Es ahora, en este tiempo suspendido, cuando el reloj parece dejar de tener sentido y el aire está cargado de presagios, el momento idóneo para narrar un cuento. La tarde, envuelta en una bruma que confunde los perfiles del mundo, no es fría, pero tampoco ofrece abrigo; el calor se detiene a medio camino y se disipa antes de llegar al cuerpo. Estoy sentado en una habitación que ni siquiera siento como mía, un espacio prestado que es a la vez refugio y extrañeza, y repito, casi en susurros, una salmodia aprendida de mis padres, como un eco antiguo que resuena en algún rincón del alma.
Mi voz se mezcla con la penumbra, las palabras se hacen humo, y yo mismo me voy desvaneciendo en esta indeterminación sin fin, como si cada frase me deshiciera un poco, dejando tras de sí el rastro de una presencia que busca, entre la niebla, el hilo que la una al resto de la realidad. El eco del autor y su personaje resuena, lejos, en los espacios difuminados por la memoria.Un
director. Un hombre que se mira en el espejo y no reconoce su propio reflejo.
Tiene la sensación de haberse convertido en un espectro silencioso que recorre
los pasillos de un edificio cuya memoria le perteneció y, a la vez, le era
ajena. Siente cómo sus rasgos se evaporan cada día, como si la arcilla de la
que está hecho comenzara a disgregarse de vuelta a la tierra de la que brota.
Esa disolución no será solo física, sino también espiritual: una pérdida de sí
mismo, un desarraigo de su propia historia. No entiende en qué momento ha
dejado de ser el que había sido. Ya tenemos al personaje de ficción,
caracterizado apenas, un esbozo que ha de dar lugar al cuento, con su moralina,
sus tramas y su literatura.
Durante
semanas caminó por el pueblo con la certeza de ser invisible. El panadero no lo
veía cuando entraba a comprar; los que fueron sus alumnos lo atravesaban como a
una sombra sin cuerpo. La única que parecía percatarse de su presencia era la
gata negra que lo seguía a todas partes con la cabeza ladeada, preguntándose
quién era ese ser translúcido que deambulaba por las calles. Él le hablaba en
voz baja, agradecido por la compañía, pero ella lo miraba con ojos profundos,
ojos que reflejaban un pasado remoto donde los hombres aún recordaban sus
nombres.
En su
cuarto, el director buscaba la memoria perdida revolviendo cajas de papeles,
cuadernos y agendas. Cada página escrita era un ancla al mundo, un recordatorio
de que alguna vez había tenido una voz, una caligrafía o un deseo. Encontró
cartas de agradecimiento de alumnos; informes que había redactado con precisión
milimétrica; horarios de los cursos que había organizado a contrarreloj. Pero
al ver su propia letra, no reconocía las palabras como suyas ni dirigidas a él;
se preguntaba quién era aquel que había sido tan dedicado, tan obstinado, tan
apasionado por un trabajo que, al final, lo había devorado. El personaje había
dejado de insistir. El reflejo de su yo pasado se mezclaba con la sombra de su
presente y con la incertidumbre de su futuro. ¿En qué momento se había
extraviado? ¿Cuándo dejó de escuchar la música interior que guiaba sus pasos?
Recordó
entonces su infancia como un espacio recurrente para saberse, el aroma del mar
que se colaba por las rendijas de la ventana, el azul infinito que se extendía
más allá del horizonte. La veneciana de madera, las rendijas dejando esbozos de
una luz intensa construida con el aroma de las algas. Recordó el tacto amable
de la mano de su padre llevándolo al puerto y la mirada cansada de su madre
preparando comidas sin ganas. No olvidaba que ella había trabajado toda la
noche en una sala de urgencias. De niño, pues, se inventaba historias para no
sentir el peso de las horas: era capitán de barco, caballero andante o un sabio
ermitaño. En aquellas fantasías prometió a su padre que algún día escribiría un
libro, un relato que contara la vida de quienes no tenían voz. Se le erizó la
piel al darse cuenta de que esas promesas quedaron arrinconadas por la
necesidad de sobrevivir y por la urgencia del día a día. Algo en su interior
despertó, un susurro de otros tiempos que le recordaba que aún era tiempo de
recuperar lo perdido.
Un
mediodía de otoño, mientras contemplaba el contraste de colores ocres que se
arremolinaban en la plaza, sintió la presencia de alguien a su lado. Era una
mujer de mirada firme que sostenía en sus manos un libro. Tal vez un espectro,
una presencia acaso, que venía de la dimensión de la ficción. Se lo mostró sin
decir palabra y él, extrañado, lo abrió. Era La senda del perdedor, de
Bukowski, un libro que había leído de joven y que marcó su forma de percibir el
mundo. El director acarició las páginas, consciente de que esa historia había
resonado con la suya: la lucha contra la inercia, la rebelión ante un destino
que parecía escrito. Al levantar la vista, la mujer seguía allí. Le habló con
una voz que venía de lejos: «Siempre creí que merecías un final distinto al que
te estaba dando el espejo». Y tras decir esto, se desvaneció como pasa en las
historias en que la voz del universo se presenta en forma de mujer, de la madre
tierra que habla para el coro de lectores.
Aquel
encuentro sirvió de epifanía para hacer algo que llevaba tiempo posponiendo:
escribir el relato.
Buscó la
vieja máquina de escribir que guardaba en el altillo, esa que conservaba el
olor del aceite y la historia de tantas hojas no escritas. Sentado frente a
ella, empezó a golpear las teclas con torpeza al principio, con creciente
fluidez después. Sus dedos recordaban el ritmo perdido, la cadencia de la
creación. Lo primero que escribió no fue una historia sobre personajes que
desfilaban en la imaginación de los sueños, sino el rescate de su voz interior.
Habló de sus miedos, de su soledad; de sus aciertos y errores. Cada palabra
escrita era parte del camino de vuelta a sí mismo.
La
confesión no era lineal; como la memoria, serpenteaba entre tiempos,
reconstruía, caprichosa, recuerdos que no se habían producido. Revivió el día
en que llegó por primera vez al despacho, con el cabello largo y más de cien
kilos. Se vio sentado en la silla amplia, asustado, sin saber cómo dar sentido
a las responsabilidades que se acumulaban sobre la mesa. Fue un día raro. Nadie
le había dicho qué debía hacer un director. Los padres que lo visitaban traían
sus propios fantasmas y lo obligaban a transformarse en abogado, psicólogo y
juez. Recordaría a la mujer que lloraba porque su hijo había sido expulsado y a
la que sonrió al escuchar que su hija, después de todo, había pasado el curso.
Reviviría las madrugadas en las que se desvelaba pensando en los informes que
debía entregar, en las reuniones con los inspectores, en la pregunta sin
respuesta de quien lo había mirado con ojos que pedían ayuda.
En su
escritura, no omitió lo feo ni lo doloroso. Se atrevió a narrar el día en que
hubo un apuñalamiento en el patio. Corrió al lugar; los gritos le arañaban el
oído y la sangre manchaba el suelo. La víctima, un adolescente desorientado, lo
miró a los ojos con miedo. Su rostro, envuelto en sudor, le suplicó algo que el
director nunca entendió. Aquel suceso lo persiguió durante noches, lo acompañó
en cada sueño, hasta que las imágenes se mezclaron con su propia sensación de
indefensión. ¿Cómo proteger a todos? ¿Cómo evitar que la violencia se infiltrara
en el lugar donde se debería cultivar la vida? En su relato se permitió llorar
por primera vez lo que no había llorado entonces, soltar lo que había guardado
para aparentar firmeza.
Otro día
recordó la vez que fue jardinero por un día. Se arremangó y se perdió entre
setos y flores, disfrutando del olor a tierra mojada. Mientras arrancaba malas
hierbas, sentía que arrancaba también los pensamientos obsesivos que se
adherían sin remedio a su cuerpo. Aquella tarea sencilla le devolvió la
tranquilidad que había perdido en las oficinas. Su relato se hacía así
polifónico, lleno de pequeños destellos de belleza que emergían en la rutina;
historias dentro de la historia.
Al
escribir, descubrió que no solo se estaba contando a sí mismo, sino que también
narraba la vida de quienes lo rodeaban. Dibujó con palabras a su amigo Luis,
que soñaba con montar un taller de bicicletas, pero que acabó de profesor
aburrido; a Marta, la profesora de Música, que cada día encontraba una nueva
excusa para hacer reír a sus alumnos a pesar de su enfermedad; a Argimiro, el
maestro jubilado que paseaba por el patio cada lunes para saludar a sus
antiguos colegas. Todos ellos cobraban vida en el cuento, se oponían a su
propia disolución.
El acto
de escribir era pura resistencia. Cada pensamiento era una afirmación de
existencia frente a la invisibilidad que lo acechaba. Sin embargo, ese
ejercicio también lo enfrentaba a sus sombras. Al describir el día en que
expedientó a uno de sus compañeros por asuntos impropios, sintió de nuevo el
nudo en la garganta, la mirada de odio del profesor, la sensación de traición.
¿Había sido justo? ¿O se había dejado llevar por la presión externa? El
director sabía que, aunque había intentado ser imparcial, la burocracia a
menudo lo obligaba a tomar decisiones que laceraban su conciencia. Reconocer
esa ambigüedad lo humanizaba. Su relato no era una epopeya del héroe sin
mancha, sino la crónica de un hombre atravesado por contradicciones.
Con el
paso de los días, su confesión se fue transformando en una novela. Se
sorprendía del modo en que las palabras le salían sin esfuerzo, como si
hubiesen estado esperando años para fluir. En una de esas noches, mientras la
máquina de escribir repetía su tac-tac, recordó a alguien que le había enseñado
que los hombres que no cuentan su propia historia están condenados a que otros
la cuenten por ellos. Se le iluminó el rostro al darse cuenta de que, al
narrarse, estaba reconquistando una historia que le pertenecía.
Pero la
escritura no era suficiente para resolver la sensación de eclipsarse. Su cuerpo
seguía menguando, su rostro se desdibujaba cada mañana en un reflejo
irreconocible. Fue entonces cuando decidió hacer algo que lo aterraba: pedir
ayuda. En su relato, el personaje principal —que era un avatar de sí mismo—
decidió cruzar la calle que lo separaba del centro de salud. Era un edificio
que siempre miraba desde lejos, asociado a la locura y la debilidad. Cruzar
aquella puerta significaba reconocerse vulnerable. Y lo hizo.
Lo
recibió una psicóloga joven, de ojos serenos. Él se sentó y por primera vez
habló en voz alta, no para la página ni para su reflejo en el espejo, sino para
otro ser humano. Habló de su sensación de ser invisible, de su miedo a no dejar
huella, de sus recuerdos empañados. Ella lo miraba sin juzgar, asentía cuando
sus palabras se quebraban. Le pidió que describiera cómo se sentía cuando se
veía en el espejo. «Es como si el cristal no reflejara nada, como si mis bordes
se hubiesen borrado», respondió él. La psicóloga le sugirió algo que lo
desconcertó: «Dibújate». Le entregó un lápiz y un cuaderno. Él, que no dibujaba
desde niño, tomó el lápiz como si fuera un instrumento extraño. Comenzó a
trazar líneas inseguras sobre el papel, curvas que pretendían ser su rostro,
sombras que querían rescatar su figura. Al final del ejercicio, el dibujo no se
parecía a nadie, pero era una representación, una huella.
Día tras
día, seguía yendo a la consulta. Ella lo animaba a mezclar escritura y dibujo,
a capturar emociones en colores. «Descubrir tus colores es un primer paso para
verte». En casa, empezó a pintar acuarelas con la torpeza de un principiante.
Manchaba hojas con azules y grises, con rojos y negros. Las formas eran
abstractas, pero cada mancha era una emoción condensada. Descubrió que los
colores tenían un poder que las palabras no alcanzaban. Pintar era otra manera
de hacerse visible.
Fue
entonces cuando comenzó a andar por el paseo marítimo con un cuaderno. Se
detenía frente al mar, observaba las olas y trataba de trasladar su movimiento
al papel, con una obsesión hipnótica que había visto en Katsushika Hokusai.
A veces, se sentaba junto a un anciano que pescaba en silencio. Ninguno
hablaba, pero había una camaradería tácita. El director sentía el sol en la
piel, el olor a sal, el viento. Se dio cuenta de que, para recuperar su cuerpo,
debía habitarlo sin prisas, reconociendo los espacios que se habían ido cerrando
a lo largo de una existencia que había dejado de lado a su niño más libre.
Caminó descalzo por la arena, aceptó que la espuma de las olas le cubriera los
pies. Con cada paso, su cuerpo dejaba una huella, una marca efímera que las
olas borraban, pero que él sabía que existía. Aquellas caminatas lo llevaron a
detenerse frente a un club de ajedrez que se reunía bajo los árboles de un
parque. Los jugadores se concentraban en el tablero con intensidad, como si
cada movimiento fuera una cuestión de vida o muerte. Se acercó con aire tímido
y uno de ellos lo invitó a sentarse. Hacía décadas que no jugaba, pero recordó
las reglas. El ajedrez se convirtió en otra terapia, un espacio donde su mente
se enfocaba en tácticas y estrategias, donde los tiempos se medían en
movimientos y no en horas laborales. Jugando, se dio cuenta de que sus neuronas
aún podían chispear, de que el cerebro estaba despierto.
Mientras
tanto, su novela avanzaba. Había alcanzado varios cientos de páginas y la
historia del director se entrelazaba con la de su padre, con la de su pueblo,
con la de su país. Mezcló anécdotas de su juventud con reflexiones sobre la
fugacidad de la vida. Escribió sobre la belleza de lo cotidiano, sobre el olor
a pan recién horneado, sobre la sombra que proyecta un árbol en verano, sobre
el sonido del primer trueno en primavera. Todo cobraba importancia en sus
palabras. Se daba cuenta de que la desaparición no era solo un problema
individual, sino un fenómeno que atravesaba a muchos: los mayores que nadie
escucha, los niños que no se ajustan al sistema, los migrantes que pasan
desapercibidos. Su libro se convirtió en un canto a los sin rostro.
Pero una
mañana, mientras escribía, recibió una llamada que lo devolvió a temores
antiguos, a miedos ancestrales que surgían de las entrañas. Una voz distraída
le informó de que su padre había sufrido un accidente cerebrovascular. Se le
heló la sangre. En el hospital, lo encontró inconsciente, rodeado de máquinas
que danzaban entre gráficos y sonidos molestos. Él estaba tendido en un
cubículo controlado por una ciencia incomprensible. Se sentó junto a su cama,
le tomó la mano y le habló. Le contó todo lo que no le había dicho: lo
orgulloso que estaba de él, lo agradecido que se sentía por sus sacrificios, lo
arrepentido que estaba de haberse alejado cuando se enfrascó en su trabajo.
Lloró sin pudor, con un llanto que limpió sus culpas acumuladas. «Papá, qué
susto me has dado, joder».
No se
despertó ese día ni el siguiente. Él le acompañó en silencio, leyendo en voz
alta fragmentos de su novela, esperando que sus palabras se abrieran camino
hasta su oído. Pasaron tres semanas así. Un día de madrugada, sintió que la
mano de su padre le apretaba con suavidad. Sus ojos se abrieron, se posaron en
él. No podía hablar, pero su mirada ya hablaba de mundos que no compartirían.
Él le sonrió y le susurró: «Estoy bien, papi. Ya no me pierdo. Estoy aquí». Fue
la despedida. Murió esa mañana, con el sol naciente pintando de naranja la
habitación; una ensoñación.
La muerte
lo sumió en un dolor profundo, pero también en una extraña serenidad. Había
tenido la oportunidad de despedirse, de estar presente en sus últimos momentos.
Se permitió guardar su duelo sin esconderlo, sin absorberlo en el trabajo.
Canceló sus reuniones, delegó responsabilidades y se encerró en el mundo. La
escritura y la pintura se convirtieron en refugio. Escribió un cuento dedicado
al padre, describió la textura de sus manos, el sonido de su risa, las
ausencias que había sentido como heridas que no curaron. Esa escritura era un
homenaje, pero también una forma de mantenerlo vivo.
A los
pocos meses, el director recibió un correo de una pequeña editorial que había
leído el manuscrito que él había enviado casi como un impulso, sin esperar
nada; sin agente, sin corrección. Le decían que estaban interesados en hablar
con él. Su corazón latió con fuerza. La posibilidad de que su historia llegara
a otros lo emocionaba y lo asustaba. Cuando se reunió con la editora, una mujer
joven y de mirada atenta, le dijo: «Tu novela tiene algo que rara vez vemos:
honestidad descarnada. Hablas de un trabajo que la gente idealiza, pero
mostrando su dureza y su belleza. Hablas de la invisibilidad sin victimizarte.
Es real, y lo real es lo que se toca. Es cierto que la salud mental es un debate
presente, pero es ficticio; en realidad, la gente sigue mirándola de muy lejos,
con una distancia preventiva».
Cuando
supo que se publicaría, muchos de los miedos que le atenazaron sabía que habían
quedado relegados a palabras, que estarían encerrados por las cubiertas;
custodiados por las páginas. Luego, los periódicos locales comenzaron a hablar
del exdirector que había escrito un libro sobre su vida. En la librería del
pueblo organizaron una presentación. La sala se llenó de gente: padres, alumnos
y vecinos curiosos. Donde antes había transparencia, ahora él se materializaba
en su propio cuerpo a través de una voz sin ansia. Se subió a un pequeño
estrado. Sus manos no temblaban; su voz, al principio susurro, resonó con una
firmeza que ahuyentó fantasmas. Leyó un fragmento que hablaba del día en que
movió muebles bajo la lluvia para que los niños pudieran tener un aula. La
gente lo escuchaba en silencio. Cuando terminó, hubo aplausos.
Aquel
reconocimiento público no era lo que le devolvió la corporeidad; eso ya lo
había logrado por otros medios. Pero sí le permitió sentirse valioso. Después
de la presentación, se acercó a él una mujer de mediana edad: «Tu historia me
hizo sentir menos sola. También me siento invisible en mi trabajo. Gracias por
contarlo». Él sonrió, entendiendo que la literatura puede ser puente, espejo y
abrazo.
El éxito
del libro trajo consigo invitaciones a dar charlas, a participar en debates
sobre educación, sobre salud mental, sobre la necesidad de cuidar a quienes
cuidan. Se dio cuenta de que su experiencia podía servir a otros. Comenzó a
viajar a escuelas de otros lugares, a contar su historia y a escuchar las de
los demás. Descubrió que la invisibilidad era universal, pero que el simple
acto de nombrarla la debilitaba. Sin embargo, no todo era luz. La exposición a
los otros también atrajo las críticas. Algunos colegas se sintieron
traicionados porque él exponía los entresijos de la institución. Le reprochaban
haber mostrado la cara oculta de la educación pública. Otros padres decían que
exageraba. Él escuchaba las críticas, intentaba entenderlas, pero no se dejaba
arrasar por ellas. Ya sabía que no podía agradar a todos, que ser honesto implicaba
asumir que habría quien se enfadara.
Su salud
física, mientras tanto, seguía siendo frágil. El médico le diagnosticó
hipertensión y problemas en el hígado. Le aconsejó que cuidara su dieta y que
hiciera ejercicio. El director, acostumbrado a hacer caso omiso de su cuerpo
durante años, tomó la advertencia con seriedad. Se apuntó a clases de yoga, por
recomendación de la psicóloga. Al principio se sintió ridículo intentando
mantener el equilibrio, pero con el tiempo descubrió que respirar desde el
vientre, estirar sus músculos y meditar lo conectaban consigo mismo de una
manera nueva. La meditación complementaba la escritura y la pintura: era otra
forma de habitarse.
En
invierno, su libro fue traducido a otro idioma. Se sorprendió al recibir
correos de lectores extranjeros que se identificaban con su historia. Un
docente de Argentina le contaba cómo se había emocionado al leer el capítulo
del apuñalamiento, porque él también había vivido algo similar; una enfermera
de Alemania le agradecía por visibilizar el desgaste de las profesiones de
ayuda; un estudiante de Portugal le decía que su narración lo había inspirado para
dedicarse a la educación. Cada mensaje era un recordatorio de que las
experiencias humanas, por muy distintas que parezcan, tienen puntos de
encuentro.
Esa
correspondencia le inspiró a escribir un segundo libro: una recopilación de
historias de invisibilizados, de los expulsados del progreso imparable de las
imágenes vacías. Usó las redes sociales como si fuera una paradoja macabra para
hablar con ellos y recibió cientos de testimonios. Leyó cada uno con cuidado,
se emocionó con relatos de madres que trabajaban en fábricas de madrugada, de
camareros que soñaban con estudiar música, de refugiados que buscaban un lugar
donde ser mirados sin temor. Ese proceso le devolvió la esperanza en la voz del
hombre.
El
proyecto lo llevó a viajar. Conoció ciudades que siempre había querido visitar.
Se paseó por Lisboa, donde se sentó en la terraza de un café y escribió una
página entera sobre los azulejos y la saudade. Visitó París y subió a la torre
Eiffel, no con la prisa del turista, sino con la calma del que contempla la
ciudad como una de tantas hebras del tejido humano. Paseó por Berlín y se
detuvo frente a los restos del Muro, reflexionando sobre las barreras visibles
e invisibles que construimos. Cada viaje le aportaba nuevos matices, nuevos
colores que se volvían acuarelas o textos.
En uno de
esos viajes, al regresar al hotel después de una charla, se encontró con un
antiguo alumno. Lo reconoció al instante. «Profesor», dijo el hombre, «usted no
se acuerda de mí, pero hace años me ayudó cuando todos me daban por perdido. Me
llamó a su despacho y me habló como si yo importara. Gracias a aquella
conversación entendí que algo estaba fallando, que yo fallaba. Hoy estoy
rehabilitado, trabajo y soy una persona». El director se emocionó. Aquella
escena le devolvió una pieza de su identidad que creía perdida. La
invisibilidad desaparecía cuando alguien lo nombraba, lo reconocía para hacerlo
existir de nuevo.
Con los
años, se convirtió en sí mismo. Sus arrugas contaban historias, sus ojos
brillaban con el humor de quien conoce las trampas de la vida. Él había
aprendido a equilibrar el dar y el recibir. El espejo ya no le devolvía un
rostro borroso, sino la imagen de un hombre mayor con alguna cana y arrugas,
pero con una expresión serena. Había aceptado su cuerpo, sus límites y sus
posibilidades.
Siempre
volvía al paseo marítimo; se detuvo frente a una barandilla de acero que se
antojaba rugosa. Las olas golpeaban con fuerza; el viento suspiraba con un frío
salado. Se quedó mirando el horizonte largo rato. Dijo: «¿Recuerdas cuando te
conté que me sentía invisible? Ahora sé que no se trataba tanto de no ser visto
por los demás, sino de no querer verme. El mundo puede olvidarte, pero tú no
puedes hacerlo».
Poco
después, recibió una invitación del ayuntamiento: querían poner su nombre a una
biblioteca de su ciudad. Se sintió abrumado. Recordó todas las veces que paseó
por ese espacio buscando resguardo, todos los libros que devoró allí de niño.
Aceptó con humildad. En la ceremonia, la alcaldesa elogió su trayectoria. Él
subió al escenario y pronunció un breve discurso: «Una biblioteca es un lugar
de memoria y futuro. Que mi nombre esté aquí no es un reconocimiento personal,
sino una muestra de que cualquiera de nosotros, aunque se sienta prescindible,
puede dejar huella si comparte su historia».
El tiempo
siguió su curso. El director siguió envejeciendo. Algunas mañanas se despertaba
con el cuerpo dolorido, la imaginación ralentizada. Su obra se vendía. Él
seguía escribiendo, aunque más despacio, pequeños ensayos sobre la vejez, la
pérdida y la alegría. No pretendía publicar nada más; escribía por el placer de
hacerlo.
Un
invierno, resbaló en la calle helada y se fracturó la cadera. Pasó semanas en
cama, recuperándose. Ese confinamiento forzado lo llevó a reflexionar sobre la
fragilidad del cuerpo y la inevitable cercanía de la muerte. No temía: la idea
de desaparecer ya no le producía angustia. Si había temido al ostracismo, era
porque no se había narrado, no se había mirado. Ahora se sentía lleno,
completo. Sabía que, tarde o temprano, su historia terminaría como todas, pero
que quedaría su libro, su voz resonando en otras voces.
En la
última primavera de su vida, el jardín estaba en pleno esplendor. Los árboles
frutales se llenaron de flores, las abejas zumbaban, el aire era tibio. El
director se sentaba a la sombra y contemplaba el ir y venir de la vida. Un
atardecer, se recostó y cerró los ojos. Sintió una mano en la suya. Se deslizó
en el sueño con la misma serenidad con la que un río desemboca en el mar. No
despertó.
Su
funeral fue en la biblioteca que llevaba su nombre. Acudieron antiguos alumnos,
amigos y lectores. Cada uno traía un recuerdo, una anécdota. Alguien dijo que
él le había conseguido una beca; otra persona recordó que una vez le llevó un
ramo de flores para agradecerle su escucha. Otros hablaron de su coraje para
enfrentarse a sus miedos. Se leyó un fragmento de la novela donde hablaba del
mar y de la bruma.
Las
palabras narradas continuaron su camino, saltaron fronteras, inspiraron a otros
a escribir sus propias historias. El director, convertido en personaje y en
memoria, siguió existiendo en las páginas y en las conversaciones. De alguna
manera, siguió viviendo en la memoria.
Pero,
amigos, recordad que esto no es más que un cuento, una imagen fugaz, una verdad
apenas rozada. En realidad, la figura del director se evaporó tal y como había
irrumpido: sin hacer ruido, con la discreción de quien sabe que su lugar no
está en los focos, sino en los márgenes. Se marchó para seguir un sendero que
ya no se cimentaba en un relato ni necesitaba de nuestro testimonio. Es sencillo:
el director dejó de ser el director; se desprendió de ese título como de una
piel demasiado gastada, se volvió uno más, quizá un caminante entre otros, un
nombre que se diluye en la bruma. Y así, mientras apagamos la lámpara y
cerramos estas páginas, lo dejamos marchar, sabiendo que sus pasos continuarán
lejos de la ficción, en ese territorio donde las historias dejan de serlo y se
convierten en la vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Esto no es un chat y requiere decoro, críticas, todas.