Mucho antes de que llegara siquiera a sospechar que un día publicaría un libro, cuando todavía no había aprendido a nombrar con exactitud la mezcla de vanidad, deseo y temblor que lo habitaba, vivía entregado a la convicción silenciosa —más orgánica que pensada, adherida al cuerpo que formulaba en palabras— de que en él se incubaba algo distinto, una suerte de privilegio secreto que lo apartaba sin estridencia de los demás y lo inclinaba, como por una ley íntima, hacia una forma superior de percepción;
no se veía a sí mismo como una suerte de elegido, ni como un iluminado, ni siquiera como un artista, porque esas palabras le habrían resultado excesivas, teatrales, impropias de la pudorosa seriedad con que los jóvenes suelen proteger sus delirios profundos, su inconsistencia íntima, pero sí se movía por el mundo con la impresión persistente de que había nacido para advertir en las cosas un brillo que otros apenas rozaban, para descubrir, en la curva de una carretera, en la reverberación de una fachada sucia después de la lluvia o en el modo en que una mujer anónima recogía del suelo una bolsa de naranjas rota, no simples escenas de la vida corriente, sino indicios de un orden oculto que solo a él le correspondía traducir; era, en el fondo, una certeza muda, parecida a esas supersticiones privadas que nunca llegan a confesarse del todo y, sin embargo, organizan una existencia entera desde las sombras y en esa certeza latía la idea —vaga, grandiosa, nunca del todo examinada— de que su destino estaba ligado a la excepción, a esa rara estirpe de hombres de la que hablaban las biografías, los documentales y ciertos prólogos enfáticos, hombres que no se limitaban a vivir en el mundo, sino que llegaban a reformularlo con la sola potencia de su mirada, como si les hubiera sido concedido el don de arrancar sentido allí donde los demás solo encontraban costumbre, paisaje o decorado; a veces, de adolescente, se detenía sin motivo frente al escaparate de una librería ya cerrada, viendo su reflejo mezclado con los lomos de los libros, y en aquella superposición banal —su rostro todavía indeciso flotando sobre apellidos consagrados, títulos severos, ediciones que prometían una posteridad ajena y magnífica— creía adivinar, con una emoción casi religiosa, la prefiguración de una obra futura que aún no existía, pero que ya parecía mirarlo desde algún lugar remoto con la paciencia de lo inevitable.«Yo lo tengo».
Con los años descubrió que no, o, al menos, que no
de la manera que imaginaba.
Cada mañana, se sentaba delante de la mesa y
encendía el ordenador como quien enciende la cafetera o la tostadora. Había
algo metódico en el gesto: abrir el procesador de texto, recuperar el archivo
de la novela en curso, releer un par de párrafos, corregir una coma, partir una
frase en dos, suprimir un adjetivo. Luego empezaba a añadir palabras, despacio.
Muy despacio. No lo vivía como un trance, no «entraba en flujo», la verdad que
ese «yo creativo» no le hablaba desde el abismo del ser. No sentía que desbordara
nada. Lo que hacía se parecía mucho a colocar ladrillos sobre un muro que ya
viene trazado: una hilada más, luego otra, y otra. Al cabo de una hora, dos
páginas nuevas. A veces, media. A veces, ninguna.
Con el tiempo empezó a verse como alguien que
sobrevive en el idioma. No abría caminos, afinaba senderos ya trazados. Al
principio como broma, después como definición incómoda y, al final, como una
verdad que ya no podía esquivar, se identificaba con un artesano porque nada de lo que hacía le parecía excepcional, como mucho, un talento incómodo que le
ayudaba a sobrevivir, una capacidad del intelecto que le dotaba de una aptitud
natural para decir lo que se había de decir. Nada nuevo, la verdad, escribir no
se alejaba de otras habilidades.
La sospecha había empezado muchos años antes, cuando
se dio cuenta de que casi todo lo que escribía estaba hecho de cosas ajenas.
Tenía esa sensación incómoda de haber leído tal o cual fragmento en alguna
parte antes. Tal vez, pensaba, era el síndrome del impostor, la incapacidad de
aceptar y el miedo a no ser reconocido. Le ocurría, por ejemplo, con las
noticias. Leía el periódico, lo hojeaba para descubrir un suicidio por
desahucio, un ministro que dimitía, un niño que se había perdido en una romería
o el incendio en una fábrica textil de un país al que nunca iría. Nada de eso
terminaba en sus historias tal cual, pero se quedaba dentro como una reserva
difusa de palabras e información inconexa. Meses después, surgía una escena: un
hombre que salta por la ventana, pero no por la hipoteca, sino por una culpa indistinguible;
una mujer que dimite no de un cargo, sino de su propia vida; un niño que se
pierde en un supermercado. El incendio se transformaba en un brasero mal
apagado en una casa de barrio. Cualquier historia se convertía en posible. Sin
duda, se sentía como un impostor. ¿Era eso crear? Le parecía demasiado parecido
a reciclar. Sí. Era buen observador, sabía dónde encontrar historias ocultas,
recrearlas y transformarlas. No era solo la prensa. Estaban los libros que leía;
los pensamientos que subrayaba; las conversaciones de sobremesa con amigos; las
confesiones que un colega le hacía en la barra de un bar; los recuerdos de su
infancia o aquella tarde en que vio llorar en secreto a su padre, sin
explicación. La gente transitaba por la ciudad, ajena al mundo, enfrascada en
historias particulares que tenían su propia excepcionalidad. Él las tomaba. Además
de la impresión en su memoria, apuntaba con dedicación detalles de tal o cual
personaje, lo retrataba con sus rasgos morales, con su vida ficcionada, con una
precisión profesional. Todo pasaba a un cuaderno primero: esas notas breves, a
veces casi absurdas, se convertían en listas, pequeñas fichas de datos. Pocos
detalles. Apuntes de un pintor.
«Mujer que se ríe en entierro (risa física, no
irónica). Parece abrumada porque se ha quedado sin trabajo. El pantalón tiene
un color imposible»
«El miedo a no dejar rastro le cambia los ojos, se
los nubla. Son difíciles de describir. El cuerpo es difícil. Personalidad introvertida.
Situaremos en el café.»
«El profesor que corrige el mundo con tiza, no con
actos. Lleva el bolígrafo en el bolsillo trasero del pantalón»
Eran piezas sueltas, en apariencia suyas, pero
venían de lugares que no dominaba. Ese gesto visto en el metro, la palabra
escuchada en la cola del pan, una escena vista por casualidad en una película
mala que había dejado puesta de fondo. Lo escribía todo. Después, semanas o
años más tarde, volvía a esos cuadernos y extraía de ahí materiales como quien
busca tornillos y tablas en la caja de herramientas.
Con el tiempo empezó a notar que los mecanismos se
repetían: personajes parecidos, giros de diálogo parecidos, estructuras que se
le imponían casi solas. El niño perdido, la confesión tardía, el secreto
familiar. Cambiaban los nombres, la ciudad, el año; el esquema, no tanto. Se
daba cuenta de que se había ido instalando en lo que sabía hacer, mecánico,
intrascendente y previsible.
Entonces apareció la idea, molesta, tenaz; quizá no
era un artista. Quizá era un obrero que trabajaba con palabras. «Artesano» vino
a él una tarde en casa de Mateo, un amigo que hacía muebles a medida. Tenía el
taller en el garaje: tablas, sargentos, serrín pegado al suelo. Un olor dulce a
barniz fresco.
—Esto que haces tú sí que es arte —se le ocurrió
decir, mirando una mesa sin terminar.
Mateo soltó una risa breve, con la seguridad de
quien tiene decidido desde hace tiempo su sitio en el mundo.
—No, hombre. Esto es oficio.
—Pero mira cómo está ensamblada esa pata… —insistió
él—. Yo no sabría ni por dónde empezar.
—Porque no has aprendido. Si te dedicas unos años,
te sale. No hay misterio. Hay prueba, error y horas. Cualquier cosa que se
pueda explicar, se puede aprender. Y esto se explica.
La afirmación, esa filosofía de bolsillo que sonaba
a lista de autoayuda en X se enganchó a su corazón sin remedio: «Cualquier cosa
que se pueda explicar, se puede aprender».
De vuelta a casa, en el metro, volvió a la
escritura. ¿Se podía explicar? Había cursos, talleres y manuales. Él mismo
había dado alguna clase de «narrativa breve» en centros culturales. Explicaba
cosas: estructura, punto de vista o verosimilitud. Enseñaba a sus alumnos a no
cargar de adjetivos una expresión (no más de tres), a cortar los diálogos antes
de que se volvieran redundantes, a evitar los finales moralizantes. Nada de eso
le parecía un misterio. Era técnica, lenguaje, práctica. Y, sin embargo, había
una parte de sí mismo que se resistía a aceptar esa equivalencia. Porque si
escribir era un oficio —uno más entre otros—, entonces su vida no tenía nada de
extraordinario. No era un elegido, ni un transmisor de nada sagrado. Era un
tipo que tenía cierta habilidad con las palabras del mismo modo que Mateo la
tenía con las tablillas.
La conciencia de su propia dimensión no llegó de
golpe. Fue entrando en ella con pequeñas humillaciones discretas. La primera
vez que publicó una novela. El editor le mandó un informe editorial,
INFORME EDITORIAL
Manuscrito: Marius
Autor: Jacobus Ferrer Alcázar
Fecha: 15 de abril de 2026
Editor: Andrés Valcárcel
1. Valoración general
La lectura de Marius permite identificar, desde muy
pronto, un proyecto literario de notable ambición verbal y emocional. No
estamos ante un manuscrito apoyado en la mera anécdota argumental, sino ante
una novela que quiere trabajar zonas más profundas: la memoria amorosa, la
proyección sentimental sobre el otro, la construcción imaginaria del deseo y la
imposibilidad de fijar una verdad estable sobre lo vivido. El vínculo entre
Marius y Caterina/Catarina, articulado a través del reencuentro, el recuerdo, los
diarios y las escenas del pasado, sostiene un universo reconocible y con
personalidad, mientras la ciudad, el mar, los olores y los espacios interiores
funcionan no solo como escenarios, sino como extensiones psíquicas de los
personajes.
Lo más valioso del manuscrito es, sin duda, la
existencia de una voz. Hay una voluntad de estilo real, una búsqueda de
cadencia, una sensibilidad para la imagen y una forma de mirar que no resulta
intercambiable. El texto sabe que quiere inscribirse en una tradición de novela
lírica, sensorial y reflexiva, y en sus mejores momentos lo consigue: cuando la
prosa se encarna en objetos, olores, arquitectura, gestos o cuerpos, la novela
adquiere espesor, atmósfera y una calidad envolvente muy estimable. Los fragmentos
de diario, además, introducen un contrapunto útil, porque permiten intensificar
la subjetividad y mostrar cómo cada personaje ficcionaliza su propia
experiencia amorosa. Extracto significativo. Tono.
«Hace tanto tiempo que moriste en mí. No quiero
herirte, pero he de ser sincero contigo, me ha costado tanto tiempo aceptarlo,
dar el paso que me alejaba definitivamente de ti. Me duele el corazón porque no
encuentro motivos para estar a tu lado. No me interesan tus reflexiones sobre
el amor ni sobre las relaciones humanas; hemos hablado en exclusiva de ello
todo este tiempo. Mi tragedia no es no quererte, mi tragedia es no encontrar
motivos, ni la justificación, para haber vivido lo que hemos vivido. No queda
ni el deseo de tu cuerpo, ni tu sexo salvaje, no quedan tus besos ni tus
anhelos. Mi corazón es un desierto sin vida, ha muerto con la esperanza de
volver a encontrarme, de poder aceptar algún día que desapareces y no dejas
huella».
2. Principales fortalezas
El manuscrito posee una gran capacidad para crear
clima. La ciudad mediterránea, el viaje, el metro, las habitaciones, la
pensión, el comedor, la playa o los interiores domésticos aparecen cargados de
una densidad sensorial que, bien administrada, puede convertirse en una de las
marcas distintivas de la novela. También resulta interesante la intuición
central del libro: el amor no se presenta aquí como simple historia
sentimental, sino como un mecanismo de invención recíproca, de deformación, de
dependencia y de lucha entre memoria y deseo. Esa idea reaparece de manera
consistente y dota de unidad profunda a materiales que, en una primera lectura,
podrían parecer dispersos.
Hay, además, una intuición estructural fértil: el
cruce entre presente narrativo, escenas pretéritas, diario íntimo y secuencias
casi visionarias permite construir una novela de ecos, repeticiones y capas
temporales, lo que encaja bien con el tema de fondo. El problema no es la
elección del dispositivo, sino su control. Dicho de otro modo: la novela no
falla por querer demasiado, sino por no haber jerarquizado todavía del todo
aquello que quiere ser.
3. Aspectos a revisar
El principal trabajo pendiente es de naturaleza
estructural y de medida. En su estado actual, Marius presenta una evidente
sobrecarga retórica: con frecuencia, la frase quiere sostener a la vez
pensamiento, emoción, símbolo, imagen, digresión y comentario filosófico. Ese
nivel de presión verbal, mantenido durante muchas páginas, acaba debilitando el
efecto, porque la intensidad deja de crecer y se vuelve uniforme. Hay escenas
que deberían conmover por lo que ocurre, pero terminan desplazadas por la elaboración
del discurso. En esos tramos, la novela se aproxima más al poema en prosa o a
la meditación lírica que a la narración propiamente dicha.
También convendría revisar con mucha exigencia la
repetición de materiales. La obsesión, la nostalgia, la imposibilidad de
olvidar, el deseo de huida, la idea del amor como ficción compartida y la
memoria como engaño reaparecen con fuerza, pero demasiadas veces sin producir
un desplazamiento suficiente. El lector comprende pronto el núcleo emocional
del manuscrito; a partir de ahí necesita que cada nueva escena añada
complejidad, no solo insistencia. La novela ganaría mucho si se practicara una
poda severa de reiteraciones y se distinguiera mejor entre fragmentos
imprescindibles y fragmentos meramente atmosféricos.
Hay, igualmente, una cuestión de construcción de
personaje. Marius tiene potencia como figura narcisista, doliente, imaginativa
y autoengañada, pero a menudo se impone tanto como conciencia verbal que todo
lo demás queda absorbido por su magnetismo. Caterina/Ca, pese a tener momentos
intensos y buenos fragmentos de diario, no siempre alcanza el mismo espesor
dramático fuera del lugar de mujer recordada, deseada o reinterpretada. Algo
parecido sucede con personajes como Leila, Pau, Empar o Pedro: aparecen como
satélites útiles, pero todavía no está del todo decidido si cumplen una función
orgánica en la novela o si pertenecen a una expansión lateral del mismo
universo emocional. Ahí habría que elegir.
4. Recomendación editorial
Mi impresión es clara: sí hay novela, pero no
está aún en versión publicable. No bastaría una corrección de estilo ni una
normalización ortotipográfica; lo que el manuscrito necesita es una edición de
desarrollo en profundidad. Habría que trabajar primero la arquitectura general,
decidir con precisión desde dónde empieza verdaderamente la historia,
reorganizar las temporalidades, reducir la redundancia discursiva y devolver
mayor peso a la escena frente a la abstracción. Solo después tendría sentido
entrar en una fase final de fraseo, limpieza y puntuación.
Necesita una reescritura exigente, yo defendería el
proyecto. No como novela “cerrada” lista para entrar en producción, sino como
un manuscrito con identidad, con ambición y con una voz que merece
acompañamiento editorial serio. El mayor riesgo de Marius no es la falta de
talento, sino la falta de contención; su problema no está en no tener mundo,
sino en no haber decidido aún qué parte de ese mundo debe quedar dentro del
libro y cuál conviene dejar fuera. Precisamente por eso me parece un manuscrito
valioso: porque debajo de su exceso, de su aspereza y de su desorden visible,
hay literatura.
Era duro ver destripada tu obra, saber que era
imperfecta, que había que pulir la lengua, la expresión y el estilo; era
difícil asimilar el trabajo que había detrás, las horas de cambiar comas,
adjetivos o eliminar páginas. Después
vino lo del «circuito de presentaciones». Le programaron tres: una en la propia
ciudad, otra en una librería de barrio en otra provincia y una tercera en una
feria del libro. En la primera, vinieron sus amigos, algunos familiares y un
par de desconocidos despistados que probablemente estaban allí porque se habían
confundido de hora. En la segunda, llegaron siete personas, de las que cuatro
eran del club de lectura que organizaba la librera. En la feria firmó
exactamente tres ejemplares. Uno a una mujer que se lo compró porque
coleccionaba primeras obras de «autores noveles» (dijo así, noveles, sin
mirarle a los ojos), otro a un hombre que pensó que el libro era de otro autor
y ya era tarde para echarse atrás, y el tercero se lo compró él mismo, por puro
pudor. Lo pagó en efectivo. Le pareció que así el gesto dolería menos. Al salir
del recinto, durante unos segundos caminó más rápido de lo habitual, como si
alguien pudiera haber notado algo, como si se pudiera intuir su vergüenza, su
frustración.
Nadie lo había notado.
Eso fue casi peor.
No es que esperase masas ni colas. Pero algo en su
imaginación había inflado aquella escena muchas veces durante los años de
escritura. De pronto, el contraste con la realidad era demasiado incontestable
como para no entender el mensaje.
—Lo normal —le recordó el editor, de forma casi
cariñosa— es vender poco. La mayoría de los libros pasan desapercibidos. No es
culpa tuya. Es el ecosistema.
«El ecosistema», pensó él. Otra palabra para
confirmar que no era nada del otro mundo.
La segunda humillación llegó por vía matemática.
Una noche navegaba sin rumbo por internet y dio con
un artículo que hablaba del número de libros que se publicaban al año. Miró la
cifra y notó el golpe en el estómago. Decenas de miles. Cientos de miles, si
contaba todos los mercados. Millones de ejemplares saliendo de imprenta,
ocupando estanterías físicas y digitales, sumándose, con discreción, a una
montaña ya inabarcable.
Pensó que esa montaña no hacía ruido.
Los libros se acumulaban en silencio.
Y el silencio, al final, siempre ganaba.
Luego pensó en la historia de la literatura. De
todos esos millones de libros, ¿cuántos recordaba de verdad? ¿Cuántos habían
sido, para él, excepcionales? Cinco. Diez. Veinte, quizá, siendo generoso. Una
gota ridícula en un mar proceloso y terrible. Y aun esos pocos, ¿habían
cambiado de verdad la historia de la humanidad? No como la penicilina ni como
la imprenta ni como la electricidad. Habían cambiado su manera de sentir, eso
sí. Habían reordenado su modo de mirar el mundo, le habían dado palabras para
cosas que antes no sabía nombrar. Pero cuando pensaba en esos avances que se
estudiaban en los libros de texto, en los inventores cuyos apellidos se
convertían en unidades de medida, la literatura aparecía en un segundo plano,
como un lujo, algo que se agradece, pero que no sostiene hospitales ni puentes.
Era difícil encajar esa lucidez con la vieja imagen del escritor como figura
central, casi heroica. Un mito que habían propiciado los propios escritores.
Durante unos días se enfadó un poco con todo. Con el
sistema, con la industria cultural, con las redes sociales, con las editoriales
y los premios, con los suplementos literarios donde parecía que cada año se
proclamaba una nueva obra «imprescindible» que al año siguiente ya nadie
mencionaba. Se enfadó también consigo mismo por haberse dejado engañar, por
haber confundido vocación con grandeza. Después, pasado el berrinche, algo en
él se acomodó a esa nueva escala. Dejó de preguntarse si iba a escribir algo
«grande» y empezó a preguntarse si podía escribir algo hecho con rigor, con
honestidad, con precisión. Algo bien construido. Como una silla que no cojea. A
partir de ahí, su manera de escribir cambió sin que nadie, salvo él, lo notara.
Se volvió más disciplinado, sí, pero también más humilde. Donde antes se
obsesionaba con «tener una voz propia», ahora se concentraba en ajustar lo
descrito. Pensaba: un carpintero no se preocupa por tener una «voz propia». Se
preocupa de que la mesa no se descuajeringue al primer golpe.
Empezó a ver las palabras como materiales con
propiedades físicas. Había verbos más ligeros y otros más densos. Adjetivos que
se pegaban a los sustantivos como barniz, robándoles relieve, y otros que
parecían abrirlos. Adverbios que eran como pegotes de masilla y que, si se
abusaba de ellos, dejaban la superficie pegajosa. No es que renunciara a la
ambición estética. Al contrario: la desplazó. La colocó no en la originalidad
de los argumentos ni en el aura del autor, sino en la exactitud del resultado.
Quería que cada texto que saliera de sus manos fuese, al menos, el mejor texto
que él era capaz de hacer con las herramientas de las que disponía.
Una mañana decidió que iba a escribir un relato
sobre un hombre que deja su trabajo sin razón aparente. Tenía la escena
inicial: el hombre que apaga su ordenador mete unas pocas cosas en una caja, se
despide con un gesto casi invisible y se marcha. Nada más. Anotó en el
cuaderno: «Relato: el que dimite de sí mismo». Durante días fue acumulando
materiales para ese relato sin escribir una sola línea.
Una noticia: un programador que había dejado una
multinacional para ir a cuidar cabras.
Un comentario de una amiga: «A veces me gustaría que
alguien firmara por mí mi renuncia a todo esto».
Una frase de un ensayo: «El trabajo como identidad
sustituida a la religión».
Una escena en el metro: un hombre con traje que
lloraba mirando su móvil.
Nada de eso iba a entrar tal cual, en el cuento, lo
sabía. Pero eran tablas y clavos y bisagras.
Cuando por fin se sentó a escribir, se preguntó
durante un largo rato, en serio, qué parte de aquello era «él». La historia
estaba hecha de materiales recogidos de todas partes. La voz que iba a contarla
estaba hecha de años de lecturas, de imitaciones, de correcciones. La forma que
le daría se apoyaba en estructuras que cientos de narradores ya habían usado
antes. Tuvo un pensamiento gracioso, se vio a sí mismo como depositario de una
tradición milenaria, parte de un engranaje teologal capaz de poner en palabras
lo que la gente vive y querría vivir. Lo que quedaba de él, pensó, era el modo
concreto de ensamblar todo eso. El gesto de la mano que coloca los ladrillos y
decide cuántos poner. El conflicto, aun así, persistía. Porque por más que se
intuyera como obrero, por más que el discurso de la modestia estuviera bien
elaborado y le quedara incluso elegante en los corrillos literarios, había algo
que no podía apagar: el deseo de excepción, ese ansia de trascendencia, de ser
inmortal a través de sus palabras. No quería, preferimos imaginar queridos
lectores, aceptar que participaba de esa soberbia iracunda que tiende a la
misantropía y que entiende el ego como una unicidad en la confluencia cósmica
de los acontecimientos.
Aquella mañana —misma luz indecisa sobre los ventanales
de la oficina, mismo rumor de teclados, de impresoras y conversaciones
amortiguadas, mismo aire reciclado con olor a café recalentado y a una fatiga
tan antigua que ya nadie se molestaba en nombrarla—, él comprendió, no de golpe
ni como quien recibe una revelación, sino con la claridad lenta y helada con
que ciertas verdades suben desde una región remota del cuerpo hasta instalarse
en la conciencia, que había llegado al final de algo que no sabría definir con
exactitud, porque no era solo el trabajo, ni el cansancio, ni siquiera la vida
ordenada y minuciosa que durante años había aprendido a representar con una
disciplina casi moral, sino una forma entera de estar en el mundo, un pacto
tácito con la costumbre, con la obediencia, con esa ficción respetable según la
cual un hombre es, ante todo, la suma de sus horarios, de sus tareas cumplidas,
de las contraseñas que recuerda, de los correos que responde a tiempo y de la
corrección con que sonríe en los pasillos; de modo que, cuando apagó el
ordenador y vio extinguirse en la pantalla el reflejo espectral de su rostro
—ese rostro que tantas mañanas había traído consigo a la servidumbre de los
reflejos—, no sintió alivio ni miedo, tampoco una exaltación secreta, sino algo
más hondo y más desnudo, una suerte de desapego mineral, como si estuviera
asistiendo al silencioso desmontaje de una maquinaria cuyo funcionamiento había
aceptado durante demasiado tiempo sin llegar nunca a confundirla consigo mismo,
y entonces empezó a guardar sus cosas con una parsimonia que nadie habría
juzgado extraña: un cuaderno de tapas negras donde apenas había anotado frases
sueltas, una taza con una grieta fina en el asa, dos bolígrafos, un libro que
había dejado semanas enteras boca abajo sobre la mesa sin pasar de la página
treinta y siete, una fotografía tomada en una playa que ya no recordaba del
todo y en la que sonreía al lado de personas a quienes, si era sincero, tampoco
habría sabido decir que echaba de menos; fue colocando cada objeto en la caja
de cartón con la delicadeza casi religiosa de quien recoge las pruebas de una
existencia menor, no porque aquellas pertenencias tuvieran un valor verdadero,
sino porque en ellas se había ido sedimentando la costra visible de una
identidad que ya no le pertenecía, y cuando por fin se levantó, notó en el
cuerpo la extraña ligereza del enfermo al que, después de años habituado a una
fiebre baja, le retiran de pronto el calor y lo dejan solo ante el aire frío de
su salud desconocida; nadie reparó en él al principio, o al menos nadie reparó
de la manera en que uno imagina que los demás deberían advertir el instante
exacto en que una vida se desvía para siempre de su cauce previsto, porque las
oficinas están hechas, entre otras cosas, para neutralizar cualquier conato de
tragedia y reducirlo a un movimiento administrativo, a una incidencia menor, a
una ausencia que se cubrirá con otra presencia correcta, fatigada, igualmente
reemplazable, y así fue como se acercó a la salida con aquella caja abrazada contra
el pecho, saludó con una inclinación casi invisible de la cabeza a una
compañera que levantó la vista apenas un segundo antes de volver a hundirse en
la pantalla, dejó sobre la mesa del despacho contiguo una tarjeta de acceso y
una llave que ya no abría nada importante, y siguió andando por el pasillo con
la impresión, no exenta de ironía, de que nadie abandona de verdad un trabajo,
sino la forma de servidumbre íntima que ha terminado por confundirse con su
carácter; al llegar al ascensor, mientras esperaba la lenta llegada de la
cabina entre zumbidos mecánicos y números rojos que descendían con insoportable
parsimonia, pensó que no estaba dimitiendo de un cargo, ni siquiera de una
rutina, sino de una versión de sí mismo edificada con cuidado para no hacerse
ciertas preguntas, y que tal vez la verdadera renuncia, la única cuya gravedad
no podía compartirse con nadie en un formulario ni en una despedida cortés,
consistía en eso: en dejar de obedecer al hombre que había sido hasta entonces,
en retirar de él el crédito, la fe, la obstinación, como quien revoca un
mandato o abandona una religión sin estrépito, con la sola certeza de que
seguir fingiendo habría resultado más escandaloso que cualquier fuga; cuando se
abrieron por fin las puertas y entró en el ascensor vacío, se vio un instante
reflejado en el acero mate de las paredes, borroso y duplicado, llevado ya no
por una voluntad firme, sino por la inercia de un gesto que acaso venía
preparándose en él desde hacía años, y se preguntó, con una serenidad que a punto
estuvo de parecerle ajena, si no habría pasado la mayor parte de su vida
ensayando precisamente aquel momento: el instante humilde y brutal en que un
hombre deja de cumplir con la representación de sí mismo y, sin saber aún en
qué habrá de convertirse, da el primer paso hacia la intemperie.
Una noche, mientras navegaba por una página de
reseñas, alguien había escrito sobre uno de sus libros. Una crítica mínima,
casi un comentario perdido entre otros cientos. «Libro correcto, bien escrito,
pero no aporta nada nuevo. Uno más para leer mirando la playa». El comentario
era justo. Era, de hecho, coherente con todo lo que él mismo pensaba: no
aportaba nada nuevo al mundo, no cambiaba la historia de la humanidad, no
revolucionaba el lenguaje ni abría caminos inexplorados. Era un libro correcto,
bien escrito. Un trabajo digno. Y, sin embargo, le dolió. Sintió una punzada
aguda, como si le hubieran descubierto en una mentira. Cerró la página con un
gesto más brusco de lo necesario. Notó calor en la nuca. Se levantó y fue a la
cocina sin saber exactamente qué buscaba. Abrió la nevera. La volvió a cerrar. La
palabra «correcto» seguía allí, no solo en su cabeza, sino en el mismo orden que
los alimentos de los estantes del frigorífico, porque una parte de él —pequeña
pero tenaz— seguía anhelando que alguien dijera: «Esto es excepcional». No en
el sentido de entrar en los programas de estudio, no en el de ganar premios
importantes, sino en ese tono íntimo con que uno habla de los pocos libros que
lo han marcado.
Se descubrió a sí mismo elaborando una trampa sutil:
se veía como un profesional de la escritura, desgastaba la palabra artista
hasta vaciarla de solemnidad, pero en secreto esperaba que, de vez en cuando,
alguien viniera a decirle que, a pesar de todo, él sí era de los otros, alguien
que manifestaba una sensibilidad distintiva.
Empezó a observarla como quien mira a un insecto
raro dentro de un frasco de cristal.
En la mesa de trabajo tenía pegada, con cinta, una
hoja con sus propias normas. No las llamaba «normas de edición», aunque lo
eran. Eran más bien recordatorios de cosas que le parecían importantes para no
engañarse.
No escribir pensando en la posteridad. No eres una
estatua.
Evitar todo lo que suene a frase célebre. Si brilla
demasiado, seguramente es falso.
Hay que recordar que ya se ha escrito casi todo. Lo
tuyo es ordenar de otra manera.
No usar el dolor ajeno como atajo. Si aparece, que
sea porque es necesario, no porque impacta.
Cuidar las frases como si fueran muebles que alguien
va a usar cada día. Que no tengan clavos salientes.
Cada vez que dudaba, miraba esa hoja. A veces
tachaba una norma, o la reformulaba. Había empezado con doce, luego redujo a
cinco.
Un día, revisando un manuscrito, se sorprendió
aplicando esas normas con una devoción casi religiosa. Quitaba adjetivos,
suavizaba metáforas demasiado llamativas, podaba digresiones que sonaban más a
exhibición de ingenio que a necesidad narrativa. Donde antes hubiera dejado un
párrafo algo solemne, ahora lo desarmaba sin piedad. No se sentía censurado. Se
sentía, más bien, afinado, aliviado. Escribir, para él, se había convertido en
eso: en un proceso de afinación progresiva, casi musical, donde el material
nunca era puro y original, sino una serie de sonidos que venían de otros
instrumentos, de otras salas, de otras épocas. Su trabajo consistía en
combinarlos hasta que la melodía, aunque conocida, sonara honesta.
Con frecuencia, sus amigos —sobre todo los que no
escribían— le preguntaban por la inspiración. Era la pregunta que más le
incomodaba. No porque le pareciera ingenua, sino porque el concepto mismo le
resultaba sospechoso, inflado por décadas de romanticismo mal digerido. Ese yo
atormentado, drogado o borracho no iba con él.
—¿De dónde te vienen las ideas? —le decía alguien,
con ojos ligeramente entornados, esperando quizá un relato de visiones
nocturnas o vivencias extremas.
Él respondía cada vez de forma distinta, pero
siempre orbitaba alrededor de la misma imagen: la del taller.
—Imagínate un carpintero —decía—. ¿De dónde le viene
la idea de hacer una silla? Necesita una silla. La hace. O alguien se la
encarga. La inspiración, si quieres llamarla así, está en el catálogo de sillas
que ha visto antes, en las necesidades que conoce, en las limitaciones del
material. Puede inventar, es cierto, crear algo nuevo, pero lo hace desde todo
lo que conoce. Es, cómo te lo diría, algo acumulativo.
A veces veía decepción en la cara de quien le
escuchaba. Como si hubiese traicionado una expectativa.
—Entonces, ¿no crees en la originalidad? —insistían.
Y él respondía con sinceridad:
—Creo en las variaciones.
—Pero habrá obras únicas, ¿no?
—Pocas. Muy pocas. Menos de las que creemos. Y no sé
si se pueden perseguir. Creo que pasan, cuando pasan. La mayoría hacemos cosas,
algunos, decentes.
No decía todo lo que pensaba, por pudor, como que
incluso esas obras excepcionales, si las mirabas de cerca, estaban hechas
también de materiales anteriores. Que quizá la única diferencia era el modo
radical en que habían sido combinados. Que ninguna salía de la nada, como
ningún invento surgía en un vacío absoluto, por más que nos gusten las
historias de genios aislados. Pensaba también en los descubrimientos, en las
vacunas, en las teorías físicas que habían cambiado nuestra forma de estar en
el mundo, permitiéndonos vivir más, mejor, con menos dolor. Él no aspiraba a
nada parecido. No podía. Y eso lo liberaba y lo humillaba a la vez.
Hubo un momento que él, con los años, consideraría
un punto de inflexión. No fue un premio, ni una reseña, ni una revelación
mística. Fue un encargo modesto: escribir un prólogo para la reedición de un
libro ajeno. No era un libro famoso. Era una novela olvidada de un autor muerto
hacía décadas. El editor pensaba que quizá, con una nueva portada, una
actualización de la lengua y un texto de presentación tendría una segunda vida.
Le ofreció el encargo a él, no porque fuera un nombre de peso, sino porque le constaba
que apreciaba aquella obra. Aceptó. Releyó el libro, tomó apuntes, subrayó
pasajes. Después, mientras redactaba el prólogo, sintió por primera vez de
forma clara que su trabajo consistía también en eso: en ubicarse en una cadena.
En el texto hablaba del autor, de su contexto, de las influencias que se
percibían en su prosa, de los temas que entonces eran urgentes y ahora quizá ya
no lo eran tanto, pero seguían resonando de formas inesperadas. Reivindicaba
esa novela no como un hito ni como un clásico secreto, sino como una pieza más
en el tapiz de una tradición.
Cuando entregó el prólogo, se dio cuenta de que
estaba aplicando a otro lo que deseaba que aplicaran a él: una lectura que no
exigiera grandeza, sino precisión en la mirada. Se preguntó si eso lo convertía
en algo así como un peón consciente de su sitio en el tablero o en un
renunciante. No obtuvo una respuesta clara. Dejó la pregunta flotando y siguió
escribiendo.
Algunos días se levantaba con ganas de quemar todos
sus manuscritos. Le invadía la sensación de que añadir más páginas al mundo era
una forma sofisticada de basura. Pensaba en los árboles talados, en la energía
consumida, en el tiempo que él y otros dedicaban a leer y escribir toda esa
masa de texto que casi nadie recordaría.
Entonces se obligaba a pensar a otra escala.
Intentaba imaginar, por ejemplo, a una sola persona,
una lectora, que llega a casa un viernes por la noche después de una semana
agotadora, abre su libro —quizá uno de los suyos, quizá otro— y encuentra allí
un párrafo que, sin cambiarle la vida, le ofrece un respiro, una formulación
exacta de algo que llevaba años sintiendo de forma confusa. Esa posibilidad
mínima le bastaba para seguir. Aunque también sospechaba que, en el fondo, lo
que temía no era fracasar, sino dejar de escribir y enfrentarse a lo que quedaría
cuando no hubiera frases de por medio.
No sabía si escribía para decir algo o para no
quedarse callado.
Artesanía también era eso.
Pensar en una mesa, no en la metáfora de la mesa.
Pensar en alguien apoyando los codos.
Nada más.
En esos días, la palabra «operario» le sonaba menos
a resignación y más a posición. Otros días, en cambio, el viejo fantasma del
artista volvía con formas más burdas: envidia, orgullo o comparación. Pasaba
cuando veía entrevistas a autores de su generación que sí habían recibido
premios importantes o cuyas obras se adaptaban al cine. Escuchaba sus
declaraciones —sobre el sentido de la literatura, sobre el papel del escritor
en la sociedad, sobre la necesidad de arriesgar formalmente— y notaba cómo algo
en él se tensaba. Una parte lo cuestionaba todo, con una mezcla de cinismo y
rabia; otra parte, más silenciosa, se preguntaba si no estaría siendo él
demasiado tímido, demasiado «artesanal», demasiado poco visible.
Otra noche, después de ver una de esas entrevistas,
se sentó a escribir con un ánimo extraño. Empezó con algo grandilocuente, lleno
de palabras como «ruptura», «singularidad», «búsqueda radical». Siguió con un
párrafo donde la voz del narrador hacía declaraciones sobre la naturaleza
humana. Lo releyó. Se sonrojó, aunque estaba solo.
Vivía en un tiempo de ruptura con los ordenamientos
simbólicos heredados, una época en la que la subjetividad, despojada de sus
antiguos refugios, se vería obligada a reinventarse en el vacío, buscando una
singularidad que no sería un capricho estético, sino la única forma posible de
existencia auténtica; en ese mundo de ausencias, la búsqueda radical del yo
había dejado de ser un ejercicio íntimo para convertirse en una exigencia
histórica, una suerte de ética del desgarro donde cada gesto —amar, abandonar,
incluso permanecer— tenía que ser leído como una tentativa de insurrección
frente a los dispositivos que le normalizaban y reducían a mera estadística
humana.
Sin pensarlo demasiado, abrió una nueva página y
copió aquella frase inicial. La fue desnudando. Quitó los términos pomposos,
cambió los sustantivos abstractos por escenas concretas. Donde antes decía «la
ruptura con los ordenamientos simbólicos heredados», ahora escribió: «la
primera vez que su padre se quedó sin palabras». Les dio nombres a los
personajes. Les puso un vaso de agua en la mano. Les colocó un ruido de nevera
de fondo.
La primera vez que su padre se quedó sin palabras
fue en la cocina, una tarde indeterminada, con la luz entrando oblicua por la
ventana y el zumbido constante de la nevera llenando los huecos de la
conversación. Tenía un vaso de agua en la mano, los dedos húmedos marcando el
cristal, como si necesitara aferrarse a algo que no fuera él mismo, y escuchaba
al hijo —a ese hijo con nombre y ojeras, agotado del aburrimiento de la oficina
y de noches en vela— decirle que se marchaba, que ya no podía más, que necesitaba
poner distancia, aunque no supiera muy bien de qué. El padre abrió la boca para
responder con una expresión de las suyas, alguna sentencia ordenadora («la
familia es lo único que…», «en esta casa siempre hemos…»), pero no encontró el
verbo adecuado ni el tono ni la autoridad antigua y lo único que salió fue un
gesto torpe, un pequeño asentimiento que no significaba acuerdo ni comprensión,
apenas si, una rendición que se mezcló con el golpecito del vaso al dejarlo
sobre la mesa, con el motor de la nevera encendiéndose, con la respiración de
ambos volviéndose de golpe demasiado audible.
Mientras lo hacía, sintió que volvía a su lugar. No
era un lugar menos importante; era el suyo. Así de sencillo. Podía admirar a
quienes se lanzaban a grandes gestos formales, igual que uno puede admirar a un
arquitecto que diseña un museo espectacular. Pero él, es probable que lo
pensara, estaba más cerca del que construye una pared, de aquel que hace que los
techos luzcan lisos y perfectos.
No era poco.
Se lo repetía: no es poco.
Con los años, su obra fue creciendo. Unos cuantos
libros de relatos, tres novelas, algún ensayo breve; le costaba la poesía. Nada
que llenara titulares, pero lo suficiente como para ocupar un estante entero en
su propia casa. Le gustaba mirarlo a veces, motivado por una curiosidad
infantil que no acaba de creerse el mundo. Veía el lomo de cada libro y
recordaba, más que las historias que contenían, los ecos de su propia
conciencia al escribirlos.
Los primeros, llenos de tics formales aprendidos, de
un deseo casi ansioso de demostrar que «sabía escribir». Era sencillo recordar
el ansia de perfección, la promesa de no editar nada que no estuviera de
acuerdo con su propio criterio de corrección; si hubiera sido así, no habría
publicado nunca, era evidente que el talento no alcanzaba la ilusión de
trascendencia. Los posteriores, más sobrios, más atentos al ritmo interno que a
las piruetas visibles, habían sido elaborados desde la experiencia de la
palabra, si no perfectos, si correctos, bien editados y trabajados. No estaba
seguro de que fueran mejores, pero sí más suyos, en el sentido de que
reflejaban de forma más honesta la clase de escritor que había acabado siendo. A
veces pensaba en qué quedaría de todo eso cuando él muriera. La respuesta más
probable era: nada. O casi nada. Algún ejemplar en una biblioteca perdida, una
cita en una tesis de algún estudiante exhausto, una frase subrayada en un libro
que terminaría en una caja de cartón y luego en una librería de segunda mano. No
lo vivía como tragedia. Lo veía como parte del ciclo normal de las cosas. No saber
quién fabricó la mayoría de las sillas en las que nos hemos sentado, no las
hace menos necesarias.
Cuando le preguntaban por su oficio —porque con el
tiempo empezó a llamarlo de modo definitivo, «oficio», sin pudor— intentaba ser
claro.
—Mi trabajo consiste en estar atento —decía—. En
mirar alrededor, escuchar, leer y luego reformular todo eso con las palabras
que tengo. No invento los sentimientos ni las situaciones. Como mucho, ordeno
de otro modo. Soy más bien un artesano del montaje, un hacedor de universos que
están ahí delante, pero que no se ven.
No todo el mundo quedaba satisfecho con esa
respuesta. Algunos insistían en la idea del talento, del don, de la chispa. Él
no negaba que hubiera diferencias de capacidad, de sensibilidad, de oído. Sería
absurdo.
—Pero también hay gente que nace con más facilidad
para las matemáticas o para el deporte —añadía—. Y no por eso pensamos que son
seres tocados por una divinidad. Bueno, en realidad sí, tratamos de genio a
quien solo goza de una habilidad talentosa. En el fondo, encajan mejor en ciertas
actividades, pero queremos encumbrarlos sobre la mediocridad imperante.
Quizá, pensaba, la única diferencia persistente
entre el artista y el artesano estaba en el relato que se contaban a sí mismos.
Uno se veía como origen casi absoluto; el otro se entendía como continuación.
Uno se situaba en el centro; el otro se veía en una esquina, como parte de un
proceso mayor. Él había decidido, o había tenido que aceptar, que su lugar era una
esquina.
Una tarde, sentado en una cafetería, comenzó a
escribir un texto extraño, sin título. No sabía si iba a ser un cuento, un
ensayo, una confesión disfrazada. Empezaba con un pensamiento que le salió casi
sin querer:
«Existe un escritor que entiende que no es origen,
sino continuidad.»
La releyó. Sonrió con un gesto irónico. Aquello
parecía el comienzo de un retrato, pero no quería que fuese una caricatura ni
una apología. Quería mostrar, más que afirmar.
Siguió escribiendo sobre ese escritor que toma
materiales de noticias, de libros, de historias que escucha sin saber siquiera
que las está almacenando. Escribió que se considera artesano en el sentido de
habilidad y destreza para crear objetos que pueden reproducirse, que pueden
incluso venderse. Escribió sobre la diferencia entre esa figura y la del
artista que se piensa a sí mismo como portador de algo irrepetible, creador de
la estética que trasforma el mundo. Escribió sobre la multitud de escritores,
sobre la maraña de libros publicados que se pisan unos a otros, sobre la
repetición de argumentos, de estructuras, de estilos. Pensó en la cantidad
ingente, sí ingente, de libros que quedaban a abandonados en estanterías y
nunca se leían ni se compraban ni se consideraban. Mientras rellenaba la
página, sintió que se describía a sí mismo y, a la vez, que describía a muchos
otros que conocía. No lo hacía con reproche ni con condescendencia; lo hacía
con una mezcla de ternura y exactitud. Quería que ese «escritor artesano»
apareciera en toda su riqueza contradictoria: capaz de manipular el lenguaje
con precisión y, al mismo tiempo, concienciando su trabajo no como hito
histórico.
En un momento se detuvo. Miró el texto. Se dio
cuenta de que ese escritor del que hablaba «llega a entender que todo ha
cambiado, que la conciencia de la escritura como profesión no implica algo
excepcional». Eso era lo que le había costado años formular. También escribió,
casi como un susurro, la pregunta que tanto le rondaba: «¿Cuántas obras en la
historia de la literatura son realmente excepcionales? ¿Hasta qué punto han
significado un avance en la historia de la humanidad?». Dejó caer las
respuestas sin dramatismo: pocas, poco. No para minusvalorar nada, sino para
situar la literatura en otro ámbito de percepción.
Mientras desarrollaba el texto, iba y venía entre la
tercera persona y una primera persona velada. A ratos parecía que se confesaba;
a ratos, que analizaba desde fuera. Eso también formaba parte del juego:
mostrarse y ocultarse al mismo tiempo, como hace cualquiera que escribe.
Cuando terminó el primer borrador, lo guardó sin
releer. Le gustaba dejar un texto en calma, como se deja secar una capa de
barniz. Sabía que, cuando volviera, lo primero que haría sería aplicar las
tijeras: quitar redundancias, ajustar el ritmo, suavizar alguna afirmación
demasiado categórica. Pero también sabía que, en lo esencial, aquel texto
contenía algo que había ido empujando desde hacía tiempo: la aceptación de que
su proceso de creación no dejaba de ser una reformulación de materiales ya
existentes, procedentes de fuentes que ni siquiera conocía del todo. La idea,
lejos de angustiarlo, le daba una sensación extraña de compañía. No estaba solo
en una habitación inventando mundos. Formaba parte de una red, de una
tradición, de una circulación constante de historias, frases, intuiciones.
Era un artesano, sí. Y, como tal, su mejor logro
sería la calidad de los objetos que dejara tras de sí.
Cerró el portátil sin la sensación de haber llegado
a ninguna conclusión. No había resuelto nada. Había ordenado, apenas, el
conflicto. Lo había puesto en palabras. Y eso no era lo mismo que superarlo. Terminó
el café. Miró por la ventana si la ciudad seguía moviéndose indiferente, a sus
pequeñas guerras internas. Pensó, fugaz, en la relatividad, en la IA, en todas
esas cosas que habían cambiado de manera radical la vida del ser humano. Luego,
con una calma sin resentimiento, se dijo que lo suyo no iba de eso. Lo suyo iba
de buscar, en el idioma, formas lo bastante precisas para que alguien, algún
día, al leer algo suyo, sintiera la vaga, pero intensa sensación de estar
siendo entendido.
Si lo conseguía, aunque fuera una vez, se daría por satisfecho.
La ciudad seguía moviéndose. Un autobús se detuvo en
la esquina. Una pareja discutía con gestos contenidos. Una mujer hablaba por
teléfono con la voz ligeramente quebrada. El mundo avanzaba con su indiferencia
habitual.
No podía evitar preguntarse si todo aquel esfuerzo
—las horas, los años, la obstinación silenciosa— era una forma refinada de
insistir en algo que el mundo no necesitaba. La pregunta no era retórica. Era
incómoda.
No algo dañino.
Solo innecesario.
Pensó en todos los libros que había leído y
olvidado. En las frases que un día le parecieron imprescindibles y ahora no
sabría citar. Pensó en sus propios libros ocupando espacio en estanterías
ajenas, quizá sin abrir, quizá abiertos una sola vez.
La idea no lo devastó.
Pero tampoco lo consoló.
Movió una coma.
La dejó.
La volvió a mover.
Durante un instante no supo si estaba corrigiendo el
texto o prolongando una costumbre.
Pensó que quizá escribir no era una misión ni un
oficio ni siquiera una vocación.
Tal vez era solo una manera de retrasar el silencio.
No borró nada.
Y empezó de nuevo.
«Existe un escritor que entiende que no es origen,
sino continuidad».
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