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viernes, 22 de mayo de 2026

Érase una vez un director que se desvanecía en el espejo de su vanidad

 

Es ahora, en este tiempo suspendido, cuando el reloj parece dejar de tener sentido y el aire está cargado de presagios, el momento idóneo para narrar un cuento. La tarde, envuelta en una bruma que confunde los perfiles del mundo, no es fría, pero tampoco ofrece abrigo; el calor se detiene a medio camino y se disipa antes de llegar al cuerpo. Estoy sentado en una habitación que ni siquiera siento como mía, un espacio prestado que es a la vez refugio y extrañeza, y repito, casi en susurros, una salmodia aprendida de mis padres, como un eco antiguo que resuena en algún rincón del alma.

Érase una vez un director que se desvanecía en el espejo de su vanidad

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