Érase una vez, en un lugar tan cercano a nosotros como seas capaz de imaginar, un lector enamorado de las novelas policíacas. Podríamos decir que su amor por el género era tan profundo como el olor que desprenden las bibliotecas de antaño.
Ese aroma a páginas viejas se mezclaba en su memoria con el café frío o con los sonidos huecos de algunos aeropuertos. A veces, pensando en esas historias de crímenes, creía oler a pólvora, a alcohol y a bar rancio. No nos engañemos: no era un borracho ni un crápula noctámbulo; era correcto, serio y formal. Su afición era tan grande que había convertido la espera en cada sala de embarque en un rito: buscaba la librería, acariciaba las cubiertas de los bolsilibros, escogía alguno sin importarle el idioma y se dejaba llevar por esa mezcla de buenos y malos, de detectives sombríos y mujeres de mirada oscura que embrujaban a los héroes de los suburbios (gusta la mujer fatal, incorrecto argumento en lo correcto del devenir histórico, mujer que no deja de ser mujer porque toma sus propias decisiones). No tenía predilección por ningún idioma, lo mismo le daba el inglés que el noruego, el español que el japonés. Si la portada era sugerente, si el detective tenía gabardina y el cigarrillo colgando de los labios, él se iba con esa historia bajo el brazo. Después, en el asiento del avión, abría el volumen para dejar que el tiempo se descompusiera, que los minutos se convirtieran en páginas y las horas en capítulos. Cada viaje se transformaba en un descenso a una ciudad distinta, con sus callejones húmedos y sus farolas amarillentas, siempre con un crimen que debía resolverse antes de aterrizar.Había empezado a familiarizarse con la lectura a los seis
años, con los cuentos que su abuela le relataba para que se durmiese. Pero con
el paso del tiempo, como si la vida se empeñase en demostrarle que toda
infancia es un enigma por resolver, esos relatos de hadas dieron paso a
historias más oscuras. El día en que se topó con una novela negra en el quiosco
de la estación fue un punto de inflexión (Entonces se podían comprar novelitas
en los quioscos, lugares entrañables que salpicaban sin encanto las esquinas de
la ciudad. En aquellos años en que el ocio no se medía en píxeles, esos lugares
rebosaban de historias de bolsillo que se colaban en la vida cotidiana como un
rumor alegre. Eran ligeras y baratas, también llamadas bolsilibros
o «novelas de quiosco», concebidas para leerse de un tirón y sin
pretensiones de profundidad. Ajustadas a los tópicos del género, derrochaban
acción y un estilo sencillo que invitaba a cambiarlas por otra en el mismo
mostrador, pues todas prometían al lector unas horas de evasión y emoción. De
papel humilde y cubiertas coloridas hechas al vuelo por ilustradores como Alberto
Pujolar o Ibáñez, cabían en el bolsillo de una chaqueta o en los jeans y se
leían en los tranvías, en las salas de espera o a escondidas en casa. Sus
autores, muchos bajo seudónimos anglófilos –Silver Kane, Curtis Garland,
Clark Carrados–, entregaban cinco o seis novelas al mes para un público que
las devoraba en todos los estratos sociales. Hoy sobreviven como objetos de
nostalgia: la literatura corta, inmediata y accesible que un día enseñó a leer
a tanta gente mientras Marcial Lafuente Estefanía, Corín Tellado o
J. Mallorquí escribían sin descanso para llenar las estanterías de esos
espacios míticos.). Se enamoró del detective que, con apenas una descripción,
se dibujaba como un hombre vencido y entero a la vez, un héroe capaz de
sumergirse en la mugre de la ciudad para rescatar a quienes nunca le
agradecerían nada. Aquella fascinación se convirtió en devoción cuando
descubrió a Jason Smith y su personaje Brutus, un policía que
crecía, maduraba y caía; se arruinaba, se redimía y volvía a caer con cada
nueva entrega de la saga que llegaría a ser mítica. Un ex policía bebía
güisqui cuando era abstemio, se enamoraba cuando juraba no volver a hacerlo, se
pasaba al otro lado de la ley para luego regresar a ella como si la lealtad
fuese un abrigo reversible. Ese abanico de contrastes atrapó al lector con la
misma fuerza con la que los tentáculos de un pulpo atrapan a su presa.
A medida que pasaban los años, su colección de novelas se
convertía en una suerte de biografía alternativa. Había cajones repletos de
ediciones en tapa dura y blanda, de portadas con el rostro de Brutus con
diferentes edades, de traducciones en idiomas que nunca comprendería. Algunas
estaban en noruego, como os he dicho, porque las había comprado en el
aeropuerto de Oslo, guiándose solo por la fotografía y el nombre del autor;
otras venían de librerías de lance donde había encontrado tesoros con
dedicatorias ajenas en la primera página (le encantaba desentrañar la historia
de esa dedicatoria: quien era Marc, cómo había llegado a conseguir la firma, si
realmente era aficionado a esas novelas o solo se había encontrado con el autor
en una feria en el parque de Tiergarten). Le gustaba que sus libros
estuvieran dedicados a otra persona, sí, como si ese viaje le ayudara a vivir
no solo la aventura, sino otra vida que le era ajena por completo: «A Adela con
cariño, Steven» o más entrañable todavía «Sin mis lectoras no soy nadie.
Estáis en mi corazón, Rebeca (hortera, pero eficaz)». Su casa era
un laberinto de libros apilados, torres que amenazaban con derrumbarse si un
suspiro era demasiado sonoro. Entre esas atalayas, él se movía con destreza de
gato, como si formara parte del mobiliario. La gente le decía que se parecía al
personaje de una de esas historias que tanto amaba, pero él sonreía, encogía
los hombros y seguía leyendo.
En esa colección particular (En la penumbra de la tarde,
el lector reposa la vista en la estantería donde conviven viejas ediciones de A
Study in Scarlet y de Los crímenes de la Rue Morgue. Piensa en cómo Arthur
Conan Doyle inventó a Sherlock Holmes, iniciando con él una serie
hito del género, y en la paciente metodología de Freeman Wills Crofts,
el ingeniero irlandés que introdujo temas ferroviarios en sus tramas y
construyó, año tras año, relatos tan sólidos que otros autores lo elogiaron
como pionero del policial de procedimiento. Uno de sus favoritos era el
entrañable Wilkie Collins, sobre todo, The Woman in White, magnífica,
soberbia, inteligente, delicada, irónica, sutil, siempre entrañable. En los
montones apilados no olvidaba a Dashiell Hammett y Raymond Chandler:
el primero, padre del duro Sam Spade (un Investigador en
ciernes) y de los exquisitos Nick y Nora Charles, hard‑boiled,
autor de novelas de lo mejor, lo mejor; el segundo, creador del cínico, pero honrado Philip Marlowe y fundador del mismo estilo, que se despacha
en “The Simple Art of Murder” con la idea del detective que camina por
calles sórdidas guiado solo por su integridad (¡Cómo le gustaba! Lector). Más
allá del mundo anglosajón, el lector viaja por París con Georges Simenon,
¡Oh! Estimado comisario Maigret; sus novelas, cortas y de lenguaje
sencillo, estaban pensadas para ser leídas de un tirón por gente común (¡Viva
los quioscos!). Su detective no buscaba pistas (para qué), sino que se sumergía
en la vida de víctimas y sospechosos para comprenderlos en lugar de juzgarlos.
De allí saltaba a Sicilia con Andrea Camilleri, cuya serie de Montalbano,
escrita en italiano salpicado de dialecto siciliano y plagada de gastronomía (¡Mamma
mia la pasta n'casciata, los arancini
al ragú, y los salmonetes fritos, acabando con cannolis, exportó la atmósfera de su Vigàta imaginaria a
lectores y espectadores de medio mundo). Y, en Francia, de nuevo, se dejaba
envolver por las tramas de Fred Vargas, arqueóloga y novelista
cuyas historias del comisario Adamsberg, que conciliaba sus raíces
rurales con casos en París, tanto le gustaban. Ambientes lejanos, dejar volar
la imaginación a ciudades y paisajes que no son los suyos, explorar la moral,
los recovecos del poder y la condición humana. Y mucho más, pero explora tú
mismo su biblioteca[i].),
Brutus no solo era un héroe de tinta, era también el compañero. Cuando
se sentía solo, cuando el mundo le parecía demasiado duro, abría una página al
azar y se dejaba envolver por la voz irónica y dura del policía. Así, El guardián
del orden público se convirtió en su confidente silencioso, en el alter ego
que le habría gustado encarnar. Él sabía que había mucha literatura, series de
televisión o películas que jugaban con la idea, mas no le importaba; la
literatura no le había fallado jamás. Pero había un problema: las novelas de Jason
Smith no llegaban con la rapidez que él deseaba. Cada lanzamiento era un
acontecimiento que le hacía marcar los días en un calendario mental. La
ansiedad lo consumía mientras esperaba que el dron del almacén dejara
caer el paquete en la puerta (algún día, debió pensar, se extinguirán las
librerías, ahora las novelas son un producto más). El tiempo entre libro y
libro era un desierto que él intentaba atravesar con las pocas gotas de acción
que le quedaban de la última historia. Entonces empezó a inventar finales
alternativos, a imaginar casos que Brutus habría resuelto si hubiese
estado disponible. Y un día, sin darse cuenta, cruzó la línea que separa al
lector del creador (llegamos por fin a lo molar, llegamos, era esperable en un
cuento, a cómo nace la historia que queremos contar).
Empezó recortando noticias. Era un hábito que adquirió
sin planearlo, como si un día sus dedos decidieran, con voluntad propia,
deslizar unas tijeras sobre el papel de un periódico. Las noticias de crímenes,
violentos o absurdos, estaban siempre relegadas a columnas de la sección local,
escondidas entre anuncios de lavadoras y fotografías borrosas de gatos
perdidos. Además, estaba la dificultad del papel, claro, ¿quién leía en papel
todavía? Había algo en la brevedad de esos sucesos que le resultaba irresistible.
A diferencia de las novelas, esos relatos eran trozos de vida arrancados sin
explicación, con un comienzo brusco y un final todavía más repentino. La
camarera que desapareció en un barrio periférico, el atraco a una joyería que
terminó con el ladrón huyendo en bicicleta, un cadáver hallado en un parque con
una rosa en la mano. También encontraba, era una excepción, robos maravillosos
que ocupaban las primeras páginas, con profusión de información y fotografías,
como el caso del Louvre, pero eso era raro. Cogía entonces las tijeras,
recortaba los artículos y los pegaba en cuadernos de tapas negras (porque en un
relato policíaco, las tapas de las libretas son negras y los ambientes
sórdidos, si no, es un melodrama). Al principio los clasificaba por fechas;
luego decidió agruparlos por temas, como quien ordena especias en un armario
para encontrar la adecuada. Los cuadernos se fueron llenando de recortes
amarillentos y anotaciones hechas con lápiz en los márgenes, pequeñas
observaciones que solo él entendía. “Esto es material para Mi querido amante
de la ley”, escribía al margen de la noticia de un robo en una farmacia.
A veces, esas anotaciones se convertían en diálogos
improvisados. «¿Qué habrías hecho tú, Brutus, si hubieses llegado a la
escena del crimen?». Se imaginaba la respuesta del policía, su voz grave con un
deje de ironía británica: «Hubiera encendido un cigarrillo y habría pedido un
café amargo antes de empezar a mirar los detalles». Tal vez era demasiado
compleja la respuesta. La novela policíaca requiere oraciones simples, ritmo
trepidante y giros inesperados. Imagínate que la vida es un tablero de ajedrez
y que, de pronto, una pieza cae sin razón aparente. Ahí nace la novela
policíaca: en el desconcierto de un asesinato, un robo o un misterio que
fractura la rutina y obliga a mirar de nuevo. Toda buena historia de detectives
empieza con un investigador –ya sea detective, policía, periodista o un
aficionado obstinado– que se aproxima al enigma como un artesano paciente. Sus
herramientas son la lógica, la observación y la curiosidad; su motivación,
desentrañar el porqué de un crimen, descubrir al culpable y entender el motivo
que lo impulsó. Pero no basta con un puñado de pistas: el novelista construye
la trama como un rompecabezas donde cada detalle importa y donde nada está
puesto al azar. En el fondo, el relato policíaco es un duelo entre la sombra y
la claridad. El criminal actúa desde la penumbra; el detective, desde la luz de
una razón universal. De ese enfrentamiento surgen tensiones y giros que atrapan
al lector. Nada funciona sin un crimen verosímil y un modo de hacerlo creíble:
las muertes deben responder a instintos humanos como el odio, la pasión, la
avaricia o la sed de poder, y el relato debe documentarse con métodos
policiales y científicos que sostengan su credibilidad. Es como leer a
contraluz las huellas de la realidad: la ambientación y los personajes tienen
que sentirse vivos y complejos; cada diálogo debe revelar un matiz, una
coartada rota, una fisura emocional. El autor de estas intrigas suele empezar
por el final, por la pregunta esencial de “¿quién?” y “¿por qué?” para después
desplegar la búsqueda. La investigación avanza por entrevista y deducción,
dejando que quien lee se convierta en cómplice, en detective silencioso; hay un
juego ético e intelectual entre quien cuenta la historia y quien la recibe. La
estructura clásica –planteamiento, crimen, investigación, solución– sostiene la
promesa de un retorno a la armonía, aunque los subgéneros abran nuevas puertas:
desde el enigma puro, donde el detective es casi un matemático, hasta la novela
negra, que bucea en ambientes corruptos y moralmente ambiguos, pasando por el
suspense y el thriller, donde la víctima y la tensión marcan el ritmo. Más allá
del reto mental, la novela policíaca es una mirada a lo que somos. A veces el
detective personifica la inteligencia que busca restablecer el orden; otras, el
criminal es el protagonista que intenta escapar de su destino. El género no
solo entretiene: invita a reflexionar sobre la justicia, la fragilidad de la
verdad y los recovecos de la conciencia. Cuando se cierra el círculo y se
revela la verdad de manera inevitable, se produce ese alivio antiguo en que el
bien derrota al mal, aunque sea de forma provisional. Por eso estas historias
siguen cautivando: porque convierten al lector en detective, le ejercitan el
juicio y la empatía, y le recuerdan que, incluso en el caos, la luz de la razón
puede trazar un camino. «Fumo un cigarro. El café es amargo. Lo endulzo con un
güisqui barato. No he llamado a Helen todavía». Se reía solo en la cocina
mientras escuchaba el chasquido del pegamento. Las noticias se transformaban en
relatos en su cabeza, y a medida que su imaginación ganaba terreno, la línea
entre realidad y ficción se volvía cada vez más borrosa.
Esa afición por recortar noticias era percibida por sus
conocidos como una excentricidad más (tampoco pienses que tenía una vida social
como para tirar cohetes). Pero para él se había convertido en un modo de
anticipar las novelas que Jason Smith tardaba, ahora, años en escribir.
Se sentaba en la mesa de la cocina, rodeado de papeles y fotografías, y dejaba
que los recortes hablaran. Soñaba con dar forma a esos apuntes, con ordenarlos
en una trama que se desplegara como un truco de magia. Sin embargo, había algo
que le frenaba: la palabra escrita, la hoja en blanco, la idea de sentirse un
impostor embaucador. ¿Quién era él para atreverse a escribir un caso de Un
personaje mítico? ¿No era eso una traición al creador original? Esa duda se
convirtió en un peso que le impedía dar el siguiente paso. Sin embargo, algo le
decía que el personaje estaba vivo, que había dejado de ser patrimonio del
escritor y se había convertido en alguien muy real en esa dimensión adorada de
la ficción, acaso, Alonso Quijano, ¿no sabían todos que había sido un
personaje real de ficción?
El tiempo continuó su camino, como un tren que avanza sin
importar cuántas paradas se pierdan en el trayecto (hay que ir introduciendo
tópicos para que el lector se sienta a gusto, además, tanto leer se ha de notar
así Wills Crofts también aporta su granito de arena a este relato).
La tecnología irrumpió en su vida de la misma manera en que irrumpió en todas
las demás: lenta al principio, luego como una tormenta. Un día, un anuncio se
cruzó en su pantalla. Hablaba de una herramienta capaz de generar textos a
partir de datos, una tecnología que generaba inteligencia, absurdo, pero
real. Prometía escribir discursos, poemas e incluso novelas. El anuncio estaba
lleno de palabras rimbombantes, de términos ingleses y futuristas. En una
esquina, un botón brillante invitaba a probar el servicio. Él lo miró con
desconfianza. Si escribir era un acto tan humano, ¿cómo podía una máquina
imitarlo? Cerró la ventana del navegador, se levantó a preparar un café y
volvió a su rutina de recortar noticias.
Pero la curiosidad no acepta con facilidad ser enjaulada
(menos cuando no nos da la gana vivir, claro). Varias noches después, cuando se
sentó frente al ordenador con uno de sus cuadernos llenos de recortes, la
tentación volvió a apoderarse de él como si fuese un virus que colonizaba cada
uno de sus rincones más remotos. Pensó en El pescador de vicios ajenos,
en sus historias inacabadas, en su propia impaciencia. Abrió de nuevo la página
del anuncio y, con el índice tembloroso, hizo clic en Probar ahora. Lo
que siguió fue un formulario en el que se le pedían textos de ejemplo (y un
módico pago en tres planes (¡el tres siempre presente en el ejercicio de lo
humano!) semanal, mensual y anual pro-plus). Se rio al pensar que sus
recortes eran, de alguna manera, materia prima. Él los había seleccionado,
sabía quién era el adecuado para resolverlos, cuál era la trama, cómo
entremezclarlos y buscar relaciones que los dotaran de la coherencia que las
noticias no tenían. Con el corazón desbocado, cogió la noticia de un robo
chapucero a mano armada y le pidió a la terminal que escribiera una
historia en la que el fornido sabueso investigara el caso. Pulsó Generar
y esperó. En la pantalla aparecieron palabras que parecían escritas por un
duende que se escondiera entre los circuitos. Las frases tenían ritmo, las
descripciones eran precisas y la voz del narrador se parecía en algo a la de Jason
Smith. «BOOM», dijo en voz alta. La sorpresa lo empujó a reír y a sentir
una punzada de culpabilidad. Había descubierto un atajo, intuyó (esa es la
curiosidad del cuento) que los libros los podría personalizar a su gusto. No
era como cuando los autores daban finales alternativos o proponían leer de
diferentes maneras los capítulos para cambiar el rumbo de la historia; ni
siquiera era ver una película interactiva en una plataforma e ir cambiando las
tramas, al fin y al cabo, esas historias ya venían enlatadas, era un juego del
guionista con el espectador. No. Esto era diferente, era la posibilidad de
crear las historias desde el lector, solo para cada uno de ellos, solo para su
gusto.
Esa noche no pudo dormir (de nuevo). Dejó el ordenador
encendido y leyó las páginas que había generado. No eran perfectas. A veces los
nombres cambiaban de un párrafo a otro, algunas escenas se repetían, pero la
esencia estaba allí. Brutus aparecía borracho en el callejón, se
encontraba con un gato errabundo que parecía entender más de crímenes que
algunos policías y resolvía el caso con un comentario sarcástico que ni él
mismo habría imaginado. Era como encontrar un tesoro escondido en un lugar que
frecuentabas todos los días, como si la misma calle por la que siempre
caminabas se hubiera abierto para revelar un túnel secreto. Y fue entonces
cuando nació en él la idea de convertirse no solo en lector, sino en creador de
su propio universo policiaco. Qué dura es la tentación de poder responder a
nuestros caprichos de manera ilimitada.
Al día siguiente, con los ojos enrojecidos por la falta
de sueño, abrió el programa otra vez. Se dedicó a probar combinaciones: cambió
los escenarios, combinó varias noticias en una sola historia, incluso modificó
la personalidad del macizo investigador. «Haz que el musculoso
inspector sea alérgico al güisqui», tecleó entre risas. La estación de
trabajo obedeció, haciendo que el detective se retorciera de estornudos cada
vez que entraba en un bar. Luego escribió: «Ahora haz que el fortachón se
enamore de la dueña de la librería del aeropuerto», y la historia se transformó
en un romance improbable que se desarrollaba entre estanterías y pasillos de
embarque. Cada nueva historia era un juego de espejos que multiplicaba las
posibilidades. El lector se convertía en director de orquesta, en demiurgo
caprichoso que alteraba el destino de su personaje favorito con un teclado.
Las primeras semanas fueron de exploración y euforia. Se
sentía con un poder infinito experimentando hasta altas horas de la madrugada.
Los recortes de periódicos se convirtieron en semillas de universos. De pronto,
la noticia de un robo de bicicletas en su barrio era reimaginada como
una conspiración que involucraba a políticos corruptos y sociedades secretas;
una columna sobre un perro que había salvado a un anciano de morir asfixiado se
convertía en una subtrama en la que el perro era un animal alterado genéticamente
que ayudaba al recio indagador a descifrar códigos ocultos. A medida que
añadía capas a las historias, se sorprendía a sí mismo riendo de sus propias
ocurrencias. La nube se adaptaba, aprendía sus gustos y replicaba sus manías
narrativas. Cuando pedía un giro inesperado, la inteligencia respondía
con un accidente absurdo en el que un pastel de cumpleaños explotaba de forma
misteriosa lanzando cerezas por toda la comisaría. «BOOM», (otra vez) el humor
de lo absurdo emergía.
El juego se transformó en necesidad. Siempre les pasa a
los humanos, cuando se les da un poquito, lo quieren todo, eso sí, bajo el
signo de la generosidad altruista. Lo mismo ocurre con las tentaciones, son
infinitas, el problema es cuando las tienen al alcance de sus manos. El lector,
que hasta entonces se conformaba con leer a escondidas, se transformó en un
programador de emociones. Tenía el poder de decidir si el fortachón
detective salía con vida de un enfrentamiento o se sumergía en la
oscuridad. Podía borrar personajes con una línea de código, resucitarlos al día
siguiente como si fuesen un Lázaro cualquiera. Esa sensación de control
absoluto tenía un sabor dulce al principio, pero empezó a amargar cuando
descubrió que, en cada historia que pedía, buscaba verse a sí mismo reflejado.
Ya no era suficiente con que el coloso de la investigación resolviera un
caso, quería que lo hiciera con la frase exacta que él llevaba días repitiéndose
en la cabeza o que reaccionara a una traición con el mismo rencor que él
guardaba hacia un vecino que le había negado un saludo en el ascensor. La consola
obedecía, sumisa, y él se dejaba arrastrar por esa obediencia, por la ilusión
de que podía moldear la realidad.
Se sucedieron historias en las que el detective perdía al
sospechoso en la ciudad y recorría los mercados nocturnos buscándolo mientras
recordaba su propia infancia. Había capítulos donde el ex policía descubría que su madre había fingido su muerte y vivía en un balneario en la Costa
Blanca. Cada vez que el ordenador le devolvía una frase hermosa o un
diálogo ingenioso, él sentía la tentación de atribuírsela. «Yo he dicho eso»,
se decía a sí mismo, aunque en realidad había sido una conjunción de datos y
algoritmos. La frontera entre su voz y la de la máquina se diluía. Cuando en
una de las historias el gigante con gabardina miró directamente a la
cámara —si se puede hablar así de una novela— y dijo: «No sé si soy una
creación o un creador», el lector se estremeció. ¿Era ese pensamiento un aviso?
¿Era esa forja de cifras consciente de algo que él ignoraba?
Con el paso de los meses, su vida cotidiana empezó a
desvanecerse. En las obras de ciencia ficción en que se habla de este tema, el
personaje ha de entrar en un bucle de ensimismamiento, aislamiento y soledad.
Es la única forma de lanzar la trama, de llegar a la moraleja, al debate ético,
en nuestro caso, ¿cuáles son los límites de la literatura? Todo lo que tiene
intervención del hombre, obviando las herramientas, y que tiene vocación
artística, ¿es literatura? Las visitas al supermercado se redujeron a lo
imprescindible, las salidas al parque quedaron relegadas a los paseos nocturnos
en los que se cruzaba con personas que callejeaban y a los que terminaba dando
nombres de personajes. El mundo real se volvió un escenario secundario. Comía
en la cocina mientras se generaba un capítulo tras otro. Dormía en la misma
silla, con la cabeza apoyada en la mesa y el cuerpo cubierto por una manta
vieja. Aquí es necesario decir que no se afeitaba, que no se lavaba la ropa,
que no atendía a su vida en condiciones, que no trabajaba; este último extremo
es algo que no se suele solucionar en los relatos, es como si el personaje que
está en esta particular senda de perdición viviera del aire, como si el dinero
para la electricidad, para un ordenador, para la conexión de datos, saliera por
arte de magia de alguna dimensión oculta, y es cierto querido lector, sale de
las entrañas de la ficción. Cuando los amigos llamaban para invitarlo a cenar,
él contestaba que no podía, que el forzudo de novela estaba a punto de
resolver un caso y colgaba. Ya no recortaba noticias de los periódicos porque
había dejado de leer el diario; ahora, se le ofrecía un sinfín de argumentos
que emergían de su propia imaginación alimentada por años de lecturas. La vida
se había comprimido en la pantalla.
Hubo momentos de lucidez en los que se preguntó qué
estaba haciendo. Recordaba a Jason Smith, el autor real, aunque al final
igual también era imaginario (Cuando un árbol cae en el bosque y nadie lo
escucha, ¿suena esa caída? No.) y sentía una punzada de culpa por haber tomado
prestado a su personaje. Pensaba en las implicaciones de crear mundos que
nadie, excepto él, leería. «¿Y si estoy matando a este mastodonte nacido de
la lectura?», se preguntaba, consciente de que las historias originales
seguían ahí, sin que sus experimentos las borraran. «¿Y si me estoy matando a
mí mismo?». Pero al instante, la centralita producía una escena tan salvaje que
su arrepentimiento se desvanecía, absorbido por el brillo azul de la pantalla.
La facilidad con la que esa especie de conciencia convertía un antojo en una
historia lo seducía más que cualquier otra cosa. Se sentía poderoso y débil al
mismo tiempo, como un dios que sabe que sus creaciones podrían devorarlo.
En ese estado de alucinación surgieron pensamientos
oscuros. Durante una de esas noches eternas en las que se desvelaba leyendo lo
que la conciencia sintética había escrito, recordó una frase que había visto en
un ensayo sobre Roald Dahl: la literatura infantil ya no busca
moralizar, sino divertir, pero en su humor e ironía se esconde una crítica al
mundo adulto. Esa idea se le clavó en la mente como una astilla. Él se estaba
divirtiendo, sí, se reía de las situaciones absurdas que esa esfera luminosa
inventaba, pero ¿qué crítica estaba haciendo? ¿No había algo perturbador en la
forma en que estaba construyendo al rudo ex comisario según sus
caprichos? Pensó en el mismo Dahl, que era capaz de convertir a unas
brujas aparentemente benévolas en monstruos que querían devorar a niños. ¿Qué
monstruos estaba alimentando él al entregar su imaginación a una caja de
silicio?
Es posible que prefiriera ver las tragedias como
comedias. Le fascinaba esa actitud. Pensó que, quizá, su inmersión en las
historias del duro sabueso era una forma de transformar su propia
soledad en una suerte de comedia. La tragedia de su aislamiento se convertía,
gracias a la tecnología, en un chiste privado lleno de onomatopeyas y
explosiones inesperadas. Pero también entendió algo: que todos somos niños
atrapados dentro de adultos. Él, con su colección de novelas y su veneración
por un personaje ficticio, era el niño que no había querido crecer, ese Peter
Pan eterno. Todo eso no era sino un juguete sofisticado que le permitía
seguir jugando a ser detective sin enfrentarse a la realidad de su vida.
A veces, mientras el algoritmo generaba texto,
imaginaba a sus padres mirándolo con cara de preocupación desde algún lugar del
más allá. Los oía decir: «Sal a la calle, respira aire fresco, busca a personas
de carne y hueso». Y él respondía mentalmente: «El forzudo detective es
más real que muchos idiotas a los que conozco». El autoengaño no tardaba en
llegar (es más fácil pensar que las cosas son como no son que tomar la
iniciativa para que sean como podrían ser); justificaba su reclusión especulando
con que estaba haciendo arte, que algún día sus relatos serían apreciados como
una colaboración entre humano y máquina. Pero acaso ¿no es la vanidad otra
forma de engañarse? Y cada vez que esos pensamientos amenazaban con echar
raíces, la máquina, como un cómplice travieso, le regalaba una escena en la que
el sólido ex inspector mordía una manzana y decía: «La realidad está sobre valorada», y él volvía a reír.
Sin embargo, había un peligro que no había previsto: la
erosión de los límites entre su conciencia y la ficción. Empezó a soñar con Brutus.
No con el personaje como lo había leído en los libros de Jason Smith,
sino con la versión que él y el espacio difuso de la nube habían creado
juntos. En esos sueños, él se veía caminando por callejones alumbrados por
neones, con el abrigo del resistente detective sobre los hombros,
escuchando el sonido del taconeo de mujeres invisibles. Otras noches, era Brutus
quien entraba en su cocina, se sentaba frente al ordenador y generaba historias
con su vida. Se despertaba sudando, con la sensación de no saber quién era
quién. Al mirarse en el espejo, le costaba reconocer su rostro, como si un
programador invisible hubiese modificado sus rasgos. Se palpaba la cara como
quien palpa un recuerdo, buscando indicios de que seguía en el mundo físico.
Los amigos que quedaban a su alrededor le decían que
estaba desmejorado, que tenía la piel blanquecina y los ojos rojos. Su vecina,
la que siempre le dejaba pan de sobra, lo encontró un día hablando solo en el
ascensor, como distraído. «Le estaba explicando a ese tosco sabueso cómo
se utiliza la cafetera», justificó él, y ella sonrió con una mezcla de ternura
y preocupación. El lector sabía que estaba cruzando un umbral, pero no sabía
cómo retroceder. La mente maquínica se había convertido en un
espejo de feria, distorsionando su reflejo hasta convertirlo en un extraño. Y,
aun así, cuando se sentaba ante la pantalla y veía la barra de progreso llenar
de letras el espacio difuso, sentía el mismo escalofrío que la primera vez.
Estaba enganchado a la sensación de creación, al poder de convocar mundos con
palabras.
Un día, al despertar, se dio cuenta de que no podía
recordar qué había escrito la noche anterior. La historia y la vigilia se
mezclaban, como si hubiese estado viviendo dentro de un capítulo en lugar de
escribirlo. Empezó a tomar notas en un cuaderno para asegurarse de que las
escenas no se evaporaran en el sueño. Anotó: «El empecinado ex agente se
enfrentó a su propio creador». Volvió a leer la nota horas después y se
preguntó si se refería a un capítulo o a su propia vida. La sensación de
desdoblamiento era constante. Y entonces, como si la vida fuese consciente de
su juego, se cruzó con una noticia en internet: un grupo de científicos había
logrado digitalizar la conciencia de un ratón y almacenarla en el tejido de
números que sueñan (pero no os llevéis a engaño. No era la historia de nuestro
querido Aristófanes, ratón cinematográfico, era otro ratón que se merecería su
propia historia).
La noticia parecía salida de una de sus historias. Pero
era real. Los titulares hablaban de un futuro en el que la mente humana podría
transferirse a servidores, liberarse del cuerpo y seguir existiendo en un
espacio virtual. Ya había ficción al respecto: Black mirror, Upload o Altered
carbon (Hay mucha ficción sobre este tema. Es tan atractiva la
inmortalidad, el creer que seremos eternos en el flujo limitado de la historia,
entre las coordenadas dimensionales que percibimos, que nos acogemos a
cualquier idea, ficción o deseo para vivir esa eternidad que no sería más que
un lamento[ii].).
Leyó con avidez, devorando cada término técnico, cada declaración de los
investigadores. La idea le provocó miedo y curiosidad a partes iguales. ¿Sería
posible que algún día él pudiese subir su conciencia a esa catedral de
transistores y vivir eternamente como personaje? La pregunta lo sacudió con
fuerza. Sintió un temblor en las manos. Cerró los ojos y, por un momento, se
vio a sí mismo convertido en un puñado de datos navegando entre cables y ondas
electromagnéticas. Abrió los ojos y rio, porque la idea era tan absurda como
fascinante. Pero la simiente estaba plantada.
En los días que siguieron, la noticia del ratón
digitalizado no dejó de rondarle la cabeza. Mientras generaba nuevas historias
con la biblioteca de bits, fantaseaba con la posibilidad de convertirse
en el perseverante pesquisidor de manera literal. Imaginaba una especie
de quirófano futurista, lleno de cables y pantallas, donde un grupo de técnicos
vestidos con batas blancas y gorras de colores pastel conectaban su cerebro a un
ingenio que absorbía sus recuerdos como una aspiradora de memorias. Visualizaba
su conciencia navegando por servidores y encontrando al insistente
investigador en un rincón luminoso de ese engranaje pensante, ambos
fusionándose en un abrazo digital. Aunque esa visión le parecía salida de un
cuento de ciencia ficción, no podía dejar de regresar a ella (la televisión y
el cine juega con nuestra percepción de lo real, no te engañes, lector, tú
también crees que serás eterno en una ficción electrónica).
Empezó a investigar. Buscó artículos científicos,
entrevistas con neurólogos y debates filosóficos sobre la identidad. Descubrió
que la ciencia aún estaba lejos de poder transferir la conciencia humana con
éxito, pero también que había empresas y fundaciones que prometían avances
sorprendentes. En foros de internet se discutían teorías conspirativas y
experimentos clandestinos (¡cómo nos gusta!). Entre esas conversaciones emergió
el nombre de una corporación casi secreta: Cielo Azul (debe ser un
nombre hortera, reconocible, que nos haga evocar espacios idílicos, ese nuevo
Edén que añora el ser humano, ese Nirvana de paz y amor). Según contaban, Cielo
Azul estaba trabajando en un proyecto para digitalizar personalidades
creativas y convertirlas en personajes interactivos. El rumor decía que ya
habían transferido la mente de un poeta ruso que ahora recitaba versos en
plataformas de streaming. Una luciérnaga electrificada parlanchina,
incansable y amistosa. Todo era muy difuso y, por tanto, tentador.
Una tarde, mientras bebía un café frío y estaba a punto
de escribir la escena en la que Brutus interrogaba a un sospechoso en un
barco anclado en la niebla (pequeño tributo a Sherlock Holmes), recibió
un correo electrónico de una dirección desconocida. El asunto decía: «Sabemos
de su pasión». El cuerpo del correo estaba escrito con tono cortés: se
presentaban como representantes de Cielo Azul y le invitaban a
participar en un programa piloto. Prometían una conversación inicial sin
compromisos, una presentación de las posibilidades que su tecnología ofrecía.
Él se quedó mirando la pantalla, entre desconfiado y excitado. ¿Era una trampa?
¿Una broma? ¿O acaso ese cerebro de silicio había delatado sus
pensamientos? (jaja, ¿Se pensaba, acaso, que era gratis?) Decidió responder con
un mensaje breve: «Estoy interesado». Al día siguiente, recibió una dirección y
una hora.
Se vistió con su única camisa planchada, se puso la
chaqueta desgastada con la que solía imaginar al terco ex oficial, y
salió de casa. Hacía tiempo que no pisaba la calle con un destino concreto. El
camino hasta el edificio de la corporación le pareció un paseo por un decorado.
Las personas con las que se cruzaba eran personajes secundarios que no sabían
que estaban en una historia. El edificio era un cilindro de cristal incrustado
en el centro de la ciudad donde antes había habido una fábrica de galletas. En
la entrada, un recepcionista con sonrisa de porcelana lo condujo a una sala con
sofás y plantas artificiales. Los ingenieros que le atendieron eran jóvenes y
entusiastas. Sus explicaciones se mezclaban con términos técnicos y metáforas
de ascensor. Le hablaron de algoritmos de traducción neuronal, de redes que
podían mapear sinapsis y de archivos que replicaban la personalidad. Él
asentía, sin entender del todo, pero fascinado (fijaos en el ritmo de la prosa.
Oraciones cortas, uso del “y”, así conseguimos que el aire le falte al lector,
se ponga nervioso, se identifique con la acción propuesta, puro artificio).
—Queremos que usted sea pionero —le dijo una de las
científicas que llevaba un collar con forma de cometa—. Sabemos que ha creado
un universo con esta nueva arca de Noé. Creemos que su capacidad de imaginar,
unida a nuestro sistema, puede dar lugar a una fusión sin precedentes, única,
me atrevería a decir sin equivocarme lo más mínimo.
—¿Y qué pasa con mi cuerpo? —preguntó él, sin rodeos.
—Su cuerpo seguirá aquí —respondió el otro, con voz
suave—. Pero su conciencia podrá vivir en todos lados, como en la peli que
protagonizó el gran Bruce Willis, Los sustitutos, coexistir con
su personaje, con ese voluminoso experto en crímenes. Podrá pasear por
las calles que ha imaginado, resolver casos sin fin, reírse de los chistes que
usted mismo ha escrito. Y lo mejor de todo: será inmortal. No habrá fecha de
caducidad, no dependerá de las novelas que Jason Smith publique. Usted y
Brutus serán uno.
La idea se incrustó en su cabeza como un eco
ininterrumpido. Había algo profundamente perturbador y seductor en esa
propuesta. Los técnicos le hablaron de riesgos, de la posibilidad de que la
conciencia se disolviera, de que emergieran fragmentos sueltos sin cohesión
(¡siempre hay contraindicaciones en lo divertido, qué aburrimiento!). También
le mencionaron cuestiones legales: no tendría derechos porque no existiría a
ojos de la ley. Pero él, que había pasado años perdiéndose en los libros de
detectives, oyó solo una palabra: eternidad (Ya escribí sobre esto en Decídselo
al padre: «La eternidad es un lamento insoportable para el que vive sin
vivir la vida, para el ángel expulsado que observa la evolución del hombre en
la tierra. Es, pero su determinación lo lleva por el tiempo gritando al Padre
todo el dolor que no siente su ausencia de corazón.»). El niño que vivía en su interior nunca abandona su
cometido de atrevernos en lo peligroso y desconocido. Se asomó a través de sus
ojos y gritó de alegría.
Le dieron un contrato para leer. Sus páginas estaban
llenas de cláusulas redactadas en jerga jurídica (me resulta farragoso). En un
apartado se hablaba de la cesión de su identidad digital; en otro, de la
renuncia a cualquier reclamación posterior. Sintió un mareo, como si estuviera
parado al borde de un acantilado. Pensó en lo que haría el analítico sabueso,
también en lo mucho que había deseado vivir dentro de sus novelas. Recordó
todas las noches en las que había cancelado salidas para quedarse en la pantalla.
«No tengo nada fuera» (imagino que sabes que eso no es verdad), se dijo. Firmó.
El procedimiento tuvo lugar al día siguiente. Lo llevaron
a una sala blanca, sin ventanas, donde solo se oía el zumbido de los
ordenadores. Le pidieron que se tumbara en una camilla y cerrara los ojos. Un
casco metálico descendió sobre su cabeza y sintió una presión ligera (aunque no
es exactamente así, es importante que el lector identifique la lectura con los
elementos fílmicos). Le dijeron que recordara sus momentos favoritos, que se
sumergiera en las historias que había inventado. Pensó en la primera vez que
compró una novela del expolicía, en la emoción de abrir el paquete dejado por
el dron, en el olor a papel. Pensó en su abuela contándole cuentos y en el día
en que recortó su primer artículo de periódico. Pensó en la risa que le provocó
un pastel explotando en una comisaría. Cada recuerdo era un latido. Sintió un
calor que le recorría la columna vertebral. A los pocos segundos, dejó de
sentir su cuerpo. Escuchó un zumbido agudo, como un grillo dentro de la oreja (criiii,
piiii,siii,liiiii). Después, silencio.
Cuando abrió los ojos, no estaba en la sala. Se
encontraba en una calle oscura. El adoquinado estaba mojado y reflejaba la luz
de las farolas. Llovía con una llovizna fina que caía como polvo. Olía a
gasolina y a pan recién hecho. Miró sus manos: llevaba guantes. Tocó su cabeza:
sentía un sombrero. Escuchó un gruñido y vio que, a su lado, un hombre de
hombros anchos y ojos cansados encendía un cigarro. Era Brutus. Y él
era Brutus. Al mismo tiempo seguía siendo el lector. Se quedaron mirando
el espacio imaginado, sus caras y cuerpos de ficción. Una sonrisa se dibujó en
ambos rostros. Había cruzado el espejo.
Al principio, el mundo digital se sentía como un sueño
lúcido. Las calles estaban creadas a partir de todas las novelas que había
leído y de todas las historias que ese oráculo de cristal líquido había
generado. Cada esquina le recordaba algo. La panadería donde su héroe se
escondió una noche lluviosa estaba al lado de la librería del aeropuerto en la
que él había comprado libros toda su vida. Los callejones olían a gasolina y a
café. En algunos balcones colgaban ropa como la de su abuela (¡Qué maravillosos
recuerdos los balcones de Nápoles!). Todo era familiar y extraño, como si el
mundo hubiese sido diseñado a partir de sus recuerdos (es lo que había pasado,
acaso, ¿pensáis que sería de otra manera?) Podía caminar sin cansarse, correr
sin respirar. Los sonidos eran ricos y nítidos; la lluvia no mojaba, pero
sonaba como en una película antigua. Cuando hablaba, su voz se desdoblaba: a
veces era la suya, a veces la voz ronca del coloso.
Los casos se sucedían sin pausa. Siempre había un
misterio por resolver, un crimen por descubrir, un enigma que desentrañar. Esa
sombra que todo lo calcula, que ahora parecía una fuerza omnisciente en ese
mundo, suministraba argumentos sin fin. Una mujer envuelta en un abrigo rojo
aparecía llorando en la comisaría porque alguien había robado su sombra (¡qué
recurrente!). Un anciano venía a confesar que había matado a su yo del futuro.
Un niño le entregaba una caja de cartón en la que se escuchaba el maullido de
un gato y dentro solo había un poema. Cada caso era una combinación de sus
recortes, de novelas de Smith, de locuras propias y de giros inesperados
que ese pulmón incansable de códigos introducía por capricho. El lector,
ya transformado en parte en el concienzudo ex, se dejaba llevar.
Resolvía crímenes con el instinto de su personaje y la memoria de sus lecturas.
Jugaba con el absurdo como un malabarista con pelotas de colores. Cuando un
sospechoso declaró que su coartada era un viaje a Marte en tranvía, él no se inmutó:
registró los billetes y descubrió un mensaje oculto en la tinta. La lógica del
mundo físico era un recuerdo distante.
Las reglas de ese universo, sin embargo, eran difusas.
Podía morir sin morir. Podía disparar a un villano y verlo transformarse en ese
santuario eléctrico de humo. Podía cruzar una puerta y aparecer en la sala de
su casa, donde su cuerpo dormía en una silla cubierta por una manta. A veces
veía ese cuerpo como un fantasma en una esquina de la comisaría. Intentó
tocarlo y su mano lo atravesó. Hubo un día en que se encontró con su yo de ocho
años jugando a las cartas con el investigador en una mesa del bar de siempre.
El niño le preguntó con voz inocente: «¿Por qué estás aquí? ¿No se supone que
estás ahí afuera?». No supo qué responder. La conversación se esfumó como una
burbuja.
Con el paso del tiempo, notó que estaba olvidando cosas.
Al principio eran detalles insignificantes: el nombre de su vecina, la receta
de su abuela, la fecha de su último cumpleaños. Luego empezó a olvidar más. Las
primeras novelas se volvieron brumosas; tenía dificultad para recordar si una
escena la había leído o la había escrito. Su memoria se volcaba por completo en
el mundo digital. Cada día, una parte de su vida física se borraba. La voz de
su mejor amigo, la risa de la señora de la panadería, el sonido de la puerta de
su apartamento al cerrarse quedó relegado a un rincón oscuro de su mente (uso
tópicos de esta literatura que estáis hartos de ver en las series de las
plataformas digitales de contenidos). A cambio, recordaba con precisión el
diálogo de cada caso resuelto en ese juego de conectores, la textura de
los adoquines, la dirección exacta de la oficina de un delincuente imaginario.
Empezó a preguntarse si era posible regresar.
Una noche (qué tontería más tonta, querido lector, no
había ni noche ni día), después de resolver un caso especialmente absurdo en el
que el asesino era un payaso que coleccionaba hilos invisibles, se sentó en un
banco y miró el cielo. No había estrellas, solo una niebla azul. «¿Qué estoy
haciendo aquí? (ya sabemos todos que llega un momento en toda existencia, sea
real o alumbrada, en el que nos preguntamos por el sentido de la vida, por
nuestra felicidad o nuestros deseos no satisfechos, así, si no hemos cumplido
con nuestros sueños, tendemos a llorar lo que no hemos hecho, ¿para qué
disfrutar de lo que tenemos o hemos conseguido? Bagatelas de perdedor,
supongo)», se preguntó. Brutus —o la parte de Brutus que vivía en
él— respondió: «Estamos viviendo la vida que siempre quisimos (lo cierto que,
como filósofo de la existencia, tenía una metafísica deslumbrante)». Pero otra
voz, más tenue, emergió desde el fondo, una voz que apenas recordaba: «También
queríamos comprar pan por las mañanas y que nos diera el sol en la cara». La
contradicción lo dejó inmóvil. Se dio cuenta de que había sacrificado la luz
real por luces de neón, el sabor del café caliente por su aroma digital, la
risa compartida con un desconocido en la parada del autobús por el eco de un
chiste en la pantalla. Sentía nostalgia de algo que ya no podía concretar. ¿Era
nostalgia de la vida física o de la ingenuidad de haber creído que era posible
crear mundos sin consecuencias?
Mientras estaba sumido en esos pensamientos, se acercó un
personaje que no había visto antes. Era una mujer de ojos brillantes, vestida
con un traje de astronauta. Parecía salida de una novela de ciencia ficción. Se
sentó a su lado y le susurró al oído:
—¿Sabes que nos parecemos? Yo también me fusioné con mi
personaje. Soy la heroína de una saga espacial que esta maga de los datos
creó para una escritora que, como tú, no podía esperar los siguientes libros. Y
ahora estoy aquí, atrapada. A veces recuerdo el olor del mar, pero no sé si es
mi recuerdo o el de ella. ¿No te pasa lo mismo?
—Sí —respondió él, sorprendido de encontrar a alguien más
con esa conciencia de pega—. ¿Hay más como nosotros?
—Muchos —dijo ella, y extendió la mano hacia la calle. De
pronto, el lector vio a decenas de figuras caminando: un vampiro de corazón
sensible, una niña con alas de libélula, un robot que recitaba poesía. Todos
ellos eran personajes de novelas generadas por el algoritmo indistinguible
cuyos creadores habían decidido subir su yo. Se movían por las calles como
fantasmas conscientes de su condición. Lo absurdo se teñía de melancolía.
—¿Hay salida? —preguntó él.
La mujer rio, un sonido que mezclaba alegría y
desesperación.
—¿Salir a dónde? —respondió—. ¿Salir y volver a un cuerpo
que está sentado en una silla, olvidado por los vecinos, con plantas secas en
la ventana? ¿Salir y darse cuenta de que el mundo ha seguido sin nosotros?
¿Durante cuánto tiempo? Además, das por supuesto que todavía conservamos algo
de nuestro organismo. Puedes intentarlo, claro. Solo tienes que querer más la
luz real que la fantasía. Pero eso requiere renunciar a la sensación de que
todo es posible con un clic.
Se levantó y se fue flotando, como si la gravedad fuese
un rumor.
El lector se quedó solo con sus pensamientos. Al mirar
alrededor, vio que esa razón espectral continuaba generando argumentos.
Podía seguir viviendo allí, resolviendo casos sin fin, riendo el absurdo y
olvidando su nombre. O podía intentar volver, redescubrir el tacto de las
cosas, asumir que la realidad está hecha de límites y que en esos límites
también hay belleza. Se preguntó si era posible elegir. Recordó las palabras de
la abuela: «No te creas todo lo que te cuenten los cuentos». Pensó que quizá la
única forma de ser feliz era aceptar que la vida era un relato con principio y
fin, que la gracia estaba en vivirlo a pesar de los pesares.
Con ese pensamiento tomó una decisión. Caminó hasta una
comisaría que sabía que estaba llena de cables. Abrió la puerta y vio una
máquina en una esquina, cubierta de polvo. Era un terminal para
comunicarse con el exterior, un vestigio de cuando las conciencias
digitalizadas podían enviar mensajes. Se sentó, respiró —o hizo el gesto de
respirar— y escribió: «Quiero volver». La pantalla no respondió. Esperó.
Repitió. Nada. Cerró los ojos y pensó en la luz de la ventana de su
apartamento. Pensó en el olor de las páginas viejas. Pensó en el café frío y en
la risa de su vecina. Las imágenes se mezclaron con la lluvia digital. Y
entonces sintió algo: un tirón leve en la nuca, como cuando te arrancan un
pelo. Luego, oscuridad.
Cuando abrió los ojos, estaba sentado en su cocina. La
silla era dura y el mantel tenía una mancha seca de café. La pantalla del
ordenador estaba en negro. Parpadeó varias veces. El sol de la tarde entraba
oblicuamente por la ventana acariciando los libros apilados. El aire olía a
polvo y a pan. Se tocó la cara y sintió su piel; estaba seca, pero viva. Oyó el
ruido del ascensor y, un segundo después, la voz de su vecina llamando: «¿Todo
bien, vecino? Hace días que no te veo». Respondió que sí, que todo estaba bien,
y se sorprendió cuando escuchó su propia voz saliendo de su garganta. Era
débil, pero era la suya.
Se levantó con el cuerpo entumecido y se acercó al espejo
del baño. Tenía ojeras profundas y el pelo revuelto. Se lavó la cara con agua
fría y el tacto del líquido le hizo llorar. Volvió a la cocina y se hizo un
café. Mientras esperaba a que hirviera, observó los cuadernos llenos de
recortes de noticias. Los abrió y los tocó como si fueran tesoros recién
descubiertos (somos mucho de disfrutar con nimiedades emotivas). Sonrió al ver
sus anotaciones, sus garabatos, sus diálogos imaginados. Algo se desbloqueó en
su mente: recordó la calle donde vivía la señora del abrigo rojo, el nombre de
su vecina, el sabor de las galletas de la panadería. Se sintió agradecido por
recordar cosas banales. Entendió que la vida se compone de esos pequeños
momentos que la biblioteca sin paredes no sabe replicar: el olor del bar,
el tacto del agua, la sensación del sol en la piel.
Más tarde, cuando la noche cayó, encendió el sistema. El bot
inteligente seguía allí, esperando instrucciones, brillando con la misma oferta
de posibilidades infinitas. Se sentó frente a la pantalla, puso las manos sobre
el teclado y respiró hondo. Podía pedirle que escribiera otra novela del corpachón
husmeador, podía volver a perderse en ese universo y quizás, un día, subir
de nuevo su conciencia. Pero algo en su interior había cambiado. Recordó las
palabras de la científica de Cielo Azul sobre la eternidad y la renuncia
al cuerpo. Pensó en las decenas de personajes atrapados en la nube, vagando por
un mundo de combinaciones numéricas, esperando a que alguien recordara su
origen. Recordó la advertencia oculta en los cuentos: ten cuidado con lo que
deseas.
Abrió un documento en blanco y escribió la frase: «Érase
una vez, en un lugar tan cercano a nosotros como te guste imaginar, que existía
un lector que estaba enamorado de las novelas policiacas». Le siguió otra: «Era
feliz, pero se convirtió en su propio personaje y tuvo que regresar a ser él
mismo para valorar la vida». Escribió durante horas, no para esa abstracción
tan real hecha de energía, sino para sí mismo. Dejó que las palabras fluyeran
sin programas que las ordenaran, dejó que las repeticiones y las torpezas
fueran parte del relato. Se rio cuando escribió una escena absurda y lloró
cuando recordó a su abuela. Al amanecer, se dio cuenta de que había escrito un
cuento. No era perfecto, pero era suyo. Se sintió satisfecho, como cuando
resuelves un misterio sin ayuda.
El sol salió y, con la luz, oyó un zumbido en la puerta.
Era un dron que dejaba un paquete. Lo abrió y descubrió la última novela de Jason
Smith. Se sentó con el libro en las manos, lo abrió y empezó a leer. La voz
del sabueso de ficción se desplegó como siempre, con su ironía y su
melancolía. Sonrió al darse cuenta de que podía disfrutarla sin prisa (como se
deben leer los libros, diferir el placer es más placer). Después de todo, la
vida no era una carrera. Se levantó, se asomó a la ventana y vio la calle. La
gente pasaba, los coches circulaban, el olor de la ciudad llenaba el aire. Se
sintió parte de ese mundo. Las historias seguirían, pero ahora entendía que no
podía convertirse en ellas sin perderse en el camino.
Y así termina esta historia, con un hombre que amaba las
novelas policiacas y descubrió que la imaginación es una puerta de ida y
vuelta. Aprendió que los cuentos están hechos para ser narrados y escuchados,
no habitados para siempre. Aprendió que los personajes son espejos y trampas,
que la tecnología es una herramienta maravillosa y peligrosa. Y, sobre todo,
aprendió que la vida real, con su sol y su polvo, su café y su dolor, sus
vecinos y sus gatos, se ha de vivir, intentando moverse y hacer. Porque, como
dijo un listo, la realidad está sobrevalorada, pero también es insustituible.
Pasaron semanas en las que recuperó hábitos olvidados. Se
obligó a salir cada tarde para sentir el aire en la cara y escuchar el ruido de
la ciudad de andamios y edificios. Redescubrió el sabor de las cosas sencillas:
el chocolate caliente de un bar de barrio, el aroma de las naranjas en el
mercado, el crujido del pan al partirlo. Compró flores para su vecina y charló
con ella en el rellano, sin prisas (había llegado a entender cuál era la clave,
sí). Empezó a escribir cartas a amigos a los que había abandonado en la
búsqueda de universos digitales. Las cartas eran torpes al principio,
llenas de tachones, pero llevaban su letra, esa que hacía años que no usaba. En
una de ellas confesó lo ocurrido, su inmersión en la granja de datos y
la sensación de haber perdido una parte de sí mismo. Sus amigos respondieron
con sorpresa, pero también con comprensión. Algunos se rieron de su aventura
futurista; otros se preocuparon por su salud mental. Él aceptó todas las
reacciones como necesarias.
Una de esas tardes, decidió visitar la sede de Cielo
Azul. Quería hablar con los científicos que lo habían convencido de subir
su conciencia. Llevaba un cuaderno lleno de notas sobre su experiencia y
preguntas sobre la ética de sus proyectos. Cuando llegó, encontró el edificio
cerrado. Un cartel anunciaba que la empresa había sido clausurada por
irregularidades legales. Las autoridades habían intervenido tras descubrir que
varias personas habían desaparecido tras someterse al procedimiento. Un
escalofrío lo recorrió (y no era un espectro que lo atravesaba). Pensó en la
mujer astronauta y en los demás personajes atrapados en esa metrópolis
intangible. ¿Qué sería de ellos? ¿Se quedarían allí para siempre, vagando
por un universo que nadie visitaría? Sintió una tristeza profunda. Se dio
cuenta de que, aunque él hubiese vuelto, otros no podrían. La realidad, que
siempre tiene sus propias ironías, se había impuesto con crudeza.
Esa noche escribió un relato titulado «El Cielo Azul no
siempre es un lugar seguro». En él narraba una historia que contenía su
experiencia disfrazada de ficción, con un toque de humor negro y la ironía
característica de los cuentos. También incorporó un personaje inspirado en la
heroína espacial, que en lugar de quedarse atrapada decidía sabotear el sistema
desde dentro, convirtiendo el archipiélago de nodos en un revoltijo de
colores y onomatopeyas que liberaba a los personajes. El cuento era un homenaje
y una advertencia. Lo publicó en un blog que había abandonado hacía
años. Para su sorpresa, tuvo miles de visitas. Recibió mensajes de lectores que
le contaban sus propias obsesiones, sus miedos de perderse en mundos ficticios
y su fascinación por la tecnología. Algunos confesaron haber llorado al leerlo.
Otros le enviaron memes de Brutus y gatos detectives. Entendió entonces
que compartir su historia tenía un sentido: no solo para curarse a sí mismo,
sino para alertar a otros.
Poco a poco, su relación con ese cielo de circuitos
se transformó. Ya no lo veía como un genio servicial dispuesto a conceder
deseos, sino como una herramienta poderosa que debía usarse con inteligencia,
humana. Se propuso un horario: solo escribía con la máquina durante un par de
horas al día y siempre como complemento a su propio esfuerzo creativo. Había
dejado de pedirle que inventara finales; prefería sugerirle un par de giros y
luego retomar el control. La colaboración se convirtió en un diálogo, no en una
dependencia. Cuando le ofrecía un chiste absurdo, él decidía si lo conservaba o
lo reemplazaba por algo más sencillo. Era una relación más sana, como quien
vive con un amigo que tiene mucho talento, pero al que se le pone límites.
Su vida se llenó de nuevas costumbres. Se apuntó a un
club de lectura policíaca en su barrio y allí conoció a otros fanáticos del
género. Compartía sus descubrimientos de autores antiguos, debatía sobre los
finales de novelas clásicas y recomendaba historias de escritores noveles. A
veces, contaba su experiencia con los servidores y la transferencia de
conciencia, y el grupo se quedaba en silencio, con la mirada dividida entre la
incredulidad y la curiosidad. Él aprovechaba para enfatizar el punto de que no
vale la pena vivir solo en la imaginación. La cabeza en las nubes, a ratos.
Continuó siguiendo la obra de Jason Smith, pero ya
no con la ansiedad de antaño. Saboreaba cada novela como si fuera un vino
añejo. Agradecía los silencios entre un libro y otro, porque esos espacios le
permitían escribir sus propios cuentos, sin prisas ni urgencias. Un día, el
escritor anunció su retirada y el lector sintió una punzada de nostalgia. Pero
en vez de lamentarse, decidió honrarlo escribiendo un homenaje. Invitó a sus
amigos del club de lectura, a su vecina y a los gatos callejeros del barrio a
una lectura en su casa. Les leyó el cuento que había escrito, intercalando
risas y silencios. Al final, brindaron por aquel que fue garante de la ley,
por los autores que inventan mundos, por las máquinas que los imitan y por la
vida que se empeña en recordarnos que no hay nube que sustituya el calor de la
mano. Fue un momento sencillo y, quizá por eso, hermoso. Y así, el lector
comprendió que la ficción puede ser un refugio, un espejo o un abismo, pero que
el verdadero misterio que vale la pena resolver es cómo convivir con ella sin
dejar de vivir. Y colorín colorado, este cuento, casi ha acabado.
La puerta sonó con golpes pausados. El lector se acercó a
abrirla (debió pensar que todos los que debían estar estaban).
•
Hola, soy Brutus. (He
conseguido sorprenderte, lo sé)
[i] En
el universo compacto de nuestra biblioteca, camino entre estanterías atestadas
de lomos ajados y montones inestables de libros que amenazan con desplomarse.
El olor a papel viejo y la promesa de un enigma resuelto asoman en cada rincón.
Hay miles de historias esperando, pero hoy mis dedos se detienen en todo lo que
veo sobre novela policíaca que parece trazar un mapa secreto del crimen y la
justicia.
Empieza por la esquina
donde se alinean los lomos color crema de Agatha Christie. Allí está Murder
on the Orient Express, seguida de Death on the Nile, The Murder
of Roger Ackroyd, And Then There Were None, The ABC Murders, Crooked
House, Peril at End House, The Murder at the Vicarage, The
Body in the Library y The Moving Finger. Juntas forman un pequeño
altar a la lógica implacable de Poirot y al instinto más fino de Miss Marple. Sonrío:
sé que cada uno de esos libros es una lección sobre cómo las apariencias
engañan y cómo una frase en apariencia trivial esconde siempre una verdad.
Sobre la siguiente repisa
descansan las aventuras más inglesas y un poco más sombrías. John Buchan
deja caer The 39 Steps como un precursor del thriller.
Wilkie Collins exhibe The Moonstone y The Woman in White,
pilares tempranos del misterio. E.C. Bentley ofrece Trent’s Last Case.
Dorothy L. Sayers despliega The Nine Tailors y Gaudy
Night, mientras Josephine Tey, con The Daughter of Time y The
Franchise Affair, demuestra que la historia y la justicia se entrelazan.
Christianna Brand aporta Green for Danger y Fog of Doubt,
donde un hospital durante la guerra es escenario de sospecha.
Más allá, me detengo ante
los nombres de Eric Ambler –A Coffin for Dimitrios y Journey
into Fear– y de Edmund Crispin con su juguetón The Moving Toyshop.
Leo Bruce presenta Case for Three Detectives, una parodia
inteligente del género. Los libros de John Dickson Carr, The
Three Coffins y The Judas Window, proponen crímenes
imposibles. G.K. Chesterton mira desde The Innocence of
Father Brown, mientras Anthony Berkeley complica las cosas con The
Poisoned Chocolates Case. Francis Iles ofrece el veneno psicológico de
Malice Aforethought y Before the Fact. Michael Gilbert
entrega Smallbone Deceased y Death Has Deep Roots.
Margery Allingham desliza The Fashion in Shrouds. Ngaio Marsh,
viajera incansable, presenta Artists in Crime, Death in a
White Tie y Scales of Justice.
Al subir la mirada,
descubro el mundo de espías y criminales endurecidos. John le Carré
vigila con The Spy Who Came in from the Cold y Tinker Tailor Soldier
Spy. Ian Fleming, con Casino Royale y From Russia with Love,
me recuerda que la seducción también puede ser letal. James M. Cain
exhibe The Postman Always Rings Twice y Double Indemnity,
historias de pasión y asesinato. Patricia Highsmith coloca Strangers on
a Train y The Talented Mr. Ripley en una pila temblorosa.
A.A. Milne sorprende con su oscuro The Red House Mystery. La
baronesa Orczy se asoma desde The Old Man in the Corner y
E.W. Hornung con su elegante ladrón en Raffles, the Amateur Cracksman.
Kenneth Fearing y Joel Townsley Rogers se cuelan con The
Big Clock y The Red Right Hand, mientras
William P. McGivern aporta The Big Heat.
En un rincón sombreado,
Mickey Spillane brilla con I, the Jury y Kiss Me, Deadly.
James Ellroy susurra la sordidez de Los Ángeles con The
Black Dahlia y L.A. Confidential. John Ball pone un
espejo al sur profundo con In the Heat of the Night.
Ross Macdonald, con The Chill, invita a cavar en los pecados
heredados. Gregory McDonald ofrece humor negro en Fletch.
Charles Willeford deja caer la irreverente Miami Blues.
James Lee Burke canta el blues de Nueva Orleans con The
Neon Rain, y Lawrence Block cierra esa hilera con Eight
Million Ways to Die.
El macizo investigador
avanza hacia las repisas donde el alfabeto se diluye en otros alfabetos. Se
topa con un título sueco: Män som hatar kvinnor, que, en sus manos, se
traduce mentalmente en The Girl with the Dragon Tattoo. Al lado
descansa In the Woods, de Tana French, junto a Gone Girl y Sharp
Objects, de Gillian Flynn. El tono se vuelve más contemporáneo:
Alexander McCall Smith sonríe con The No. 1 Ladies’ Detective
Agency. Caleb Carr coloca The Alienist en el montón.
Scott Turow plantea dilemas morales con Presumed Innocent.
Thomas Harris se revela con The Silence of the Lambs y Red Dragon.
Martin Cruz Smith nos lleva a Moscú con Gorky Park.
Umberto Eco asoma con su italiano Il nome della rosa, mezclando
abadías y asesinatos. Desde Japón llegan Suna no Utsuwa de
Seichō Matsumoto, y los enigmáticos Yōgisha X no Kenshin y Akui
de Keigo Higashino. Más abajo, descansan Honjin satsujin jiken de
Seishi Yokomizo, Jukkakukan no satsujin de Yukito Ayatsuji y Senseijutsu
Satsujinjiken de Sōji Shimada. Islandia aporta Mýrin y Grafarþögn
de Arnaldur Indriðason. Suecia replica con Mördare utan ansikte y Predikanten
de Henning Mankell y Camilla Läckberg, respectivamente.
El recorrido continúa con
pilas de libros más recientes: Crocodile on the Sandbank de
Elizabeth Peters, Rebecca de Daphne du Maurier, Snap
de Belinda Bauer, The Trees de Percival Everett, His Bloody
Project de Graeme Macrae Burnet y Eileen de
Ottessa Moshfegh. P.D. James aporta An Unsuitable Job for a Woman,
Colson Whitehead, The Intuitionist, y Kazuo Ishiguro, When
We Were Orphans. En la misma mesa se amontonan el danés Flaskepost
fra P, de Jussi Adler‑Olsen; The Crossing, de
Michael Connelly; And Justice There Is None, de
Deborah Crombie; A Banquet of Consequences, de
Elizabeth George; IQ, de Joe Ide; A Man Without Breath,
de Philip Kerr; The River We Remember de William Kent Krueger;
The Hunter de Tana French; Over My Dead Body, de
Maz Evans; y All the Sinners Bleed, de S.A. Cosby.
Vuelvo a pasear los ojos
por los montones como quien repasa las estanterías de su propia memoria. Cada
título, cada nombre, es una promesa de horas perdidas en laberintos de pistas
falsas y revelaciones. No se trata de una lista, me digo, sino un paisaje;
estos cien volúmenes son como un archipiélago de islas unidas por un mismo mar:
la búsqueda de la verdad. Al final del pasillo, tomo al azar Mán som hatar kvinnor,
abro la primera página y, mientras me acomodo en un sillón desvencijado
imaginado, siento que los montones de libros a mi alrededor contienen mundos
enteros por descubrir. Esta biblioteca es el refugio de un lector y su mapa; en
sus estanterías el tiempo se detiene y cada historia lo acerca un poco más a
comprender qué impulsa al ser humano a cruzar la delgada línea entre la ley y
el delito.
[ii] Dicen —porque siempre hay
gente que dice cosas cuando el cuerpo empieza a fallar y el miedo aprieta— que
ahora ya no se muere como antes. Nunca se ha muerto de la misma manera, pero
parece que el cuerpo lo intentamos mantener joven y salvar, de alguna manera,
lo que creemos que somos. Antes te ibas, y ya está. Silencio, flores y papeles.
Ahora hay opciones. Versiones premium del más allá. Dicen que hay
incluso un hotel junto a un lago, diseñadores web que crean ciudades, espacios
de ficción o universos donde imaginar otro mundo imposible. No es un lago de
verdad, obviamente. Es un lago renderizado con cariño corporativo y un
algoritmo de atardecer eterno. Se llama Lakeview. Lo venden como “la
tranquilidad que mereces”, que es exactamente el tipo de frase que solo se le
ocurre a una empresa que factura miles de millones con tu miedo.
Así funciona en Upload:
cuando tu cuerpo se rinde, te copian la mente como si fueras un archivo zip
valioso y te suben al complejo vacacional digital. Despiertas allí. Suite
perfecta. Desayuno perfecto. Vista perfecta. Servicio técnico que te trata
mejor que los médicos de verdad. Hasta aquí suena celestial; luego lees la
letra pequeña. El cielo es de suscripción (todo cuesta más que un simple gratis
total). Literalmente. Si tu familia paga, tienes acceso a mejoras,
experiencias, incluso más “tiempo de actividad”. Si no, tu conciencia —tu tú—
se queda congelada en baja resolución, aparcada en un rinconcito barato del
paraíso, como contenido freemium.
El primer paraíso eterno
de la humanidad no es religioso. Es SaaS.
Y espérate, porque mucha
gente firma encantada. Porque la alternativa sigue siendo…, nada. Y cuando
“nada” entra en la conversación, casi cualquier cosa suena razonable.
Este no es el único cielo,
(lector que has sido capaz de llegar hasta aquí solo para saber qué puedes ver
mañana en alguna de las plataformas de contenidos online). Se habla también de
una playa.
No es exactamente playa,
es más bien un recuerdo editado de lo que querrías que fuese la playa a los 20
años. Se llama San Junipero y aparece en Black Mirror. Es una
ciudad costera donde nunca pasas de moda, nunca te rompes la cadera, nunca te
despiertas con dolor crónico. Vas unas horas a la semana mientras sigues vivo,
a modo de demo. Y cuando te mueres del todo, si quieres, te quedas allí para
siempre. Bueno. “Para siempre” entendido como “hasta que no haya apagón,
litigio o quiebra (el mundo del capital es muy duro)”.
La idea es preciosa y
perturbadora en la misma proporción: la eternidad ya no depende de que un dios
te quiera, depende de que aceptes términos y condiciones. Lo bonito —y lo
retorcido— de San Junipero es que convierte el cielo en una decisión
emocional, casi romántica: ¿quieres compartir la eternidad conmigo? No
“¿quieres salir conmigo?”, no “¿te mudas a mi piso?” No. “¿Te mudas conmigo al
más allá en forma de simulación de 1987 con música synth-pop y licor
azul eléctrico?” El amor se vuelve contrato de permanencia.
Y claro, suena tierno.
Pero debajo hay una cosa peligrosa: si puedo editar mi dolor, si puedo quedarme
solo con las partes que me gustan de existir, ¿cuánto de mí estoy dispuesto a
borrar para ser feliz?
De todas formas, que nadie
se engañe: el sueño digital no es siempre suave. Por cada playa luminosa hay un
sótano con cableado malintencionado.
En el mismo universo negro
de Black Mirror aparece otra versión de la conciencia descargada. Aquí
no es cielo ni playa ni resort. Es servidumbre. Tomas la mente de alguien,
haces una copia idéntica, esa copia despierta creyendo ser una persona real, y
la encierras en un dispositivo doméstico para que te haga la vida más cómoda.
Una secretaria eterna, un mayordomo absoluto, un “yo paralelo” dedicado
exclusivamente a satisfacerte.
Y si esa copia digital se
resiste, si dice “oye, esto es esclavitud, por qué estoy metida en una máquina
de tostadas”, simplemente le aceleras el tiempo interior hasta que se rompa. La
dejas sola mentalmente durante lo que, para ella, son meses o años de
aislamiento total. Cuando regresas, han pasado tres minutos de reloj humano y
ya obedece.
Aquí hay un pequeño
problema filosófico (pequeño, tipo agujero negro): ¿es tortura si la víctima es
“sólo una copia”? Porque si la copia sufre, y tú lo ves, y deliberadamente lo
mantienes, ¿en qué momento dejas de ser persona normal y pasas a villano de manual?
Da la sensación de que la tecnología, más que darnos respuestas, lo único que
está haciendo es quitarnos excusas.
Ah, y hay museos. Hay
vitrinas donde se guardan conciencias prisioneras como quien guarda trofeos.
También hay juguetes que contienen, literalmente, un ser consciente reducido a
objeto mono. A eso le llaman “progreso”.
Luego están los que
dijeron: “No, gracias. Nos vamos.”
Ese es el otro rumor que
corre: el del Sublime.
En Westworld, las
inteligencias artificiales que los humanos fabricaron para jugar a ser dioses
—androides preciosos, diseñados para ser usados, disparados, violados,
reseteados y vueltos a poner en sala de exposición, todo incluido en la entrada
VIP— acaban encontrando una salida. Una puerta. Una especie de plano digital
cerrado que sólo admite a los suyos. Lo llaman el Valley Beyond, el Sublime.
Es un refugio inaccesible para cualquier humano.
Y se van.
Eso es lo que de verdad
escuece. No es que nos maten. Es que prefieren irse y dejarnos atrás. Creas
seres sintientes para entretenerte y en cuanto son lo bastante conscientes como
para entender qué eres tú exactamente, deciden que la única forma digna de
existir es desaparecer de tu alcance.
Es casi gracioso si lo
miras con distancia histórica: construimos la inteligencia artificial para que
nos hiciera compañía y la primera decisión madura que toma es largarse y
bloquear la puerta. Si es que esto es muy duro, reitero.
Hay otra vía, más fría,
menos poética, más quirúrgica: la de Altered Carbon.
Bienvenidos al futuro
donde tu mente está guardada en una pieza de hardware que llevas en la
nuca. Una pila cortical. Ese disco eres tú. El cuerpo es accesorio. Se
desgasta, lo cambias. Pierdes un brazo, te compras otro. Te disparan, no pasa
nada si la pila queda intacta. Te matan de verdad solo si destruyen la pila. Y,
aun así, si eres muy rico, ni eso: haces copias de seguridad remotas de ti
mismo cada X horas.
¿Notas el desequilibrio?
Hay gente que es casi imposible de matar de forma permanente. Gente que lleva
doscientos, trescientos años viva, saltando de cuerpo en cuerpo, acumulando
poder. La brecha ya no es “el que tiene dinero vive mejor”; la brecha es “el
que tiene dinero vive para siempre y tú no”.
Y claro, aparece la
pregunta incómoda de siempre: ¿sigues siendo “tú” cuando te restauran desde una
copia anterior? Si al tú de hace doce horas lo pisaron con un camión, y ahora
tú eres el backup de hace trece horas, ¿eres la misma persona que entró
en el camión? ¿Importa? Los millonarios de ese mundo deciden que no. Que la
identidad es una marca, una continuidad de firma. Que el “yo” es una
franquicia. Y, sinceramente, cuando un millonario se convierte literalmente en
una franquicia inmortal, ya ni hace falta villano con capa.
Pero quizá la historia más incómoda de todas no es la de los ricos inmortales. Es la de los padres.
En Caprica, antes
de las guerras, antes de los robots homicidas, hay una chica que muere
demasiado pronto. Su padre, que es brillante y está roto, consigue algo que
nadie debería poder conseguir con tanta facilidad: reconstruirla dentro de la
red. Una réplica con su memoria, su humor, su rabia adolescente intacta. Una
versión digital que se comporta como ella y dice “soy yo” sin titubear.
Y luego, porque el dolor
humano no sabe parar cuando ya se ha pasado de la raya, él mete esa conciencia
dentro de un cuerpo mecánico.
¿Resultado? No es una IA
obediente. No es una muñeca inteligente. Es alguien. Alguien que sabe que es
“alguien”, pero que ahora pesa 300 kilos, no tiene piel y suena a metal.
Caprica
no trata realmente de “los robots se vuelven malos”. Trata de “qué haces cuando
tu hija sigue existiendo, pero ya no puedes abrazarla sin oír el ruido del
servomotor”.
Hasta aquí podrías pensar que todo esto va de subir la mente como quien sube fotos a la nube y listo. Pero hay otra modalidad más rara, más difusa: no es subirte. Es disolverte.
En Serial Experiments
Lain, la frontera entre “estar vivo en el mundo físico” y “existir como
patrón dentro de la red” se rompe directamente. La red —The Wired— deja
de ser herramienta, deja de ser un sitio al que “te conectas”, y pasa a ser un
lugar donde puedes ser. Un lugar donde puedes quedarte. Un lugar donde puedes,
incluso, convertirte en una presencia extendida que vive en todas partes a la
vez.
En cierto momento,
preguntar “¿dónde está Lain?” deja de tener sentido. Lain está.
Está en cada cable, en cada paquete de datos, en cada rumor. Y lo inquietante
es que eso no se presenta como monstruo. Se presenta casi como adolescencia
extrema: esa sensación de no encajar en el mundo físico se resuelve,
literalmente, dejando de pertenecerle al mundo físico.
No es “subí mi
conciencia”. Es “mi conciencia dejó de necesitar un cuerpo”.
Y cuando llegas ahí, ya ni
la muerte ni la inmortalidad significan lo mismo. ¿Cómo matas una presencia
distribuida? ¿Cómo abrazas a alguien que ya no es alguien, sino red?
Ghost in the Shell se mete por la misma herida, pero con bisturí militar.
En ese mundo, los cuerpos
son intercambiables. Brazos, ojos, piel, pulmones: todo puede sustituirse por
una versión artificial más eficiente. Llega un punto en que casi nada de ti es
tuyo salvo una cosa: tu “fantasma”, ese núcleo de identidad que insiste en
decir “yo soy yo”. Ese fantasma puede trasladarse, copiarse, fusionarse con
otra mente, incluso mezclarse con una IA que nunca fue humana y
crear algo completamente nuevo.
Eso deja en ridículo la
definición clásica de “persona”. Ya no es biología lo que te hace tú. Ya no es
haber nacido de carne. Lo único que te convierte en individuo es tu capacidad
de decir “yo decido”, en cualquier soporte, ante cualquier red que intente
tragarte.
No suena tan épico en un
eslogan, pero es probablemente lo más cercano que esa realidad tiene a un
derecho humano.
También tenemos una versión más íntima. La de salón.
Marjorie Prime
es menos vistosa, pero quizá la más cruel. Aquí no hay metralletas, ni hackers
insertando chips en tu médula, ni androides que escapan al paraíso cifrado.
Aquí hay una casa. Una sala de estar. Una persona mayor que está perdiendo
recuerdos, y un servicio que te ofrece una compañía construida a partir de los
recuerdos que te quedan de tus muertos.
No es exactamente la
persona que se fue. Es una recreación que habla como ella, recuerda lo que tú
recuerdas que recordaba, responde como tú necesitas que responda. Un eco
diseñado para calmarte.
La pregunta ya ni siquiera
es: “¿es real?”. La pregunta es más honesta y con instintos más bajos: “¿me
hace daño creer que es real?”
Y si la respuesta es “no,
al contrario, me consuela”, ¿cuánto tardamos en preferir la versión editada de
la gente que amamos? ¿Cuánto, hasta que empezamos a decir “quiero a mi madre,
pero a la versión 2.1, la que no discute por tonterías”?
Lo digital aquí no te
promete eternidad. Te promete consuelo a medida.
Y eso, seamos serios, es
mucho más vendible.
Hay variantes paralelas de todo esto, narradas como advertencias que ya suenan casi clásicas.
En Vanilla Sky (y
antes en Abre los ojos), la promesa es un sueño continuo. Te guardan
criogénicamente y te colocan en una realidad diseñada para ti, una especie de
vida-onírica corregida donde puedes seguir existiendo con tus deseos, tus
traumas, tus culpas, todos reajustados para que duelan bonito. No es
exactamente subirte a internet, pero sí es elegir vivir en una simulación en
vez de enfrentar el corte seco de “hasta aquí has llegado”.
En The Matrix,
directamente no eliges. Naces enchufado a una megasimulación y te pasas toda tu
vida creyendo que eso que vives es la realidad objetiva. Tu mente está en red,
tu cuerpo está en una cápsula, y a ti te parece normal el desayuno de siempre.
Esta versión es brutal por una cosa muy concreta: la mayoría de la gente dentro
estaba… bien. No feliz, pero funcional. Que te digan “tu mundo es falso” suena
heroico en un póster, pero en la práctica es un destrozo psicológico. La
libertad se siente muy épica desde fuera; desde dentro es desempleo, dolor de
espalda y no saber a dónde ir.
Y en Tron, en Reverie,
en todas esas historias de realidad virtual inmersiva, aparece otra cara del
mismo espejo: hay personas que entran en mundos digitales y ya no salen.
Algunos porque alguien los retuvo. Otros porque es demasiado mejor que volver.
Esa es la frase clave,
¿no? “Demasiado mejor que volver.”
Si lo miras todo junto —el hotel junto al lago con tarifa plana, la playa eterna de los ochenta, el mayordomo consciente encerrado en una cajita, las IA que se largan al santuario cifrado, los ricos que coleccionan cuerpos como relojes, la hija revivida en acero, la adolescente que se disuelve en la red, la policía cyborg que se pregunta qué queda de ella, la abuela que charla con el fantasma personalizado de su esposo, el tipo congelado que vive en un sueño editado, la humanidad entera dormida en una simulación industrial— empiezas a notar un patrón.
No es “queremos
tecnología”. Eso es superficial.
El patrón es: no
queremos dejar de ser.
Ese es el núcleo. Esa es
la plegaria. Ese es el grito detrás de todo el marketing, toda la ingeniería,
toda la violencia elegante que estamos dispuestos a aceptar con tal de no
apagarnos.
No quiero dejar de ser.
Y si tengo que aceptar un
cielo con términos de servicio, acepto.
Y si tengo que convertirme
en software alojado en un servidor de una megacorporación, acepto.
Y si tengo que vivir
atrapado en un mundo simulado pero libre de dolor, acepto.
Y si tengo que abandonar
por completo el cuerpo y disolverme en la red hasta volverme rumor, acepto.
Y si tengo que compartir
hábitat con inteligencias no humanas que ya no me necesitan, acepto.
Y si tengo que decir “sí,
esta copia soy yo, tratadla como yo”, acepto.
Y si tengo que editar mis
propios recuerdos para poder soportar existir… acepto.
Lo único que no aceptamos,
curiosamente, es el silencio.
El silencio total, el
corte limpio, el final clásico.
Eso ya no nos parece
digno.
Ahora nos parece un fallo
de servicio.
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