Mucho antes de que llegara siquiera a sospechar que un día publicaría un libro, cuando todavía no había aprendido a nombrar con exactitud la mezcla de vanidad, deseo y temblor que lo habitaba, vivía entregado a la convicción silenciosa —más orgánica que pensada, adherida al cuerpo que formulaba en palabras— de que en él se incubaba algo distinto, una suerte de privilegio secreto que lo apartaba sin estridencia de los demás y lo inclinaba, como por una ley íntima, hacia una forma superior de percepción;