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viernes, 22 de mayo de 2026

Érase una vez un director que se desvanecía en el espejo de su vanidad

 

Es ahora, en este tiempo suspendido, cuando el reloj parece dejar de tener sentido y el aire está cargado de presagios, el momento idóneo para narrar un cuento. La tarde, envuelta en una bruma que confunde los perfiles del mundo, no es fría, pero tampoco ofrece abrigo; el calor se detiene a medio camino y se disipa antes de llegar al cuerpo. Estoy sentado en una habitación que ni siquiera siento como mía, un espacio prestado que es a la vez refugio y extrañeza, y repito, casi en susurros, una salmodia aprendida de mis padres, como un eco antiguo que resuena en algún rincón del alma.

Mi voz se mezcla con la penumbra, las palabras se hacen humo, y yo mismo me voy desvaneciendo en esta indeterminación sin fin, como si cada frase me deshiciera un poco, dejando tras de sí el rastro de una presencia que busca, entre la niebla, el hilo que la una al resto de la realidad. El eco del autor y su personaje resuena, lejos, en los espacios difuminados por la memoria.

Un director. Un hombre que se mira en el espejo y no reconoce su propio reflejo. Tiene la sensación de haberse convertido en un espectro silencioso que recorre los pasillos de un edificio cuya memoria le perteneció y, a la vez, le era ajena. Siente cómo sus rasgos se evaporan cada día, como si la arcilla de la que está hecho comenzara a disgregarse de vuelta a la tierra de la que brota. Esa disolución no será solo física, sino también espiritual: una pérdida de sí mismo, un desarraigo de su propia historia. No entiende en qué momento ha dejado de ser el que había sido. Ya tenemos al personaje de ficción, caracterizado apenas, un esbozo que ha de dar lugar al cuento, con su moralina, sus tramas y su literatura.

Durante semanas caminó por el pueblo con la certeza de ser invisible. El panadero no lo veía cuando entraba a comprar; los que fueron sus alumnos lo atravesaban como a una sombra sin cuerpo. La única que parecía percatarse de su presencia era la gata negra que lo seguía a todas partes con la cabeza ladeada, preguntándose quién era ese ser translúcido que deambulaba por las calles. Él le hablaba en voz baja, agradecido por la compañía, pero ella lo miraba con ojos profundos, ojos que reflejaban un pasado remoto donde los hombres aún recordaban sus nombres.

En su cuarto, el director buscaba la memoria perdida revolviendo cajas de papeles, cuadernos y agendas. Cada página escrita era un ancla al mundo, un recordatorio de que alguna vez había tenido una voz, una caligrafía o un deseo. Encontró cartas de agradecimiento de alumnos; informes que había redactado con precisión milimétrica; horarios de los cursos que había organizado a contrarreloj. Pero al ver su propia letra, no reconocía las palabras como suyas ni dirigidas a él; se preguntaba quién era aquel que había sido tan dedicado, tan obstinado, tan apasionado por un trabajo que, al final, lo había devorado. El personaje había dejado de insistir. El reflejo de su yo pasado se mezclaba con la sombra de su presente y con la incertidumbre de su futuro. ¿En qué momento se había extraviado? ¿Cuándo dejó de escuchar la música interior que guiaba sus pasos?

Recordó entonces su infancia como un espacio recurrente para saberse, el aroma del mar que se colaba por las rendijas de la ventana, el azul infinito que se extendía más allá del horizonte. La veneciana de madera, las rendijas dejando esbozos de una luz intensa construida con el aroma de las algas. Recordó el tacto amable de la mano de su padre llevándolo al puerto y la mirada cansada de su madre preparando comidas sin ganas. No olvidaba que ella había trabajado toda la noche en una sala de urgencias. De niño, pues, se inventaba historias para no sentir el peso de las horas: era capitán de barco, caballero andante o un sabio ermitaño. En aquellas fantasías prometió a su padre que algún día escribiría un libro, un relato que contara la vida de quienes no tenían voz. Se le erizó la piel al darse cuenta de que esas promesas quedaron arrinconadas por la necesidad de sobrevivir y por la urgencia del día a día. Algo en su interior despertó, un susurro de otros tiempos que le recordaba que aún era tiempo de recuperar lo perdido.

Un mediodía de otoño, mientras contemplaba el contraste de colores ocres que se arremolinaban en la plaza, sintió la presencia de alguien a su lado. Era una mujer de mirada firme que sostenía en sus manos un libro. Tal vez un espectro, una presencia acaso, que venía de la dimensión de la ficción. Se lo mostró sin decir palabra y él, extrañado, lo abrió. Era La senda del perdedor, de Bukowski, un libro que había leído de joven y que marcó su forma de percibir el mundo. El director acarició las páginas, consciente de que esa historia había resonado con la suya: la lucha contra la inercia, la rebelión ante un destino que parecía escrito. Al levantar la vista, la mujer seguía allí. Le habló con una voz que venía de lejos: «Siempre creí que merecías un final distinto al que te estaba dando el espejo». Y tras decir esto, se desvaneció como pasa en las historias en que la voz del universo se presenta en forma de mujer, de la madre tierra que habla para el coro de lectores.

Aquel encuentro sirvió de epifanía para hacer algo que llevaba tiempo posponiendo: escribir el relato.

Buscó la vieja máquina de escribir que guardaba en el altillo, esa que conservaba el olor del aceite y la historia de tantas hojas no escritas. Sentado frente a ella, empezó a golpear las teclas con torpeza al principio, con creciente fluidez después. Sus dedos recordaban el ritmo perdido, la cadencia de la creación. Lo primero que escribió no fue una historia sobre personajes que desfilaban en la imaginación de los sueños, sino el rescate de su voz interior. Habló de sus miedos, de su soledad; de sus aciertos y errores. Cada palabra escrita era parte del camino de vuelta a sí mismo.

La confesión no era lineal; como la memoria, serpenteaba entre tiempos, reconstruía, caprichosa, recuerdos que no se habían producido. Revivió el día en que llegó por primera vez al despacho, con el cabello largo y más de cien kilos. Se vio sentado en la silla amplia, asustado, sin saber cómo dar sentido a las responsabilidades que se acumulaban sobre la mesa. Fue un día raro. Nadie le había dicho qué debía hacer un director. Los padres que lo visitaban traían sus propios fantasmas y lo obligaban a transformarse en abogado, psicólogo y juez. Recordaría a la mujer que lloraba porque su hijo había sido expulsado y a la que sonrió al escuchar que su hija, después de todo, había pasado el curso. Reviviría las madrugadas en las que se desvelaba pensando en los informes que debía entregar, en las reuniones con los inspectores, en la pregunta sin respuesta de quien lo había mirado con ojos que pedían ayuda.

En su escritura, no omitió lo feo ni lo doloroso. Se atrevió a narrar el día en que hubo un apuñalamiento en el patio. Corrió al lugar; los gritos le arañaban el oído y la sangre manchaba el suelo. La víctima, un adolescente desorientado, lo miró a los ojos con miedo. Su rostro, envuelto en sudor, le suplicó algo que el director nunca entendió. Aquel suceso lo persiguió durante noches, lo acompañó en cada sueño, hasta que las imágenes se mezclaron con su propia sensación de indefensión. ¿Cómo proteger a todos? ¿Cómo evitar que la violencia se infiltrara en el lugar donde se debería cultivar la vida? En su relato se permitió llorar por primera vez lo que no había llorado entonces, soltar lo que había guardado para aparentar firmeza.

Otro día recordó la vez que fue jardinero por un día. Se arremangó y se perdió entre setos y flores, disfrutando del olor a tierra mojada. Mientras arrancaba malas hierbas, sentía que arrancaba también los pensamientos obsesivos que se adherían sin remedio a su cuerpo. Aquella tarea sencilla le devolvió la tranquilidad que había perdido en las oficinas. Su relato se hacía así polifónico, lleno de pequeños destellos de belleza que emergían en la rutina; historias dentro de la historia.

Al escribir, descubrió que no solo se estaba contando a sí mismo, sino que también narraba la vida de quienes lo rodeaban. Dibujó con palabras a su amigo Luis, que soñaba con montar un taller de bicicletas, pero que acabó de profesor aburrido; a Marta, la profesora de Música, que cada día encontraba una nueva excusa para hacer reír a sus alumnos a pesar de su enfermedad; a Argimiro, el maestro jubilado que paseaba por el patio cada lunes para saludar a sus antiguos colegas. Todos ellos cobraban vida en el cuento, se oponían a su propia disolución.

El acto de escribir era pura resistencia. Cada pensamiento era una afirmación de existencia frente a la invisibilidad que lo acechaba. Sin embargo, ese ejercicio también lo enfrentaba a sus sombras. Al describir el día en que expedientó a uno de sus compañeros por asuntos impropios, sintió de nuevo el nudo en la garganta, la mirada de odio del profesor, la sensación de traición. ¿Había sido justo? ¿O se había dejado llevar por la presión externa? El director sabía que, aunque había intentado ser imparcial, la burocracia a menudo lo obligaba a tomar decisiones que laceraban su conciencia. Reconocer esa ambigüedad lo humanizaba. Su relato no era una epopeya del héroe sin mancha, sino la crónica de un hombre atravesado por contradicciones.

Con el paso de los días, su confesión se fue transformando en una novela. Se sorprendía del modo en que las palabras le salían sin esfuerzo, como si hubiesen estado esperando años para fluir. En una de esas noches, mientras la máquina de escribir repetía su tac-tac, recordó a alguien que le había enseñado que los hombres que no cuentan su propia historia están condenados a que otros la cuenten por ellos. Se le iluminó el rostro al darse cuenta de que, al narrarse, estaba reconquistando una historia que le pertenecía.

Pero la escritura no era suficiente para resolver la sensación de eclipsarse. Su cuerpo seguía menguando, su rostro se desdibujaba cada mañana en un reflejo irreconocible. Fue entonces cuando decidió hacer algo que lo aterraba: pedir ayuda. En su relato, el personaje principal —que era un avatar de sí mismo— decidió cruzar la calle que lo separaba del centro de salud. Era un edificio que siempre miraba desde lejos, asociado a la locura y la debilidad. Cruzar aquella puerta significaba reconocerse vulnerable. Y lo hizo.

Lo recibió una psicóloga joven, de ojos serenos. Él se sentó y por primera vez habló en voz alta, no para la página ni para su reflejo en el espejo, sino para otro ser humano. Habló de su sensación de ser invisible, de su miedo a no dejar huella, de sus recuerdos empañados. Ella lo miraba sin juzgar, asentía cuando sus palabras se quebraban. Le pidió que describiera cómo se sentía cuando se veía en el espejo. «Es como si el cristal no reflejara nada, como si mis bordes se hubiesen borrado», respondió él. La psicóloga le sugirió algo que lo desconcertó: «Dibújate». Le entregó un lápiz y un cuaderno. Él, que no dibujaba desde niño, tomó el lápiz como si fuera un instrumento extraño. Comenzó a trazar líneas inseguras sobre el papel, curvas que pretendían ser su rostro, sombras que querían rescatar su figura. Al final del ejercicio, el dibujo no se parecía a nadie, pero era una representación, una huella.

Día tras día, seguía yendo a la consulta. Ella lo animaba a mezclar escritura y dibujo, a capturar emociones en colores. «Descubrir tus colores es un primer paso para verte». En casa, empezó a pintar acuarelas con la torpeza de un principiante. Manchaba hojas con azules y grises, con rojos y negros. Las formas eran abstractas, pero cada mancha era una emoción condensada. Descubrió que los colores tenían un poder que las palabras no alcanzaban. Pintar era otra manera de hacerse visible.

Fue entonces cuando comenzó a andar por el paseo marítimo con un cuaderno. Se detenía frente al mar, observaba las olas y trataba de trasladar su movimiento al papel, con una obsesión hipnótica que había visto en Katsushika Hokusai. A veces, se sentaba junto a un anciano que pescaba en silencio. Ninguno hablaba, pero había una camaradería tácita. El director sentía el sol en la piel, el olor a sal, el viento. Se dio cuenta de que, para recuperar su cuerpo, debía habitarlo sin prisas, reconociendo los espacios que se habían ido cerrando a lo largo de una existencia que había dejado de lado a su niño más libre. Caminó descalzo por la arena, aceptó que la espuma de las olas le cubriera los pies. Con cada paso, su cuerpo dejaba una huella, una marca efímera que las olas borraban, pero que él sabía que existía. Aquellas caminatas lo llevaron a detenerse frente a un club de ajedrez que se reunía bajo los árboles de un parque. Los jugadores se concentraban en el tablero con intensidad, como si cada movimiento fuera una cuestión de vida o muerte. Se acercó con aire tímido y uno de ellos lo invitó a sentarse. Hacía décadas que no jugaba, pero recordó las reglas. El ajedrez se convirtió en otra terapia, un espacio donde su mente se enfocaba en tácticas y estrategias, donde los tiempos se medían en movimientos y no en horas laborales. Jugando, se dio cuenta de que sus neuronas aún podían chispear, de que el cerebro estaba despierto.

Mientras tanto, su novela avanzaba. Había alcanzado varios cientos de páginas y la historia del director se entrelazaba con la de su padre, con la de su pueblo, con la de su país. Mezcló anécdotas de su juventud con reflexiones sobre la fugacidad de la vida. Escribió sobre la belleza de lo cotidiano, sobre el olor a pan recién horneado, sobre la sombra que proyecta un árbol en verano, sobre el sonido del primer trueno en primavera. Todo cobraba importancia en sus palabras. Se daba cuenta de que la desaparición no era solo un problema individual, sino un fenómeno que atravesaba a muchos: los mayores que nadie escucha, los niños que no se ajustan al sistema, los migrantes que pasan desapercibidos. Su libro se convirtió en un canto a los sin rostro.

Pero una mañana, mientras escribía, recibió una llamada que lo devolvió a temores antiguos, a miedos ancestrales que surgían de las entrañas. Una voz distraída le informó de que su padre había sufrido un accidente cerebrovascular. Se le heló la sangre. En el hospital, lo encontró inconsciente, rodeado de máquinas que danzaban entre gráficos y sonidos molestos. Él estaba tendido en un cubículo controlado por una ciencia incomprensible. Se sentó junto a su cama, le tomó la mano y le habló. Le contó todo lo que no le había dicho: lo orgulloso que estaba de él, lo agradecido que se sentía por sus sacrificios, lo arrepentido que estaba de haberse alejado cuando se enfrascó en su trabajo. Lloró sin pudor, con un llanto que limpió sus culpas acumuladas. «Papá, qué susto me has dado, joder».

No se despertó ese día ni el siguiente. Él le acompañó en silencio, leyendo en voz alta fragmentos de su novela, esperando que sus palabras se abrieran camino hasta su oído. Pasaron tres semanas así. Un día de madrugada, sintió que la mano de su padre le apretaba con suavidad. Sus ojos se abrieron, se posaron en él. No podía hablar, pero su mirada ya hablaba de mundos que no compartirían. Él le sonrió y le susurró: «Estoy bien, papi. Ya no me pierdo. Estoy aquí». Fue la despedida. Murió esa mañana, con el sol naciente pintando de naranja la habitación; una ensoñación.

La muerte lo sumió en un dolor profundo, pero también en una extraña serenidad. Había tenido la oportunidad de despedirse, de estar presente en sus últimos momentos. Se permitió guardar su duelo sin esconderlo, sin absorberlo en el trabajo. Canceló sus reuniones, delegó responsabilidades y se encerró en el mundo. La escritura y la pintura se convirtieron en refugio. Escribió un cuento dedicado al padre, describió la textura de sus manos, el sonido de su risa, las ausencias que había sentido como heridas que no curaron. Esa escritura era un homenaje, pero también una forma de mantenerlo vivo.

A los pocos meses, el director recibió un correo de una pequeña editorial que había leído el manuscrito que él había enviado casi como un impulso, sin esperar nada; sin agente, sin corrección. Le decían que estaban interesados en hablar con él. Su corazón latió con fuerza. La posibilidad de que su historia llegara a otros lo emocionaba y lo asustaba. Cuando se reunió con la editora, una mujer joven y de mirada atenta, le dijo: «Tu novela tiene algo que rara vez vemos: honestidad descarnada. Hablas de un trabajo que la gente idealiza, pero mostrando su dureza y su belleza. Hablas de la invisibilidad sin victimizarte. Es real, y lo real es lo que se toca. Es cierto que la salud mental es un debate presente, pero es ficticio; en realidad, la gente sigue mirándola de muy lejos, con una distancia preventiva».

Cuando supo que se publicaría, muchos de los miedos que le atenazaron sabía que habían quedado relegados a palabras, que estarían encerrados por las cubiertas; custodiados por las páginas. Luego, los periódicos locales comenzaron a hablar del exdirector que había escrito un libro sobre su vida. En la librería del pueblo organizaron una presentación. La sala se llenó de gente: padres, alumnos y vecinos curiosos. Donde antes había transparencia, ahora él se materializaba en su propio cuerpo a través de una voz sin ansia. Se subió a un pequeño estrado. Sus manos no temblaban; su voz, al principio susurro, resonó con una firmeza que ahuyentó fantasmas. Leyó un fragmento que hablaba del día en que movió muebles bajo la lluvia para que los niños pudieran tener un aula. La gente lo escuchaba en silencio. Cuando terminó, hubo aplausos.

Aquel reconocimiento público no era lo que le devolvió la corporeidad; eso ya lo había logrado por otros medios. Pero sí le permitió sentirse valioso. Después de la presentación, se acercó a él una mujer de mediana edad: «Tu historia me hizo sentir menos sola. También me siento invisible en mi trabajo. Gracias por contarlo». Él sonrió, entendiendo que la literatura puede ser puente, espejo y abrazo.

El éxito del libro trajo consigo invitaciones a dar charlas, a participar en debates sobre educación, sobre salud mental, sobre la necesidad de cuidar a quienes cuidan. Se dio cuenta de que su experiencia podía servir a otros. Comenzó a viajar a escuelas de otros lugares, a contar su historia y a escuchar las de los demás. Descubrió que la invisibilidad era universal, pero que el simple acto de nombrarla la debilitaba. Sin embargo, no todo era luz. La exposición a los otros también atrajo las críticas. Algunos colegas se sintieron traicionados porque él exponía los entresijos de la institución. Le reprochaban haber mostrado la cara oculta de la educación pública. Otros padres decían que exageraba. Él escuchaba las críticas, intentaba entenderlas, pero no se dejaba arrasar por ellas. Ya sabía que no podía agradar a todos, que ser honesto implicaba asumir que habría quien se enfadara.

Su salud física, mientras tanto, seguía siendo frágil. El médico le diagnosticó hipertensión y problemas en el hígado. Le aconsejó que cuidara su dieta y que hiciera ejercicio. El director, acostumbrado a hacer caso omiso de su cuerpo durante años, tomó la advertencia con seriedad. Se apuntó a clases de yoga, por recomendación de la psicóloga. Al principio se sintió ridículo intentando mantener el equilibrio, pero con el tiempo descubrió que respirar desde el vientre, estirar sus músculos y meditar lo conectaban consigo mismo de una manera nueva. La meditación complementaba la escritura y la pintura: era otra forma de habitarse.

En invierno, su libro fue traducido a otro idioma. Se sorprendió al recibir correos de lectores extranjeros que se identificaban con su historia. Un docente de Argentina le contaba cómo se había emocionado al leer el capítulo del apuñalamiento, porque él también había vivido algo similar; una enfermera de Alemania le agradecía por visibilizar el desgaste de las profesiones de ayuda; un estudiante de Portugal le decía que su narración lo había inspirado para dedicarse a la educación. Cada mensaje era un recordatorio de que las experiencias humanas, por muy distintas que parezcan, tienen puntos de encuentro.

Esa correspondencia le inspiró a escribir un segundo libro: una recopilación de historias de invisibilizados, de los expulsados del progreso imparable de las imágenes vacías. Usó las redes sociales como si fuera una paradoja macabra para hablar con ellos y recibió cientos de testimonios. Leyó cada uno con cuidado, se emocionó con relatos de madres que trabajaban en fábricas de madrugada, de camareros que soñaban con estudiar música, de refugiados que buscaban un lugar donde ser mirados sin temor. Ese proceso le devolvió la esperanza en la voz del hombre.

El proyecto lo llevó a viajar. Conoció ciudades que siempre había querido visitar. Se paseó por Lisboa, donde se sentó en la terraza de un café y escribió una página entera sobre los azulejos y la saudade. Visitó París y subió a la torre Eiffel, no con la prisa del turista, sino con la calma del que contempla la ciudad como una de tantas hebras del tejido humano. Paseó por Berlín y se detuvo frente a los restos del Muro, reflexionando sobre las barreras visibles e invisibles que construimos. Cada viaje le aportaba nuevos matices, nuevos colores que se volvían acuarelas o textos.

En uno de esos viajes, al regresar al hotel después de una charla, se encontró con un antiguo alumno. Lo reconoció al instante. «Profesor», dijo el hombre, «usted no se acuerda de mí, pero hace años me ayudó cuando todos me daban por perdido. Me llamó a su despacho y me habló como si yo importara. Gracias a aquella conversación entendí que algo estaba fallando, que yo fallaba. Hoy estoy rehabilitado, trabajo y soy una persona». El director se emocionó. Aquella escena le devolvió una pieza de su identidad que creía perdida. La invisibilidad desaparecía cuando alguien lo nombraba, lo reconocía para hacerlo existir de nuevo.

Con los años, se convirtió en sí mismo. Sus arrugas contaban historias, sus ojos brillaban con el humor de quien conoce las trampas de la vida. Él había aprendido a equilibrar el dar y el recibir. El espejo ya no le devolvía un rostro borroso, sino la imagen de un hombre mayor con alguna cana y arrugas, pero con una expresión serena. Había aceptado su cuerpo, sus límites y sus posibilidades.

Siempre volvía al paseo marítimo; se detuvo frente a una barandilla de acero que se antojaba rugosa. Las olas golpeaban con fuerza; el viento suspiraba con un frío salado. Se quedó mirando el horizonte largo rato. Dijo: «¿Recuerdas cuando te conté que me sentía invisible? Ahora sé que no se trataba tanto de no ser visto por los demás, sino de no querer verme. El mundo puede olvidarte, pero tú no puedes hacerlo».

Poco después, recibió una invitación del ayuntamiento: querían poner su nombre a una biblioteca de su ciudad. Se sintió abrumado. Recordó todas las veces que paseó por ese espacio buscando resguardo, todos los libros que devoró allí de niño. Aceptó con humildad. En la ceremonia, la alcaldesa elogió su trayectoria. Él subió al escenario y pronunció un breve discurso: «Una biblioteca es un lugar de memoria y futuro. Que mi nombre esté aquí no es un reconocimiento personal, sino una muestra de que cualquiera de nosotros, aunque se sienta prescindible, puede dejar huella si comparte su historia».

El tiempo siguió su curso. El director siguió envejeciendo. Algunas mañanas se despertaba con el cuerpo dolorido, la imaginación ralentizada. Su obra se vendía. Él seguía escribiendo, aunque más despacio, pequeños ensayos sobre la vejez, la pérdida y la alegría. No pretendía publicar nada más; escribía por el placer de hacerlo.

Un invierno, resbaló en la calle helada y se fracturó la cadera. Pasó semanas en cama, recuperándose. Ese confinamiento forzado lo llevó a reflexionar sobre la fragilidad del cuerpo y la inevitable cercanía de la muerte. No temía: la idea de desaparecer ya no le producía angustia. Si había temido al ostracismo, era porque no se había narrado, no se había mirado. Ahora se sentía lleno, completo. Sabía que, tarde o temprano, su historia terminaría como todas, pero que quedaría su libro, su voz resonando en otras voces.

En la última primavera de su vida, el jardín estaba en pleno esplendor. Los árboles frutales se llenaron de flores, las abejas zumbaban, el aire era tibio. El director se sentaba a la sombra y contemplaba el ir y venir de la vida. Un atardecer, se recostó y cerró los ojos. Sintió una mano en la suya. Se deslizó en el sueño con la misma serenidad con la que un río desemboca en el mar. No despertó.

Su funeral fue en la biblioteca que llevaba su nombre. Acudieron antiguos alumnos, amigos y lectores. Cada uno traía un recuerdo, una anécdota. Alguien dijo que él le había conseguido una beca; otra persona recordó que una vez le llevó un ramo de flores para agradecerle su escucha. Otros hablaron de su coraje para enfrentarse a sus miedos. Se leyó un fragmento de la novela donde hablaba del mar y de la bruma.

Las palabras narradas continuaron su camino, saltaron fronteras, inspiraron a otros a escribir sus propias historias. El director, convertido en personaje y en memoria, siguió existiendo en las páginas y en las conversaciones. De alguna manera, siguió viviendo en la memoria.

Pero, amigos, recordad que esto no es más que un cuento, una imagen fugaz, una verdad apenas rozada. En realidad, la figura del director se evaporó tal y como había irrumpido: sin hacer ruido, con la discreción de quien sabe que su lugar no está en los focos, sino en los márgenes. Se marchó para seguir un sendero que ya no se cimentaba en un relato ni necesitaba de nuestro testimonio. Es sencillo: el director dejó de ser el director; se desprendió de ese título como de una piel demasiado gastada, se volvió uno más, quizá un caminante entre otros, un nombre que se diluye en la bruma. Y así, mientras apagamos la lámpara y cerramos estas páginas, lo dejamos marchar, sabiendo que sus pasos continuarán lejos de la ficción, en ese territorio donde las historias dejan de serlo y se convierten en la vida.

 

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