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jueves, 23 de abril de 2026

Tal vez era solo una manera de retratar el silencio

 

Mucho antes de que llegara siquiera a sospechar que un día publicaría un libro, cuando todavía no había aprendido a nombrar con exactitud la mezcla de vanidad, deseo y temblor que lo habitaba, vivía entregado a la convicción silenciosa —más orgánica que pensada, adherida al cuerpo que formulaba en palabras— de que en él se incubaba algo distinto, una suerte de privilegio secreto que lo apartaba sin estridencia de los demás y lo inclinaba, como por una ley íntima, hacia una forma superior de percepción;

no se veía a sí mismo como una suerte de elegido, ni como un iluminado, ni siquiera como un artista, porque esas palabras le habrían resultado excesivas, teatrales, impropias de la pudorosa seriedad con que los jóvenes suelen proteger sus delirios profundos, su inconsistencia íntima, pero sí se movía por el mundo con la impresión persistente de que había nacido para advertir en las cosas un brillo que otros apenas rozaban, para descubrir, en la curva de una carretera, en la reverberación de una fachada sucia después de la lluvia o en el modo en que una mujer anónima recogía del suelo una bolsa de naranjas rota, no simples escenas de la vida corriente, sino indicios de un orden oculto que solo a él le correspondía traducir; era, en el fondo, una certeza muda, parecida a esas supersticiones privadas que nunca llegan a confesarse del todo y, sin embargo, organizan una existencia entera desde las sombras y en esa certeza latía la idea —vaga, grandiosa, nunca del todo examinada— de que su destino estaba ligado a la excepción, a esa rara estirpe de hombres de la que hablaban las biografías, los documentales y ciertos prólogos enfáticos, hombres que no se limitaban a vivir en el mundo, sino que llegaban a reformularlo con la sola potencia de su mirada, como si les hubiera sido concedido el don de arrancar sentido allí donde los demás solo encontraban costumbre, paisaje o decorado; a veces, de adolescente, se detenía sin motivo frente al escaparate de una librería ya cerrada, viendo su reflejo mezclado con los lomos de los libros, y en aquella superposición banal —su rostro todavía indeciso flotando sobre apellidos consagrados, títulos severos, ediciones que prometían una posteridad ajena y magnífica— creía adivinar, con una emoción casi religiosa, la prefiguración de una obra futura que aún no existía, pero que ya parecía mirarlo desde algún lugar remoto con la paciencia de lo inevitable.

«Yo lo tengo».

Con los años descubrió que no, o, al menos, que no de la manera que imaginaba.

Cada mañana, se sentaba delante de la mesa y encendía el ordenador como quien enciende la cafetera o la tostadora. Había algo metódico en el gesto: abrir el procesador de texto, recuperar el archivo de la novela en curso, releer un par de párrafos, corregir una coma, partir una frase en dos, suprimir un adjetivo. Luego empezaba a añadir palabras, despacio. Muy despacio. No lo vivía como un trance, no «entraba en flujo», la verdad que ese «yo creativo» no le hablaba desde el abismo del ser. No sentía que desbordara nada. Lo que hacía se parecía mucho a colocar ladrillos sobre un muro que ya viene trazado: una hilada más, luego otra, y otra. Al cabo de una hora, dos páginas nuevas. A veces, media. A veces, ninguna.

Con el tiempo empezó a verse como alguien que sobrevive en el idioma. No abría caminos, afinaba senderos ya trazados. Al principio como broma, después como definición incómoda y, al final, como una verdad que ya no podía esquivar, se identificaba con un artesano porque nada de lo que hacía le parecía excepcional, como mucho, un talento incómodo que le ayudaba a sobrevivir, una capacidad del intelecto que le dotaba de una aptitud natural para decir lo que se había de decir. Nada nuevo, la verdad, escribir no se alejaba de otras habilidades.

La sospecha había empezado muchos años antes, cuando se dio cuenta de que casi todo lo que escribía estaba hecho de cosas ajenas. Tenía esa sensación incómoda de haber leído tal o cual fragmento en alguna parte antes. Tal vez, pensaba, era el síndrome del impostor, la incapacidad de aceptar y el miedo a no ser reconocido. Le ocurría, por ejemplo, con las noticias. Leía el periódico, lo hojeaba para descubrir un suicidio por desahucio, un ministro que dimitía, un niño que se había perdido en una romería o el incendio en una fábrica textil de un país al que nunca iría. Nada de eso terminaba en sus historias tal cual, pero se quedaba dentro como una reserva difusa de palabras e información inconexa. Meses después, surgía una escena: un hombre que salta por la ventana, pero no por la hipoteca, sino por una culpa indistinguible; una mujer que dimite no de un cargo, sino de su propia vida; un niño que se pierde en un supermercado. El incendio se transformaba en un brasero mal apagado en una casa de barrio. Cualquier historia se convertía en posible. Sin duda, se sentía como un impostor. ¿Era eso crear? Le parecía demasiado parecido a reciclar. Sí. Era buen observador, sabía dónde encontrar historias ocultas, recrearlas y transformarlas. No era solo la prensa. Estaban los libros que leía; los pensamientos que subrayaba; las conversaciones de sobremesa con amigos; las confesiones que un colega le hacía en la barra de un bar; los recuerdos de su infancia o aquella tarde en que vio llorar en secreto a su padre, sin explicación. La gente transitaba por la ciudad, ajena al mundo, enfrascada en historias particulares que tenían su propia excepcionalidad. Él las tomaba. Además de la impresión en su memoria, apuntaba con dedicación detalles de tal o cual personaje, lo retrataba con sus rasgos morales, con su vida ficcionada, con una precisión profesional. Todo pasaba a un cuaderno primero: esas notas breves, a veces casi absurdas, se convertían en listas, pequeñas fichas de datos. Pocos detalles. Apuntes de un pintor.

«Mujer que se ríe en entierro (risa física, no irónica). Parece abrumada porque se ha quedado sin trabajo. El pantalón tiene un color imposible»

«El miedo a no dejar rastro le cambia los ojos, se los nubla. Son difíciles de describir. El cuerpo es difícil. Personalidad introvertida. Situaremos en el café.»

«El profesor que corrige el mundo con tiza, no con actos. Lleva el bolígrafo en el bolsillo trasero del pantalón»

Eran piezas sueltas, en apariencia suyas, pero venían de lugares que no dominaba. Ese gesto visto en el metro, la palabra escuchada en la cola del pan, una escena vista por casualidad en una película mala que había dejado puesta de fondo. Lo escribía todo. Después, semanas o años más tarde, volvía a esos cuadernos y extraía de ahí materiales como quien busca tornillos y tablas en la caja de herramientas.

Con el tiempo empezó a notar que los mecanismos se repetían: personajes parecidos, giros de diálogo parecidos, estructuras que se le imponían casi solas. El niño perdido, la confesión tardía, el secreto familiar. Cambiaban los nombres, la ciudad, el año; el esquema, no tanto. Se daba cuenta de que se había ido instalando en lo que sabía hacer, mecánico, intrascendente y previsible.

Entonces apareció la idea, molesta, tenaz; quizá no era un artista. Quizá era un obrero que trabajaba con palabras. «Artesano» vino a él una tarde en casa de Mateo, un amigo que hacía muebles a medida. Tenía el taller en el garaje: tablas, sargentos, serrín pegado al suelo. Un olor dulce a barniz fresco.

—Esto que haces tú sí que es arte —se le ocurrió decir, mirando una mesa sin terminar.

Mateo soltó una risa breve, con la seguridad de quien tiene decidido desde hace tiempo su sitio en el mundo.

—No, hombre. Esto es oficio.

—Pero mira cómo está ensamblada esa pata… —insistió él—. Yo no sabría ni por dónde empezar.

—Porque no has aprendido. Si te dedicas unos años, te sale. No hay misterio. Hay prueba, error y horas. Cualquier cosa que se pueda explicar, se puede aprender. Y esto se explica.

La afirmación, esa filosofía de bolsillo que sonaba a lista de autoayuda en X se enganchó a su corazón sin remedio: «Cualquier cosa que se pueda explicar, se puede aprender».

De vuelta a casa, en el metro, volvió a la escritura. ¿Se podía explicar? Había cursos, talleres y manuales. Él mismo había dado alguna clase de «narrativa breve» en centros culturales. Explicaba cosas: estructura, punto de vista o verosimilitud. Enseñaba a sus alumnos a no cargar de adjetivos una expresión (no más de tres), a cortar los diálogos antes de que se volvieran redundantes, a evitar los finales moralizantes. Nada de eso le parecía un misterio. Era técnica, lenguaje, práctica. Y, sin embargo, había una parte de sí mismo que se resistía a aceptar esa equivalencia. Porque si escribir era un oficio —uno más entre otros—, entonces su vida no tenía nada de extraordinario. No era un elegido, ni un transmisor de nada sagrado. Era un tipo que tenía cierta habilidad con las palabras del mismo modo que Mateo la tenía con las tablillas.

La conciencia de su propia dimensión no llegó de golpe. Fue entrando en ella con pequeñas humillaciones discretas. La primera vez que publicó una novela. El editor le mandó un informe editorial,

INFORME EDITORIAL

Manuscrito: Marius

Autor: Jacobus Ferrer Alcázar

Fecha: 15 de abril de 2026

Editor: Andrés Valcárcel

1. Valoración general

La lectura de Marius permite identificar, desde muy pronto, un proyecto literario de notable ambición verbal y emocional. No estamos ante un manuscrito apoyado en la mera anécdota argumental, sino ante una novela que quiere trabajar zonas más profundas: la memoria amorosa, la proyección sentimental sobre el otro, la construcción imaginaria del deseo y la imposibilidad de fijar una verdad estable sobre lo vivido. El vínculo entre Marius y Caterina/Catarina, articulado a través del reencuentro, el recuerdo, los diarios y las escenas del pasado, sostiene un universo reconocible y con personalidad, mientras la ciudad, el mar, los olores y los espacios interiores funcionan no solo como escenarios, sino como extensiones psíquicas de los personajes.

Lo más valioso del manuscrito es, sin duda, la existencia de una voz. Hay una voluntad de estilo real, una búsqueda de cadencia, una sensibilidad para la imagen y una forma de mirar que no resulta intercambiable. El texto sabe que quiere inscribirse en una tradición de novela lírica, sensorial y reflexiva, y en sus mejores momentos lo consigue: cuando la prosa se encarna en objetos, olores, arquitectura, gestos o cuerpos, la novela adquiere espesor, atmósfera y una calidad envolvente muy estimable. Los fragmentos de diario, además, introducen un contrapunto útil, porque permiten intensificar la subjetividad y mostrar cómo cada personaje ficcionaliza su propia experiencia amorosa. Extracto significativo. Tono.

«Hace tanto tiempo que moriste en mí. No quiero herirte, pero he de ser sincero contigo, me ha costado tanto tiempo aceptarlo, dar el paso que me alejaba definitivamente de ti. Me duele el corazón porque no encuentro motivos para estar a tu lado. No me interesan tus reflexiones sobre el amor ni sobre las relaciones humanas; hemos hablado en exclusiva de ello todo este tiempo. Mi tragedia no es no quererte, mi tragedia es no encontrar motivos, ni la justificación, para haber vivido lo que hemos vivido. No queda ni el deseo de tu cuerpo, ni tu sexo salvaje, no quedan tus besos ni tus anhelos. Mi corazón es un desierto sin vida, ha muerto con la esperanza de volver a encontrarme, de poder aceptar algún día que desapareces y no dejas huella».

2. Principales fortalezas

El manuscrito posee una gran capacidad para crear clima. La ciudad mediterránea, el viaje, el metro, las habitaciones, la pensión, el comedor, la playa o los interiores domésticos aparecen cargados de una densidad sensorial que, bien administrada, puede convertirse en una de las marcas distintivas de la novela. También resulta interesante la intuición central del libro: el amor no se presenta aquí como simple historia sentimental, sino como un mecanismo de invención recíproca, de deformación, de dependencia y de lucha entre memoria y deseo. Esa idea reaparece de manera consistente y dota de unidad profunda a materiales que, en una primera lectura, podrían parecer dispersos.

Hay, además, una intuición estructural fértil: el cruce entre presente narrativo, escenas pretéritas, diario íntimo y secuencias casi visionarias permite construir una novela de ecos, repeticiones y capas temporales, lo que encaja bien con el tema de fondo. El problema no es la elección del dispositivo, sino su control. Dicho de otro modo: la novela no falla por querer demasiado, sino por no haber jerarquizado todavía del todo aquello que quiere ser.

3. Aspectos a revisar

El principal trabajo pendiente es de naturaleza estructural y de medida. En su estado actual, Marius presenta una evidente sobrecarga retórica: con frecuencia, la frase quiere sostener a la vez pensamiento, emoción, símbolo, imagen, digresión y comentario filosófico. Ese nivel de presión verbal, mantenido durante muchas páginas, acaba debilitando el efecto, porque la intensidad deja de crecer y se vuelve uniforme. Hay escenas que deberían conmover por lo que ocurre, pero terminan desplazadas por la elaboración del discurso. En esos tramos, la novela se aproxima más al poema en prosa o a la meditación lírica que a la narración propiamente dicha.

También convendría revisar con mucha exigencia la repetición de materiales. La obsesión, la nostalgia, la imposibilidad de olvidar, el deseo de huida, la idea del amor como ficción compartida y la memoria como engaño reaparecen con fuerza, pero demasiadas veces sin producir un desplazamiento suficiente. El lector comprende pronto el núcleo emocional del manuscrito; a partir de ahí necesita que cada nueva escena añada complejidad, no solo insistencia. La novela ganaría mucho si se practicara una poda severa de reiteraciones y se distinguiera mejor entre fragmentos imprescindibles y fragmentos meramente atmosféricos.

Hay, igualmente, una cuestión de construcción de personaje. Marius tiene potencia como figura narcisista, doliente, imaginativa y autoengañada, pero a menudo se impone tanto como conciencia verbal que todo lo demás queda absorbido por su magnetismo. Caterina/Ca, pese a tener momentos intensos y buenos fragmentos de diario, no siempre alcanza el mismo espesor dramático fuera del lugar de mujer recordada, deseada o reinterpretada. Algo parecido sucede con personajes como Leila, Pau, Empar o Pedro: aparecen como satélites útiles, pero todavía no está del todo decidido si cumplen una función orgánica en la novela o si pertenecen a una expansión lateral del mismo universo emocional. Ahí habría que elegir.

4. Recomendación editorial

Mi impresión es clara: sí hay novela, pero no está aún en versión publicable. No bastaría una corrección de estilo ni una normalización ortotipográfica; lo que el manuscrito necesita es una edición de desarrollo en profundidad. Habría que trabajar primero la arquitectura general, decidir con precisión desde dónde empieza verdaderamente la historia, reorganizar las temporalidades, reducir la redundancia discursiva y devolver mayor peso a la escena frente a la abstracción. Solo después tendría sentido entrar en una fase final de fraseo, limpieza y puntuación.

Necesita una reescritura exigente, yo defendería el proyecto. No como novela “cerrada” lista para entrar en producción, sino como un manuscrito con identidad, con ambición y con una voz que merece acompañamiento editorial serio. El mayor riesgo de Marius no es la falta de talento, sino la falta de contención; su problema no está en no tener mundo, sino en no haber decidido aún qué parte de ese mundo debe quedar dentro del libro y cuál conviene dejar fuera. Precisamente por eso me parece un manuscrito valioso: porque debajo de su exceso, de su aspereza y de su desorden visible, hay literatura.

Era duro ver destripada tu obra, saber que era imperfecta, que había que pulir la lengua, la expresión y el estilo; era difícil asimilar el trabajo que había detrás, las horas de cambiar comas, adjetivos o eliminar páginas.  Después vino lo del «circuito de presentaciones». Le programaron tres: una en la propia ciudad, otra en una librería de barrio en otra provincia y una tercera en una feria del libro. En la primera, vinieron sus amigos, algunos familiares y un par de desconocidos despistados que probablemente estaban allí porque se habían confundido de hora. En la segunda, llegaron siete personas, de las que cuatro eran del club de lectura que organizaba la librera. En la feria firmó exactamente tres ejemplares. Uno a una mujer que se lo compró porque coleccionaba primeras obras de «autores noveles» (dijo así, noveles, sin mirarle a los ojos), otro a un hombre que pensó que el libro era de otro autor y ya era tarde para echarse atrás, y el tercero se lo compró él mismo, por puro pudor. Lo pagó en efectivo. Le pareció que así el gesto dolería menos. Al salir del recinto, durante unos segundos caminó más rápido de lo habitual, como si alguien pudiera haber notado algo, como si se pudiera intuir su vergüenza, su frustración.

Nadie lo había notado.

Eso fue casi peor.

No es que esperase masas ni colas. Pero algo en su imaginación había inflado aquella escena muchas veces durante los años de escritura. De pronto, el contraste con la realidad era demasiado incontestable como para no entender el mensaje.

—Lo normal —le recordó el editor, de forma casi cariñosa— es vender poco. La mayoría de los libros pasan desapercibidos. No es culpa tuya. Es el ecosistema.

«El ecosistema», pensó él. Otra palabra para confirmar que no era nada del otro mundo.

La segunda humillación llegó por vía matemática.

Una noche navegaba sin rumbo por internet y dio con un artículo que hablaba del número de libros que se publicaban al año. Miró la cifra y notó el golpe en el estómago. Decenas de miles. Cientos de miles, si contaba todos los mercados. Millones de ejemplares saliendo de imprenta, ocupando estanterías físicas y digitales, sumándose, con discreción, a una montaña ya inabarcable.

Pensó que esa montaña no hacía ruido.

Los libros se acumulaban en silencio.

Y el silencio, al final, siempre ganaba.

Luego pensó en la historia de la literatura. De todos esos millones de libros, ¿cuántos recordaba de verdad? ¿Cuántos habían sido, para él, excepcionales? Cinco. Diez. Veinte, quizá, siendo generoso. Una gota ridícula en un mar proceloso y terrible. Y aun esos pocos, ¿habían cambiado de verdad la historia de la humanidad? No como la penicilina ni como la imprenta ni como la electricidad. Habían cambiado su manera de sentir, eso sí. Habían reordenado su modo de mirar el mundo, le habían dado palabras para cosas que antes no sabía nombrar. Pero cuando pensaba en esos avances que se estudiaban en los libros de texto, en los inventores cuyos apellidos se convertían en unidades de medida, la literatura aparecía en un segundo plano, como un lujo, algo que se agradece, pero que no sostiene hospitales ni puentes. Era difícil encajar esa lucidez con la vieja imagen del escritor como figura central, casi heroica. Un mito que habían propiciado los propios escritores.

Durante unos días se enfadó un poco con todo. Con el sistema, con la industria cultural, con las redes sociales, con las editoriales y los premios, con los suplementos literarios donde parecía que cada año se proclamaba una nueva obra «imprescindible» que al año siguiente ya nadie mencionaba. Se enfadó también consigo mismo por haberse dejado engañar, por haber confundido vocación con grandeza. Después, pasado el berrinche, algo en él se acomodó a esa nueva escala. Dejó de preguntarse si iba a escribir algo «grande» y empezó a preguntarse si podía escribir algo hecho con rigor, con honestidad, con precisión. Algo bien construido. Como una silla que no cojea. A partir de ahí, su manera de escribir cambió sin que nadie, salvo él, lo notara. Se volvió más disciplinado, sí, pero también más humilde. Donde antes se obsesionaba con «tener una voz propia», ahora se concentraba en ajustar lo descrito. Pensaba: un carpintero no se preocupa por tener una «voz propia». Se preocupa de que la mesa no se descuajeringue al primer golpe.

Empezó a ver las palabras como materiales con propiedades físicas. Había verbos más ligeros y otros más densos. Adjetivos que se pegaban a los sustantivos como barniz, robándoles relieve, y otros que parecían abrirlos. Adverbios que eran como pegotes de masilla y que, si se abusaba de ellos, dejaban la superficie pegajosa. No es que renunciara a la ambición estética. Al contrario: la desplazó. La colocó no en la originalidad de los argumentos ni en el aura del autor, sino en la exactitud del resultado. Quería que cada texto que saliera de sus manos fuese, al menos, el mejor texto que él era capaz de hacer con las herramientas de las que disponía.

Una mañana decidió que iba a escribir un relato sobre un hombre que deja su trabajo sin razón aparente. Tenía la escena inicial: el hombre que apaga su ordenador mete unas pocas cosas en una caja, se despide con un gesto casi invisible y se marcha. Nada más. Anotó en el cuaderno: «Relato: el que dimite de sí mismo». Durante días fue acumulando materiales para ese relato sin escribir una sola línea.

Una noticia: un programador que había dejado una multinacional para ir a cuidar cabras.

Un comentario de una amiga: «A veces me gustaría que alguien firmara por mí mi renuncia a todo esto».

Una frase de un ensayo: «El trabajo como identidad sustituida a la religión».

Una escena en el metro: un hombre con traje que lloraba mirando su móvil.

Nada de eso iba a entrar tal cual, en el cuento, lo sabía. Pero eran tablas y clavos y bisagras.

Cuando por fin se sentó a escribir, se preguntó durante un largo rato, en serio, qué parte de aquello era «él». La historia estaba hecha de materiales recogidos de todas partes. La voz que iba a contarla estaba hecha de años de lecturas, de imitaciones, de correcciones. La forma que le daría se apoyaba en estructuras que cientos de narradores ya habían usado antes. Tuvo un pensamiento gracioso, se vio a sí mismo como depositario de una tradición milenaria, parte de un engranaje teologal capaz de poner en palabras lo que la gente vive y querría vivir. Lo que quedaba de él, pensó, era el modo concreto de ensamblar todo eso. El gesto de la mano que coloca los ladrillos y decide cuántos poner. El conflicto, aun así, persistía. Porque por más que se intuyera como obrero, por más que el discurso de la modestia estuviera bien elaborado y le quedara incluso elegante en los corrillos literarios, había algo que no podía apagar: el deseo de excepción, ese ansia de trascendencia, de ser inmortal a través de sus palabras. No quería, preferimos imaginar queridos lectores, aceptar que participaba de esa soberbia iracunda que tiende a la misantropía y que entiende el ego como una unicidad en la confluencia cósmica de los acontecimientos.

Aquella mañana —misma luz indecisa sobre los ventanales de la oficina, mismo rumor de teclados, de impresoras y conversaciones amortiguadas, mismo aire reciclado con olor a café recalentado y a una fatiga tan antigua que ya nadie se molestaba en nombrarla—, él comprendió, no de golpe ni como quien recibe una revelación, sino con la claridad lenta y helada con que ciertas verdades suben desde una región remota del cuerpo hasta instalarse en la conciencia, que había llegado al final de algo que no sabría definir con exactitud, porque no era solo el trabajo, ni el cansancio, ni siquiera la vida ordenada y minuciosa que durante años había aprendido a representar con una disciplina casi moral, sino una forma entera de estar en el mundo, un pacto tácito con la costumbre, con la obediencia, con esa ficción respetable según la cual un hombre es, ante todo, la suma de sus horarios, de sus tareas cumplidas, de las contraseñas que recuerda, de los correos que responde a tiempo y de la corrección con que sonríe en los pasillos; de modo que, cuando apagó el ordenador y vio extinguirse en la pantalla el reflejo espectral de su rostro —ese rostro que tantas mañanas había traído consigo a la servidumbre de los reflejos—, no sintió alivio ni miedo, tampoco una exaltación secreta, sino algo más hondo y más desnudo, una suerte de desapego mineral, como si estuviera asistiendo al silencioso desmontaje de una maquinaria cuyo funcionamiento había aceptado durante demasiado tiempo sin llegar nunca a confundirla consigo mismo, y entonces empezó a guardar sus cosas con una parsimonia que nadie habría juzgado extraña: un cuaderno de tapas negras donde apenas había anotado frases sueltas, una taza con una grieta fina en el asa, dos bolígrafos, un libro que había dejado semanas enteras boca abajo sobre la mesa sin pasar de la página treinta y siete, una fotografía tomada en una playa que ya no recordaba del todo y en la que sonreía al lado de personas a quienes, si era sincero, tampoco habría sabido decir que echaba de menos; fue colocando cada objeto en la caja de cartón con la delicadeza casi religiosa de quien recoge las pruebas de una existencia menor, no porque aquellas pertenencias tuvieran un valor verdadero, sino porque en ellas se había ido sedimentando la costra visible de una identidad que ya no le pertenecía, y cuando por fin se levantó, notó en el cuerpo la extraña ligereza del enfermo al que, después de años habituado a una fiebre baja, le retiran de pronto el calor y lo dejan solo ante el aire frío de su salud desconocida; nadie reparó en él al principio, o al menos nadie reparó de la manera en que uno imagina que los demás deberían advertir el instante exacto en que una vida se desvía para siempre de su cauce previsto, porque las oficinas están hechas, entre otras cosas, para neutralizar cualquier conato de tragedia y reducirlo a un movimiento administrativo, a una incidencia menor, a una ausencia que se cubrirá con otra presencia correcta, fatigada, igualmente reemplazable, y así fue como se acercó a la salida con aquella caja abrazada contra el pecho, saludó con una inclinación casi invisible de la cabeza a una compañera que levantó la vista apenas un segundo antes de volver a hundirse en la pantalla, dejó sobre la mesa del despacho contiguo una tarjeta de acceso y una llave que ya no abría nada importante, y siguió andando por el pasillo con la impresión, no exenta de ironía, de que nadie abandona de verdad un trabajo, sino la forma de servidumbre íntima que ha terminado por confundirse con su carácter; al llegar al ascensor, mientras esperaba la lenta llegada de la cabina entre zumbidos mecánicos y números rojos que descendían con insoportable parsimonia, pensó que no estaba dimitiendo de un cargo, ni siquiera de una rutina, sino de una versión de sí mismo edificada con cuidado para no hacerse ciertas preguntas, y que tal vez la verdadera renuncia, la única cuya gravedad no podía compartirse con nadie en un formulario ni en una despedida cortés, consistía en eso: en dejar de obedecer al hombre que había sido hasta entonces, en retirar de él el crédito, la fe, la obstinación, como quien revoca un mandato o abandona una religión sin estrépito, con la sola certeza de que seguir fingiendo habría resultado más escandaloso que cualquier fuga; cuando se abrieron por fin las puertas y entró en el ascensor vacío, se vio un instante reflejado en el acero mate de las paredes, borroso y duplicado, llevado ya no por una voluntad firme, sino por la inercia de un gesto que acaso venía preparándose en él desde hacía años, y se preguntó, con una serenidad que a punto estuvo de parecerle ajena, si no habría pasado la mayor parte de su vida ensayando precisamente aquel momento: el instante humilde y brutal en que un hombre deja de cumplir con la representación de sí mismo y, sin saber aún en qué habrá de convertirse, da el primer paso hacia la intemperie.

Una noche, mientras navegaba por una página de reseñas, alguien había escrito sobre uno de sus libros. Una crítica mínima, casi un comentario perdido entre otros cientos. «Libro correcto, bien escrito, pero no aporta nada nuevo. Uno más para leer mirando la playa». El comentario era justo. Era, de hecho, coherente con todo lo que él mismo pensaba: no aportaba nada nuevo al mundo, no cambiaba la historia de la humanidad, no revolucionaba el lenguaje ni abría caminos inexplorados. Era un libro correcto, bien escrito. Un trabajo digno. Y, sin embargo, le dolió. Sintió una punzada aguda, como si le hubieran descubierto en una mentira. Cerró la página con un gesto más brusco de lo necesario. Notó calor en la nuca. Se levantó y fue a la cocina sin saber exactamente qué buscaba. Abrió la nevera. La volvió a cerrar. La palabra «correcto» seguía allí, no solo en su cabeza, sino en el mismo orden que los alimentos de los estantes del frigorífico, porque una parte de él —pequeña pero tenaz— seguía anhelando que alguien dijera: «Esto es excepcional». No en el sentido de entrar en los programas de estudio, no en el de ganar premios importantes, sino en ese tono íntimo con que uno habla de los pocos libros que lo han marcado.

Se descubrió a sí mismo elaborando una trampa sutil: se veía como un profesional de la escritura, desgastaba la palabra artista hasta vaciarla de solemnidad, pero en secreto esperaba que, de vez en cuando, alguien viniera a decirle que, a pesar de todo, él sí era de los otros, alguien que manifestaba una sensibilidad distintiva.

Empezó a observarla como quien mira a un insecto raro dentro de un frasco de cristal.

En la mesa de trabajo tenía pegada, con cinta, una hoja con sus propias normas. No las llamaba «normas de edición», aunque lo eran. Eran más bien recordatorios de cosas que le parecían importantes para no engañarse.

No escribir pensando en la posteridad. No eres una estatua.

Evitar todo lo que suene a frase célebre. Si brilla demasiado, seguramente es falso.

Hay que recordar que ya se ha escrito casi todo. Lo tuyo es ordenar de otra manera.

No usar el dolor ajeno como atajo. Si aparece, que sea porque es necesario, no porque impacta.

Cuidar las frases como si fueran muebles que alguien va a usar cada día. Que no tengan clavos salientes.

Cada vez que dudaba, miraba esa hoja. A veces tachaba una norma, o la reformulaba. Había empezado con doce, luego redujo a cinco.

Un día, revisando un manuscrito, se sorprendió aplicando esas normas con una devoción casi religiosa. Quitaba adjetivos, suavizaba metáforas demasiado llamativas, podaba digresiones que sonaban más a exhibición de ingenio que a necesidad narrativa. Donde antes hubiera dejado un párrafo algo solemne, ahora lo desarmaba sin piedad. No se sentía censurado. Se sentía, más bien, afinado, aliviado. Escribir, para él, se había convertido en eso: en un proceso de afinación progresiva, casi musical, donde el material nunca era puro y original, sino una serie de sonidos que venían de otros instrumentos, de otras salas, de otras épocas. Su trabajo consistía en combinarlos hasta que la melodía, aunque conocida, sonara honesta.

Con frecuencia, sus amigos —sobre todo los que no escribían— le preguntaban por la inspiración. Era la pregunta que más le incomodaba. No porque le pareciera ingenua, sino porque el concepto mismo le resultaba sospechoso, inflado por décadas de romanticismo mal digerido. Ese yo atormentado, drogado o borracho no iba con él.

—¿De dónde te vienen las ideas? —le decía alguien, con ojos ligeramente entornados, esperando quizá un relato de visiones nocturnas o vivencias extremas.

Él respondía cada vez de forma distinta, pero siempre orbitaba alrededor de la misma imagen: la del taller.

—Imagínate un carpintero —decía—. ¿De dónde le viene la idea de hacer una silla? Necesita una silla. La hace. O alguien se la encarga. La inspiración, si quieres llamarla así, está en el catálogo de sillas que ha visto antes, en las necesidades que conoce, en las limitaciones del material. Puede inventar, es cierto, crear algo nuevo, pero lo hace desde todo lo que conoce. Es, cómo te lo diría, algo acumulativo.

 

A veces veía decepción en la cara de quien le escuchaba. Como si hubiese traicionado una expectativa.

—Entonces, ¿no crees en la originalidad? —insistían.

Y él respondía con sinceridad:

—Creo en las variaciones.

—Pero habrá obras únicas, ¿no?

—Pocas. Muy pocas. Menos de las que creemos. Y no sé si se pueden perseguir. Creo que pasan, cuando pasan. La mayoría hacemos cosas, algunos, decentes.

No decía todo lo que pensaba, por pudor, como que incluso esas obras excepcionales, si las mirabas de cerca, estaban hechas también de materiales anteriores. Que quizá la única diferencia era el modo radical en que habían sido combinados. Que ninguna salía de la nada, como ningún invento surgía en un vacío absoluto, por más que nos gusten las historias de genios aislados. Pensaba también en los descubrimientos, en las vacunas, en las teorías físicas que habían cambiado nuestra forma de estar en el mundo, permitiéndonos vivir más, mejor, con menos dolor. Él no aspiraba a nada parecido. No podía. Y eso lo liberaba y lo humillaba a la vez.

Hubo un momento que él, con los años, consideraría un punto de inflexión. No fue un premio, ni una reseña, ni una revelación mística. Fue un encargo modesto: escribir un prólogo para la reedición de un libro ajeno. No era un libro famoso. Era una novela olvidada de un autor muerto hacía décadas. El editor pensaba que quizá, con una nueva portada, una actualización de la lengua y un texto de presentación tendría una segunda vida. Le ofreció el encargo a él, no porque fuera un nombre de peso, sino porque le constaba que apreciaba aquella obra. Aceptó. Releyó el libro, tomó apuntes, subrayó pasajes. Después, mientras redactaba el prólogo, sintió por primera vez de forma clara que su trabajo consistía también en eso: en ubicarse en una cadena. En el texto hablaba del autor, de su contexto, de las influencias que se percibían en su prosa, de los temas que entonces eran urgentes y ahora quizá ya no lo eran tanto, pero seguían resonando de formas inesperadas. Reivindicaba esa novela no como un hito ni como un clásico secreto, sino como una pieza más en el tapiz de una tradición.

Cuando entregó el prólogo, se dio cuenta de que estaba aplicando a otro lo que deseaba que aplicaran a él: una lectura que no exigiera grandeza, sino precisión en la mirada. Se preguntó si eso lo convertía en algo así como un peón consciente de su sitio en el tablero o en un renunciante. No obtuvo una respuesta clara. Dejó la pregunta flotando y siguió escribiendo.

Algunos días se levantaba con ganas de quemar todos sus manuscritos. Le invadía la sensación de que añadir más páginas al mundo era una forma sofisticada de basura. Pensaba en los árboles talados, en la energía consumida, en el tiempo que él y otros dedicaban a leer y escribir toda esa masa de texto que casi nadie recordaría.

Entonces se obligaba a pensar a otra escala.

Intentaba imaginar, por ejemplo, a una sola persona, una lectora, que llega a casa un viernes por la noche después de una semana agotadora, abre su libro —quizá uno de los suyos, quizá otro— y encuentra allí un párrafo que, sin cambiarle la vida, le ofrece un respiro, una formulación exacta de algo que llevaba años sintiendo de forma confusa. Esa posibilidad mínima le bastaba para seguir. Aunque también sospechaba que, en el fondo, lo que temía no era fracasar, sino dejar de escribir y enfrentarse a lo que quedaría cuando no hubiera frases de por medio.

No sabía si escribía para decir algo o para no quedarse callado.

Artesanía también era eso.

Pensar en una mesa, no en la metáfora de la mesa.

Pensar en alguien apoyando los codos.

Nada más.

En esos días, la palabra «operario» le sonaba menos a resignación y más a posición. Otros días, en cambio, el viejo fantasma del artista volvía con formas más burdas: envidia, orgullo o comparación. Pasaba cuando veía entrevistas a autores de su generación que sí habían recibido premios importantes o cuyas obras se adaptaban al cine. Escuchaba sus declaraciones —sobre el sentido de la literatura, sobre el papel del escritor en la sociedad, sobre la necesidad de arriesgar formalmente— y notaba cómo algo en él se tensaba. Una parte lo cuestionaba todo, con una mezcla de cinismo y rabia; otra parte, más silenciosa, se preguntaba si no estaría siendo él demasiado tímido, demasiado «artesanal», demasiado poco visible.

Otra noche, después de ver una de esas entrevistas, se sentó a escribir con un ánimo extraño. Empezó con algo grandilocuente, lleno de palabras como «ruptura», «singularidad», «búsqueda radical». Siguió con un párrafo donde la voz del narrador hacía declaraciones sobre la naturaleza humana. Lo releyó. Se sonrojó, aunque estaba solo.

Vivía en un tiempo de ruptura con los ordenamientos simbólicos heredados, una época en la que la subjetividad, despojada de sus antiguos refugios, se vería obligada a reinventarse en el vacío, buscando una singularidad que no sería un capricho estético, sino la única forma posible de existencia auténtica; en ese mundo de ausencias, la búsqueda radical del yo había dejado de ser un ejercicio íntimo para convertirse en una exigencia histórica, una suerte de ética del desgarro donde cada gesto —amar, abandonar, incluso permanecer— tenía que ser leído como una tentativa de insurrección frente a los dispositivos que le normalizaban y reducían a mera estadística humana.

Sin pensarlo demasiado, abrió una nueva página y copió aquella frase inicial. La fue desnudando. Quitó los términos pomposos, cambió los sustantivos abstractos por escenas concretas. Donde antes decía «la ruptura con los ordenamientos simbólicos heredados», ahora escribió: «la primera vez que su padre se quedó sin palabras». Les dio nombres a los personajes. Les puso un vaso de agua en la mano. Les colocó un ruido de nevera de fondo.

La primera vez que su padre se quedó sin palabras fue en la cocina, una tarde indeterminada, con la luz entrando oblicua por la ventana y el zumbido constante de la nevera llenando los huecos de la conversación. Tenía un vaso de agua en la mano, los dedos húmedos marcando el cristal, como si necesitara aferrarse a algo que no fuera él mismo, y escuchaba al hijo —a ese hijo con nombre y ojeras, agotado del aburrimiento de la oficina y de noches en vela— decirle que se marchaba, que ya no podía más, que necesitaba poner distancia, aunque no supiera muy bien de qué. El padre abrió la boca para responder con una expresión de las suyas, alguna sentencia ordenadora («la familia es lo único que…», «en esta casa siempre hemos…»), pero no encontró el verbo adecuado ni el tono ni la autoridad antigua y lo único que salió fue un gesto torpe, un pequeño asentimiento que no significaba acuerdo ni comprensión, apenas si, una rendición que se mezcló con el golpecito del vaso al dejarlo sobre la mesa, con el motor de la nevera encendiéndose, con la respiración de ambos volviéndose de golpe demasiado audible.

Mientras lo hacía, sintió que volvía a su lugar. No era un lugar menos importante; era el suyo. Así de sencillo. Podía admirar a quienes se lanzaban a grandes gestos formales, igual que uno puede admirar a un arquitecto que diseña un museo espectacular. Pero él, es probable que lo pensara, estaba más cerca del que construye una pared, de aquel que hace que los techos luzcan lisos y perfectos.

No era poco.  Se lo repetía: no es poco.

Con los años, su obra fue creciendo. Unos cuantos libros de relatos, tres novelas, algún ensayo breve; le costaba la poesía. Nada que llenara titulares, pero lo suficiente como para ocupar un estante entero en su propia casa. Le gustaba mirarlo a veces, motivado por una curiosidad infantil que no acaba de creerse el mundo. Veía el lomo de cada libro y recordaba, más que las historias que contenían, los ecos de su propia conciencia al escribirlos.

Los primeros, llenos de tics formales aprendidos, de un deseo casi ansioso de demostrar que «sabía escribir». Era sencillo recordar el ansia de perfección, la promesa de no editar nada que no estuviera de acuerdo con su propio criterio de corrección; si hubiera sido así, no habría publicado nunca, era evidente que el talento no alcanzaba la ilusión de trascendencia. Los posteriores, más sobrios, más atentos al ritmo interno que a las piruetas visibles, habían sido elaborados desde la experiencia de la palabra, si no perfectos, si correctos, bien editados y trabajados. No estaba seguro de que fueran mejores, pero sí más suyos, en el sentido de que reflejaban de forma más honesta la clase de escritor que había acabado siendo. A veces pensaba en qué quedaría de todo eso cuando él muriera. La respuesta más probable era: nada. O casi nada. Algún ejemplar en una biblioteca perdida, una cita en una tesis de algún estudiante exhausto, una frase subrayada en un libro que terminaría en una caja de cartón y luego en una librería de segunda mano. No lo vivía como tragedia. Lo veía como parte del ciclo normal de las cosas. No saber quién fabricó la mayoría de las sillas en las que nos hemos sentado, no las hace menos necesarias.

Cuando le preguntaban por su oficio —porque con el tiempo empezó a llamarlo de modo definitivo, «oficio», sin pudor— intentaba ser claro.

—Mi trabajo consiste en estar atento —decía—. En mirar alrededor, escuchar, leer y luego reformular todo eso con las palabras que tengo. No invento los sentimientos ni las situaciones. Como mucho, ordeno de otro modo. Soy más bien un artesano del montaje, un hacedor de universos que están ahí delante, pero que no se ven.

No todo el mundo quedaba satisfecho con esa respuesta. Algunos insistían en la idea del talento, del don, de la chispa. Él no negaba que hubiera diferencias de capacidad, de sensibilidad, de oído. Sería absurdo.

—Pero también hay gente que nace con más facilidad para las matemáticas o para el deporte —añadía—. Y no por eso pensamos que son seres tocados por una divinidad. Bueno, en realidad sí, tratamos de genio a quien solo goza de una habilidad talentosa. En el fondo, encajan mejor en ciertas actividades, pero queremos encumbrarlos sobre la mediocridad imperante.

Quizá, pensaba, la única diferencia persistente entre el artista y el artesano estaba en el relato que se contaban a sí mismos. Uno se veía como origen casi absoluto; el otro se entendía como continuación. Uno se situaba en el centro; el otro se veía en una esquina, como parte de un proceso mayor. Él había decidido, o había tenido que aceptar, que su lugar era una esquina.

Una tarde, sentado en una cafetería, comenzó a escribir un texto extraño, sin título. No sabía si iba a ser un cuento, un ensayo, una confesión disfrazada. Empezaba con un pensamiento que le salió casi sin querer:

«Existe un escritor que entiende que no es origen, sino continuidad.»

La releyó. Sonrió con un gesto irónico. Aquello parecía el comienzo de un retrato, pero no quería que fuese una caricatura ni una apología. Quería mostrar, más que afirmar.

Siguió escribiendo sobre ese escritor que toma materiales de noticias, de libros, de historias que escucha sin saber siquiera que las está almacenando. Escribió que se considera artesano en el sentido de habilidad y destreza para crear objetos que pueden reproducirse, que pueden incluso venderse. Escribió sobre la diferencia entre esa figura y la del artista que se piensa a sí mismo como portador de algo irrepetible, creador de la estética que trasforma el mundo. Escribió sobre la multitud de escritores, sobre la maraña de libros publicados que se pisan unos a otros, sobre la repetición de argumentos, de estructuras, de estilos. Pensó en la cantidad ingente, sí ingente, de libros que quedaban a abandonados en estanterías y nunca se leían ni se compraban ni se consideraban. Mientras rellenaba la página, sintió que se describía a sí mismo y, a la vez, que describía a muchos otros que conocía. No lo hacía con reproche ni con condescendencia; lo hacía con una mezcla de ternura y exactitud. Quería que ese «escritor artesano» apareciera en toda su riqueza contradictoria: capaz de manipular el lenguaje con precisión y, al mismo tiempo, concienciando su trabajo no como hito histórico.

En un momento se detuvo. Miró el texto. Se dio cuenta de que ese escritor del que hablaba «llega a entender que todo ha cambiado, que la conciencia de la escritura como profesión no implica algo excepcional». Eso era lo que le había costado años formular. También escribió, casi como un susurro, la pregunta que tanto le rondaba: «¿Cuántas obras en la historia de la literatura son realmente excepcionales? ¿Hasta qué punto han significado un avance en la historia de la humanidad?». Dejó caer las respuestas sin dramatismo: pocas, poco. No para minusvalorar nada, sino para situar la literatura en otro ámbito de percepción.

Mientras desarrollaba el texto, iba y venía entre la tercera persona y una primera persona velada. A ratos parecía que se confesaba; a ratos, que analizaba desde fuera. Eso también formaba parte del juego: mostrarse y ocultarse al mismo tiempo, como hace cualquiera que escribe.

Cuando terminó el primer borrador, lo guardó sin releer. Le gustaba dejar un texto en calma, como se deja secar una capa de barniz. Sabía que, cuando volviera, lo primero que haría sería aplicar las tijeras: quitar redundancias, ajustar el ritmo, suavizar alguna afirmación demasiado categórica. Pero también sabía que, en lo esencial, aquel texto contenía algo que había ido empujando desde hacía tiempo: la aceptación de que su proceso de creación no dejaba de ser una reformulación de materiales ya existentes, procedentes de fuentes que ni siquiera conocía del todo. La idea, lejos de angustiarlo, le daba una sensación extraña de compañía. No estaba solo en una habitación inventando mundos. Formaba parte de una red, de una tradición, de una circulación constante de historias, frases, intuiciones.

Era un artesano, sí. Y, como tal, su mejor logro sería la calidad de los objetos que dejara tras de sí.

Cerró el portátil sin la sensación de haber llegado a ninguna conclusión. No había resuelto nada. Había ordenado, apenas, el conflicto. Lo había puesto en palabras. Y eso no era lo mismo que superarlo. Terminó el café. Miró por la ventana si la ciudad seguía moviéndose indiferente, a sus pequeñas guerras internas. Pensó, fugaz, en la relatividad, en la IA, en todas esas cosas que habían cambiado de manera radical la vida del ser humano. Luego, con una calma sin resentimiento, se dijo que lo suyo no iba de eso. Lo suyo iba de buscar, en el idioma, formas lo bastante precisas para que alguien, algún día, al leer algo suyo, sintiera la vaga, pero intensa sensación de estar siendo entendido.

Si lo conseguía, aunque fuera una vez, se daría por satisfecho.

La ciudad seguía moviéndose. Un autobús se detuvo en la esquina. Una pareja discutía con gestos contenidos. Una mujer hablaba por teléfono con la voz ligeramente quebrada. El mundo avanzaba con su indiferencia habitual.

No podía evitar preguntarse si todo aquel esfuerzo —las horas, los años, la obstinación silenciosa— era una forma refinada de insistir en algo que el mundo no necesitaba. La pregunta no era retórica. Era incómoda.

No algo dañino.

Solo innecesario.

Pensó en todos los libros que había leído y olvidado. En las frases que un día le parecieron imprescindibles y ahora no sabría citar. Pensó en sus propios libros ocupando espacio en estanterías ajenas, quizá sin abrir, quizá abiertos una sola vez.

La idea no lo devastó.

Pero tampoco lo consoló.

Movió una coma.

La dejó.

La volvió a mover.

Durante un instante no supo si estaba corrigiendo el texto o prolongando una costumbre.

Pensó que quizá escribir no era una misión ni un oficio ni siquiera una vocación.

Tal vez era solo una manera de retrasar el silencio.

No borró nada.

Y empezó de nuevo.

«Existe un escritor que entiende que no es origen, sino continuidad».

 

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