En Valencia, en un apartamento lleno de libros y
plantas, a tres calles del cauce del Turia, Clara leyó la noticia y sintió un
escalofrío que no supo si era de esperanza o de angustia. Tenía cincuenta y dos
años con un corazón que apenas resistía.
El corazón es un músculo que se cansa, los avatares
de la vida hacen mella constante en sus paredes; un dolor, una pérdida o un
esfuerzo poco calibrado siempre repercuten en las mismas cavidades. Era una
persona preparada, agobiada por desentrañar ese mundo ignoto que la rodeaba de
oscuridad, una tejedora de preguntas más que de respuestas. Llevaba meses en
una lista de espera para un trasplante que no llegaba nunca. La insuficiencia
cardíaca la despertaba en mitad de la noche con un suspiro fatigado, mientras
su mente vagaba por los límites de la ética y de la biología. Le había llegado
la propuesta. La idea de recibir un órgano procedente de un animal le repugnaba
y la fascinaba a partes iguales. La repugnancia venía de la intuición de que,
al aceptar algo tan extraño como un corazón de cerdo modificado genéticamente,
perdería algo de sí misma, como si la identidad residiera en las membranas
celulares. La fascinación, en cambio, brotaba de la narrativa heroica de la
ciencia: esa idea de que la humanidad era capaz de reescribir su propio destino,
de burlarse de la fragilidad y de prolongar la vida más allá de lo previsto por
la evolución. Tal vez el hecho de que el corazón fuera de un animal tan
prohibido, denostado e instalado en el imaginario como sucio, le quitaba la
tranquilidad que debería haber tenido. Un corazón creado a partir de otro ser
vivo, pero contaminado por una imagen distorsionada de lo correcto.
Ya sabía los nombres de los primeros pacientes a los
que les habían implantado órganos porcinos editados para evitar el rechazo
inmunitario. En Boston, un hombre llamado Richard había recibido un riñón de
cerdo con diez modificaciones genéticas y tres genes humanos añadidos, un
lienzo en que Dios había dejado paso al hombre; su cuerpo aceptó el órgano
durante semanas, hasta que, finalmente, se detuvo de manera misteriosa y
silenciosa. En Nueva York, otro paciente había recibido un «timo-riñón», un
riñón acompañado de tejido tímico porcino para educar a su sistema inmunitario,
y había sobrevivido varios meses antes de que los médicos retirasen el injerto
para estudiar su evolución. Los periódicos hablaban de esas historias como
milagros y como fracasos; en ningún caso olvidaban mencionar el riesgo de los retrovirus
endógenos porcinos ni de la reactivación del sistema complementario del
receptor. Clara leía esos informes con la misma atención con la que hace
décadas había leído a Simone de Beauvoir o a Fernando Pessoa; sabía que los
avances de la ingeniería genética la miraban a ella de frente, que no eran una
abstracción sino una promesa para su propia supervivencia. Nadie podría
sustraerse a la tentación de la información, a mirar, una y otra vez, miles de
páginas en que se reflexionaba sobre los límites o se mostraban los avances en
biotecnología de una manera aséptica. No podía abandonar el estado de terror en
que se habían convertido sus noches, el tiempo que tenía, lo pasaba abstraída
en bucles sin fin, en pensamientos disruptivos que colonizaban todos los
espacios físicos de su vida. El sofá era una camilla de hospital; la cama un
quirófano surrealista donde desfilaban imágenes de doctores deformados por el
miedo. La angustia la paralizaba de una manera definitiva.
Desde que era estudiante de filosofía en la
universidad, Clara se había sentido atraída por los límites: los límites del
lenguaje, los de la moral, los de la vida. El ser humano establecía barreras
que no debía franquear, sin embargo, cada salto histórico era una ruptura de
límites. Aquella mañana, mientras el día soleaba el cauce seco y los patines
eléctricos dejaban huellas en el asfalto, abrió un cuaderno y comenzó a
escribir pensamientos dispersos sobre una noticia que prometía avances
significativos en la evolución de esas cirugías. «¿Qué implica desear vivir?»,
garabateó. «¿Es un anhelo de eternidad o un miedo por dejar de ser? ¿Una forma
de poder o una confesión de impotencia?» Recordó la historia de Titono,
el amante de Eos que recibió la inmortalidad como don y la vejez eterna
como castigo. Pensó en los centenarios que había conocido: ancianos cuya
existencia se deshacía en una suma de ausencias, cuerpos que resistían, pero
mentes que se disolvían en la confusión de la desmemoria. En su mente resonaban
los análisis de un artículo que hablaba de «la maldición de los centenarios» y
de los temores que despiertan quienes viven demasiado tiempo. No se trataba
solo de la posibilidad de ver morir a todos los seres queridos, sino de la
conciencia de asistir a la degradación gradual del propio yo. Porque la ciencia
podía alargar la vida del cuerpo, pero aún no había encontrado la forma de
detener el deterioro neuronal y la acumulación de errores epigenéticos que
terminan por convertir la memoria en un jardín desordenado. Una eternidad sin
recuerdos, tal vez viviendo en la sopa inconsistente de un mundo onírico.
Mientras reflexionaba sobre esas cuestiones, el
teléfono sonó. Era su amigo Mateo, un médico que trabajaba en un equipo de
investigación en el hospital La Fe. Hacía meses que la animaba a considerar la
opción del xenotrasplante; sabía de la angustia de Clara y del dilema que la
inmovilizaba. «Ha salido otra noticia», le dijo, «y no es sobre políticos
hablando de inmortalidad. Es un artículo científico serio, un ensayo clínico
reciente sobre la tolerancia inmunológica en trasplantes. Hablan de órganos de
cerdo con un timopo injertado, de células reguladoras que enseñan al
sistema inmunitario a no rechazar. Las cosas avanzan. No es ciencia ficción.»
Clara escuchó con atención mientras Mateo describía la edición genética, la
inactivación de genes como el alfa-Gal, CMAH y el B4GalNT2, la adición de genes
humanos que regulaban la coagulación, la presencia de moléculas de complemento;
«el lenguaje críptico de la ciencia», pensó, «el lenguaje sin referentes
plausibles para el enfermo, intangibles. Números y letras sin sentido,
desfilando ante mí como una procesión de Semana Santa». Le habló de un grupo de
ingenieras españolas que trabajaban en la preservación de órganos con fluidos
perfundidos a bajas temperaturas y antioxidantes, de cómo la biotecnología
estaba transformando los quirófanos en laboratorios de vanguardia. Ella notó
que su corazón se aceleraba, no solo por la enfermedad, sino por la posibilidad
de que la línea entre la vida y la muerte se redibujara. Sabía que el futuro
sería diferente, con posibilidades de reconstrucción, con probabilidad,
infinitas, «pero no serán para los pobres.»
Quedaron en verse en la cafetería de siempre, un
local situado entre edificios de diseño donde los camareros tatuados servían
café de especialidad con bebida de avena. Clara llegó con la torpeza de quien
teme que un sobresalto la derribe, buscando aliento en el aire viciado de la
nube de smog que la rodeaba a todas horas. Mateo la recibió con un
abrazo y un montón de artículos impresos. «Mira», dijo, «este es un ensayo
francés que habla de la ética del xenotrasplante; recuerdan que el cerdo es el
animal elegido por razones anatómicas, fisiológicas y de reproducción, pero
también subrayan la necesidad de vigilancia contra los virus. Este otro es un
artículo de una revista rusa que describe mecanismos inmunológicos; hablan de
ediciones múltiples con CRISPR y de inhibidores del complemento. Y aquí hay un
editorial que reflexiona sobre si la vida humana tiene un límite biológico real
de entre ciento veinte y ciento cincuenta años». Clara hojeó los documentos. En
uno de ellos, escrito en un tono divulgativo, un científico explicaba que
alargar la esperanza de vida promedio no equivalía a extender el máximo
potencial de la especie; que la biología de la longevidad estaba condicionada
por trade-offs evolutivos, por el coste energético de la reparación
celular y la preservación de la integridad genómica. Decían que, incluso si se
lograba reemplazar todos los órganos de manera indefinida, la mente seguiría
siendo un cuello de botella, un territorio frágil que la ciencia apenas
comprendía.
«El problema del cerebro», musitó Clara mientras
dejaba el papel sobre la mesa. «¿De qué sirve un corazón nuevo si la conciencia
se desvanece? ¿Qué sentido tiene vivir si no recuerdas quién fuiste ni quién te
ama?» Mateo asintió. Sabía que los avances en reprogramación epigenética, los
factores de Yamanaka y las terapias de senolíticos eran promesas
excitantes, pero también sabía que en la práctica médica cotidiana aún luchaban
contra la hepatitis, la insuficiencia renal y las infecciones nosocomiales. «Es
cierto», dijo. «Hay empresas que hablan de revertir la edad biológica, de
reiniciar relojes epigenéticos, pero cuando atiendes a una persona en urgencias
que lleva años sin una alimentación adecuada, te das cuenta de que la
desigualdad y el estilo de vida siguen siendo determinantes más grandes que
cualquier reprogramación celular. Yo puedo explicarte las vías de señalización,
pero no puedo sustituir tu memoria.» Se volvía al punto de partida, a la idea
de sobrevivir con independencia del resultado. Recordó a su padre. Cuando ya
sabía que la muerte le acechaba, le dio de lado, la obvió por completo, quiso
vivir, quiso que le hicieran todo lo que estuviera en manos de la medicina para
prolongar la vida un solo minuto más, un segundo, daba lo mismo, el instinto se
sobrepuso a la tozuda realidad. Murió meses más tarde de lo que la muerte había
previsto para él.
Hablaron de cómo la cultura popular había abrazado
la idea de la longevidad como un producto de consumo. Pudo reírse de las modas
recientes: las cápsulas de hongos «adaptógenos» que prometían reforzar el
sistema inmunitario y alargar la juventud; los baños de hielo que invadían las
redes sociales con imágenes de influencers sumergiéndose en cubetas
heladas mientras recitaban mantras de autodisciplina; las lámparas de luz roja
que, según TikTok, curaban la calvicie, el acné y la tristeza. Mateo
citó un estudio que advertía de los riesgos de estas prácticas: que los baños
de hielo podían desencadenar arritmias en personas predispuestas, que la luz
roja casera tenía un poder insuficiente y que la mayoría de los beneficios
atribuidos a los extractos de hongos carecían de evidencia clínica sólida.
Recordaron el fenómeno de las transfusiones de plasma joven, donde millonarios
pagaban por la sangre de adolescentes con la esperanza de rejuvenecer (vampiros
modernos con dinero), y cómo los expertos lo habían denunciado como una
pseudociencia carísima. «La gente cree que la juventud puede comprarse», dijo
Clara, «y olvida que la vida no es un conjunto de piezas intercambiables como
en un coche, sino una historia que se escribe con memoria, dolor y amor». Pero
la ciencia avanzaba. «Imagina que pudiéramos hacer un clon», —dijo ella— «un
ser idéntico, como en las películas, como aparece todo el tiempo en la
imaginación de los guionistas. Daría lo mismo; tu ego, tu yo, tu mismidad no sería
más que una ilusión. Ahora la ciencia ficción fantasea con descargarte en un
servidor y alimentar esa “conciencia” con IA; luego vendrían los problemas para
implantar esos recuerdos, ese otro yo al cuerpo creado, pero ¿seguiría siendo yo?
¿Sentiría igual? La sustancia, la conciencia infinita que es previa a la
creación de la materia, ¿volvería a estar conmigo? ¿Sería consciente de ese nuevo
ego renacido? No lo creo, pero no es más que una suposición, claro.»
Cuando pasan las horas, la conversación se transforma
en una meditación sobre el poder y el deseo. Hablan de cómo los nuevos
mandarines utilizan la ciencia para proyectar una imagen de omnipotencia, un
control absoluto sobre la vida y la muerte, tal vez el último límite de la
soberbia; de cómo la conversación entre Xi y Putin había sido interpretada por
muchos como un símbolo de su megalomanía. «Es lógico», opinó Mateo, «que
quienes tienen el poder y temen perderlo busquen perpetuarse no solo en las
estatuas y en los libros, sino en sus propios cuerpos. Para ellos, la
inmortalidad es un recurso político. Antes se eternizaban como momias en
búsqueda de la eternidad, hoy en muñecos artificiales carentes de edad» Clara
pensó entonces en las empresas de Silicon Valley que prometían frenar el
envejecimiento mediante algoritmos y células madre, financiadas por
multimillonarios que no solo querían salvarse a sí mismos, sino también vender
la ilusión de la eternidad a millones de consumidores. Trabajaban la ilusión a
través del cine, de narraciones que fantaseaban con una felicidad eterna, sin
contratiempos, como si la podredumbre que anidaba en el mundo fuera a
desaparecer de un plumazo. Era una forma de colonizar incluso el futuro, de
privatizar la esperanza con un solo propósito: perpetuarse para siempre.
En los días posteriores, la noticia del micrófono
abierto se desvaneció como se desvanecen todas las noticias en la era del feed
interminable. Pero en la mente de Clara se había quedado instalada como una
semilla de reflexión que germinaba en cada latido fatigado. A veces soñaba con
un hombre de rostro indeterminado que le ofrecía un nuevo corazón envuelto en
seda roja, un presente imposible y a la vez real, palpable. A veces veía en su
imaginación una sala de operaciones donde los cirujanos aparecían como sacerdotes
de una nueva religión, con bisturís que brillaban como espadas, robots de
precisión microscópica y una asepsia protectora. Y otras veces, simplemente
sentía el paso del tiempo en sus articulaciones, recordándole que su propia
vida no podía dilatarse, tenía una caducidad muy próxima.
El invierno llegó con lluvias frecuentes y cielos
color plomo. Ríos de agua por las calles con ese olor tan característico a moho
y a vida. Decidió, después de largas noches de insomnio en que conversaba
consigo misma, aceptar el xenotrasplante. La lista de espera para un corazón
humano era demasiado larga, y los médicos le aseguraban que la tecnología
porcina estaba lo suficientemente madura como para ofrecerle, al menos, unos
años más de vida con calidad. Firmó los consentimientos informados, leyó las
cláusulas de vigilancia epidemiológica, aceptó que su sangre fuera monitorizada
para detectar retrovirus y que debería estar atenta a cualquier signo de
infección. Antes de ingresar, escribió una carta que no era de despedida, sino
de confesiones y deseos. «No sé si volveré siendo la misma persona. Quizá mi
identidad se resquebraje o quizá se amplíe. En cualquier caso, quiero que
sepáis que he intentado que el amor rija mi comportamiento y que la vida, por
breve que sea, es un misterio que merece ser vivido con intensidad y con
preguntas.»
El quirófano del hospital la recibió con un olor molesto
de anestesia y plástico. Las luces frías iluminaban un espacio que parecía más
un laboratorio que una sala de operaciones. Los cirujanos vestían trajes de
colores que evitaban la contaminación: gorros de fantasía, calcetines morados o
pantalones de pijama con motivos oníricos; junto a ellos, máquinas de perfusión
mantendrían los órganos a temperatura controlada. En una bandeja de acero,
descansaba el corazón porcino editado, de un tono rosado ligeramente distinto
al humano, con suturas en las arterias para adaptarlo al cuerpo de Clara.
Mateo, presente como observador, le apretó la mano antes de que la anestesia la
llevase al coma quirúrgico. «Nos vemos al otro lado», le susurró. Ella sonrió,
cerró los ojos y pensó en la metáfora del «otro lado», ese territorio donde la
conciencia desaparece durante unas horas y luego regresa, como quien atraviesa
un río oscuro.
La cirugía duró muchísimas horas. Los médicos
desconectaron el corazón enfermo, conectaron los conductos al nuevo órgano,
chequearon la compatibilidad y la latencia. Se podría narrar el procedimiento
con términos técnicos: anastomosis, baipás, perfusión, inmunosupresión. Pero lo
más importante fue el silencio que se instaló en la sala cuando el nuevo
corazón comenzó a latir. Un sonido fuerte, aún tímido, ocupó el espacio. Era un
latido híbrido, un diálogo entre la biología de dos especies y la mediación de la
tecnología. Clara no lo escuchó físicamente, sumida en la anestesia; pero, en
algún lugar profundo de su inconsciente, algo se reordenaba.
Cuando despertó en la unidad de cuidados intensivos,
el primer ruido que percibió fue el pitido irregular del monitor. No reconocía
su propio cuerpo; sentía un peso en el pecho y una sensación de presencia
ajena. Se llevó la mano a la zona del esternón y notó la venda. Mateo entró a
verla acompañando de una enfermera. «Ha sido un éxito», le dijo. «Tu nuevo
corazón late bien. Ahora vendrá la parte difícil: que tu sistema inmunitario
aprenda a convivir con él.» Clara quiso hablar, pero apenas pudo articular un
sonido. Sus ojos se llenaron de lágrimas; no era capaz de decidir si eran de
alegría o de miedo. De repente le vino a la mente la imagen de un cerdo
pastando en un prado, sin conciencia de la metáfora en la que se había
convertido. Una en dos seres vivos diferentes.
Las semanas siguientes se sumergieron en un ritmo de
rutina hospitalaria: análisis de sangre para detectar anticuerpos, medicamentos
inmunosupresores que la mareaban, visitas de psicólogos que evaluaban su
adaptación. Se pasó horas en la cama leyendo libros que hablaban de identidad y
cuerpo, de la relación entre lo mental y lo físico. Revivió a Descartes, a
Spinoza, a Maturana; se recordó a sí misma diciendo en clase que el yo era
un proceso, no una sustancia, quién sabe si una memoria de todos los tiempos.
Ahora, con un corazón ajeno latiendo en lo más profundo de su cuerpo, esa
afirmación adquiría un significado literal y visceral. Empezó a sentir, a
veces, una pulsación diferente, como un eco de la vida animal de la que
procedía el órgano. No era una invasión, ni un rechazo; era una presencia que
la acompañaba, recordándole que los límites entre especies son más profundos de
lo que era capaz de entender, aunque al mismo tiempo, su sintonía era asombrosa.
Mientras convalecía, se entretenía leyendo noticias
de actualidad. Los titulares seguían hablando de longevidad, pero ahora se
centraban en empresas emergentes que prometían reprogramación celular
para revertir la edad, en terapias con células madre que decían rejuvenecer la
piel y en inversores que contrataban científicos para encontrar la fuente de la
juventud eterna. Leía con un escepticismo que lindaba con la ironía. Sabía que,
en los laboratorios, se conseguían resultados espectaculares en ratones: ratones
que recuperaban la vista o el vigor después de recibir inyecciones de plasma
joven, ratones cuyo pelo encanecido volvía a oscurecerse tras la expresión de
factores de Yamanaka. Pero al mismo tiempo, sabía que extrapolar esos
hallazgos al ser humano era una operación compleja y que la biología no era tan
manejable como las empresas tecnológicas querían hacer creer. Pensaba, con
cierta amargura, que la medicina regenerativa a menudo se presentaba como la
solución a todos los males, mientras se descuidaban las causas sociales del
sufrimiento y de la enfermedad. «La pulsión política siempre presente», se
atrevió a rumiar.
A medida que recuperaba la movilidad y la fuerza,
comenzó a caminar por los pasillos del hospital. Conoció a otros pacientes que
esperaban trasplantes o que, como ella, se adaptaban a órganos provenientes de
otras especies. Había una mujer de sesenta años que había recibido un riñón
porcino y hablaba con gratitud de la segunda oportunidad que se le otorgaba; había
un joven que llevaba una prótesis cardíaca mecánica y soñaba con recibir un
corazón bioimpreso a partir de sus propias células. En cada conversación,
se mezclaban el agradecimiento, el miedo y la pregunta por la identidad.
«¿Seguiremos siendo nosotros?», se preguntaban, y cada uno daba una respuesta
distinta. Algunos decían que eran más ellos que nunca, porque el límite de la
supervivencia les había revelado su verdadera esencia. Otros confesaban que se
sentían extraños, como si les habitara una parte ajena. Pero todos coincidían: la
única finalidad de la vida era vivirla.
Clara, fiel a su espíritu reflexivo, comenzó a
escribir sobre su experiencia. Trabajó en un ensayo titulado El umbral del
nuevo yo en el que abordaba las implicaciones ontológicas del
xenotrasplante. Citaba a la filósofa Donna Haraway, quien ya en el siglo
XX había propuesto la figura del ciborg para describir la amalgama de
organismos y máquinas que somos[1]. Señalaba que la identidad
no se definía por la pureza, sino por la capacidad de relación y de
coevolución. Escribía frases largas y meditadas, como quien no pretende convencer,
sino compartir una inquietud: «Al aceptar este regalo, no me convierto en algo
menos humano; me convierto en algo más consciente de mi animalidad y de mi
dependencia del ecosistema. La frontera entre lo humano y lo no humano se
desenfoca, y en ese desenfoque se abre la posibilidad de un humanismo ampliado,
capaz de reconocer la dignidad de otras formas de vida y de cuestionar la hybris
de nuestros proyectos de dominación. Somos seres sintientes, ambos, conectados
en la eterna red de Gaia, respirando el mismo aire, bañados por el mismo sol y
mecidos por la misma avidez por la vida. Somos, cada uno, parte del otro.
Existe, pues, una conciencia previa al todo, a lo creado, propiciadora del Big
Bang que nos configura, nos da el aliento de seres con sentimientos, ¿qué nos
hace pensar que ese impulso original es exclusivo de nosotros? Nada, puro
egocentrismo.»
Publicó el ensayo en una revista digital y pronto
recibió correos de personas que se sentían interpeladas. Un bioeticista de una
Universidad le preguntó si creía que, al aceptar órganos de animales, la
sociedad banalizaba la explotación de otras especies. Ella respondió que, al
contrario, su experiencia la había llevado a valorar más la vida animal y a
reconocer la necesidad de mejores condiciones para los animales de los que
dependían estos avances. Una poetisa argentina le escribió para decirle que su
historia le había servido de inspiración para un poema en el que comparaba el
latido humano con el toque de un tambor ancestral. Un sacerdote le mandó un
sermón en el que interpretaba el trasplante ínter especies como una metáfora de la caridad
divina. Clara comprendió que su historia no era solo suya; había tocado una
fibra sensible en muchos, aquella fibra que vibra cuando se cuestiona qué significa
ser.
El tiempo avanzaba. Clara cumplió un año con su
nuevo corazón. Un año.
Los doctores celebraron que no hubiera habido
rechazo agudo, que los niveles de anticuerpos se mantuvieran bajos y que la
medicación funcionara. Ella, por su parte, celebraba haber recuperado energías
para subir las escaleras sin ahogarse y para visitar de nuevo el antiguo cauce en
su mutación; la ciudad también se estaba transformando, sus trasplantes eran
diferentes, casi imperceptibles, pero crecía hacia el mar y lo iba fagocitando.
A veces se sentaba en un banco a observar cómo los niños corrían con patinetes,
cómo los ancianos paseaban a sus perros y cómo las parejas hacían yoga al
atardecer. Notaba que el mundo no había cambiado tanto como pronosticaban los
titulares apocalípticos. La vida seguía, con su mezcla de banalidad y de
misterio, y la tecnología convivía con la naturaleza sin eliminar la poesía de
los momentos sencillos.
Un día, recibió una invitación para participar en un
coloquio. El tema era ¿Puede la humanidad vivir ciento cincuenta años? Y el formato consistía en una conversación entre científicos, filósofos y
artistas. Clara aceptó, aunque sabía que no tenía todas las respuestas. Se
preparó leyendo más artículos: descubrimientos recientes sobre factores
genéticos asociados a la longevidad, estudios epidemiológicos que sugerían que
la esperanza de vida humana podría estar acercándose a un límite, encuestas de
opinión que mostraban el entusiasmo juvenil por la idea de no envejecer nunca.
También revisó textos clásicos: la historia que tanto le había impactado de Titono,
la obsesión de Heródoto por la longevidad de los etíopes, los tratados
sobre la vida buena de Aristóteles y Séneca.
La noche del coloquio la sala estaba llena. En el
escenario, junto a ella, se sentaban un gerontólogo que había dirigido ensayos
clínicos con rapamicina, un ingeniero de biomateriales que trabajaba en
la impresión 3D de órganos, una artista visual que había creado instalaciones
con exoesqueletos y pieles sintéticas, y un monje budista que enseñaba
meditación mindfulness. La moderadora les hizo la pregunta de inicio:
«¿Debemos aspirar a vivir ciento cincuenta años?» El gerontólogo habló de los
avances médicos, de cómo la prevención y el tratamiento de enfermedades
cardiovasculares habían duplicado la esperanza de vida en el último siglo y de
cómo los senolíticos y la reprogramación parcial podían posponer el
deterioro. El ingeniero se entusiasmó describiendo órganos bioimpresos que
replicarían la estructura de los tejidos con precisión; habló de inkjets
y de matrices extracelulares. La artista reflexionó sobre los cuerpos híbridos
y la estética de la longevidad. El monje, en cambio, contó la historia de un
maestro zen que vivió más de cien años meditando, pero que siempre decía que la
calidad de cada respiración era más importante que la cantidad de respiros que
se daban.
Cuando le tocó a Clara, sonrió y contó su historia.
Dijo que no veía la longevidad como una carrera
hacia la eternidad, sino como una exploración de las posibilidades del ser.
Recordó que, incluso con un corazón nuevo, seguía siendo mortal y que la
conciencia de esa mortalidad daba sentido a su existencia. «Vivir más tiempo
puede ser deseable si nos permite profundizar en nuestras relaciones, en
nuestros proyectos, en nuestro autoconocimiento», propuso, «pero si vivir
ciento cincuenta años significa prolongar un sufrimiento vacío o un poder
absoluto que aplasta a los demás, entonces se convierte en una distopía». Citó
a un sociólogo que había hablado de la desigualdad biológica: la posibilidad de
que solo unos pocos pudieran permitirse tecnologías de prolongación de la vida,
creando una nueva forma de aristocracia, pero en realidad, ¿cuándo habían sido
democráticos los avances científicos? En cierto modo con la modernidad, pero
los avances más caros, más exclusivos, seguían siendo siempre para los mismos,
aunque su razonamiento, dijo, tenía un pero. Esos avances sí habían ido
integrándose en las sociedades; de hecho, «¿cuál era la esperanza de vida en la
actualidad comparada con la que había tenido la humanidad a lo largo de la historia?»
El debate que siguió fue intenso. Una mujer del
público preguntó si era ético gastar recursos en prolongar la vida de personas
que ya habían vivido más de lo que se consideraba normal (¡normal!), en lugar
de dedicarlos a niños que padecían enfermedades prevenibles. Un joven cuestionó
si la muerte era realmente necesaria para dar valor a la vida; propuso que
quizá, con suficiente creatividad, podríamos encontrar significado en la
existencia prolongada. Un hombre mayor relató que su padre había vivido hasta los
noventa y siete años y que, hacia el final, lo único que deseaba era descansar.
Las respuestas variaron, pero todas coincidieron en algo: la longevidad no era
un fin en sí misma, sino un medio que debía estar al servicio de un proyecto
vital significativo. Palabras de quienes no pueden aspirar a la eternidad.
Al término del coloquio, mientras saludaba a algunos
asistentes, se acercó a ella una joven periodista que trabajaba para un medio
digital especializado en tendencias. «Me gustaría saber su opinión sobre
ciertas prácticas que se han vuelto populares», dijo. «¿qué piensa de los
hongos medicinales, de las terapias de luz roja y de los baños de hielo?» Clara
sonrió, ya había hablado de esto antes. «Lo mismo que pienso de las bebidas
energéticas y de las dietas milagro: que hay más marketing que ciencia, pero eso
lo deduzco de lo que leo, no soy nadie», respondió. Recordó los artículos que
citaban investigadores serios: los hongos podían tener compuestos útiles, pero
las dosis y los efectos variaban y pocos estudios clínicos los respaldaban; la
luz roja de uso doméstico era demasiado débil para penetrar en la piel y
activar rutas metabólicas profundas; los baños de hielo podían ser beneficiosos
en contextos controlados, pero también causar hipotermia o shock si se hacían
sin supervisión. «Cada cuerpo es un mundo», añadió, «y no hay atajos fáciles para
la salud. A veces, lo más revolucionario es dormir bien, comer con moderación,
caminar, amar y pensar.» La periodista asintió, aunque parecía decepcionada por
la falta de milagros en su respuesta.
Aquella noche, al regresar a casa, Clara se dio
cuenta de que su vida había cambiado de manera radical y sutil a la vez.
Radical porque, sin el trasplante, probablemente no estaría allí; sutil
porque, a pesar del nuevo corazón, seguía siendo la misma persona que se
cuestionaba la naturaleza de la existencia. Miró al cielo, aún con restos de
luz, y pensó en las palabras que había leído en un estudio sobre límites
biológicos de la especie humana. Decía que, a pesar de los avances, la vida
tenía un límite que parecía situarse en torno a los ciento veinte o ciento
cincuenta años, y que superar ese umbral requeriría intervenciones que aún no
imaginábamos, afectando no solo a los órganos, sino al cerebro, al sistema
inmunitario y a la epigenómica. Recordó un párrafo en el que un científico
advertía de que la promesa de la inmortalidad podía convertirse en un nuevo
opio del pueblo: «Un sueño que distrae de las luchas necesarias por un presente
más justo».
Con el paso del tiempo, Clara volvió a enseñar en la
universidad. Sus alumnos le preguntaban sobre su experiencia y ella aprovechaba
para conectar los conceptos de Filosofía de la mente con la actualidad
biotecnológica. Les contaba que la identidad no era un núcleo sólido, sino un
relato en construcción y que la posibilidad de modificar el cuerpo invitaba a
repensar el yo en términos más relacionales. Algunos estudiantes, influenciados
por novelas distópicas, le preguntaban si no temía que, al aceptar órganos de
otra especie, se estuviera abriendo la puerta a un futuro en el que los humanos
serían simplemente ensamblajes de piezas fabricadas por corporaciones. Ella
respondía que el miedo era comprensible, pero que la alternativa no era la
parálisis sino la deliberación ética y la regulación democrática. Citaba a Paul
Ricoeur: «El yo es un otro», recordando que la alteridad forma parte de la
identidad misma.
Un día, en una clase, habló de las analogías que el
lenguaje utiliza para hablar de la vida. Recordó que la metáfora del «cuerpo
como máquina» había sido útil para entender ciertos procesos, pero que se
quedaba corta para describir la complejidad de la existencia. «No somos coches
con piezas intercambiables», dijo, «somos ecosistemas. Incluso si pudiéramos
cambiar cada órgano, seguiríamos siendo una trama de relaciones con nuestro
entorno, con nuestras emociones, con nuestras memorias.» Hizo una pausa y
añadió: «Quizá la pregunta no es cuántos años podemos vivir, sino si sabemos
vivir los años que tenemos.»
Con el tiempo, la historia del micrófono abierto
entre Xi y Putin se convirtió en una anécdota citada en libros de
historia sobre la relación entre política y ciencia. Algunos la interpretaron
como un episodio revelador de la obsesión contemporánea por el control y la
dominación; otros la vieron como una simple conversación trivial entre dos
hombres que, como tantos otros, temen a la muerte. Para Clara, se convirtió en
el hilo que había tejido su propia transformación, un acontecimiento menor que,
sin embargo, la había llevado a tomar una decisión crucial. Entendió que las
narrativas que circulan en la sociedad tienen el poder de moldear nuestras
vidas, no tanto porque sean verdaderas, sino porque nos obligan a
posicionarnos.
Cinco años después, celebró un lustro con su corazón
porcino. Su salud se había mantenido estable, aunque el temor al rechazo
crónico permanecía como una sombra. Había escrito otro libro en el que contaba
historias de personas que, como ella, habían atravesado la frontera entre lo
humano y lo no humano. Entrevistó a agricultores que criaban cerdos destinados
a ser donantes y que hablaban de sus animales con respeto y cariño; conversó
con investigadores de una empresa emergente que intentaba imprimir
corazones con bioink compuesto de colágeno y células madre; conoció a
una activista vegana que, a pesar de su postura contra la explotación animal,
reconocía el valor de los xenotrasplantes en determinadas circunstancias. Cada
historia revelaba la complejidad de las decisiones éticas y la imposibilidad de
juzgarlas desde la distancia.
En la última página de ese libro, Clara dejó escrito
un párrafo que sintetizaba su aprendizaje: «Somos seres finitos, pero nuestra
imaginación no lo es. Deseamos trascender nuestros límites y ese deseo ha
producido obras de arte, descubrimientos científicos y atrocidades. Quizá la
sabiduría consiste en habitar la paradoja: avanzar en el conocimiento y la
tecnología sin perder de vista que la belleza de la vida reside también en su
fragilidad. Si algún día llegamos a vivir más allá de los cien años, espero que
no sea porque nos hayamos convertido en acumuladores de órganos o en
consumidores de juventud envasada, sino porque hayamos aprendido a cuidarnos, a
cuidarnos unos a otros y a vivir con el sentido de que cada latido, por
inesperado que sea su origen, es una oportunidad para amar.»
EPÍLOGO
La ciudad se extendía hacia el mar como un organismo que
hubiera aprendido a respirar bajo el agua y sobre la tierra. Los viejos mapas
mostraban un perfil irregular en la costa oriental de la península, una línea
que los cartógrafos aprendieron a trazar una y otra vez, corrigiendo los
accidentes del oleaje, anotando la existencia de una albufera frágil y de un
río silencioso que desembocaba cansado en ninguna parte; de hecho, hacía muchos
años que era una mera herida en una tierra muy antigua.
Doscientos años después de aquellas visiones, la
geografía era otra: las aguas no habían invadido los barrios históricos ni
devorado los arrozales, como temían los augurios más sombríos, pero la ciudad
había decidido no dejar su destino en manos del azar climático. Construyó
malecones, diques y jardines flotantes; ganaron terreno al mar con islas
artificiales cubiertas de árboles y huertos al estilo de aquellas fantasías que
en el siglo XXI se levantaron en el desierto de Oriente. El Mediterráneo, contenido
y reverenciado, se convirtió en un espejo sobre el que reposaban torres-jardín,
plataformas urbanas y grandes parterres donde crecían especies recuperadas. La
vieja ciudad se ocultaba bajo capas de nuevas pieles; sus plazas fueron
techadas, sus calles se elevaban sobre pasarelas verdes.
Clara, que había visto crecer los diques y el horizonte,
caminaba sobre uno de esos puentes. Llevaba, según los calendarios que se
usaban entonces, un par de siglos de vida adicional. El tiempo cronológico era
ya una convención, pues la longevidad casi ilimitada había obligado a inventar
nuevas unidades de medida. Las células de su cerebro no habían sucumbido a la
devastación del tiempo gracias a terapias que reprogramaban periódicamente el epigenoma,
y cuando alguna red neuronal mostraba signos de deterioro, nanoesferas
microscópicas intervenían reparando conexiones y restaurando sinapsis. Sus
órganos eran una coreografía de componentes biológicos y mecánicos; bombas que
no se fatigaban y tejidos orgánicos que se regeneraban en ciclos casi
perfectos. El corazón que latía en su pecho hacía siglos había dejado de
pertenecer a una especie concreta; era un híbrido de silicona, fibras
musculares cultivadas in vitro y chips que ajustaban el ritmo según su estado
emocional.
Recordaba con claridad —o eso le gustaba pensar— los
primeros debates sobre los trasplantes con modificaciones genéticas de otras especies: aquellos años en los que la humanidad
buscó corazones de cerdo modificados genéticamente para alargar la vida de
pacientes al borde de la muerte. Había sido una solución transitoria, un puente
hacia la era de la bioimpresión y la sustitución de órganos completos.
Para cuando ella cumplió su primer centenario, los problemas neurodegenerativos
se consideraban resueltos mediante terapias de reprogramación parcial y ya
nadie temía la sombra de la demencia. Sin embargo, el verdadero dilema vino
después, cuando la mortalidad dejó de ser una certeza y se convirtió en una
elección. ¿Qué significado podía tener la vida en un mundo donde la muerte ya
no era el horizonte que daba urgencia a nuestros actos?
La ciudad, rebautizada varias veces para reflejar su
metamorfosis, se organizaba en niveles: plataformas ajardinadas donde vivían
comunidades que elegían vidas ligadas a la tierra, laboratorios suspendidos en
los que se criaban animales más allá de los límites de su especie, hangares
donde los drones de carga despegaban y aterrizaban transportando bienes entre
continentes. Los puentes eran rutas para paseantes que no necesitaban
desplazarse, pues la virtualidad permitía estar en cualquier lugar sin moverse de
casa. La decisión de caminar era una forma de resistencia a la tentación de la
inmediatez. Mientras sus pies descalzos rozaban la madera tibia del puente,
Clara sentía todavía el placer sencillo de la gravedad, del roce del aire y del
aroma salado que ascendía del mar.
Había dedicado décadas a la ingeniería de ecosistemas,
ayudando a diseñar humedales artificiales que purificaban el agua y servían de
refugio a especies de aves y peces. Más tarde, se involucró en programas de resilvestración: restaurar la huerta que rodeaba la ciudad, reintroducir
variedades antiguas de naranjos y olivos que habían estado a punto de perderse.
En cada etapa de su larga vida se reinventó, como si cada nuevo proyecto le
ofreciera un sentido provisional. Cuando la resolución de los problemas neurodegenerativos
abrió la puerta a siglos de existencia, Clara se lanzó a profundizar en la
filosofía. Leía a los clásicos griegos y a los pensadores del antropoceno,
debatía con algoritmos que replicaban estilos de pensamiento desaparecidos y
con jóvenes que apenas recordaban que hubo un tiempo en el que la muerte
ocurría de manera natural.
La eternidad, pensaba, no es una línea infinita, sino una
serie de círculos que se tocan. Al principio, la perspectiva de vivir
trescientos años más era excitante. Podría dominar todas las artes, conocer
todos los paisajes, amar a muchas personas sin tener que despedirse demasiado
pronto. Pero con el tiempo aparecieron las paradojas. La memoria comenzó a
saturarse a pesar de las terapias de reorganización. Los recuerdos perdían
nitidez como viejas fotografías que se desenfocan. No era una cuestión de olvido
patológico, sino una consecuencia natural del exceso de experiencias. Una y
otra vez acudía a las cápsulas de memoria, pequeñas galerías en las que podía
revivir secuencias de su vida almacenadas como hologramas. Allí revisaba sus
rostros queridos, ciudades ya transformadas en megalópolis, aromas de otras
estaciones. Sin embargo, esa posibilidad de revisitar el pasado no siempre
aportaba consuelo; a veces la dejaba atrapada en una melancolía viscosa,
añorando intensidades que el presente no le ofrecía.
Se preguntaba si la ausencia de fin robaba intensidad a
cada momento. Recordaba cuando sus mayores vivían sabiendo que cada decisión
tenía un peso mayor porque el tiempo era breve. La prisa de la juventud, la
urgencia por escribir un libro, por experimentar un viaje antes de que la salud
les abandonase, dotaba de densidad los instantes. Ahora, con siglos por
delante, mucha gente posponía indefinidamente sus sueños. Vivían vidas de
repetición, diluyendo sus deseos en la certeza de que mañana sería igual.
Algunos, incapaces de soportar esa planicie temporal, optaban por la renuncia
voluntaria, desconectando sus sistemas vitales en ceremonias comunitarias que
celebraban la finitud. Otros, como ella, buscaban desesperadamente nuevos
significados: se entregaban a aventuras absurdas, se apuntaban a expediciones
interplanetarias, exploraban las fronteras de la inteligencia artificial.
El problema neurodegenerativo resuelto, hacía que las
enfermedades que antes devastaban las mentes hubieran desaparecido, pero nada
de eso evitaba el desgaste emocional. El cuerpo podía durar indefinidamente; el
alma se agotaba. Las terapias psicodélicas y los retiros en entornos naturales
se convirtieron en parte del mantenimiento integral de los ciudadanos. Clara
probó hongos psilocibios y ceremonias de ayuno que decían conectar con la
memoria profunda de la especie, pero las encontró superficiales. El alivio
temporal que ofrecían se parecía a la luz roja de los antiguos dispositivos de
moda: una sensación de bienestar fugaz que no tocaba las raíces del malestar.
Un día, mientras conversaba con un grupo de seres tan
antiguos como ella, alguien mencionó la leyenda de Titono. Rieron de la
ingenuidad de aquel mito, pues ellos habían conseguido la juventud sin límite,
pero en el fondo percibían la verdad simbólica. ¿Qué sentido tiene una vida que
no se inclina hacia una conclusión? ¿Cómo encontrar el valor de cada gesto
cuando no hay medida que lo contenga?
Clara encontró respuestas parciales en la compañía de los
jóvenes. Trabajaba como mentora en programas de acogida para recién nacidos que
ya no venían al mundo de manera accidental, sino como fruto de proyectos
colectivos muy deliberados. Ellos, engendrados y recién llegados, la miraban
con ojos de sorpresa cuando les hablaba de un tiempo en que las pantallas se
tocaban con los dedos y los cuerpos eran perecederos. Descubrió que enseñar,
transmitir memoria y oficios, observar cómo cada generación reinterpretaba lo
heredado, era una fuente de sentido que no se agotaba. Se adentró en la música;
aprendió a tocar instrumentos que antes no existían, mezcla de cuerda y luz, y
compuso melodías que desplegaban su armonía a lo largo de décadas, auténticos
tapices sonoros que acompañaban los ritmos vitales de comunidades enteras.
También experimentó con la creación de territorios. En la
periferia marítima de la ciudad, donde los jardines flotantes se unían a
plataformas agrícolas, diseñó un espacio dedicado a la contemplación. Construyó
un anfiteatro de piedra cultivada que emergía del agua y permitía ver la puesta
de sol en un ángulo preciso donde se alineaban las ruinas de una torre antigua,
un puerto y una escultura que representaba a una mujer envejecida mirando el
horizonte. Ese lugar, bautizado como La Senda de los Ciclos, se
convirtió en un sitio de peregrinación para quienes necesitaban reencontrar la
proporción entre pasado y futuro. Allí, la gente llevaba ofrendas simbólicas
—un puñado de tierra de la huerta, una rama de almendro, un algoritmo de luz— y
se sentaba a escuchar historias contadas por ancianos que, como Clara,
recordaban el mundo tal y como era cuando la mortalidad era una ley inviolable.
El cuerpo de Clara había sido reemplazado tantas veces
que le costaba reconocer sus propias manos. Algunas sustituciones se debieron a
accidentes, otras a la pura voluntad de experimentar nuevas sensaciones.
Durante su segundo siglo se instaló una estructura ósea de nanocarbono
que le permitía soportar grandes pesos; en su tercer siglo, adoptó un
exoesqueleto flexible inspirado en la anatomía de los pulpos que le
proporcionaba una movilidad fluida. Estas alteraciones estaban tan integradas
que ya nadie hablaba de prótesis; eran extensiones naturales del ser. Con cada
cambio, sin embargo, surgía la pregunta del navío de Teseo: ¿seguía
siendo la misma persona que aquella joven que había recibido un corazón de
cerdo modificado? ¿Dónde residía el núcleo de su identidad?
Las tecnologías de copia de respaldo de la mente y de
transferencia de conciencia a sustratos digitales existían, pero nunca quiso
emplearlas para duplicarse. Le asustaba la idea de fragmentarse en múltiples
instancias, de que varias versiones suyas recorrieran caminos distintos.
Prefería la continuidad de una sola experiencia, aun a riesgo de perder
posibilidades. A sus amigos, que sí eligieron duplicarse, los veía como espejos
distorsionados: cada copia desarrollaba gustos y recuerdos propios, hasta volverse
en esencia otra persona. La inmortalidad mecánica, concluía, podía conservar la
estructura física, pero no reemplazaba la autenticidad de una historia vivida
en primera persona.
Cuando amanecía y la luz del sol rebotaba en las terrazas
construidas sobre el mar, la ciudad parecía una constelación flotante. Clara
subía a la cúspide de una torre y, desde allí, miraba cómo se superponían las
capas de tiempo: los antiguos muelles ahora convertidos en jardines acuáticos,
los templos de cristal que habían sido centros de datos y ahora servían como
invernaderos, los barrios donde se conservaban rituales culinarios de tres
siglos antes. A veces se tumbaba y dejaba que la temperatura del sol calentara
la piel sintética de su abdomen; sentía el cosquilleo de los sensores, el
aliento del viento. Respiraba profundamente, aunque ya no necesitara oxígeno de
la misma manera, porque el acto de respirar le recordaba que existía.
«La eternidad —reflexionaba—, no es un lamento por sí
sola. El lamento surge del vacío de significado».
Hubo épocas en las que se sintió errática; era entonces
cuando la inmortalidad fue un espejo cruel que reflejaba su apatía
multiplicada. Pero había momentos —como cuando escuchaba el murmullo de las
olas rompiendo en los diques, cuando una niña pronunciaba su nombre con
curiosidad, cuando una sinfonía alcanzaba su clímax después de años de
preparación— en los que la vida destellaba con una intensidad que solo una
existencia prolongada podía permitir. En esos instantes, la extensión temporal
se transformaba en una suerte de lienzo infinito donde inscribir variaciones eternas
de un mismo tema.
Para Clara, el sentido de la vida no se encontraba en la
duración, sino en la relación. La relación con otros seres, humanos o no; con
paisajes, obras de arte, ciclos naturales. Pero, sobre todo, consigo misma, con
su aliento, con la vida que había aprendido a disfrutar; había practicado el
desapego, el respeto consciente a las mismidades de los otros; vivir, vivía en
sí y para ella, en el esplendor mágico de la existencia. La muerte era un
límite que confería urgencia; su desaparición obligaba a alentar nuevos horizontes:
proyectos que superaban la escala de una vida, como restaurar bosques que
tardaban siglos en madurar o preparar expediciones interestelares que requerían
generaciones de preparación. Ella participó en uno de estos proyectos
interplanetarios, ayudando a diseñar sistemas ecológicos para colonias
autónomas. Acompañó a una de sus descendientes simbólicas en la partida,
sabiendo que tal vez tardarían doscientos años en volver. Esa espera no la
angustió; la asumió como un gesto de confianza en el devenir. En realidad,
nunca había existido la muerte; era un paso. Lo habían dicho los antiguos, pero
parte de la civilización consiguió centrarlo todo en la decadencia física, en
la desaparición del cuerpo. Hacía mucho que habían muerto, en efecto, sus
argumentos.
La ciudad sin nombre, que en otros tiempos se llamó Valencia,
se había convertido en un archipiélago de significados. Ganó terreno al mar, no
solo en metros cuadrados, sino en densidad de historias. Lo que en el siglo XXI
era un puerto con grúas oxidadas y contenedores, ahora era un bosque de
plataformas donde crecían algas, se cultivaban perlas sintéticas y se
celebraban bodas entre humanos y entidades no determinadas. Las decisiones que
tomaron sus habitantes cuando el calentamiento global parecía inevitable
—construir barreras, restaurar marjales, imaginar ciudades verticales— se
convirtieron en las bases de una expansión cuidadosa y respetuosa. No hubo
inundaciones, pero la cultura de la prevención les enseñó a ser humildes ante
la fuerza de la naturaleza.
Hubo noches en las que se preguntaba si su búsqueda de
sentido no era más que un afán humano absurdo, una resistencia orgullosa a
aceptar la insignificancia cósmica. Contemplaba las estrellas, ahora visibles
pese a la luminiscencia controlada de la ciudad, y sentía la escala descomunal
del universo. Pensaba en los físicos del siglo XX que intuían la entropía del
cosmos y en los poetas que cantaban la brevedad. ¿De qué servía alargar la vida
a siglos o milenios si, al fin y al cabo, todo se disolvería en un frío final?
A veces la asaltaba un vértigo, una sensación de estar suspendida en el vacío.
Entonces recordaba las palabras de un pensador del antiguo Mediterráneo: la
eternidad no es un tiempo interminable, sino un presente que se expande. Vivir
eternamente no consiste en sumar años, sino en habitar plenamente cada
instante.
Aquella mañana, al terminar su paseo por el puente, se
detuvo y miró hacia atrás. La metrópoli se extendía en terrazas y plataformas,
alzándose en filigranas de acero y vegetal. Hacia el norte, las montañas
mostraban cicatrices de antiguas canteras convertidas en viñedos suspendidos.
Hacia el sur, los arrozales brillaban sobre la superficie de un lago artificial
que se alimentaba de las lluvias que en otro tiempo habrían inundado la ciudad.
Todo era familiar y extraño a la vez. Se miró las manos, acarició el pulso de
su corazón híbrido y sonrió.
No sabía si llegaría a vivir otros trescientos años, si
la tecnología permitiría que su conciencia se mantuviera por tiempo indefinido.
La pregunta de la eternidad seguía siendo un misterio, un peso y una promesa.
Pero había comprendido que el sentido de la vida no era un tesoro que encontrar
al final del camino, sino una artesanía cotidiana. Se trataba de tejer
vínculos, de crear y recrearse, de asumir la responsabilidad de estar presente.
Y con esa certeza —provisional, mutable, luminosa— volvió a caminar hacia el
centro de la urbe, donde un grupo de adolescentes la esperaba para escuchar un
relato sobre un tiempo en el que, para vivir, había que morir.
[1] No había visto la
serie Galáctica, por eso no sabía nada de los límites del alma cibernética,
ni cómo el ser se manifestaba en sus almas mecánicas. Los límites de lo humano
quedaban atrapados en la ciencia, la dificultad para distinguir al ciborg,
era un problema efectivo, pero también moral; hasta qué punto podíamos decir
que Dios no había insuflado conciencia de sí, vida trascendente, a los nuevos cuerpos
impresos. Ellos podían reflexionar sobre el alcance ontológico de su ser y
preguntarse por sus creadores, o su creador. De todas maneras, desconozco si
Clara sabía o no, yo me quedo siempre con Roy Batty, el personaje
interpretado por el actor Rutger Hauer en la película Blade Runner: « He visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque
en llamas más allá del hombro de Orión. He visto rayos-C brillar en la
oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en
el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.»
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