Es ahora, en este tiempo suspendido, cuando el reloj parece dejar de tener sentido y el aire está cargado de presagios, el momento idóneo para narrar un cuento. La tarde, envuelta en una bruma que confunde los perfiles del mundo, no es fría, pero tampoco ofrece abrigo; el calor se detiene a medio camino y se disipa antes de llegar al cuerpo. Estoy sentado en una habitación que ni siquiera siento como mía, un espacio prestado que es a la vez refugio y extrañeza, y repito, casi en susurros, una salmodia aprendida de mis padres, como un eco antiguo que resuena en algún rincón del alma.