DIARIO DE TRES DÍAS DE AGOSTO
Día 1
El tiempo pasa inadvertido, quizá porque en agosto hasta los relojes parecen ausentes y las horas se adhieren unas a otras con la viscosidad del aire, que también se pega a mi cuerpo. Desde la ventana intuyo un calor que no necesita tocarme para abarcarme: está en la quietud de los árboles, en el brillo inmóvil de los tejados, en la ausencia de pájaros sobre las antenas. Apoyo la yema del índice en el cristal y retiro la mano casi de inmediato. La superficie conserva una tibieza excesiva, una temperatura que podría pertenecer a un organismo cualquiera si no careciera de pulso, de olor, de esa mínima vibración con la que un cuerpo anuncia que desea o que va a marcharse. El cristal quema, pero no me devuelve la calidez de un organismo vivo. Hay calores que penetran en la carne y otros que se limitan a recordarnos que estamos solos.