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domingo, 28 de diciembre de 2025

Latidos

En la ciudad que soñaba con fachadas de vidrio, las luces reflejaban una melancolía de acero y neón, los parques verticales estaban en la imaginación de arquitectos que no habían nacido y que colgarían como promesas verdes entre avenidas con drones y bicicletas eléctricas, así, en lo que llegaría a ser un neo espacio de cuento, llegó una mañana en la que los titulares de todas las pantallas hablaban de la conversación que se había colado por un micrófono mal apagado. Decían las fuentes que, durante un desfile militar en Bejín, el presidente ruso y el mandatario chino, hablando en voz baja y creyéndose a salvo de cualquier cámara, habían fantaseado con la posibilidad de vivir ciento cincuenta años gracias a una tecnología capaz de sustituir, una y otra vez, las piezas defectuosas del cuerpo humano. La clave estaba en ese «una y otra vez». La noticia se difundió como un murmullo que atravesaba los cafés y los vagones de metro; se multiplicaba en mil memes y reflexiones. Algunos se reían, otros se escandalizaban; unos pocos –los que se habían entregado a la fantasía de la longevidad– lo celebraron como una confirmación que la utopía de la inmortalidad estaba más cerca de lo que parecía. Era septiembre de 2025. Aquella conversación, filtrada por la agencia Reuters y difundida por periódicos de medio mundo, se convirtió en un catalizador de debates que hacía tiempo venían gestándose.

En Valencia, en un apartamento lleno de libros y plantas, a tres calles del cauce del Turia, Clara leyó la noticia y sintió un escalofrío que no supo si era de esperanza o de angustia. Tenía cincuenta y dos años con un corazón que apenas resistía.

El corazón es un músculo que se cansa, los avatares de la vida hacen mella constante en sus paredes; un dolor, una pérdida o un esfuerzo poco calibrado siempre repercuten en las mismas cavidades. Era una persona preparada, agobiada por desentrañar ese mundo ignoto que la rodeaba de oscuridad, una tejedora de preguntas más que de respuestas. Llevaba meses en una lista de espera para un trasplante que no llegaba nunca. La insuficiencia cardíaca la despertaba en mitad de la noche con un suspiro fatigado, mientras su mente vagaba por los límites de la ética y de la biología. Le había llegado la propuesta. La idea de recibir un órgano procedente de un animal le repugnaba y la fascinaba a partes iguales. La repugnancia venía de la intuición de que, al aceptar algo tan extraño como un corazón de cerdo modificado genéticamente, perdería algo de sí misma, como si la identidad residiera en las membranas celulares. La fascinación, en cambio, brotaba de la narrativa heroica de la ciencia: esa idea de que la humanidad era capaz de reescribir su propio destino, de burlarse de la fragilidad y de prolongar la vida más allá de lo previsto por la evolución. Tal vez el hecho de que el corazón fuera de un animal tan prohibido, denostado e instalado en el imaginario como sucio, le quitaba la tranquilidad que debería haber tenido. Un corazón creado a partir de otro ser vivo, pero contaminado por una imagen distorsionada de lo correcto.

Ya sabía los nombres de los primeros pacientes a los que les habían implantado órganos porcinos editados para evitar el rechazo inmunitario. En Boston, un hombre llamado Richard había recibido un riñón de cerdo con diez modificaciones genéticas y tres genes humanos añadidos, un lienzo en que Dios había dejado paso al hombre; su cuerpo aceptó el órgano durante semanas, hasta que, finalmente, se detuvo de manera misteriosa y silenciosa. En Nueva York, otro paciente había recibido un «timo-riñón», un riñón acompañado de tejido tímico porcino para educar a su sistema inmunitario, y había sobrevivido varios meses antes de que los médicos retirasen el injerto para estudiar su evolución. Los periódicos hablaban de esas historias como milagros y como fracasos; en ningún caso olvidaban mencionar el riesgo de los retrovirus endógenos porcinos ni de la reactivación del sistema complementario del receptor. Clara leía esos informes con la misma atención con la que hace décadas había leído a Simone de Beauvoir o a Fernando Pessoa; sabía que los avances de la ingeniería genética la miraban a ella de frente, que no eran una abstracción sino una promesa para su propia supervivencia. Nadie podría sustraerse a la tentación de la información, a mirar, una y otra vez, miles de páginas en que se reflexionaba sobre los límites o se mostraban los avances en biotecnología de una manera aséptica. No podía abandonar el estado de terror en que se habían convertido sus noches, el tiempo que tenía, lo pasaba abstraída en bucles sin fin, en pensamientos disruptivos que colonizaban todos los espacios físicos de su vida. El sofá era una camilla de hospital; la cama un quirófano surrealista donde desfilaban imágenes de doctores deformados por el miedo. La angustia la paralizaba de una manera definitiva.

Desde que era estudiante de filosofía en la universidad, Clara se había sentido atraída por los límites: los límites del lenguaje, los de la moral, los de la vida. El ser humano establecía barreras que no debía franquear, sin embargo, cada salto histórico era una ruptura de límites. Aquella mañana, mientras el día soleaba el cauce seco y los patines eléctricos dejaban huellas en el asfalto, abrió un cuaderno y comenzó a escribir pensamientos dispersos sobre una noticia que prometía avances significativos en la evolución de esas cirugías. «¿Qué implica desear vivir?», garabateó. «¿Es un anhelo de eternidad o un miedo por dejar de ser? ¿Una forma de poder o una confesión de impotencia?» Recordó la historia de Titono, el amante de Eos que recibió la inmortalidad como don y la vejez eterna como castigo. Pensó en los centenarios que había conocido: ancianos cuya existencia se deshacía en una suma de ausencias, cuerpos que resistían, pero mentes que se disolvían en la confusión de la desmemoria. En su mente resonaban los análisis de un artículo que hablaba de «la maldición de los centenarios» y de los temores que despiertan quienes viven demasiado tiempo. No se trataba solo de la posibilidad de ver morir a todos los seres queridos, sino de la conciencia de asistir a la degradación gradual del propio yo. Porque la ciencia podía alargar la vida del cuerpo, pero aún no había encontrado la forma de detener el deterioro neuronal y la acumulación de errores epigenéticos que terminan por convertir la memoria en un jardín desordenado. Una eternidad sin recuerdos, tal vez viviendo en la sopa inconsistente de un mundo onírico.

Mientras reflexionaba sobre esas cuestiones, el teléfono sonó. Era su amigo Mateo, un médico que trabajaba en un equipo de investigación en el hospital La Fe. Hacía meses que la animaba a considerar la opción del xenotrasplante; sabía de la angustia de Clara y del dilema que la inmovilizaba. «Ha salido otra noticia», le dijo, «y no es sobre políticos hablando de inmortalidad. Es un artículo científico serio, un ensayo clínico reciente sobre la tolerancia inmunológica en trasplantes. Hablan de órganos de cerdo con un timopo injertado, de células reguladoras que enseñan al sistema inmunitario a no rechazar. Las cosas avanzan. No es ciencia ficción.» Clara escuchó con atención mientras Mateo describía la edición genética, la inactivación de genes como el alfa-Gal, CMAH y el B4GalNT2, la adición de genes humanos que regulaban la coagulación, la presencia de moléculas de complemento; «el lenguaje críptico de la ciencia», pensó, «el lenguaje sin referentes plausibles para el enfermo, intangibles. Números y letras sin sentido, desfilando ante mí como una procesión de Semana Santa». Le habló de un grupo de ingenieras españolas que trabajaban en la preservación de órganos con fluidos perfundidos a bajas temperaturas y antioxidantes, de cómo la biotecnología estaba transformando los quirófanos en laboratorios de vanguardia. Ella notó que su corazón se aceleraba, no solo por la enfermedad, sino por la posibilidad de que la línea entre la vida y la muerte se redibujara. Sabía que el futuro sería diferente, con posibilidades de reconstrucción, con probabilidad, infinitas, «pero no serán para los pobres.»

Quedaron en verse en la cafetería de siempre, un local situado entre edificios de diseño donde los camareros tatuados servían café de especialidad con bebida de avena. Clara llegó con la torpeza de quien teme que un sobresalto la derribe, buscando aliento en el aire viciado de la nube de smog que la rodeaba a todas horas. Mateo la recibió con un abrazo y un montón de artículos impresos. «Mira», dijo, «este es un ensayo francés que habla de la ética del xenotrasplante; recuerdan que el cerdo es el animal elegido por razones anatómicas, fisiológicas y de reproducción, pero también subrayan la necesidad de vigilancia contra los virus. Este otro es un artículo de una revista rusa que describe mecanismos inmunológicos; hablan de ediciones múltiples con CRISPR y de inhibidores del complemento. Y aquí hay un editorial que reflexiona sobre si la vida humana tiene un límite biológico real de entre ciento veinte y ciento cincuenta años». Clara hojeó los documentos. En uno de ellos, escrito en un tono divulgativo, un científico explicaba que alargar la esperanza de vida promedio no equivalía a extender el máximo potencial de la especie; que la biología de la longevidad estaba condicionada por trade-offs evolutivos, por el coste energético de la reparación celular y la preservación de la integridad genómica. Decían que, incluso si se lograba reemplazar todos los órganos de manera indefinida, la mente seguiría siendo un cuello de botella, un territorio frágil que la ciencia apenas comprendía.

«El problema del cerebro», musitó Clara mientras dejaba el papel sobre la mesa. «¿De qué sirve un corazón nuevo si la conciencia se desvanece? ¿Qué sentido tiene vivir si no recuerdas quién fuiste ni quién te ama?» Mateo asintió. Sabía que los avances en reprogramación epigenética, los factores de Yamanaka y las terapias de senolíticos eran promesas excitantes, pero también sabía que en la práctica médica cotidiana aún luchaban contra la hepatitis, la insuficiencia renal y las infecciones nosocomiales. «Es cierto», dijo. «Hay empresas que hablan de revertir la edad biológica, de reiniciar relojes epigenéticos, pero cuando atiendes a una persona en urgencias que lleva años sin una alimentación adecuada, te das cuenta de que la desigualdad y el estilo de vida siguen siendo determinantes más grandes que cualquier reprogramación celular. Yo puedo explicarte las vías de señalización, pero no puedo sustituir tu memoria.» Se volvía al punto de partida, a la idea de sobrevivir con independencia del resultado. Recordó a su padre. Cuando ya sabía que la muerte le acechaba, le dio de lado, la obvió por completo, quiso vivir, quiso que le hicieran todo lo que estuviera en manos de la medicina para prolongar la vida un solo minuto más, un segundo, daba lo mismo, el instinto se sobrepuso a la tozuda realidad. Murió meses más tarde de lo que la muerte había previsto para él.

Hablaron de cómo la cultura popular había abrazado la idea de la longevidad como un producto de consumo. Pudo reírse de las modas recientes: las cápsulas de hongos «adaptógenos» que prometían reforzar el sistema inmunitario y alargar la juventud; los baños de hielo que invadían las redes sociales con imágenes de influencers sumergiéndose en cubetas heladas mientras recitaban mantras de autodisciplina; las lámparas de luz roja que, según TikTok, curaban la calvicie, el acné y la tristeza. Mateo citó un estudio que advertía de los riesgos de estas prácticas: que los baños de hielo podían desencadenar arritmias en personas predispuestas, que la luz roja casera tenía un poder insuficiente y que la mayoría de los beneficios atribuidos a los extractos de hongos carecían de evidencia clínica sólida. Recordaron el fenómeno de las transfusiones de plasma joven, donde millonarios pagaban por la sangre de adolescentes con la esperanza de rejuvenecer (vampiros modernos con dinero), y cómo los expertos lo habían denunciado como una pseudociencia carísima. «La gente cree que la juventud puede comprarse», dijo Clara, «y olvida que la vida no es un conjunto de piezas intercambiables como en un coche, sino una historia que se escribe con memoria, dolor y amor». Pero la ciencia avanzaba. «Imagina que pudiéramos hacer un clon», —dijo ella— «un ser idéntico, como en las películas, como aparece todo el tiempo en la imaginación de los guionistas. Daría lo mismo; tu ego, tu yo, tu mismidad no sería más que una ilusión. Ahora la ciencia ficción fantasea con descargarte en un servidor y alimentar esa “conciencia” con IA; luego vendrían los problemas para implantar esos recuerdos, ese otro yo al cuerpo creado, pero ¿seguiría siendo yo? ¿Sentiría igual? La sustancia, la conciencia infinita que es previa a la creación de la materia, ¿volvería a estar conmigo? ¿Sería consciente de ese nuevo ego renacido? No lo creo, pero no es más que una suposición, claro.»

Cuando pasan las horas, la conversación se transforma en una meditación sobre el poder y el deseo. Hablan de cómo los nuevos mandarines utilizan la ciencia para proyectar una imagen de omnipotencia, un control absoluto sobre la vida y la muerte, tal vez el último límite de la soberbia; de cómo la conversación entre Xi y Putin había sido interpretada por muchos como un símbolo de su megalomanía. «Es lógico», opinó Mateo, «que quienes tienen el poder y temen perderlo busquen perpetuarse no solo en las estatuas y en los libros, sino en sus propios cuerpos. Para ellos, la inmortalidad es un recurso político. Antes se eternizaban como momias en búsqueda de la eternidad, hoy en muñecos artificiales carentes de edad» Clara pensó entonces en las empresas de Silicon Valley que prometían frenar el envejecimiento mediante algoritmos y células madre, financiadas por multimillonarios que no solo querían salvarse a sí mismos, sino también vender la ilusión de la eternidad a millones de consumidores. Trabajaban la ilusión a través del cine, de narraciones que fantaseaban con una felicidad eterna, sin contratiempos, como si la podredumbre que anidaba en el mundo fuera a desaparecer de un plumazo. Era una forma de colonizar incluso el futuro, de privatizar la esperanza con un solo propósito: perpetuarse para siempre.

En los días posteriores, la noticia del micrófono abierto se desvaneció como se desvanecen todas las noticias en la era del feed interminable. Pero en la mente de Clara se había quedado instalada como una semilla de reflexión que germinaba en cada latido fatigado. A veces soñaba con un hombre de rostro indeterminado que le ofrecía un nuevo corazón envuelto en seda roja, un presente imposible y a la vez real, palpable. A veces veía en su imaginación una sala de operaciones donde los cirujanos aparecían como sacerdotes de una nueva religión, con bisturís que brillaban como espadas, robots de precisión microscópica y una asepsia protectora. Y otras veces, simplemente sentía el paso del tiempo en sus articulaciones, recordándole que su propia vida no podía dilatarse, tenía una caducidad muy próxima.

El invierno llegó con lluvias frecuentes y cielos color plomo. Ríos de agua por las calles con ese olor tan característico a moho y a vida. Decidió, después de largas noches de insomnio en que conversaba consigo misma, aceptar el xenotrasplante. La lista de espera para un corazón humano era demasiado larga, y los médicos le aseguraban que la tecnología porcina estaba lo suficientemente madura como para ofrecerle, al menos, unos años más de vida con calidad. Firmó los consentimientos informados, leyó las cláusulas de vigilancia epidemiológica, aceptó que su sangre fuera monitorizada para detectar retrovirus y que debería estar atenta a cualquier signo de infección. Antes de ingresar, escribió una carta que no era de despedida, sino de confesiones y deseos. «No sé si volveré siendo la misma persona. Quizá mi identidad se resquebraje o quizá se amplíe. En cualquier caso, quiero que sepáis que he intentado que el amor rija mi comportamiento y que la vida, por breve que sea, es un misterio que merece ser vivido con intensidad y con preguntas.»

El quirófano del hospital la recibió con un olor molesto de anestesia y plástico. Las luces frías iluminaban un espacio que parecía más un laboratorio que una sala de operaciones. Los cirujanos vestían trajes de colores que evitaban la contaminación: gorros de fantasía, calcetines morados o pantalones de pijama con motivos oníricos; junto a ellos, máquinas de perfusión mantendrían los órganos a temperatura controlada. En una bandeja de acero, descansaba el corazón porcino editado, de un tono rosado ligeramente distinto al humano, con suturas en las arterias para adaptarlo al cuerpo de Clara. Mateo, presente como observador, le apretó la mano antes de que la anestesia la llevase al coma quirúrgico. «Nos vemos al otro lado», le susurró. Ella sonrió, cerró los ojos y pensó en la metáfora del «otro lado», ese territorio donde la conciencia desaparece durante unas horas y luego regresa, como quien atraviesa un río oscuro.

La cirugía duró muchísimas horas. Los médicos desconectaron el corazón enfermo, conectaron los conductos al nuevo órgano, chequearon la compatibilidad y la latencia. Se podría narrar el procedimiento con términos técnicos: anastomosis, baipás, perfusión, inmunosupresión. Pero lo más importante fue el silencio que se instaló en la sala cuando el nuevo corazón comenzó a latir. Un sonido fuerte, aún tímido, ocupó el espacio. Era un latido híbrido, un diálogo entre la biología de dos especies y la mediación de la tecnología. Clara no lo escuchó físicamente, sumida en la anestesia; pero, en algún lugar profundo de su inconsciente, algo se reordenaba.

Cuando despertó en la unidad de cuidados intensivos, el primer ruido que percibió fue el pitido irregular del monitor. No reconocía su propio cuerpo; sentía un peso en el pecho y una sensación de presencia ajena. Se llevó la mano a la zona del esternón y notó la venda. Mateo entró a verla acompañando de una enfermera. «Ha sido un éxito», le dijo. «Tu nuevo corazón late bien. Ahora vendrá la parte difícil: que tu sistema inmunitario aprenda a convivir con él.» Clara quiso hablar, pero apenas pudo articular un sonido. Sus ojos se llenaron de lágrimas; no era capaz de decidir si eran de alegría o de miedo. De repente le vino a la mente la imagen de un cerdo pastando en un prado, sin conciencia de la metáfora en la que se había convertido. Una en dos seres vivos diferentes.

Las semanas siguientes se sumergieron en un ritmo de rutina hospitalaria: análisis de sangre para detectar anticuerpos, medicamentos inmunosupresores que la mareaban, visitas de psicólogos que evaluaban su adaptación. Se pasó horas en la cama leyendo libros que hablaban de identidad y cuerpo, de la relación entre lo mental y lo físico. Revivió a Descartes, a Spinoza, a Maturana; se recordó a sí misma diciendo en clase que el yo era un proceso, no una sustancia, quién sabe si una memoria de todos los tiempos. Ahora, con un corazón ajeno latiendo en lo más profundo de su cuerpo, esa afirmación adquiría un significado literal y visceral. Empezó a sentir, a veces, una pulsación diferente, como un eco de la vida animal de la que procedía el órgano. No era una invasión, ni un rechazo; era una presencia que la acompañaba, recordándole que los límites entre especies son más profundos de lo que era capaz de entender, aunque al mismo tiempo, su sintonía era asombrosa.

Mientras convalecía, se entretenía leyendo noticias de actualidad. Los titulares seguían hablando de longevidad, pero ahora se centraban en empresas emergentes que prometían reprogramación celular para revertir la edad, en terapias con células madre que decían rejuvenecer la piel y en inversores que contrataban científicos para encontrar la fuente de la juventud eterna. Leía con un escepticismo que lindaba con la ironía. Sabía que, en los laboratorios, se conseguían resultados espectaculares en ratones: ratones que recuperaban la vista o el vigor después de recibir inyecciones de plasma joven, ratones cuyo pelo encanecido volvía a oscurecerse tras la expresión de factores de Yamanaka. Pero al mismo tiempo, sabía que extrapolar esos hallazgos al ser humano era una operación compleja y que la biología no era tan manejable como las empresas tecnológicas querían hacer creer. Pensaba, con cierta amargura, que la medicina regenerativa a menudo se presentaba como la solución a todos los males, mientras se descuidaban las causas sociales del sufrimiento y de la enfermedad. «La pulsión política siempre presente», se atrevió a rumiar.

A medida que recuperaba la movilidad y la fuerza, comenzó a caminar por los pasillos del hospital. Conoció a otros pacientes que esperaban trasplantes o que, como ella, se adaptaban a órganos provenientes de otras especies. Había una mujer de sesenta años que había recibido un riñón porcino y hablaba con gratitud de la segunda oportunidad que se le otorgaba; había un joven que llevaba una prótesis cardíaca mecánica y soñaba con recibir un corazón bioimpreso a partir de sus propias células. En cada conversación, se mezclaban el agradecimiento, el miedo y la pregunta por la identidad. «¿Seguiremos siendo nosotros?», se preguntaban, y cada uno daba una respuesta distinta. Algunos decían que eran más ellos que nunca, porque el límite de la supervivencia les había revelado su verdadera esencia. Otros confesaban que se sentían extraños, como si les habitara una parte ajena. Pero todos coincidían: la única finalidad de la vida era vivirla.

Clara, fiel a su espíritu reflexivo, comenzó a escribir sobre su experiencia. Trabajó en un ensayo titulado El umbral del nuevo yo en el que abordaba las implicaciones ontológicas del xenotrasplante. Citaba a la filósofa Donna Haraway, quien ya en el siglo XX había propuesto la figura del ciborg para describir la amalgama de organismos y máquinas que somos[1]. Señalaba que la identidad no se definía por la pureza, sino por la capacidad de relación y de coevolución. Escribía frases largas y meditadas, como quien no pretende convencer, sino compartir una inquietud: «Al aceptar este regalo, no me convierto en algo menos humano; me convierto en algo más consciente de mi animalidad y de mi dependencia del ecosistema. La frontera entre lo humano y lo no humano se desenfoca, y en ese desenfoque se abre la posibilidad de un humanismo ampliado, capaz de reconocer la dignidad de otras formas de vida y de cuestionar la hybris de nuestros proyectos de dominación. Somos seres sintientes, ambos, conectados en la eterna red de Gaia, respirando el mismo aire, bañados por el mismo sol y mecidos por la misma avidez por la vida. Somos, cada uno, parte del otro. Existe, pues, una conciencia previa al todo, a lo creado, propiciadora del Big Bang que nos configura, nos da el aliento de seres con sentimientos, ¿qué nos hace pensar que ese impulso original es exclusivo de nosotros? Nada, puro egocentrismo.»

Publicó el ensayo en una revista digital y pronto recibió correos de personas que se sentían interpeladas. Un bioeticista de una Universidad le preguntó si creía que, al aceptar órganos de animales, la sociedad banalizaba la explotación de otras especies. Ella respondió que, al contrario, su experiencia la había llevado a valorar más la vida animal y a reconocer la necesidad de mejores condiciones para los animales de los que dependían estos avances. Una poetisa argentina le escribió para decirle que su historia le había servido de inspiración para un poema en el que comparaba el latido humano con el toque de un tambor ancestral. Un sacerdote le mandó un sermón en el que interpretaba el trasplante ínter especies como una metáfora de la caridad divina. Clara comprendió que su historia no era solo suya; había tocado una fibra sensible en muchos, aquella fibra que vibra cuando se cuestiona qué significa ser.

El tiempo avanzaba. Clara cumplió un año con su nuevo corazón. Un año.

Los doctores celebraron que no hubiera habido rechazo agudo, que los niveles de anticuerpos se mantuvieran bajos y que la medicación funcionara. Ella, por su parte, celebraba haber recuperado energías para subir las escaleras sin ahogarse y para visitar de nuevo el antiguo cauce en su mutación; la ciudad también se estaba transformando, sus trasplantes eran diferentes, casi imperceptibles, pero crecía hacia el mar y lo iba fagocitando. A veces se sentaba en un banco a observar cómo los niños corrían con patinetes, cómo los ancianos paseaban a sus perros y cómo las parejas hacían yoga al atardecer. Notaba que el mundo no había cambiado tanto como pronosticaban los titulares apocalípticos. La vida seguía, con su mezcla de banalidad y de misterio, y la tecnología convivía con la naturaleza sin eliminar la poesía de los momentos sencillos.

Un día, recibió una invitación para participar en un coloquio. El tema era ¿Puede la humanidad vivir ciento cincuenta años? Y el formato consistía en una conversación entre científicos, filósofos y artistas. Clara aceptó, aunque sabía que no tenía todas las respuestas. Se preparó leyendo más artículos: descubrimientos recientes sobre factores genéticos asociados a la longevidad, estudios epidemiológicos que sugerían que la esperanza de vida humana podría estar acercándose a un límite, encuestas de opinión que mostraban el entusiasmo juvenil por la idea de no envejecer nunca. También revisó textos clásicos: la historia que tanto le había impactado de Titono, la obsesión de Heródoto por la longevidad de los etíopes, los tratados sobre la vida buena de Aristóteles y Séneca.

La noche del coloquio la sala estaba llena. En el escenario, junto a ella, se sentaban un gerontólogo que había dirigido ensayos clínicos con rapamicina, un ingeniero de biomateriales que trabajaba en la impresión 3D de órganos, una artista visual que había creado instalaciones con exoesqueletos y pieles sintéticas, y un monje budista que enseñaba meditación mindfulness. La moderadora les hizo la pregunta de inicio: «¿Debemos aspirar a vivir ciento cincuenta años?» El gerontólogo habló de los avances médicos, de cómo la prevención y el tratamiento de enfermedades cardiovasculares habían duplicado la esperanza de vida en el último siglo y de cómo los senolíticos y la reprogramación parcial podían posponer el deterioro. El ingeniero se entusiasmó describiendo órganos bioimpresos que replicarían la estructura de los tejidos con precisión; habló de inkjets y de matrices extracelulares. La artista reflexionó sobre los cuerpos híbridos y la estética de la longevidad. El monje, en cambio, contó la historia de un maestro zen que vivió más de cien años meditando, pero que siempre decía que la calidad de cada respiración era más importante que la cantidad de respiros que se daban.

Cuando le tocó a Clara, sonrió y contó su historia.

Dijo que no veía la longevidad como una carrera hacia la eternidad, sino como una exploración de las posibilidades del ser. Recordó que, incluso con un corazón nuevo, seguía siendo mortal y que la conciencia de esa mortalidad daba sentido a su existencia. «Vivir más tiempo puede ser deseable si nos permite profundizar en nuestras relaciones, en nuestros proyectos, en nuestro autoconocimiento», propuso, «pero si vivir ciento cincuenta años significa prolongar un sufrimiento vacío o un poder absoluto que aplasta a los demás, entonces se convierte en una distopía». Citó a un sociólogo que había hablado de la desigualdad biológica: la posibilidad de que solo unos pocos pudieran permitirse tecnologías de prolongación de la vida, creando una nueva forma de aristocracia, pero en realidad, ¿cuándo habían sido democráticos los avances científicos? En cierto modo con la modernidad, pero los avances más caros, más exclusivos, seguían siendo siempre para los mismos, aunque su razonamiento, dijo, tenía un pero. Esos avances sí habían ido integrándose en las sociedades; de hecho, «¿cuál era la esperanza de vida en la actualidad comparada con la que había tenido la humanidad a lo largo de la historia?»

El debate que siguió fue intenso. Una mujer del público preguntó si era ético gastar recursos en prolongar la vida de personas que ya habían vivido más de lo que se consideraba normal (¡normal!), en lugar de dedicarlos a niños que padecían enfermedades prevenibles. Un joven cuestionó si la muerte era realmente necesaria para dar valor a la vida; propuso que quizá, con suficiente creatividad, podríamos encontrar significado en la existencia prolongada. Un hombre mayor relató que su padre había vivido hasta los noventa y siete años y que, hacia el final, lo único que deseaba era descansar. Las respuestas variaron, pero todas coincidieron en algo: la longevidad no era un fin en sí misma, sino un medio que debía estar al servicio de un proyecto vital significativo. Palabras de quienes no pueden aspirar a la eternidad.

Al término del coloquio, mientras saludaba a algunos asistentes, se acercó a ella una joven periodista que trabajaba para un medio digital especializado en tendencias. «Me gustaría saber su opinión sobre ciertas prácticas que se han vuelto populares», dijo. «¿qué piensa de los hongos medicinales, de las terapias de luz roja y de los baños de hielo?» Clara sonrió, ya había hablado de esto antes. «Lo mismo que pienso de las bebidas energéticas y de las dietas milagro: que hay más marketing que ciencia, pero eso lo deduzco de lo que leo, no soy nadie», respondió. Recordó los artículos que citaban investigadores serios: los hongos podían tener compuestos útiles, pero las dosis y los efectos variaban y pocos estudios clínicos los respaldaban; la luz roja de uso doméstico era demasiado débil para penetrar en la piel y activar rutas metabólicas profundas; los baños de hielo podían ser beneficiosos en contextos controlados, pero también causar hipotermia o shock si se hacían sin supervisión. «Cada cuerpo es un mundo», añadió, «y no hay atajos fáciles para la salud. A veces, lo más revolucionario es dormir bien, comer con moderación, caminar, amar y pensar.» La periodista asintió, aunque parecía decepcionada por la falta de milagros en su respuesta.

Aquella noche, al regresar a casa, Clara se dio cuenta de que su vida había cambiado de manera radical y sutil a la vez. Radical porque, sin el trasplante, probablemente no estaría allí; sutil porque, a pesar del nuevo corazón, seguía siendo la misma persona que se cuestionaba la naturaleza de la existencia. Miró al cielo, aún con restos de luz, y pensó en las palabras que había leído en un estudio sobre límites biológicos de la especie humana. Decía que, a pesar de los avances, la vida tenía un límite que parecía situarse en torno a los ciento veinte o ciento cincuenta años, y que superar ese umbral requeriría intervenciones que aún no imaginábamos, afectando no solo a los órganos, sino al cerebro, al sistema inmunitario y a la epigenómica. Recordó un párrafo en el que un científico advertía de que la promesa de la inmortalidad podía convertirse en un nuevo opio del pueblo: «Un sueño que distrae de las luchas necesarias por un presente más justo».

Con el paso del tiempo, Clara volvió a enseñar en la universidad. Sus alumnos le preguntaban sobre su experiencia y ella aprovechaba para conectar los conceptos de Filosofía de la mente con la actualidad biotecnológica. Les contaba que la identidad no era un núcleo sólido, sino un relato en construcción y que la posibilidad de modificar el cuerpo invitaba a repensar el yo en términos más relacionales. Algunos estudiantes, influenciados por novelas distópicas, le preguntaban si no temía que, al aceptar órganos de otra especie, se estuviera abriendo la puerta a un futuro en el que los humanos serían simplemente ensamblajes de piezas fabricadas por corporaciones. Ella respondía que el miedo era comprensible, pero que la alternativa no era la parálisis sino la deliberación ética y la regulación democrática. Citaba a Paul Ricoeur: «El yo es un otro», recordando que la alteridad forma parte de la identidad misma.

Un día, en una clase, habló de las analogías que el lenguaje utiliza para hablar de la vida. Recordó que la metáfora del «cuerpo como máquina» había sido útil para entender ciertos procesos, pero que se quedaba corta para describir la complejidad de la existencia. «No somos coches con piezas intercambiables», dijo, «somos ecosistemas. Incluso si pudiéramos cambiar cada órgano, seguiríamos siendo una trama de relaciones con nuestro entorno, con nuestras emociones, con nuestras memorias.» Hizo una pausa y añadió: «Quizá la pregunta no es cuántos años podemos vivir, sino si sabemos vivir los años que tenemos.»

Con el tiempo, la historia del micrófono abierto entre Xi y Putin se convirtió en una anécdota citada en libros de historia sobre la relación entre política y ciencia. Algunos la interpretaron como un episodio revelador de la obsesión contemporánea por el control y la dominación; otros la vieron como una simple conversación trivial entre dos hombres que, como tantos otros, temen a la muerte. Para Clara, se convirtió en el hilo que había tejido su propia transformación, un acontecimiento menor que, sin embargo, la había llevado a tomar una decisión crucial. Entendió que las narrativas que circulan en la sociedad tienen el poder de moldear nuestras vidas, no tanto porque sean verdaderas, sino porque nos obligan a posicionarnos.

Cinco años después, celebró un lustro con su corazón porcino. Su salud se había mantenido estable, aunque el temor al rechazo crónico permanecía como una sombra. Había escrito otro libro en el que contaba historias de personas que, como ella, habían atravesado la frontera entre lo humano y lo no humano. Entrevistó a agricultores que criaban cerdos destinados a ser donantes y que hablaban de sus animales con respeto y cariño; conversó con investigadores de una empresa emergente que intentaba imprimir corazones con bioink compuesto de colágeno y células madre; conoció a una activista vegana que, a pesar de su postura contra la explotación animal, reconocía el valor de los xenotrasplantes en determinadas circunstancias. Cada historia revelaba la complejidad de las decisiones éticas y la imposibilidad de juzgarlas desde la distancia.

En la última página de ese libro, Clara dejó escrito un párrafo que sintetizaba su aprendizaje: «Somos seres finitos, pero nuestra imaginación no lo es. Deseamos trascender nuestros límites y ese deseo ha producido obras de arte, descubrimientos científicos y atrocidades. Quizá la sabiduría consiste en habitar la paradoja: avanzar en el conocimiento y la tecnología sin perder de vista que la belleza de la vida reside también en su fragilidad. Si algún día llegamos a vivir más allá de los cien años, espero que no sea porque nos hayamos convertido en acumuladores de órganos o en consumidores de juventud envasada, sino porque hayamos aprendido a cuidarnos, a cuidarnos unos a otros y a vivir con el sentido de que cada latido, por inesperado que sea su origen, es una oportunidad para amar.»

EPÍLOGO

La ciudad se extendía hacia el mar como un organismo que hubiera aprendido a respirar bajo el agua y sobre la tierra. Los viejos mapas mostraban un perfil irregular en la costa oriental de la península, una línea que los cartógrafos aprendieron a trazar una y otra vez, corrigiendo los accidentes del oleaje, anotando la existencia de una albufera frágil y de un río silencioso que desembocaba cansado en ninguna parte; de hecho, hacía muchos años que era una mera herida en una tierra muy antigua.

Doscientos años después de aquellas visiones, la geografía era otra: las aguas no habían invadido los barrios históricos ni devorado los arrozales, como temían los augurios más sombríos, pero la ciudad había decidido no dejar su destino en manos del azar climático. Construyó malecones, diques y jardines flotantes; ganaron terreno al mar con islas artificiales cubiertas de árboles y huertos al estilo de aquellas fantasías que en el siglo XXI se levantaron en el desierto de Oriente. El Mediterráneo, contenido y reverenciado, se convirtió en un espejo sobre el que reposaban torres-jardín, plataformas urbanas y grandes parterres donde crecían especies recuperadas. La vieja ciudad se ocultaba bajo capas de nuevas pieles; sus plazas fueron techadas, sus calles se elevaban sobre pasarelas verdes.

Clara, que había visto crecer los diques y el horizonte, caminaba sobre uno de esos puentes. Llevaba, según los calendarios que se usaban entonces, un par de siglos de vida adicional. El tiempo cronológico era ya una convención, pues la longevidad casi ilimitada había obligado a inventar nuevas unidades de medida. Las células de su cerebro no habían sucumbido a la devastación del tiempo gracias a terapias que reprogramaban periódicamente el epigenoma, y cuando alguna red neuronal mostraba signos de deterioro, nanoesferas microscópicas intervenían reparando conexiones y restaurando sinapsis. Sus órganos eran una coreografía de componentes biológicos y mecánicos; bombas que no se fatigaban y tejidos orgánicos que se regeneraban en ciclos casi perfectos. El corazón que latía en su pecho hacía siglos había dejado de pertenecer a una especie concreta; era un híbrido de silicona, fibras musculares cultivadas in vitro y chips que ajustaban el ritmo según su estado emocional.

Recordaba con claridad —o eso le gustaba pensar— los primeros debates sobre los trasplantes con modificaciones genéticas de otras especies: aquellos años en los que la humanidad buscó corazones de cerdo modificados genéticamente para alargar la vida de pacientes al borde de la muerte. Había sido una solución transitoria, un puente hacia la era de la bioimpresión y la sustitución de órganos completos. Para cuando ella cumplió su primer centenario, los problemas neurodegenerativos se consideraban resueltos mediante terapias de reprogramación parcial y ya nadie temía la sombra de la demencia. Sin embargo, el verdadero dilema vino después, cuando la mortalidad dejó de ser una certeza y se convirtió en una elección. ¿Qué significado podía tener la vida en un mundo donde la muerte ya no era el horizonte que daba urgencia a nuestros actos?

La ciudad, rebautizada varias veces para reflejar su metamorfosis, se organizaba en niveles: plataformas ajardinadas donde vivían comunidades que elegían vidas ligadas a la tierra, laboratorios suspendidos en los que se criaban animales más allá de los límites de su especie, hangares donde los drones de carga despegaban y aterrizaban transportando bienes entre continentes. Los puentes eran rutas para paseantes que no necesitaban desplazarse, pues la virtualidad permitía estar en cualquier lugar sin moverse de casa. La decisión de caminar era una forma de resistencia a la tentación de la inmediatez. Mientras sus pies descalzos rozaban la madera tibia del puente, Clara sentía todavía el placer sencillo de la gravedad, del roce del aire y del aroma salado que ascendía del mar.

Había dedicado décadas a la ingeniería de ecosistemas, ayudando a diseñar humedales artificiales que purificaban el agua y servían de refugio a especies de aves y peces. Más tarde, se involucró en programas de resilvestración: restaurar la huerta que rodeaba la ciudad, reintroducir variedades antiguas de naranjos y olivos que habían estado a punto de perderse. En cada etapa de su larga vida se reinventó, como si cada nuevo proyecto le ofreciera un sentido provisional. Cuando la resolución de los problemas neurodegenerativos abrió la puerta a siglos de existencia, Clara se lanzó a profundizar en la filosofía. Leía a los clásicos griegos y a los pensadores del antropoceno, debatía con algoritmos que replicaban estilos de pensamiento desaparecidos y con jóvenes que apenas recordaban que hubo un tiempo en el que la muerte ocurría de manera natural.

La eternidad, pensaba, no es una línea infinita, sino una serie de círculos que se tocan. Al principio, la perspectiva de vivir trescientos años más era excitante. Podría dominar todas las artes, conocer todos los paisajes, amar a muchas personas sin tener que despedirse demasiado pronto. Pero con el tiempo aparecieron las paradojas. La memoria comenzó a saturarse a pesar de las terapias de reorganización. Los recuerdos perdían nitidez como viejas fotografías que se desenfocan. No era una cuestión de olvido patológico, sino una consecuencia natural del exceso de experiencias. Una y otra vez acudía a las cápsulas de memoria, pequeñas galerías en las que podía revivir secuencias de su vida almacenadas como hologramas. Allí revisaba sus rostros queridos, ciudades ya transformadas en megalópolis, aromas de otras estaciones. Sin embargo, esa posibilidad de revisitar el pasado no siempre aportaba consuelo; a veces la dejaba atrapada en una melancolía viscosa, añorando intensidades que el presente no le ofrecía.

Se preguntaba si la ausencia de fin robaba intensidad a cada momento. Recordaba cuando sus mayores vivían sabiendo que cada decisión tenía un peso mayor porque el tiempo era breve. La prisa de la juventud, la urgencia por escribir un libro, por experimentar un viaje antes de que la salud les abandonase, dotaba de densidad los instantes. Ahora, con siglos por delante, mucha gente posponía indefinidamente sus sueños. Vivían vidas de repetición, diluyendo sus deseos en la certeza de que mañana sería igual. Algunos, incapaces de soportar esa planicie temporal, optaban por la renuncia voluntaria, desconectando sus sistemas vitales en ceremonias comunitarias que celebraban la finitud. Otros, como ella, buscaban desesperadamente nuevos significados: se entregaban a aventuras absurdas, se apuntaban a expediciones interplanetarias, exploraban las fronteras de la inteligencia artificial.

El problema neurodegenerativo resuelto, hacía que las enfermedades que antes devastaban las mentes hubieran desaparecido, pero nada de eso evitaba el desgaste emocional. El cuerpo podía durar indefinidamente; el alma se agotaba. Las terapias psicodélicas y los retiros en entornos naturales se convirtieron en parte del mantenimiento integral de los ciudadanos. Clara probó hongos psilocibios y ceremonias de ayuno que decían conectar con la memoria profunda de la especie, pero las encontró superficiales. El alivio temporal que ofrecían se parecía a la luz roja de los antiguos dispositivos de moda: una sensación de bienestar fugaz que no tocaba las raíces del malestar.

Un día, mientras conversaba con un grupo de seres tan antiguos como ella, alguien mencionó la leyenda de Titono. Rieron de la ingenuidad de aquel mito, pues ellos habían conseguido la juventud sin límite, pero en el fondo percibían la verdad simbólica. ¿Qué sentido tiene una vida que no se inclina hacia una conclusión? ¿Cómo encontrar el valor de cada gesto cuando no hay medida que lo contenga?

Clara encontró respuestas parciales en la compañía de los jóvenes. Trabajaba como mentora en programas de acogida para recién nacidos que ya no venían al mundo de manera accidental, sino como fruto de proyectos colectivos muy deliberados. Ellos, engendrados y recién llegados, la miraban con ojos de sorpresa cuando les hablaba de un tiempo en que las pantallas se tocaban con los dedos y los cuerpos eran perecederos. Descubrió que enseñar, transmitir memoria y oficios, observar cómo cada generación reinterpretaba lo heredado, era una fuente de sentido que no se agotaba. Se adentró en la música; aprendió a tocar instrumentos que antes no existían, mezcla de cuerda y luz, y compuso melodías que desplegaban su armonía a lo largo de décadas, auténticos tapices sonoros que acompañaban los ritmos vitales de comunidades enteras.

También experimentó con la creación de territorios. En la periferia marítima de la ciudad, donde los jardines flotantes se unían a plataformas agrícolas, diseñó un espacio dedicado a la contemplación. Construyó un anfiteatro de piedra cultivada que emergía del agua y permitía ver la puesta de sol en un ángulo preciso donde se alineaban las ruinas de una torre antigua, un puerto y una escultura que representaba a una mujer envejecida mirando el horizonte. Ese lugar, bautizado como La Senda de los Ciclos, se convirtió en un sitio de peregrinación para quienes necesitaban reencontrar la proporción entre pasado y futuro. Allí, la gente llevaba ofrendas simbólicas —un puñado de tierra de la huerta, una rama de almendro, un algoritmo de luz— y se sentaba a escuchar historias contadas por ancianos que, como Clara, recordaban el mundo tal y como era cuando la mortalidad era una ley inviolable.

El cuerpo de Clara había sido reemplazado tantas veces que le costaba reconocer sus propias manos. Algunas sustituciones se debieron a accidentes, otras a la pura voluntad de experimentar nuevas sensaciones. Durante su segundo siglo se instaló una estructura ósea de nanocarbono que le permitía soportar grandes pesos; en su tercer siglo, adoptó un exoesqueleto flexible inspirado en la anatomía de los pulpos que le proporcionaba una movilidad fluida. Estas alteraciones estaban tan integradas que ya nadie hablaba de prótesis; eran extensiones naturales del ser. Con cada cambio, sin embargo, surgía la pregunta del navío de Teseo: ¿seguía siendo la misma persona que aquella joven que había recibido un corazón de cerdo modificado? ¿Dónde residía el núcleo de su identidad?

Las tecnologías de copia de respaldo de la mente y de transferencia de conciencia a sustratos digitales existían, pero nunca quiso emplearlas para duplicarse. Le asustaba la idea de fragmentarse en múltiples instancias, de que varias versiones suyas recorrieran caminos distintos. Prefería la continuidad de una sola experiencia, aun a riesgo de perder posibilidades. A sus amigos, que sí eligieron duplicarse, los veía como espejos distorsionados: cada copia desarrollaba gustos y recuerdos propios, hasta volverse en esencia otra persona. La inmortalidad mecánica, concluía, podía conservar la estructura física, pero no reemplazaba la autenticidad de una historia vivida en primera persona.

Cuando amanecía y la luz del sol rebotaba en las terrazas construidas sobre el mar, la ciudad parecía una constelación flotante. Clara subía a la cúspide de una torre y, desde allí, miraba cómo se superponían las capas de tiempo: los antiguos muelles ahora convertidos en jardines acuáticos, los templos de cristal que habían sido centros de datos y ahora servían como invernaderos, los barrios donde se conservaban rituales culinarios de tres siglos antes. A veces se tumbaba y dejaba que la temperatura del sol calentara la piel sintética de su abdomen; sentía el cosquilleo de los sensores, el aliento del viento. Respiraba profundamente, aunque ya no necesitara oxígeno de la misma manera, porque el acto de respirar le recordaba que existía.

«La eternidad —reflexionaba—, no es un lamento por sí sola. El lamento surge del vacío de significado».

Hubo épocas en las que se sintió errática; era entonces cuando la inmortalidad fue un espejo cruel que reflejaba su apatía multiplicada. Pero había momentos —como cuando escuchaba el murmullo de las olas rompiendo en los diques, cuando una niña pronunciaba su nombre con curiosidad, cuando una sinfonía alcanzaba su clímax después de años de preparación— en los que la vida destellaba con una intensidad que solo una existencia prolongada podía permitir. En esos instantes, la extensión temporal se transformaba en una suerte de lienzo infinito donde inscribir variaciones eternas de un mismo tema.

Para Clara, el sentido de la vida no se encontraba en la duración, sino en la relación. La relación con otros seres, humanos o no; con paisajes, obras de arte, ciclos naturales. Pero, sobre todo, consigo misma, con su aliento, con la vida que había aprendido a disfrutar; había practicado el desapego, el respeto consciente a las mismidades de los otros; vivir, vivía en sí y para ella, en el esplendor mágico de la existencia. La muerte era un límite que confería urgencia; su desaparición obligaba a alentar nuevos horizontes: proyectos que superaban la escala de una vida, como restaurar bosques que tardaban siglos en madurar o preparar expediciones interestelares que requerían generaciones de preparación. Ella participó en uno de estos proyectos interplanetarios, ayudando a diseñar sistemas ecológicos para colonias autónomas. Acompañó a una de sus descendientes simbólicas en la partida, sabiendo que tal vez tardarían doscientos años en volver. Esa espera no la angustió; la asumió como un gesto de confianza en el devenir. En realidad, nunca había existido la muerte; era un paso. Lo habían dicho los antiguos, pero parte de la civilización consiguió centrarlo todo en la decadencia física, en la desaparición del cuerpo. Hacía mucho que habían muerto, en efecto, sus argumentos.

La ciudad sin nombre, que en otros tiempos se llamó Valencia, se había convertido en un archipiélago de significados. Ganó terreno al mar, no solo en metros cuadrados, sino en densidad de historias. Lo que en el siglo XXI era un puerto con grúas oxidadas y contenedores, ahora era un bosque de plataformas donde crecían algas, se cultivaban perlas sintéticas y se celebraban bodas entre humanos y entidades no determinadas. Las decisiones que tomaron sus habitantes cuando el calentamiento global parecía inevitable —construir barreras, restaurar marjales, imaginar ciudades verticales— se convirtieron en las bases de una expansión cuidadosa y respetuosa. No hubo inundaciones, pero la cultura de la prevención les enseñó a ser humildes ante la fuerza de la naturaleza.

Hubo noches en las que se preguntaba si su búsqueda de sentido no era más que un afán humano absurdo, una resistencia orgullosa a aceptar la insignificancia cósmica. Contemplaba las estrellas, ahora visibles pese a la luminiscencia controlada de la ciudad, y sentía la escala descomunal del universo. Pensaba en los físicos del siglo XX que intuían la entropía del cosmos y en los poetas que cantaban la brevedad. ¿De qué servía alargar la vida a siglos o milenios si, al fin y al cabo, todo se disolvería en un frío final? A veces la asaltaba un vértigo, una sensación de estar suspendida en el vacío. Entonces recordaba las palabras de un pensador del antiguo Mediterráneo: la eternidad no es un tiempo interminable, sino un presente que se expande. Vivir eternamente no consiste en sumar años, sino en habitar plenamente cada instante.

Aquella mañana, al terminar su paseo por el puente, se detuvo y miró hacia atrás. La metrópoli se extendía en terrazas y plataformas, alzándose en filigranas de acero y vegetal. Hacia el norte, las montañas mostraban cicatrices de antiguas canteras convertidas en viñedos suspendidos. Hacia el sur, los arrozales brillaban sobre la superficie de un lago artificial que se alimentaba de las lluvias que en otro tiempo habrían inundado la ciudad. Todo era familiar y extraño a la vez. Se miró las manos, acarició el pulso de su corazón híbrido y sonrió.

No sabía si llegaría a vivir otros trescientos años, si la tecnología permitiría que su conciencia se mantuviera por tiempo indefinido. La pregunta de la eternidad seguía siendo un misterio, un peso y una promesa. Pero había comprendido que el sentido de la vida no era un tesoro que encontrar al final del camino, sino una artesanía cotidiana. Se trataba de tejer vínculos, de crear y recrearse, de asumir la responsabilidad de estar presente. Y con esa certeza —provisional, mutable, luminosa— volvió a caminar hacia el centro de la urbe, donde un grupo de adolescentes la esperaba para escuchar un relato sobre un tiempo en el que, para vivir, había que morir.

 

 


 



[1] No había visto la serie Galáctica, por eso no sabía nada de los límites del alma cibernética, ni cómo el ser se manifestaba en sus almas mecánicas. Los límites de lo humano quedaban atrapados en la ciencia, la dificultad para distinguir al ciborg, era un problema efectivo, pero también moral; hasta qué punto podíamos decir que Dios no había insuflado conciencia de sí, vida trascendente, a los nuevos cuerpos impresos. Ellos podían reflexionar sobre el alcance ontológico de su ser y preguntarse por sus creadores, o su creador. De todas maneras, desconozco si Clara sabía o no, yo me quedo siempre con Roy Batty, el personaje interpretado por el actor Rutger Hauer en la película Blade Runner: « He visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas más allá del hombro de Orión. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.»

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