan a puerto, me pregunto si el mar quedará
convertido en un pequeño vertedero de cartones que flotarán hasta el día
siguiente y alterarán, siquiera durante unas horas, la visión que del universo
tienen los peces: ese sería su eclipse. Vuelvo entonces al principio de este
relato, a mi Sol artificial detrás de la Matrix, y no puedo evitar sonreír: la
estrella que lleva iluminándonos desde mucho antes de que fuéramos capaces de
nombrarla desaparecerá durante unos segundos y nosotros responderemos
encendiendo pequeñas bombillas ridículas sobre el mar. No hay ironía en el
universo, supongo; la ponemos nosotros. También han advertido de que las gafas
no deben mojarse, que los patrones no se distraigan mirando el cielo, que las
bengalas solo se utilicen en una emergencia real. Todo necesita un protocolo.
Incluso lo sublime. Quizá eso sea vivir ahora: prever la emoción, señalizarla,
asegurarla, cobrarla, delimitar su aforo y dejar preparado un teléfono para
demostrar después que estuvimos allí. Y no lo dudo, habrá personas que, cuando
llegue el momento, se distraigan mirando el suelo de fibra del barco o
contemplen el eclipse a través de la pantalla del móvil, fotografiando aquello
que tienen delante sin llegar a mirarlo, subiendo imágenes apresuradas o compartiendo
otras que ni siquiera hayan hecho, contando una experiencia mientras todavía
está ocurriendo y, por tanto, dejando en parte de vivirla. Todo se volverá
confuso en esa noche anticipada que se nos viene encima, una oscuridad fuera de
hora, incontrolable e imparable, porque la naturaleza no distingue edades, no
entiende de oportunidades ni sabe que llevamos meses esperándola. El miércoles
la sombra llegará de todos modos. Y sé que, durante unos instantes, también el
mar se oscurecerá.
La
noche acaba de cernirse sobre la arboleda y sé que no es ningún eclipse, sino
la noche de siempre, algo del todo natural que vuelve a atraparme en este
instante exacto en que estoy escribiendo. No cuento nada, en realidad, y sin
embargo también esto es literatura, del mismo modo que lo es contar la historia
de dos amantes, la ausencia del amor o un asesinato en un edificio de Nueva
York. Experimento con las imágenes y con las palabras, las dejo avanzar sin
saber del todo adónde me llevan, intentando crear una atmósfera que atrape a
ese lector que quizá haya llegado hasta aquí esperando que, en algún momento,
describa el eclipse. Empiezo entonces buscando otros eclipses y termino en
1905. El 30 de agosto de aquel año la sombra atravesó España por una
trayectoria muy parecida a la que seguirá ahora; duró casi cuatro minutos en su
zona máxima, llegaron más de veinte expediciones científicas extranjeras y
acabó siendo conocido como «el eclipse español». La expresión me gusta porque
contiene una apropiación imposible: ni español ni francés ni de nadie, pero
durante unos minutos el cielo parece aceptar nuestras fronteras y permite que
le pongamos apellidos. En 1912 hubo otro eclipse, brevísimo y extraño, y Josep
Comas Solà se desplazó a O Barco de Valdeorras con una cámara cinematográfica
Pathé. Lo imagino emocionado, con bombachos y algún gorro de explorador que
quizá nunca llevó, pertrechado para la que podía convertirse en una de las
aventuras de su vida, vigilando el cielo mientras una máquina todavía
rudimentaria intentaba conservar aquello que sus ojos estaban a punto de ver. A
simple vista creyó percibir un instante de totalidad; la película demostró
después que no había sido así, que la franja completa había pasado unos
kilómetros más al sur. Me quedé mucho rato pensando en eso. El ojo dijo una
cosa y la imagen dijo otra. Yo llevo páginas defendiendo la mirada frente a la
fotografía, acusando a las redes de convertir el mundo en representación, y resulta
que hace más de un siglo una película tuvo que corregir la memoria de un
astrónomo. Tal vez el problema no sea la imagen, sino la fe que depositamos en
ella, del mismo modo que depositamos una fe absurda en nuestros propios ojos. O
quizá para Josep sí hubo un eclipse total, aunque solo durara dentro de él el
instante en que creyó estar viéndolo. La película corrigió la ilusión de la
visión, no por fuerza la experiencia. Y el celuloide revelado después, esa
sucesión de imágenes que adquirió autoridad sobre sus ojos, no deja de ser
también otra representación, un antepasado químico de esta enorme combinación
de bits y píxeles con la que hoy pretendemos fijar el mundo. Vemos, recordamos,
fotografiamos y después elegimos cuál de esas versiones merece llamarse
realidad. Entonces llega la literatura y lo empeora todo —o quizá lo mejora—,
porque la imaginación transforma una anécdota en recuerdo y me permite inventar
otro yo en el año del Señor de 1905, o en 1912, o unos años después, ya en
1916, un yo que fui y que combatió en Verdún, que murió en la oscuridad
insalubre de una trinchera o bajo el fragor de una batalla donde los eclipses
debían de sucederse todos los días, a todas horas, entre el humo, el barro y
aquella niebla química que convertía el cielo en una superficie opaca. Quizá
fui uno de aquellos miles de hombres que desaparecieron sin comprender
demasiado bien por qué morían, mientras otros decidían la guerra lejos del
barro, y después me reencarné en otro cuerpo sin memoria, y luego en otro, hasta
terminar aquí, delante de esta ventana, escribiendo sobre un Sol que no consigo
ver porque estos bosques, que mi imaginación acaba de alimentar con aquellos
muertos, van a impedirme contemplar su desaparición. La idea es absurda, lo sé,
pero ¿por qué habría de resultarme más extraña que un eclipse? También él consiste,
al fin y al cabo, en una cuestión de posiciones, en un cuerpo que se interpone
ante otro y consigue hacernos creer durante unos instantes que aquello que
permanece ha desaparecido. Tal vez las imágenes que vemos no sean más que eso,
proyecciones sobre alguna pared que seguimos confundiendo con el mundo, sombras
chinescas de una caverna mucho más sofisticada que la de Platón, una Matrix que
ahora llevamos incluso en el bolsillo. Dentro de un año, el 2 de agosto de
2027, habrá otro eclipse total en el sur de España; después no volverá a verse
uno total desde aquí hasta 2053. Más de un siglo de espera, dos eclipses
separados por menos de doce meses y, después, otra pausa de veintiséis años.
Para entonces quizá ya no esté, o quizá sea un niño que contemple por primera
vez aquella oscuridad sin recordar que alguna vez fue este escritor sentado
frente a una ventana, asombrado por las proyecciones de una pared. La rareza,
como casi todo, depende del lugar desde el que se mira.
Sigo
preparándome, leyendo, viendo entradas de X o revisando artículos de opinión.
Todos quieren ocupar un lugar en este entramado, como si el verano no
permitiera pensar más que en una oscuridad que nos llegará con certeza. Así me
encuentro con la ciencia que se empeña en desnudar el fenómeno y reducirlo a
una anomalía del calendario prevista al segundo, y acaba haciendo literatura
cuando uno se detiene en los detalles. Durante la totalidad podrá verse la
corona, esa atmósfera blanca del Sol que está siempre allí y que no vemos
porque su propio brillo la oculta. Me parece difícil encontrar una paradoja más
limpia: necesitamos que el Sol desaparezca para poder contemplar una parte del
Sol. Y entonces la imagen podría ampliarse todavía más, como si separáramos los
dedos sobre una pantalla táctil y el cielo admitiera nuestro gesto, hasta
descubrir detrás de esa primera visión otra geografía, la lunar, que durante
unos instantes se convierte en verdadera protagonista. Montañas, cráteres,
valles, accidentes que suelen permanecer reducidos a nombres sobre un mapa
adquieren de pronto una función visible y convierten el eclipse en una
superposición de escalas: miramos el Sol y estamos viendo la Luna; miramos la
Luna y descubrimos, gracias a la luz que consigue escapar por sus bordes, un
relieve situado a cientos de miles de kilómetros. Por eso, antes de la
oscuridad completa, la última luz atravesará los valles y las irregularidades
del borde lunar y formará las llamadas perlas de Baily, pequeños destellos que
son, en realidad, la consecuencia luminosa de aquellas montañas y hendiduras;
durante un instante puede quedar un único punto, el anillo de diamante, una
cursilería nominal que, sin embargo, debe de resultar bellísima cuando ocurre
de verdad. Otra vez el lenguaje se apodera del dato. La ciencia proporciona las
posiciones, las distancias o las intensidades, pero basta con nombrarlas para
que dejen de ser solo cifras. Perlas, corona, diamante. La palabra transforma
el fenómeno en acontecimiento del intelecto y lo contamina de belleza poética,
quiera o no. En 1919, además, un eclipse permitió fotografiar estrellas que
parecen próximas al disco solar y comprobar que su luz llegaba desplazada,
curvada por la gravedad, uno de aquellos episodios que ayudaron a confirmar una
de las predicciones de la relatividad general de Einstein. Otra vez lo mismo,
hubo que ocultar lo más brillante para percibir aquello que la claridad impedía
ver. Parece la estructura de un poema, una figura retórica demasiado perfecta
para haber sido inventada por un escritor, incluso una sucesión de notas que
solo adquieren sentido cuando llega el movimiento completo de la sinfonía y
comprendemos que la ciencia, sin proponérselo, también construye imágenes.
Quizá por eso me cuesta aceptar la asociación sencilla entre luz y verdad,
oscuridad y engaño. Hay luces que ciegan y sombras que revelan. Lo sabemos
desde siempre y, sin embargo, seguimos utilizando las mismas metáforas morales,
como si la claridad fuera buena por fuerza y todo lo oscuro necesitara una
explicación.
El
cuerpo parece saberlo antes que nosotros. En los eclipses totales la
temperatura puede bajar, el color del mundo cambia y la visión se adapta con
una rapidez que no siempre alcanzamos a interpretar; los rojos pierden fuerza,
los azules y verdes pueden adquirir una presencia extraña, y el paisaje empieza
a parecerse a sí mismo sin llegar a ser el mismo. No quiero olvidar que todo lo
vivido a través de los sentidos es ya una interpretación del mundo, quizá la
primera y más poderosa de todas. Algunas aves se callan o buscan refugio, los
grillos comienzan a cantar o enmudecen desconcertados, las abejas regresan a la
colmena como si alguien hubiera adelantado la noche. En algún zoológico se han
observado tortugas que empiezan a aparearse, flamencos que agrupan a sus crías
y animales nocturnos que despiertan; otros, en cambio, siguen tumbados,
indiferentes al acontecimiento que a nosotros nos parece capaz de detener el
mundo. Me gusta esa indiferencia. Nos devuelve una medida que quiero
comprender. El eclipse no ocurre para nosotros; ocurre también sobre las
hormigas, las hojas, los perros que quizá se inquietarán sin comprender por
qué, el agua que perderá durante un momento su brillo habitual. Y tal vez
nuestra emoción proceda de ahí, de que durante unos segundos el cuerpo comprenda
que pertenece a la misma noche equivocada que los demás seres vivos. No será
una idea. Será la piel notando menos calor, la pupila abriéndose, un ruido de
pájaros que desaparece o un grillo que se adelanta unas horas.
He
encontrado, incluso, un estudio que analizó a casi tres millones de usuarios de
Twitter durante el eclipse de 2017 en Estados Unidos. Quienes estaban dentro de
la franja de totalidad —ese nombre que asusta porque parece abarcar, en una
sola palabra, todo lo humano y lo cósmico, un concepto que ahora repetimos con
naturalidad y que, sin embargo, a mí me inquieta porque no consigo abarcarlo—
expresaron más asombro y utilizaron, en conjunto, menos lenguaje centrado en el
yo y más palabras relacionadas con los otros, con la pertenencia, la humildad,
la cooperación. Me hizo gracia que la prueba apareciera justo en la red que hoy
llamamos X, uno de aquellos lugares donde el yo aprendió a fabricarse a sí
mismo en público, ese yo absoluto, soberano de una casa sin paredes y sin nadie
alrededor, sin padres, hermanos ni vecinos, apenas una sala del trono donde
Narciso se contempla en todos los espejos que tiranizan nuestra realidad. Tal
vez sea demasiado hermoso para creerlo sin reservas, pero la idea me interesa:
basta con que una sombra atraviese el Sol para que durante unos minutos
disminuya el pronombre «yo», para que se produzca una primera ausencia de
mismidad, breve e incontrolable incluso para el profesional de la postura, para
quien ha aprendido a existir solo cuando alguien lo mira. He proclamado ante
vosotros que las redes convierten la felicidad en una exhibición ridícula y
ahora resulta que un fenómeno observado y comentado puede producir el
movimiento contrario, sacar al individuo de su escaparate y devolverlo por un instante
a una multitud que contempla lo mismo, siempre que sea capaz de mirar algo más
allá de sí mismo. No sé cuánto dura ese efecto. Quizá justo lo que tarda
alguien en hacer una fotografía, elegir un filtro y escribir debajo que ha
vivido una experiencia inolvidable. Tampoco importa demasiado. Incluso si dura
cincuenta y ocho segundos, cincuenta y ocho segundos sin necesidad de ocupar el
centro me parecen una forma modesta de trascendencia.
Los
antiguos, por supuesto, no necesitaban estudios psicológicos para saber que
algo se alteraba. En China imaginaron un dragón devorando el Sol y golpeaban
tambores para obligarlo a traerlo de vuelta; otras culturas inventaron lobos,
ranas, jaguares, demonios. Hay pueblos que hicieron ruido y otros que eligieron
el silencio, como yo, que apenas escribo para intentar entender el mundo en que
me desenvuelvo, intrigado siempre por el aliento de los otros, por las formas
distintas que hemos encontrado para soportar aquello que no comprendemos. Me
gustan los Diné, que viven el eclipse como un momento sagrado de recogimiento y
renovación, un tiempo en el que no se sale a contemplar el espectáculo, porque
mirar no es la única forma de participar en él. Quizá este silencio que
requieren las palabras sea también una manera de acercarme a la noche que se
cernirá sobre mí; las palabras pueden encerrar un universo entero de imágenes,
sugerencias, verdades y mentiras, y acaso esa distinción termine por importar
poco, porque la literatura trabaja en ese territorio incierto donde lo
verdadero y lo imaginado se confunden hasta crear una realidad que antes no
existía. Esos contrastes entre las maneras de vivir lo que se aproxima me
obsesionan. Unos recorrerán cientos de kilómetros para mirar; otros se
apartarán de la ventana. Unos comprarán gafas; otros cerrarán los ojos. Tal vez
toda cultura tenga que decidir qué hace cuando aquello que garantiza el día
deja de cumplir, durante unos minutos, su función. También he encontrado, cómo
no, páginas que hablan de portales, energías, ciclos personales, arcángeles y
señales destinadas a quien lee, una angelología digital que mezcla tradiciones
antiguas, astrología y lenguaje de autoayuda. No sé qué hacer con los ángeles,
pero sí con la necesidad que los inventa o los convoca; cuesta aceptar que un
acontecimiento tan desmesurado no tenga nada que decirnos a nosotros en
particular. En algunas de esas creencias, los ángeles, con sus nombres y sus
jerarquías, acompañan a nuestros muertos en una dimensión que algunos creen
conocer y otros apenas podemos imaginar. Y entonces pienso en mi padre. Es
posible que me alumbre todavía, que sea de alguna manera ese anillo de luz que
consigue romper la oscuridad de algunos días; no necesito saber si es cierto,
me basta por un instante con permitir que la imagen exista. La astronomía
afirma que la Luna pasa delante del Sol; el individuo, incapaz de conformarse
con una explicación tan perfecta, pregunta qué parte de su propia vida debería
quedar también a oscuras y qué puede permanecer detrás de esa sombra. Quizá la
espiritualidad empiece en esa desproporción, en creer —o solo desear— que una
geometría celeste pueda tocar nuestras biografías, aunque solo sea porque
durante un minuto nos obliga a pensar en ella.
Pero
he de aceptar que, en el fondo, también yo busco un significado personal,
quiero averiguar qué significa todo esto en mi vida, ahora, en este momento en
que empiezo a comprender algunas pautas del universo y soy capaz de escucharme
sin sentir vergüenza. Ese significado, en cualquier caso, no sería el de la muerte
del Sol ni el de un renacer, demasiado grandes, demasiado manidos, ligados al
discurso aprendido, a la historia, a los mitos, a todas esas explicaciones que
estaban allí mucho antes de que nosotros levantáramos la cabeza para mirar.
Demasiado útiles, quizá, demasiado dispuestas a explicarnos lo que todavía no
entendemos. Me quedaría con lo que permanece detrás de aquello que se oculta,
con la idea de que algo puede seguir existiendo y, sin embargo, dejar de ser
visible; que perder de vista no equivale a quedarse sin nada; que una presencia
puede permanecer intacta detrás del cuerpo que se interpone, detrás incluso de
esa otra vida que continúa en nosotros y que, al mismo tiempo, pertenece ya a
quien se ha ido. Estamos acostumbrados a creer lo contrario porque nuestra
época ha identificado hasta tal punto la existencia con la exposición que, si
algo no aparece, si no se publica, si no recibe respuesta, parece que no
sucede. El eclipse dice durante unos segundos que la realidad puede continuar
detrás de una superficie opaca. ¿Seguirá siendo la misma cuando termine el
eclipse o será nuestra mirada la que habrá cambiado? El Sol no se apaga, no
disminuye, no nos abandona; queda fuera de nuestra línea de visión. Es así de
simple y, a la vez, cuesta aceptarlo. Porque esa ausencia muestra cosas que la
presencia completa escondía: la corona, las estrellas, quizá Venus, quizá una
parte de nosotros que solo aparece cuando dejamos de ocupar todo el espacio. No
sé si eso es espiritual. Puede que sea tan solo una manera de leer un fenómeno
físico, pero toda lectura personal comienza de algún modo así, acercando a
nuestra vida algo que no nos pertenece y permitiendo que durante unos instantes
la roce, la altere o ilumine una zona que antes quedaba fuera de nuestra mirada.
La diferencia, intuyo, está en no confundir la metáfora con la causa. La Luna
no cubre el Sol para enseñarme nada. Soy yo quien, al verla hacerlo, le
atribuye todos los significados que mi imaginación es capaz de crear, de
escribir y, acaso por eso, de vivir.
Hoy es
12 de agosto. Quiero que este texto aparezca alrededor de las siete de la tarde
y eso modifica su final porque, si lo estás leyendo poco después de que se
publique, el eclipse estará a punto de comenzar en esa franja que atraviesa
España y que llevamos días viendo reproducida en mapas, periódicos y pantallas:
la Luna empezará a morder el disco solar hacia las siete y treinta y ocho y,
desde entonces, faltará algo menos de una hora para la totalidad. Hacia las
ocho y treinta y dos, el Sol estará tan bajo que habrá que buscarlo cerca del
horizonte oeste-noroeste, a unos cuatro grados de altura; durante menos de un
minuto, alrededor de cincuenta y ocho segundos, desaparecerá por completo para
quienes estén dentro de ese canal de oscuridad. Me gusta que el relato entre en
circulación antes que la sombra, apenas un poco antes, y hay algo en ese
paralelismo de tiempos —el eclipse avanzando mientras el texto empieza a ser
leído— que me conduce a un lugar difícil de explicar, a ese espacio íntimo que
existe justo después de publicar, cuando el temor al fracaso queda suspendido
porque todavía no hay noticias, no sé si os va a gustar, no sé siquiera qué
pensaréis, pero sé que en algún lugar alguien ha empezado a leer y que desde
ese instante estas palabras ya no me pertenecen del todo. Durante ese tiempo el
fenómeno y el relato avanzarán a la vez: alguien podrá leer sobre las gafas
mientras lleva unas en el bolsillo, sobre los barcos mientras una embarcación
busca sitio frente a Mallorca, sobre las habitaciones de Soria mientras otro
mira el cielo desde una ventana por la que ha pagado demasiado. Después llegará
un momento en que el texto se quede atrás porque ninguna literatura puede
mantenerse pegada para siempre al presente, salvo quizá uno de esos cuentos de
Borges que no deja nunca de escribirse, que incorpora cada acontecimiento en el
mismo instante en que sucede y lo transforma de inmediato en ficción, un libro
imposible que tendría que seguir creciendo mientras el mundo existiera. Este no
puede hacerlo. En algún momento la luz empezará a faltar más deprisa de lo que
yo pueda escribir. Y quizá esa sea la verdadera magia de esta historia: a
partir de ese instante la estás terminando tú. Yo, mientras tanto, puedo estar
pensando en que este verano apenas he rozado el Mediterráneo, ese mar que añoro
ahora mismo y que a veces siento reclamar mi cuerpo en sacrificio, como si
conservara una memoria anterior a mí, una pertenencia que no consigo explicar.
Sería entonces una especie de Odiseo posmoderno, deconstruido, demasiado
pendiente de sus propias reflexiones sobre el destino y sobre esta extraña
tragedia de vivir añorando siempre algún final, aunque bastante más inútil que
el verdadero, porque en mi caso no habría cuerdas ni mástil capaces de impedir
que me entregara al canto de las sirenas; querría arrojarme a sus aguas con la
misma atracción irracional que siento algunas veces cuando me asomo desde
demasiada altura y el vértigo me desgarra el vientre, no porque quiera caer,
sino porque el vacío ejerce durante un segundo una llamada física,
incomprensible, una invitación del cuerpo a mezclarse con aquello que contempla.
Quizá con el mar ocurra algo parecido: regresar a él, hundirme, desaparecer
unos instantes bajo la superficie, imaginar incluso que mi materia terminará
algún día alimentando esas praderas de posidonia que oscilan en el fondo sin
saber nada de eclipses, de literatura ni de nosotros. En mi horizonte, sin
embargo, no hay mar. Hay maleza entre los pinos.
No
puedo asegurar dónde estaré cuando ocurra. Podría buscar un lugar alto,
regresar a la Albufera, quedarme cerca de la ciudad o terminar en cualquier
campo desde el que el horizonte se abra lo suficiente. Desde luego intentaré no
quedarme en el bosque, o sí, todavía no lo sé; tampoco sé si haré fotografías.
Es probable que saque el teléfono, encuadre, corrija la inclinación y robe al
eclipse una imagen que después no volveré a mirar, como si en ese instante
todavía creyera que fotografiar algo sirve para conservarlo. Es posible incluso
que, en el último momento, gire la cabeza hacia la habitación y busque sobre la
pared algún reflejo de mi padre, una forma absurda y privada de comprobar si
también él participa de esa oscuridad. Los muertos tienen halo. Da lo mismo, o
quizá no, porque lo que de verdad quiero recordar es cómo cambia el color de la
piel, el sonido que haga el mundo, la primera reacción de quienes estén cerca,
la temperatura, ese instante brevísimo de totalidad en el que las gafas dejan
de ser necesarias porque la Luna ha cubierto por completo el disco brillante
del Sol y los ojos, solo entonces y durante unos segundos, pueden mirar sin
intermediarios. Quiero comprobar si el silencio existe o si todos gritamos; si
pienso en algo importante o, como sospecho, no pienso en nada; si miro de
verdad, si aparto los ojos, si estoy acompañado o descubro que, incluso rodeado
de gente, hay experiencias que suceden a solas. Me inquieta también que,
llegado el momento, aparezca en mi cabeza algo mucho menos solemne: preguntarme
si este relato, leído dentro de treinta años, conservará algún sentido o habrá
envejecido como las gafas de cartón flotando al día siguiente en el agua de
Mallorca, residuo de una emoción que durante unas horas nos pareció
irrepetible. He escrito miles de palabras para acercarme a cincuenta y ocho
segundos y quizá esa sea la verdadera desproporción de este relato: toda esta
literatura levantada alrededor de un instante que no necesita ninguna palabra
para suceder. A las 20:32 la Luna terminará de colocarse delante del Sol, la
corona aparecerá si las nubes lo permiten y, durante un momento, la luz que
conozco dejará de llegarme de la forma en que siempre lo ha hecho. No quiero
decidir ahora qué significa. A las 20:32:25, esté donde esté, empezaré a saber
si todo esto era cierto.