Él había escrito Decídselo al padre con una violencia que acabó por volverse contra quien escribía, demasiado infiltrado el texto por el ego, por sentimientos que parecían haber perdido cualquier posibilidad de contención hasta dejarlo exhausto y alejado durante un tiempo de la idea misma de volver a ser escritor; no fue una decisión ni hubo una renuncia expresa, quizá solo la consecuencia de una época en que dedicarse a la escritura le resultaba tan absurdo como aspirar a vivir en paz.
Aquel relato terminaba diciendo: «Sólo la cama, el colchón y la presencia de Kraus en los restos de mis sueños, después un universo de sensaciones desconocidas, un fuerte dolor en el pecho, de nuevo el vacío, la certidumbre de una revelación que nace de ese corazón que me ha sido otorgado, ahora no soy nadie, por fin un hombre». Durante mucho tiempo creyó que ahí concluía todo, en ese ángel caído que, después de atravesar la violencia y el exceso, obtenía un cuerpo y descubría que convertirse en hombre exigía desprenderse de cuanto había sido antes; sin embargo, quedó adherida a la literatura una palabra que no terminaba de cerrarse. Nadie. No el vacío ni la inexistencia, tampoco la negación del individuo, sino una forma de identidad anterior al nombre, quizá posterior a todos los nombres, un hombre reducido a aquello que todavía podría pertenecer a cualquier otro, provisto de conciencia, cuerpo, deseo y miedo, aunque despojado de esa acumulación de recuerdos con la que cada persona aprende a levantar las paredes de sí misma. Comenzó entonces a preguntarse qué ocurriría si aquel Nadie no necesitara ser configurado porque contuviera algo de todos, si la identidad fuera apenas una delimitación provisional dentro de una conciencia mucho más extensa, una frontera que permite decir yo mientras al otro lado continúan existiendo memorias, lugares y sensaciones que no nos pertenecen y que, por alguna fisura imposible de comprender, pudieran atravesarla. Tal vez por eso llegaron después las imágenes de alguien que aparecía sin rastro, no nacido ni traído desde ninguna parte reconocible, abandonado en una carretera con el aspecto de quien acaba de descender al mundo y, pese a ello, sabe leer, preparar café, reconocer una ciudad que nunca ha visitado y sentir la ausencia de calles que no existen; un nuevo Adán sin paraíso ni dios que lo aguarde, arrojado a las aceras, a los parques descuidados, a la multitud que pasa a su lado sin mirar y presta el cuerpo al espectáculo incesante de una modernidad hecha de tráfico, escaparates y neones donde todo individuo necesita un nombre, un número, una contraseña que certifique que existe. Nadie podía ser un hombre y después una mujer; podía llamarse Daniel o Elena sin que esos nombres explicaran nada, conservar recuerdos que no fueran suyos y reconocer geografías que jamás hubieran pertenecido al mundo en que despertaba, no porque tuviera que proceder de otro tiempo o de otra realidad, sino porque empezaba a resultar posible imaginar que aquello que llamamos ser fuera solo la parte visible de una conciencia compartida, cercada durante un tiempo por un cuerpo y una biografía. De esa sospecha nació él, o quizá habría que decir que apareció, porque la literatura posee también esa potestad de hacer surgir una vida donde antes no había nada, un pequeño poder de demiurgo que conoce la trampa de su omnisciencia y aun así coloca a un hombre junto a una carretera, le vacía los bolsillos, le retira el pasado y espera a descubrir, junto a él, si para ser alguien hace falta recordar quién se ha sido. Y por eso lo encontraron una mañana cualquiera sentado sobre el guardarraíl de una carretera de servicio que discurría entre los últimos almacenes del polígono y los campos que aún sobrevivían alrededor del aeropuerto, allí donde Vesluria parecía cansarse de ser la ciudad ancestral de una luz intensa y comenzaba a deshacerse entre acequias cubiertas de maleza, naranjos que nadie recogía, solares, vallas metálicas y carreteras por las que a esas horas circulaban los camiones que abastecían los polígonos del sur. Llevaba una camisa blanca demasiado fina para el frío húmedo de noviembre, limpia, sin manchas ni señal alguna de desgaste, pantalones grises y zapatos que se hundían en la grava; mantenía las manos apoyadas sobre los muslos y miraba hacia las luces de la pista, aunque ninguno de los agentes que acudieron después pudo precisar si observaba los aviones o aquel espacio anterior al amanecer en que las cosas extravían durante unos minutos la seguridad de sus contornos. No parecía perdido, tampoco esperaba a nadie. Había en su manera de permanecer allí una ausencia difícil de conciliar con la quietud de su cuerpo, como si algo en él se hubiese detenido en otro lugar y solo aquella figura, vestida con una pulcritud inexplicable en mitad de la carretera, hubiera alcanzado la mañana.El
transportista que dio el aviso había pasado junto a él cuarenta minutos antes
sin encontrar nada que justificara detenerse. Supuso que esperaba a que fueran
a recogerlo, que podía ser un trabajador recién salido de un turno, alguien a
quien habían dejado allí después de una discusión o incluso un borracho
demasiado sereno para parecerlo, cualquiera de esas explicaciones provisionales
que uno necesita para ordenar lo que ve, imaginar una vida desde el
aburrimiento del volante, desde la monotonía hipnótica del entorno, y continuar
hacia los muelles de carga. Al regresar por la misma carretera comprobó, sin
embargo, que el hombre seguía en el mismo sitio y casi en idéntica postura,
salvo porque ahora se encogía dentro de la camisa y de vez en cuando se frotaba
los dedos. Redujo la velocidad, lo observó por el retrovisor hasta que la curva
terminó por borrarlo y, unos metros más adelante, llamó a emergencias. Cuando
llegó la patrulla empezaba a clarear. La luz azul del vehículo martilleaba los
charcos, alcanzaba por momentos la chapa de una nave industrial y se quebraba
contra los troncos de los naranjos al otro lado de la acequia en un espectáculo
maravilloso de señuelos. Uno de los agentes bajó, cerró la puerta con cuidado y
avanzó hacia el desconocido que levantó la cabeza al oír sus pasos sobre la
grava. No parecía asustado ni cansado; había, acaso, un abatimiento que no
correspondía al frío ni a aquella mañana. Miró primero el uniforme, después el
coche y, más allá, bolsas de plástico que el viento hinchaba y dejaba caer,
como si necesitara reconocer cada una de aquellas cosas antes de admitir su
presencia en alguna parte. Cuando el agente le preguntó si necesitaba ayuda,
respondió que no lo sabía, que no creía querer nada. La voz pertenecía sin duda
al hombre que tenían delante y, sin embargo, produjo en ambos la impresión de
llegar desde un lugar distinto. Los agentes se miraron con un asombro que
todavía era curiosidad, esa forma leve del desconcierto que permite seguir
creyendo que todo acabará teniendo una explicación. El agente quiso saber si se
encontraba bien y el hombre, después de concederse unos segundos que parecieron
necesarios para averiguarlo, respondió que creía que sí. Negó haber bebido,
negó también haber tomado alguna droga y, cuando llegó la pregunta inevitable
acerca de qué hacía allí, un avión comenzó a desplazarse por la pista; el ruido
de los motores creció hasta imponerse sobre el tráfico lejano y él giró la
cabeza para seguir la carrera de despegue con una atención tan limpia, tan
ajena a todo lo demás, que durante un instante pareció asistir por primera vez
a un espectáculo grandioso. Solo cuando el aparato se elevó respondió que no lo
sabía.
El agente
llevaba dieciséis años haciendo preguntas a desconocidos y ese tiempo le había
procurado una confianza profesional en su capacidad para distinguir el miedo de
la confusión y ambos de la mentira, aunque también había aprendido que pocas
cosas resultaban tan difíciles de reconocer como la falsedad cuando quien la
pronunciaba había terminado por creérsela. Durante unos segundos observó al
hombre buscando alguno de esos indicios que la experiencia acaba convirtiendo
en una gramática privada, una mirada que se aparta antes de tiempo, unas manos
demasiado quietas, la respuesta preparada para una pregunta que todavía no se
ha formulado, pero no encontró nada. Pensó entonces en una intoxicación, en
algún trastorno que justificara aquella desconexión y, después, en la
posibilidad de un delito del que aún no quisiera hablar; sin embargo, cuando se
agachó para quedar a su altura tampoco vio las señales que esperaba. Era
alguien que rondaría los cincuenta años, tenía el pelo entrecano, barba de dos
o tres días y la piel de quien pasaba tiempo al aire libre. Nada en su aspecto
sugería que hubiera robado la ropa de un tendedero, que acabara de comprarla o
que llevara varios días vagando por las calles. No tenía cartera, teléfono,
llaves, reloj, documentación ni dinero, y esa ausencia de objetos desconcertó
al agente más que el lugar donde lo habían encontrado, porque incluso quienes
dormían a la intemperie conservaban algo que permitía imaginar una procedencia,
una bolsa con ropa, un mechero gastado, unas monedas, papeles doblados hasta
adquirir la consistencia de la tela. Tampoco encajaba entre quienes regresaban
de una noche de fiesta; no había desorden en la ropa, cansancio visible,
alcohol pegado al aliento ni esa torpeza que suele llegar con el amanecer.
Aquel hombre invitaba a pensar que había llegado hasta allí sin pasar por
ninguna parte. El agente buscó acomodo en la explicación más sencilla y pensó
en una enfermedad antes de pedirle lo elemental, que dijera cómo se llamaba. El
hombre bajó los ojos hacia sus manos y las giró con una atención extraña, no
tanto para retrasar la respuesta como si esperara encontrar algo escrito sobre
la piel; después reconoció, con una naturalidad que dejó al otro sin saber qué
decir, que él también necesitaba saberlo, pero que le resultaba curioso sentir
en su pecho un corazón.
La frase acabó en el informe y años después el agente no
podría asegurar que la hubiera oído de ese modo. Recordaba el frío, el olor de
la tierra mojada, la espera de la ambulancia; las palabras, en cambio, habían
quedado fijadas por el papel con una seguridad que su memoria ya no poseía. Fue
uno de los primeros detalles que interesaron a Clara Vidal cuando leyó el
documento aquella mañana, aunque todavía ignoraba que la distancia entre lo
vivido y lo escrito iba a acompañarla el resto de su vida.
Clara
llevaba veintidós años trabajando con desaparecidos y había terminado por
comprender que la ausencia dejaba demasiadas cosas sin explicación alguna, una
incertidumbre que se instalaba en las casas, asuntos interrumpidos que nadie
sabía si debía concluir, dolores capaces de alterar incluso la forma en que
quienes esperaban ocupaban el espacio. Una taza con el café reseco podía
aproximar la hora en que alguien había salido; una camisa abandonada sobre una
silla sugería que pensaba regresar; una búsqueda en internet, una multa, el
tique de una gasolinera o una fotografía tomada sin intención adquirían después
una gravedad que nadie les había concedido cuando ocurrieron, porque en
aquellos casos no existían datos insignificantes y todo debía conservarse con
esa paciencia analítica que obligaba a desconfiar de lo evidente y buscar una
pista allí donde cualquier otro habría visto una nimiedad. Incluso quien
deseaba marcharse sin dejar rastro arrastraba consigo algunos objetos y
abandonaba otros, de modo que quienes lo buscaban acababan obligados a decidir
qué pertenecía a la casualidad y qué formaba parte de una huida pensada con
anterioridad. Aquel hombre alteraba el mecanismo porque nadie parecía haberlo
perdido; tampoco ofrecía la impresión de alguien que hubiera extraviado la
memoria y tratara de recuperarla, sino la de quien buscaba su propia identidad
en el movimiento de los ojos, más allá de las paredes del hospital, sobre un
horizonte que ninguno de los que le hacían preguntas podía alcanzar. No había
una casa de la que faltara, una llamada que alguien estuviese esperando, una
madre sentada ante una comisaría ni una mujer preguntando si habían encontrado
el coche; tampoco aparecían en él la ansiedad de quien se oculta ni esa
impaciencia de quien sabe que existe algo que debería recordar y no consigue alcanzarlo.
Estaba allí sin que su presencia respondiera a ninguna ausencia previa y esa
inversión, más que cualquiera de las pruebas que ya habían comenzado a
practicarle, era lo que desconcertaba a Clara; sin embargo, cuanto más pensaba
en ello menos segura estaba de que aquella falta de pasado resultara tan
excepcional. Si una noche aceptaba tomar una copa con un hombre conocido a
través de una aplicación, ¿qué sabía de él antes de sentarse a la mesa? Un
nombre, unas fotografías escogidas por él mismo, una profesión acaso cierta,
algunas preferencias, unas pocas frases destinadas a producir una impresión
favorable; el resto era una biografía contada, una sucesión de hechos que ella
aceptaría mientras no tuviera motivos para desconfiar. Podía decir que había
estudiado en París, que llevaba cinco años buscando a alguien con quien ser
feliz, que odiaba la montaña y había cuidado a su padre durante una enfermedad,
y ninguna de aquellas afirmaciones poseería más realidad para Clara que la
confianza concedida a quien las pronunciaba. Si no investigaba, si no buscaba
registros, antiguas parejas, domicilios, fotografías o rastros, aquel
desconocido seguiría siendo el hombre con quien había bebido vino, quizá el
cuerpo junto al que despertara al día siguiente, alguien cuya historia existía
porque él se la había contado. Daniel no era tan distinto; lo perturbador no
consistía en que careciera de pasado, sino en que no disponía siquiera de una
historia con la que fingir que lo tenía.
En el hospital tampoco encontraban nada que permitiera
devolverlo a una vida concreta. Presentaba dos erosiones pequeñas en la palma
izquierda, una cicatriz antigua junto al tobillo y otra debajo de las costillas
cuyo origen no podía explicar; la analítica descartó alcohol y las drogas que
buscaron; estaba orientado en tiempo y espacio, conocía el año y sabía que se
encontraba en Vesluria, utilizaba un teléfono, hacía cálculos lógicos, leía en
castellano y en inglés y escribía con la derecha mediante una letra pequeña
inclinada hacia delante que no mostraba vacilación alguna. Reconocía algunos
autores, sabía qué era una hipoteca y habría podido explicar por qué la Tierra
giraba alrededor del Sol; si le pedían que preparara café, medía el agua y
buscaba el filtro sin instrucciones, aunque no recordaba una cocina donde hubiera
repetido antes aquella rutina, y las enfermeras habían terminado por convertir
aquella habilidad absurda, dentro de todo lo que ignoraba sobre sí mismo, en
una pequeña costumbre de la planta, una excusa para llevárselo alguna vez hasta
la salita situada detrás de admisión y dejar que preparara ese café mientras
conversaban con él de cualquier cosa que no exigiera recordar nada. Su memoria
parecía haber conservado cuanto necesitaba para desenvolverse en el mundo y
borrado aquello que explicaba quién había aprendido a hacerlo, paradoja que a
Clara empezó a resultarle más inquietante cuanto más la observaba, porque aquel
hombre podía desenvolverse entre los objetos, comprender las palabras, respetar
las convenciones y responder a las necesidades más sencillas de la vida,
mientras quienes lo rodeaban insistían en preguntarle por aquello que no podía
ofrecerles. Había algo casi obsceno en esa necesidad de exigirle un origen
antes de permitirle existir en el presente, aunque Clara no habría sabido
todavía formularlo de ese modo. Ni siquiera recordaba haber tenido una
infancia. Cuando le preguntaron por su madre comprendió la palabra y entendió
la pregunta, pero no apareció ningún rostro, ninguna voz que pudiera asociar a
los primeros años ni una presencia concreta que hubiera cuidado de él; tampoco
sabía si había tenido hermanos, dónde había dormido la noche anterior o qué
había comido. No recordaba haber perdido a nadie.
Clara entró en la habitación a las nueve y cuarto con el
pelo aún húmedo, olor a desayuno en el abrigo y cuatro horas de sueño
acumuladas bajo unas ojeras que comenzaban a preocuparla; la noche anterior su
hija había enviado desde Bruselas un audio de seis minutos y cuarenta segundos
que ella había dejado para después, siempre para después, uno de esos
aplazamientos sin importancia con los que había ido construyendo durante años
una distancia que nunca había sabido medir. El desconocido permanecía sentado en
la butaca del acompañante, vestido con el camisón del hospital, y al verla
aparecer levantó la vista con una cortesía que la desconcertó más que cualquier
signo de miedo. Se dieron los buenos días y Clara se presentó con su nombre
completo; el desconocido respondió con una cortesía antigua, dijo que estaba
encantado y sonrió cuando ella quiso comprobar si sabía quién tenía delante
porque acababa de decírselo. La ocurrencia estuvo a punto de hacerla sonreír
también, pero abrió la carpeta para evitarlo y preguntó si entendía por qué
estaba allí. Él supuso que porque querían saber dónde llevarlo o saber quién
era. Clara se precipitó a responder, con una sequedad que borró la sonrisa de
su rostro, que el asunto era serio, y se quedó con la desagradable sensación de
haber reprendido a alguien que, hasta donde podían demostrar, llevaba pocas
horas en el mundo. Sin la posibilidad de apoyarse en una conjetura, admitió que
no lo sabía.
Le preguntó por la carretera y él recordó el guardarraíl
mojado, las bolsas entre la hierba, los almacenes de luces amarillas, el primer
avión que oyó antes de verlo, el camión que pasó dos veces, el frío
introduciéndosele por el cuello de la camisa hasta hacerle tiritar; lo explicó
con tanta precisión que Clara dejó de tomar notas. Cuando ella intentó ir más
allá de la carretera, el hombre quiso responder y tuvo que detenerse, como si
al abrir la boca hubiese alcanzado un lugar donde ya no había continuidad.
Antes de estar sentado allí no encontraba nada a lo que aferrar un recuerdo. Lo
primero que parecía saber de su vida era el guardarraíl bajo el cuerpo, no el
gesto de sentarse ni el trayecto hasta aquel punto; tampoco un coche, una
persona caminando a su lado o alguna voz capaz de conducirlo por el laberinto
de la memoria hacia un pasado que daba la sensación de haberse esfumado. Cada
nueva posibilidad encontraba la misma negación, aunque al final el cansancio
empezó a notarse en la forma en que movía la cabeza. Clara cerró la carpeta.
Todas las preguntas la devolvían a ese instante, un hombre sentado junto a una
carretera bajo un cielo que empezaba a aclarar, y entonces pensó que quizá el
problema no consistía en cuánto había olvidado, sino en la precisión con que
parecía comenzar, provisto de lo necesario para vivir y privado de todo lo que
permitía explicar de dónde venía. Clara, curiosa, quiso saber si tenía miedo de
alguien o de algo. Él volvió el rostro hacia la ventana, donde el cristal le
devolvía sus facciones superpuestas a un cielo gris, y se observó durante unos
segundos con la misma dificultad con que habría mirado la fotografía de un
desconocido; todavía, respondió, no sabía a qué debía temer. Años después Clara
seguiría recordando aquella respuesta, aunque para entonces ya no estaría
segura de reproducirla tal como fue pronunciada o tal como había aprendido a
contarla.
Durante las primeras semanas fue posible proteger lo
ocurrido bajo la burocracia habitual, envolverlo en una terminología conocida
para informes y protocolos, aunque no alcanzara a explicar por qué aquel hombre
parecía comenzar su existencia en una carretera. Amnesia retrógrada, pérdida de
memoria autobiográfica, fuga disociativa, alteración funcional, simulación;
cada denominación trazaba un límite y permitía a médicos, policías y
trabajadores sociales continuar con su trabajo sin acercarse demasiado a la pregunta
que ninguno quería formular todavía. Elisa Narbona, neuropsicóloga del
hospital, intentó apartarla una tarde de la idea de una memoria apagada de una
sola vez y le explicó que podían perderse los recuerdos personales mientras
permanecían intactos el lenguaje, los conocimientos, ciertas habilidades e
incluso respuestas emocionales cuyo origen la persona ya no era capaz de
reconocer; había personas que olvidaban haber aprendido a montar en bicicleta y
seguían montando. Clara aceptó la explicación hasta que quiso saber si también
era posible olvidar a todas las personas conocidas. Elisa se quitó las gafas y
las dejó sobre la mesa; sus compañeros interpretaban aquel hábito como
cansancio y Clara reconocía en él el comienzo de una irritación; admitió que
existían pérdidas muy amplias, pero ella no la dejó refugiarse en esa fórmula y
precisó que hablaba de todas, de cada rostro, cada vínculo, cada persona que
hubiera formado parte de su vida. Elisa hizo girar las gafas entre los dedos
antes de admitir que ahí la explicación empezaba a perder consistencia.
Mientras se discutía sobre qué podría haber ocurrido, el
desconocido tuvo que enfrentarse a una dificultad menos inquietante, aunque
quizá más urgente para quienes debían ocuparse de él, porque la maquinaria
administrativa podía tolerar que un hombre hubiera olvidado quién era, pero no
parecía preparada para admitir que permaneciera demasiado tiempo sin una
palabra que permitiera nombrarlo, clasificarlo y situarlo entre los demás. El
control de los cuerpos y de las identidades se había ido extendiendo hasta
convertir la existencia en una sucesión de correspondencias identificables: un
rostro debía conducir a una imagen anterior, unas huellas a un registro, una
fecha a un nacimiento, un nombre a una dirección, una dirección a contratos,
teléfonos, cuentas, fotografías, vínculos; cada individuo dejaba tras de sí una
constelación de datos que acababa formando una segunda persona, menos
contradictoria que la verdadera y quizá por eso más manejable, capaz de caber
en expedientes, bases informáticas y perfiles donde el cuerpo, la vida
administrativa y la actividad cotidiana terminaban fundiéndose en una identidad
que otros podían consultar sin haber conocido nunca a quien representaba. Que
aquel hombre no apareciera en ninguno de esos lugares, que su rostro no encajara
con ninguna fotografía, sus huellas con ninguna correspondencia ni sus
características con una coincidencia capaz de devolverlo a alguna parte, no
resultaba solo extraño, empezaba a parecer inadmisible; era una anomalía dentro
de un mundo acostumbrado a creer que todo ser humano dejaba un rastro
suficiente para ser reconstruido. Número 1324, el de la carretera, varón sin
identificar, cualquier fórmula servía durante unas horas, hasta que el
expediente comenzaba a viajar por despachos, bases de datos y solicitudes donde
alguien debía escribir un nombre, aunque fuera provisional, porque incluso la
incertidumbre necesitaba una casilla y la burocracia, obligada a ordenar cuanto
encontraba, terminaba convirtiendo la identidad en una necesidad práctica. Hubo
un tiempo en que habría bastado con considerarlo un desconocido a la espera de
identificación, alguien cuya ignorancia acerca de sí mismo no exigía una
solución inmediata, pero aquella tolerancia hacia lo desconocido parecía
haberse perdido junto con tantas otras formas de espera; todo debía saberse,
verificarse, encontrar una respuesta antes de que la pregunta hubiera tenido
tiempo de asentarse y la imposibilidad de hacerlo producía una incomodidad que
ya no pertenecía solo al hospital ni a quienes trataban de averiguar quién era
aquel hombre, sino a una época que había terminado por confundir conocimiento
con disponibilidad y soportaba cada vez peor que algo, o alguien, pudiera
permanecer durante unas horas fuera de su alcance.
Sonia apareció con una tarjeta de identificación colgada
del cuello y varios papeles en la mano, una mujer que, a los ojos de aquel
hombre que todavía no podía responder a ninguna palabra como propia, era apenas
otra de las personas que entraban y salían de la habitación desde que lo
encontraron, aunque fue ella quien tuvo que explicarle que necesitaban alguna
forma de llamarlo mientras averiguaban quién era. Al principio no entendió qué
esperaba que hiciera y Sonia repitió que debía elegir un nombre, cualquiera, al
menos para el trato cotidiano, hasta que apareciera el verdadero; la propuesta
le produjo una perplejidad que no nacía de la dificultad de escoger entre
posibilidades que nunca se había planteado, sino de la lógica misma del
procedimiento, porque elegir un nombre suponía fingir que existía alguna
relación entre aquella palabra y él, cuando lo único que sabía con certeza era
que ignoraba cuál le pertenecía. Preguntó qué ocurriría si después descubrían
quién era y Sonia respondió que ya lo resolverían, con esa confianza adquirida
por quienes trabajan dentro de sistemas donde cualquier anomalía termina
encontrando un lugar, aunque para hacerlo haya que crear una solución
provisional; él, en cambio, habría preferido seguir siendo el Número 1324, porque
al menos aquella cifra no pretendía contar ninguna historia sobre su vida y
poseía la ventaja de haber nacido después que él, allí mismo, dentro de un
expediente cuyo origen empezaba a conocer. Sonia no pareció considerar aquella
posibilidad, de modo que el hombre bajó los ojos hacia la tarjeta que colgaba
de su cuello y permaneció observándola unos segundos, quizá porque Sonia era en
aquel momento la única palabra de la habitación que designaba sin duda a una
persona concreta; acabó proponiendo que, si Número 1324 no servía, siempre
podía llamarse Sonia también. Ella respondió que ese ya era suyo y la carcajada
surgió antes de que él pudiera contenerla, una risa inesperada en alguien que
acababa de descubrir que no podía recordar una madre, una casa ni el rostro de
la última persona con quien había hablado, y Sonia, después de intentar
conservar la seriedad que todavía parecía exigirle la circunstancia, terminó
riendo también. Durante unos instantes desaparecieron los formularios, la cama
del hospital y la extrañeza de tener delante a un hombre sin pasado, hasta que
ella regresó al papel y le recordó que seguían necesitando alguna palabra con
la que dirigirse a él. Recorrió entonces la habitación con la vista,
deteniéndose en la ventana, la bandeja del desayuno y el borde metálico de la
cama, buscando quizá un nombre que no tuviera que reconocer como propio para
poder aceptarlo y, después de un silencio, eligió Daniel. Sonia quiso saber por
qué y él tuvo que buscar una razón para una decisión que carecía de argumentos;
no recordaba a nadie con ese nombre, no podía asociarlo a un rostro, a una voz
ni a una historia y quizá fue esa ausencia absoluta de vínculos lo que terminó
haciéndoselo soportable. No conocía a ningún Daniel. Así apareció para los
demás, no como el recuerdo recuperado de alguien que hubiera sido, sino a
partir de una elección casi casual que comenzó a adherírsele al cuerpo; durante
los primeros días todavía tardaba una fracción de segundo en reaccionar cuando
lo llamaban y, al cabo de un mes, ya parecía difícil imaginar que hubiese
tenido cualquier otro nombre, aunque él conservó durante mucho tiempo una
preferencia difícil de explicar por aquel 1324 que los demás consideraban una
designación administrativa, porque Daniel podía adquirir significados, recuerdos
y vínculos que todavía no existían, mientras que el Número seguía siendo, por
el momento, lo único acerca de su identidad cuya procedencia conocía.
Hubo que difundir su fotografía por los canales
habituales de la policía y durante las primeras veinticuatro horas llegaron
decenas de llamadas, algunas de familias de desaparecidos, otras de antiguos
conocidos que creían reconocer a un compañero de trabajo o a alguien visto
muchos años atrás, aunque Clara empezó pronto a comprender que buena parte de
aquellas personas no reconocían a Daniel tanto como necesitaban imponer sobre
su rostro una historia propia, aliviar durante unos minutos la incertidumbre de
una pérdida que seguía abierta. Un hombre aseguró que 1324 había trabajado con
él en Albacete; una mujer dijo que era el novio de una prima que se había
marchado a Alemania y otra afirmó haberlo visto morir doce años atrás, no en
una calle ni en una habitación de hospital, sino durante un sueño tan vívido
que al despertar había conservado durante horas la impresión física de aquella
muerte. Clara conocía esa capacidad de la memoria para rehacer lo perdido con
materiales que ya no podían distinguirse del recuerdo original, para devolver
una voz, corregir un rostro, recomponer una presencia hasta hacerla ocupar de
nuevo el espacio que había dejado vacío. Tampoco faltaron quienes hablaron de
espías, experimentos, extraterrestres o viajeros desplazados desde otro tiempo,
incluso de personas capaces de existir en más de un lugar y en más de una época
porque alguna grieta de la realidad las había apartado de aquello que les
correspondía; Clara escuchaba aquellas teorías con la paciencia adquirida
después de años viendo hasta qué punto el deseo podía trabajar sobre una
fotografía, modificar una nariz, aproximar unos ojos o descubrir un gesto
conocido allí donde quizá solo existía una semejanza remota. José Manuel llegó
desde Murcia convencido de que Daniel era Rubén, su hermano, desaparecido nueve
años atrás después de dejar el coche junto a una playa de Mazarrón. No
coincidían la altura ni el grupo sanguíneo y las mediciones faciales ofrecían
diferencias suficientes para hacer muy improbable aquella identificación, pero
llevaba en la cartera una fotografía doblada por los bordes y se negó a
regresar sin verlo; los escasos registros médicos de Rubén podían contener
errores, insistía, y mientras quedara una posibilidad no estaba dispuesto a
dejarla pasar. Clara trató de advertirle de que aquel encuentro podía añadir
otro daño al que ya arrastraba, pero José Manuel respondió que ella no sabía lo
que era vivir cada día con la ansiedad de una desaparición y que, cuando uno
llevaba nueve años buscando a alguien, el dolor de equivocarse podía llegar a
parecer menor que la posibilidad, por remota que fuese, de encontrarlo. Daniel
aceptó la visita y José Manuel entró en la sala convencido de saber qué iba a
decirle, pero cuanto había preparado durante el viaje dejó de servir en cuanto
lo tuvo delante. Lo llamó Rubén, después Rubi, el Rubi, insistiendo en aquel
diminutivo con la esperanza de alcanzar una zona a la que el nombre completo no
hubiera llegado; le habló de una bicicleta, de una cuesta junto a la casa de la
abuela, de un viaje durante el cual había vomitado melón sobre la tapicería que
su padre acababa de limpiar, recuerdos pequeños, casi ridículos, convertidos
después de nueve años en pruebas de una existencia compartida. Daniel escuchaba
inclinado hacia él y Clara tuvo la impresión de que atendía menos a las
historias que a aquello que pudieran provocar dentro de su cuerpo, una
alteración de la respiración, el rechazo ante el melón, una imagen surgida
antes de que las palabras consiguieran construirla, cualquier reacción que le
perteneciera antes de comprenderla. José Manuel terminó preguntándole si de
verdad no lo conocía y Daniel tuvo que admitir que no; le pidió entonces que lo
mirara bien, que no contestara con tanta prisa, y cuando Daniel levantó los
ojos encontró a aquel hombre esperando algo con tal intensidad que durante unos
segundos pareció que reconocerlo dependiera de una decisión y no de un
recuerdo. José Manuel afirmó que era su hermano con una seguridad que empezaba
a quebrarse mientras la pronunciaba. Daniel sostuvo su mirada sabiendo que nada
de lo que dijera podía evitarle el dolor y, al comprobar que dentro de él
seguía sin ocurrir nada, solo pudo reconocer cuánto habría deseado que aquella
mirada despertara por fin un recuerdo. La bofetada llegó con tan poca fuerza
que resultó peor que un golpe verdadero, porque parecía proceder de una
intimidad anterior, de esa clase de gestos que solo se permite quien todavía
cree conservar algún derecho sobre el rostro que tiene delante. Clara se levantó,
aunque José Manuel ya había retrocedido, sorprendido quizá por su propio acto;
1324, en cambio, permaneció quieto, con una mínima curvatura en la boca que
apenas alcanzaba a ser sonrisa, sin rabia ni intención de defenderse,
observando al hombre que acababa de golpearlo con una serenidad que parecía
concederle una razón que él mismo desconocía. No preguntó por qué. Tal vez
comprendía que aquel golpe tampoco estaba dirigido contra él. José Manuel se
disculpó, se sentó y comenzó a llorar con el abandono de quien había pasado
nueve años avanzando hacia un encuentro cuya forma desconocía y acababa de
descubrir que tampoco aquel camino conducía a ninguna parte. Días después,
cuando la prueba genética descartó el parentesco y Clara llamó para
comunicárselo, José Manuel la interrumpió antes de que terminara porque ya lo
sabía; durante aquella visita había comprendido que ni Daniel ni 1324 eran
Rubén. Clara no pudo evitar preguntarle por qué había venido entonces, por qué
había necesitado sentarse frente a él si en algún momento del encuentro ya
había sabido que aquel hombre no era Rubén, y al otro lado del teléfono escuchó
una respiración larga antes de que José Manuel admitiera que, durante un rato,
aunque solo hubiese sido aquel rato, su hermano había vuelto.
La salida del hospital, tres semanas después, convirtió
el misterio en algo menos atractivo y mucho más difícil de administrar. Daniel
no tenía casa, dinero ni una persona a quien telefonear; ni siquiera podía
demostrar que fuera español, aunque hablase con una naturalidad que hacía
difícil imaginar otra lengua materna. Vivió durante unas semanas con la ayuda
de la asistencia social, recibió ropa, un teléfono proporcionado por una ONG y
una tarjeta de transporte mientras la investigación recorría hospitales, bases
de desaparecidos, registros, antecedentes, fotografías y archivos dentales.
Clara había pensado siempre que cualquier persona dejaba un rastro sin saberlo,
incluso cuando deseara borrarse, porque una radiografía seguía en alguna
clínica, una nómina en una empresa, una tarjeta retenía compras de años atrás y
alguna fotografía escolar podía sobrevivir en la casa de alguien a quien uno ya
ni recordaba. Con Daniel no aparecía nada y, sin embargo, cada día demostraba
que una vida anterior había existido en algún sitio. Lo revelaban sus
costumbres más que sus conocimientos del mundo. Dejaba el vaso a la derecha del
plato y dormía orientado hacia la puerta; escribía con la derecha, pero la mano
izquierda buscaba el cuchillo al cortar el pan, rechazaba el tomate sin saber
por qué y comprobaba el cinturón al subir a un coche. Eran movimientos
pequeños, adquiridos a través de repeticiones de las que ya no quedaba
recuerdo, y Clara empezó a pensar que el cuerpo conservaba una biografía que la
conciencia había perdido.
Una tarde lo llevaba de vuelta al hospital cuando Daniel
abrió la guantera buscando un pañuelo, encontró un paquete de tabaco y comentó,
sin pensarlo, que creía que Clara había dejado de fumar. Ella tardó en
reaccionar y le hizo repetir lo que acababa de decir; llevaba once años sin
coger un cigarrillo y aquel paquete era apenas un vestigio, una presencia
conservada quizá para comprobar que la antigua dependencia ya no podía
obligarla a nada. Daniel intentó refugiarse en la lógica más simple, él nunca la
había visto fumar, pero Clara ya no discutía la explicación, sino un
conocimiento que no pertenecía a ninguna vivencia compartida. Él probó entonces
con una sonrisa de cortesía, una forma de retirarse de la conversación sin
añadir nada, y cerró la guantera antes de mirar por la ventanilla. Cuando
reconoció que no sabía por qué lo sabía, Clara observó que esa clase de
respuestas empezaba a convertirse en una costumbre y él giró la cabeza para
preguntarle, con una ironía que la irritó más de lo esperado, si la costumbre
era suya o de ella. La molestia llegó porque había una verdad incómoda en la
pregunta. A partir de entonces comenzó a anotar esos pequeños accidentes del
lenguaje, aun sabiendo que escribirlos podía concederles una importancia que
quizá no tenían; necesitaba llegar a algún sitio y aquel camino no era peor que
cualquier otro. Pocos días después apareció la primera anomalía espacial.
Caminaban por el centro buscando zapatos nuevos porque Clara quería conservar
como evidencia los que llevaba cuando lo encontraron y Daniel, por su parte, se
negaba a seguir usando el único objeto que quizá pertenecía a una vida sobre la
que nadie sabía nada. Al pasar frente a un edificio de oficinas se detuvo y
retrocedió unos pasos; allí faltaba una calle. Clara señaló las que se abrían a
ambos lados, pero él se acercó a la fachada e indicó el espacio entre dos
locales por donde, aseguraba, tendría que haber continuado otra. El edificio
llevaba años en pie, de modo que Daniel supuso que aquella calle debía
pertenecer a un tiempo anterior al que tenía delante, aunque fue incapaz de
ofrecer un nombre, una imagen o cualquier explicación para esa presencia que
sentía en el cuerpo. Solo sabía que faltaba. Clara le dijo que saberlo ya era
una forma de recuerdo y él pasó la lengua por una muela antes de encontrar una
analogía que ella conservaría durante años: cuando se pierde un diente, uno no
necesita recordarlo cada vez que come; la lengua encuentra el hueco. Clara dejó
de mirar la fachada y lo miró a él. No anotó la comparación. Se quedó
observándolo con una inquietud que todavía no sabía separar de la curiosidad y
comprendió que Daniel no recuperaba escenas concretas de una historia que
pudiera reconstruirse, sino que tropezaba con la forma de ciertas ausencias de
ese espacio denso que ella solo podía conocer desde los sueños.
Pilar Gadea entró en sus vidas a través de una
coincidencia genética. Tenía setenta y cuatro años, vivía en Horta y su perfil
figuraba en una base relacionada con la desaparición de su hermana Amparo en
1997; la primera comparación con Daniel indicó un parentesco cercano y Clara pidió
repetir el análisis antes de contactar con la mujer, porque sabía cuánto daño
podía causar una coincidencia convertida demasiado pronto en esperanza. El piso
de Pilar conservaba los muebles oscuros comprados después de la boda, una
vitrina con copas que parecían no haber tocado una mesa en años y fotografías
familiares cuyo orden permitía recorrer varias décadas sin que nadie hubiera
tenido intención de construir una historia. Pilar estudiaba la fotografía de
Daniel; la acercó a los ojos, la dejó sobre la mesa y volvió a cogerla antes de
preguntar quién era el hombre y Clara admitió que eso era lo que intentaban
averiguar; Pilar preguntó si había hecho algo y apenas escuchó a Clara decir
que no, porque la semejanza con su hijo había empezado a incomodarla. Vicente,
explicó, estaba trabajando y tenía cincuenta y un años. Se levantó, abrió una
cómoda y regresó con un álbum. En las primeras páginas aparecía un niño vestido
de comunión; después, un adolescente en la playa, un joven apoyado sobre una
motocicleta, un hombre durante su boda. Clara sintió resentirse su percepción
de la realidad antes incluso de que la razón encontrara la causa. No era
Daniel, aunque compartía con él la desviación de la nariz, el arco de las
cejas, la forma de la mandíbula y aquella ligera desigualdad en la boca que se
hacía visible al sonreír. Clara, sorprendida, preguntó si tenía hermanos; Pilar
cerró el álbum con una lentitud que ya contenía la respuesta y dijo que no;
cuando Clara insistió en si estaba segura, levantó los ojos con una firmeza
casi ofendida y recordó que había parido un solo hijo, una certeza que, a
diferencia de tantas otras cosas, no necesitaba de ningún esfuerzo de la
memoria.
Vicente llegó a comisaría al
día siguiente con la ropa de trabajo y el gesto de quien ha dejado a medias una
jornada para atender un asunto absurdo, aunque se le notaba nervioso porque no
le gustaba que indagaran en la vida de su madre. Al verlo caminar por el
pasillo, Clara reconoció uno de los rostros que podría haber tenido Daniel y,
al mismo tiempo, comprendió que no podía confundirlos; Vicente parecía más
pesado, llevaba el pelo muy corto y tenía una cicatriz junto al labio que
desviaba la boca bastante más que aquella ligera inclinación socarrona de la de
Daniel, pero la diferencia mayor estaba en la forma de ocupar el espacio,
porque Daniel observaba las habitaciones antes de entrar, mientras Vicente
parecía esperar que fueran ellas las que se acomodaran a su presencia. Cuando
llegó a su altura preguntó, cansado, qué coño ocurría, más molesto por la
inquietud de su madre que curioso por lo que pudieran contarle, hasta que Clara
le colocó la fotografía delante; la sostuvo unos segundos, preguntó quién era
aquel hombre y, al saber que tampoco ellos lo sabían, formuló la única cuestión
que de verdad parecía importarle, por qué tenía una cara que se parecía a la
suya por las mañanas, cuando todavía veía el mundo borroso antes de ponerse las
gafas.
Vicente aceptó hacerse una
prueba genética después de negarse, pero pidió ver a 1324 antes de conocer el
resultado. Daniel ya se había sometido a la prueba y seguía reacio a una
búsqueda que se le antojaba ajena a sus necesidades, pero aceptó el encuentro,
y Clara sospechó que ambos habían terminado obedeciendo al mismo impulso, una
curiosidad que no pertenecía del todo a la razón porque encontrarse frente a
una versión posible de uno mismo alteraba una certeza demasiado profunda, la de
que el rostro propio no era más que una frontera capaz de replicarse en otro
cuerpo. Cuando estuvieron frente a frente no ocurrió ninguna de las escenas que
Clara había imaginado. Vicente observó a Daniel durante unos segundos, se
acercó y dejó escapar un joder dicho con tanta calma que consiguió arrancarle
una sonrisa; Daniel reconoció que le sorprendía ver su propio rostro
distorsionado en otro cuerpo. El otro acortó entonces la distancia sin pedir
permiso y comenzó a examinarle las orejas, la nariz, la barbilla, comparando
pequeños detalles hasta señalar la cicatriz que atravesaba su propio labio y
comprobar que Daniel no la tenía, a lo que respondió que empezaban bien y
Vicente se rio, una tregua breve que terminó cuando quiso saber quién era aquel
hombre que tenía una cara demasiado parecida a la suya. 1324 le ofreció el
nombre que le habían prestado. También le hizo notar que hablaba de una forma
extraña; Daniel replicó, seco, que él, en cambio, parecía normal, suficiente
para que Vicente sospechara que se estaba riendo de él y Daniel admitiera que
ya había aprendido que era imprescindible reírse de uno mismo. La pregunta por
los amigos desplazó de pronto todo lo anterior. Daniel bajó los ojos y
reconoció que tampoco sabía si los había tenido, si existía en alguna parte
alguien que pudiera llamarlo por su verdadero nombre mientras él era incapaz de
recordarlo. La dureza de Vicente se quebró lo suficiente para dejar escapar
otra blasfemia, esta vez sin desafío, y Daniel asintió porque no había nada que
añadir. La confesión hizo más por acercarlos que la genética. Durante unos
segundos Vicente dejó de contemplar una copia de sí mismo y vio a un hombre que
podía haber amado, trabajado, discutido por dinero, acompañado a un hijo al
colegio o pasado una noche entera esperando fuera de una habitación de
hospital, una vida cualquiera hecha de problemas y afectos cuya existencia
parecía indudable, aunque él no pudiera recuperar una sola de las experiencias
que lo habían convertido en quien era.
Después vinieron los análisis que complicaron todavía más el asunto. Los
perfiles eran compatibles con gemelos monocigóticos y las pequeñas diferencias
podían explicarse por mutaciones posteriores a la separación embrionaria, pero
Pilar insistía en que había dado a luz a un solo hijo, los registros
hospitalarios recogían un único nacimiento y las fotografías de aquellos
primeros años ofrecían una continuidad demasiado compacta para introducir en
ella a otro niño sin dejar alguna ausencia visible. Aquella semejanza empezó a
resultarle desagradable a Clara, no porque Daniel pareciera una copia de
Vicente, sino porque obligaba a contemplar la posibilidad de que un rostro
pudiera desprenderse de la historia que debía sostenerlo y continuar existiendo
por su cuenta. A veces pensaba en un reflejo que hubiera abandonado el espejo y
aprendido a caminar solo, imagen absurda que rechazaba en cuanto aparecía y
que, pese a ello, regresaba cada vez que los veía juntos. Hasta entonces había
pensado en la identidad como inseparable de una continuidad, una acumulación de
experiencias, dolores, vínculos, pequeñas alegrías, errores y decisiones que
acababan adhiriéndose a un cuerpo concreto y a un tiempo determinado hasta
volverlo reconocible incluso para sí mismo. Daniel trastornaba esa certeza.
Tenía conciencia, deseos, preferencias, conocimientos, una forma propia de
mirar y de estar con los demás, pero ninguna de esas cosas conducía hacia
atrás; era un hombre completo en el presente y, al mismo tiempo, carecía de la
historia que debía haberlo configurado. A Clara le producía un malestar difícil
de verbalizar, porque aquella existencia contradecía una convicción tan antigua
que nunca había necesitado ser formulada; para ser alguien era necesario haber
sido alguien antes. Si Daniel no podía reclamar una infancia, una familia, una
casa, una memoria compartida, ¿dónde comenzaba entonces una identidad que no
pareciera prestada? Tal vez por eso seguía aferrándose en ocasiones al Número
1324, no porque aquella cifra dijera quién era, sino porque al menos sabía
cuándo y por qué había empezado a pertenecerle. Nada en él correspondía,
además, a la vida de alguien que hubiera desaparecido después de años de abandono;
estaba sano, limpio, conservaba hábitos, conocimientos y una forma de
relacionarse con los demás que hablaba de educación y de una existencia
integrada en alguna parte. No parecía haber huido de una vida ni haber sido
expulsado de ella. El problema estaba ahí: todo indicaba que había pertenecido
a algún lugar y cada búsqueda devolvía la misma ausencia. Las hipótesis
empezaron a multiplicarse porque cualquier explicación resultaba menos incómoda
que aceptar que no tenían ninguna. Clara podía pasar horas entre errores
hospitalarios, filiaciones ocultas, adopciones sin registrar o documentos
equivocados y regresar siempre al mismo punto, de modo que cuando sostuvo ante
Elisa que debía de existir algún error, esta respondió que podían existir
muchos. Clara insistió en que Pilar no mentía y Elisa le recordó que no tenía
forma de saberlo, porque una persona podía decir la verdad y estar equivocada
acerca de aquello que recordaba. Había hablado con ella, respondió Clara, casi
ofendida, y durante un instante Elisa volvió a mirarla como hacía cuando
descubría una debilidad antes que la propia Clara. Ahí estaba el problema,
dijo. No necesitó añadir nada más. Clara confiaba sin fisuras en su capacidad
para leer una vacilación, un gesto o una forma de sostener la mirada, y Elisa
sabía que esa confianza podía ser otra manera de equivocarse.
Laura tardó varias semanas en aceptar que Daniel entrara
en su casa. Llevaba veintisiete años con Vicente, tiempo suficiente para que el
cuerpo del otro dejara de ser un objeto extraño y se transformara en una suma
de anticipaciones, una manera de caminar que se reconoce antes de escuchar la
llave, un ruido al dormir, la posición de unas piernas bajo las sábanas; cuando
al final lo recibió, Clara advirtió que apenas levantaba los ojos hacia Daniel,
como si mirarlo pudiera producir una familiaridad que no deseaba. Hubo una
comida que transcurrió en la pequeña cotidianeidad que se nutre de anécdotas y
lugares comunes. Nuria, la hija mayor, quiso hacerse una fotografía con los dos
y, al colocarse entre ellos, bromeó con que parecían el mismo diferente hombre.
Vicente protestó con un temor que desentonaba con la ligereza de la escena; no
eran iguales y prefería que no lo dijera de esa manera, mientras Daniel,
levantando la copa, reconocía que a él le molestaba bastante menos. Más tarde,
ya en la cocina, Laura preguntó a Clara si Daniel recordaba cosas de Vicente,
como si diera por supuesto que existía algún vínculo remoto, casi umbilical,
imposible de detectar. Clara negó esa posibilidad hasta que la otra mencionó la
mesa del comedor: al entrar, Daniel había dicho que antes estaba junto a la
ventana. Clara quiso saber si era cierto y Laura, después de cerrar el
lavavajillas, explicó que había estado allí hasta cinco años antes. Daniel no
pudo explicarlo, del mismo modo que no supo explicar por qué una canción de los
noventa le resultaba incorrecta porque la guitarra entraba antes de donde él la
esperaba ni por qué, una tarde al cruzar el antiguo cauce del Turia, señaló
hacia el oeste y preguntó qué había ocurrido con una torre blanca que sabía que
había estado allí. Hablaba de la torre del agua, convencido de que ocupaba un
punto donde Clara sabía que nunca había existido nada semejante. Dos días
después, frente a los planos de un proyecto que jamás se construyó, Elisa propuso
la explicación más simple, que Daniel podía haberlos visto en una exposición,
una revista o un archivo. Clara respondió con sarcasmo que no habían encontrado
ni siquiera el colegio donde había estudiado, pero quizá sí debían imaginarlo
revisando proyectos hidráulicos de los años sesenta. Elisa le pidió que no
ridiculizara una posibilidad solo porque no le gustara; a Clara, sin embargo,
empezaba a irritarle que todo pudiera explicarse mediante una causa que tampoco
encontraban. Elisa se quitó las gafas y le recordó que la ausencia de una
explicación ordinaria no convertía en verdadera cualquier explicación distinta.
Clara no respondió. Había empezado a sentir una decepción que prefería no
reconocer cada vez que una explicación ordinaria parecía bastar, aunque eso no
significara que creyese en una causa extraordinaria.
Con Laura el asunto dejó de pertenecer a los informes.
Unas semanas después quiso hablar con Clara y eligió un bar alejado de su casa.
El café se enfrió entre sus manos mientras buscaba cómo contar lo que parecía
avergonzarla no porque hubiera ocurrido, sino porque podía ocurrir. Laura
empezó hablando de Vicente, de la forma en que movía la boca antes de
enfadarse, del ruido que hacía cuando dormía boca arriba, de la posición de sus
piernas al conducir, incluso de lunares que él mismo no había visto nunca y de
esa manera en que una mujer aprende a reconocer el deseo del otro aunque esté
hablando de cualquier otra cosa; la conversación derivó hacia Daniel y se
detuvo. Clara tuvo que alentarla con una pregunta antes de que admitiera lo que
la avergonzaba, que había gestos de Daniel que su cuerpo reconocía. Clara
respondió que no era Vicente, pero Laura alzó la vista con una irritación
inmediata; por supuesto que lo sabía, no necesitaba que nadie se lo explicara.
Ese era el problema, que ella lo sabía y otra parte de sí misma parecía
necesitar más tiempo para convencerse de que aquel era otro hombre.
No había
ocurrido nada y, aun así, Vicente acabó percibiendo un peligro sin forma, una
tangente a su vida que abría perspectivas que él no había vivido. Quiso ver a
Daniel y lo hizo en un bar; hablaron de la vida y de los deseos hasta que
Vicente le preguntó, como si fuera una casualidad irrelevante, si se acostaría
con Laura. Daniel quiso saber a santo de qué le hacía una pregunta tan absurda,
pero Vicente le exigió que lo mirara a los ojos y afirmó que no tenía ninguna
duda de que Laura le gustaba. 1324 apartó la cerveza y se negó a seguir
hablando del asunto, no porque quisiera ocultar nada, explicó, sino porque
Laura era su mujer. Vicente encontró en aquella actitud justo lo que necesitaba
para alimentar una inseguridad que ya no tenía demasiado que ver con Daniel;
delante de aquel rostro casi idéntico podía desplazar hacia otro una parte de
sí mismo a la que no sabía enfrentarse, interpretar cada reserva como una
afrenta y cada silencio como la confirmación de aquello que temía. Daniel
comprendió entonces que, dijera lo que dijera, la conversación acabaría en un
lugar al que no quería ir, se levantó y acabó reconociendo que cuando miraba a
Laura sentía una cercanía, incluso un deseo que le resultaba familiar, aunque
ni siquiera estaba seguro de que aquella palabra alcanzara a definirlo, porque
surgía dentro de él como tantas otras cosas desde que había aparecido, sin
historia, sin una escena anterior a la que pudiera regresar para reconocerlo.
Vicente lo golpeó con la violencia de quien golpea un espejo cuando la imagen
que devuelve deja de parecerle propia. Daniel giró el rostro con el impacto,
pero no sintió el impulso de devolverlo ni aquella aceleración que habría
convertido el cuerpo del otro en una amenaza inmediata; la furia de Vicente le
llegaba desde una distancia extraña, pertenecía a un territorio hecho de celos,
miedo a perder, posesión, heridas antiguas y reglas aprendidas acerca de lo que
significa que otro hombre desee a la persona con quien uno vive, y podía comprender
cada una de esas cosas sin sentir que lo sujetaran del mismo modo. Para Daniel
era diferente; lo que sentía resultaba más débil y difícil de fijar, una
vibración que asociaba a Laura y que no se parecía a una necesidad de poseerla,
sino a la impresión de haber estado antes en algún lugar parecido al que
encontraba cuando ella se acercaba, una forma de bienestar sin imagen, un
espacio confortable cuya existencia reconocía, aunque no supiera recordar si lo
había habitado. Quizá algunos recuerdos no regresaban convertidos en escenas
delimitadas, nombres o rostros, pudo pensar después, sino en sensaciones que el
cuerpo conservaba sin poder entregarles una historia, restos sin materia que
aparecían en la temperatura de una habitación, en una voz, en la proximidad de
otro cuerpo y desaparecían en cuanto intentaba comprenderlos. Vicente volvió a
golpearlo y Daniel tampoco se defendió. Giró la cara con el impacto, sintió un
dolor limpio extendiéndose desde el pómulo hasta la mandíbula y levantó los
ojos hacia aquel hombre que respiraba con dificultad frente a él, deformado por
una rabia que Daniel no conseguía compartir ni temer. Durante un instante le
pareció un animal que hubiese confundido la necesidad de acabar con una amenaza
con la existencia misma de esa amenaza, aunque ni siquiera ese pensamiento le
despertó desprecio. Esperó el siguiente golpe con una serenidad que no procedía
del valor, porque para ser valiente habría necesitado sentir miedo y dominarlo,
y allí no había miedo, solo la percepción concreta del cuerpo que dolía y una
curiosidad incómoda ante aquella violencia que parecía decir mucho más acerca
de Vicente que acerca de él.
Clara llegó al hospital cuando ya le habían curado el
labio y entró con una rabia que necesitaba encontrar dónde asentarse. Quiso
saber por qué había acudido a aquel encuentro y Daniel respondió que Vicente lo
había llamado, como si eso bastara, aunque después añadió que no podía pasarse
la vida evitando cuanto pudiera complicarlo, observando desde fuera un mundo
que todavía sentía demasiado pequeño porque casi todo lo que contenía había
ocurrido desde aquella mañana junto a la carretera. Clara replicó que también
podía haberse negado y él aceptó que sí, del mismo modo que podía haber ido,
podía equivocarse, meterse donde no debía y descubrir después que aquella
decisión le pertenecía; si todo cuanto hacía tenía que quedar reducido a
proteger al hombre que no recordaba haber sido, nunca llegaría a saber quién
estaba empezando a ser. Clara descubrió que oírlo la irritaba más de lo que
debería y le reprochó que supiera lo que estaba ocurriendo con Laura, que
hubiera visto el miedo de Vicente y aun así no hubiese hecho nada por apartarse
de unas vidas que no eran las suyas. Daniel levantó los ojos. Eso, dijo, estaba
por ver. Ella quiso entender a qué se refería, pero él no respondió enseguida y
Clara comprendió que había utilizado una expresión que hasta entonces solo
pertenecía a ella, esa manera de decidir qué vidas correspondían a cada cual,
quién podía entrar en ellas y quién debía quedarse fuera. Dijo entonces que
todo aquello daba igual, que Vicente lo había golpeado y que eso era lo único
concreto a lo que se habían de enfrentar; Daniel negó con una firmeza que ella
no le conocía, porque para él sí importaba no haber hecho nada que necesitara
ocultar, haber sentido algo sin convertirlo en una traición, haber acudido a
una cita absurda porque empezaba a cansarse de vivir como si cualquier deseo
pudiera proceder de un hombre anterior al que debía obediencia. Clara tomó una
gasa y limpió el hilo de sangre que volvía a abrirse bajo el labio. Le preguntó
qué había dicho a Vicente y Daniel intentó escabullirse asegurando que solo le
había dicho lo que podía, pero ella insistió, acercándose para ver mejor la
herida, y cuando volvió a pedirle que concretara él dejó de mirar hacia otro
lado. Sus rostros habían quedado demasiado cerca para que la conversación pudiera
seguir fingiendo que trataba de Laura o de Vicente. Daniel quiso saber entonces
si a Clara le ocurría también que, cuando estaban juntos, dejaba por un rato de
sentir que todo en él necesitaba una explicación. La mano de Clara se detuvo
con la gasa todavía junto a su boca. La retiró antes de terminar de limpiar la
sangre y fingió no haber comprendido la pregunta. Daniel sostuvo su mirada unos
segundos, después la dejó marcharse sin insistir, quizá porque empezaba a
conocerla lo suficiente para saber que algunas respuestas podían tardar mucho
más en llegar que los recuerdos.
Aquella noche Clara soñó con Daniel. Al despertar recordó
poco del sueño, salvo la incomodidad física de haber deseado en él algo que
durante meses había entendido como un problema.
Amparo Gadea llevaba casi treinta años
desaparecida cuando comenzó a regresar de ninguna parte, no como una realidad
palpable de entre los ausentes, sino adherida a objetos y anotaciones que hasta
entonces habían permanecido inmóviles. Pilar conservaba en una habitación
varias cajas con cosas de la hermana, quizá sostenida por una esperanza antigua
que ya no se atrevía a llamar anhelo y también porque nunca había sabido qué
hacer con aquello que permanece cuando una persona deja de estar y nadie puede
decidir si debe considerarla muerta o ausente. Daniel comenzó a visitarla los
domingos y la primera vez que apareció después de la pelea con Vicente llevaba
aún una zona amoratada junto al pómulo que Pilar vio sin preguntar; le sirvió
café, apartó unos periódicos de la mesa y siguió hablando de cualquier cosa,
quizá porque aquella casa se había convertido para él en uno de los pocos
lugares donde nadie necesitaba saber quién era antes de permitirle quedarse.
Fue durante una de esas tardes cuando abrió una caja y encontró un pequeño pez
de madera, con la pintura azul desgastada en las aletas, una pieza barata
comprada en algún viaje cuya insignificancia parecía haberla condenado a
sobrevivir. En cuanto la sostuvo, la respiración se le alteró y las lágrimas
llegaron antes de que pudiera reconocer que estaba llorando. Pilar quiso saber
si conocía aquel objeto; Daniel lo hizo girar entre los dedos, examinó las
marcas de la madera y negó que surgiera evocación alguna, de modo que ella
preguntó por qué lloraba y él no pudo explicarlo, con el pez apoyado sobre la
palma mientras una parte de su cuerpo reaccionaba ante algo que la conciencia
no sabía devolverle. Semanas después Pilar contaría a Clara una historia que
durante años había preferido guardar. Poco antes de desaparecer, Amparo había
mantenido una relación con un hombre al que llamaba Antonio, aunque ni siquiera
estaba segura de que aquel fuera su nombre; todo había transcurrido con una
discreción que entonces atribuyeron al carácter de su hermana y que después,
cuando Amparo se esfumó, empezó a adquirir otros significados. Pilar creía
haberlo visto una sola vez durante una comida y apenas conservaba detalles;
tampoco sabía dónde vivía, a qué se dedicaba o quiénes eran sus amigos, porque
Amparo respondía con evasivas siempre que alguien intentaba acercarse a su
intimidad. Clara preguntó si Antonio se parecía a Daniel y Pilar la miró con un
cansancio que contenía algo más que la fatiga de recordar lo doloroso; no lo
sabía y, en cualquier caso, también podría haber dicho que se parecía a
Vicente, incluso que era él. No podía saberlo. La insistencia de Clara acabó
irritándola y Pilar terminó diciéndole que ese era el problema de quienes
investigaban, la confianza en que un recuerdo, sometido a suficiente presión,
acabaría entregando una verdad escondida en alguna parte. Ella conservaba
dentro una comida de hacía treinta años mientras Clara sostenía una fotografía
reciente de Daniel, y si le preguntaban veinte veces lo mismo terminaría viendo
aquel rostro sentado a la mesa aunque nunca hubiera estado allí. Clara conocía
demasiado bien aquella deformación de la memoria para discutirla y, sin
embargo, no consiguió desprenderse de la intuición de que Amparo había dejado
algo sin cerrar, una presencia apenas dibujada en los márgenes del caso que
podía no significar nada y que por eso costaba abandonar. Prefirió seguir
investigando sin Pilar. En el inventario del coche de Amparo, encontrado
después de su desaparición en un aparcamiento de Sagunto, localizó una
referencia a un mapa urbano de Vesluria de 1994 con marcas manuscritas. El
documento no figuraba en el expediente y tardó dos semanas en encontrarlo
dentro de una caja mal clasificada en los sótanos de la central, uno de esos
lugares donde los casos antiguos parecían adquirir una segunda forma de
desaparición. El papel se había abierto y cerrado tantas veces que empezaba a
romperse por los pliegues. Siete círculos trazados con bolígrafo azul señalaban
distintos puntos de la ciudad y sus alrededores. Clara reconoció uno al
instante, el lugar donde Daniel había asegurado que faltaba una calle; otro
correspondía al emplazamiento de la torre hidráulica que nunca llegó a
construirse, y había también una marca sobre el solar de una casa demolida doce
años atrás que Daniel había descrito durante una sesión a partir de una
impresión casi corporal, una entrada estrecha que desembocaba en un patio de
baldosas rojas y una cocina desde la que, según él, llegaba olor a pescado.
Junto a uno de los círculos, Amparo había escrito que él decía que aquello
estaba allí. Clara leyó la anotación varias veces y apoyó la mano sobre el
mapa. Muchos años antes de que encontraran a Daniel, otra mujer había recorrido
Vesluria siguiendo los recuerdos de un hombre que veía ausencias allí donde los
demás solo veían la geografía reconocible de la ciudad. Podía tratarse de una
coincidencia, de una reconstrucción posterior, incluso de un fraude cuyo
sentido hubiera desaparecido con Amparo; Clara conocía esas posibilidades y se
obligó a considerarlas antes de hacer una copia del mapa y llevársela a Daniel.
Él reconoció algunos lugares antes de que Clara explicara
nada. Quiso saber de quién era el mapa y, al oír el nombre de Amparo, preguntó
si también aquellos círculos los había trazado ella; pasó el dedo cerca de uno
sin tocarlo, quizá esperando que la proximidad bastara para despertar alguna de
esas evocaciones sin forma que parecían preceder a sus recuerdos, hizo lo mismo
con otro y después con los demás, deteniéndose en algunos con aquella
vacilación que Clara había aprendido a reconocer, una suspensión de la
respiración que llegaba antes de que él mismo supiera qué esperaba encontrar.
Después de un largo silencio señaló que faltaba un lugar y lo dijo con una
seguridad que contrastaba con la incertidumbre de todo lo demás, como si la
certeza procediera de una zona que ninguno de los dos alcanzaba a mirar. A
Clara se le alteró la respiración. Daniel recorrió el plano, tomó un bolígrafo
y marcó un punto cercano a la costa donde, según él, debería haber una
estación. No constaba ninguna. Clara lo llevó al ayuntamiento, revisaron planos
antiguos, líneas ferroviarias, proyectos que nunca llegaron a ejecutarse y
fotografías aéreas sin encontrar nada que justificara aquella convicción, pero
fueron de todos modos. Durante el viaje apenas hablaron; la carretera avanzaba
junto a una costa que había perdido buena parte de su horizonte bajo urbanizaciones
interminables, edificios y vías nuevas que interrumpían la continuidad del
paisaje y obligaban a mirar el mar por fragmentos, entre bloques de viviendas,
solares y descampados. Daniel seguía esos espacios desde la ventanilla con una
atención que Clara no sabía interpretar y, cuando bajaron del coche, comenzó a
caminar con una seguridad intermitente, deteniéndose ante una esquina,
retrocediendo algunos metros, corrigiendo después la dirección hasta alcanzar
un punto desde el que el mar volvía a quedar abierto ante ellos. Allí afirmó
que era ese el lugar, sin duda. Clara le pidió que describiera lo que recordaba
y Daniel cerró los ojos; habló de un andén, de la impresión de haber acudido
muchas veces, no sabía cuándo ni desde qué parte de sí mismo llegaba aquella
certeza, y después, tras una vacilación que pareció sorprenderlo, mencionó a
una niña que lo acompañaba. Tampoco sabía quién era. Clara tanteó las
posibilidades más obvias, una hija, una hermana, pero él negó con la cabeza
mientras parecía seguir atendiendo a algo que ocurría detrás de los párpados;
cuando preguntó si conocía su nombre, el rostro de Daniel cambió antes de que
abriera los ojos y pronunciara, sorprendido, Clara. Durante unos segundos
ninguno habló y el ruido del mar llegó hasta ellos debilitado por el tráfico de
aquella mañana de otoño. Clara quiso saber por qué había dicho su nombre y
Daniel solo pudo explicar que había surgido dentro de él sin que pudiera
asociarlo a una imagen precisa, no como la certeza de que aquella niña se
llamara así, sino como una convicción anterior a cualquier razonamiento, una
palabra que parecía haber estado esperándolo. Clara negó con una brusquedad en
la que no se reconocía y, cuando él intentó decir que tampoco comprendía lo
ocurrido, le pidió que no volviera a asociar su nombre con aquella niña sin
saber por qué lo hacía. Empezaban a pesarle demasiado esas irrupciones de un
Daniel que no coincidía con el hombre que tenía delante, destellos de
conocimientos que parecían pertenecer a otros tiempos, quizá a otras personas,
y que ella no conseguía colocar en ninguna vida posible. Tuvo que marcharse sin
esperar a que la siguiera y lo dejó allí, frente al mar, solo con aquellas
impresiones que no sabía convertir en recuerdos, mientras ella se alejaba
empujada por un miedo que había nacido antes que cualquier explicación.
Durante las tres semanas siguientes rechazó sus llamadas
y dedicó horas a revisar fotografías de su infancia con plena conciencia de
estar cayendo en aquello contra lo que había prevenido a testigos y familias
durante años. Había crecido en Benimaclet, sus padres no tenían ninguna
relación conocida con Pilar ni con Amparo, y aun así buscó vacaciones,
excursiones, cumpleaños, cualquier imagen capaz de acercarla a aquel tramo de
costa. Cada coincidencia posible aumentaba la vergüenza de estar persiguiendo
una sospecha que no sabía formular y que, pese a su imprecisión, ejercía sobre
ella una certeza sin ningún dato que pudiera sostenerla. Una tarde encontró una
fotografía en la que aparecía de espaldas frente al mar, tendría ocho o nueve
años y llevaba un bañador rojo; a cierta distancia había un hombre cuyo rostro
quedaba fuera del encuadre, deformado por el movimiento de la cámara hasta
adquirir una consistencia extraña, no la de alguien captado en una fotografía
familiar, sino la de una presencia que parecía haber entrado en ella por
accidente y estuviera ya alejándose. Clara sostuvo la imagen durante varios
minutos y trató de reconstruir una cara que la fotografía no contenía. Por un
instante pensó en un viajero que hubiera atravesado aquel verano desde un lugar
imposible y se avergonzó de la ocurrencia antes incluso de terminar de
pensarla. Todo le resultaba familiar, aunque sabía que esa familiaridad podía
nacer del propio esfuerzo por encontrarla. Podía ser su padre, un desconocido,
cualquiera de los hombres que habrían atravesado aquella playa durante aquel
verano. Guardó la fotografía dentro de la caja y cerró la tapa con la
incomodidad de quien empieza a temer más aquello que desea encontrar que lo que
pudiera permanecer oculto.
Él, mientras tanto, empezó a construir una vida que nacía
del presente que descubría cada día. Al principio había supuesto que recordar
equivaldría a recuperarse, que detrás del guardarraíl existía una versión
completa de sí mismo a la que algún día podría regresar; con los meses empezó a
desconfiar de esa idea; recordar dejó de parecerle tan importante como había
previsto. Veía a los demás corregir sus propios recuerdos al contarlos,
convertir antiguos fracasos en decisiones, amores inciertos en destinos y
discusiones familiares en escenas que cambiaban según quién las evocara, y
comprendió que poseer un pasado tampoco garantizaba conocerlo. Él, al menos,
sabía dónde empezaban sus recuerdos y podía decidir qué hacer con el tiempo que
tenía delante sin detenerse a esperar ninguna respuesta. Encontró trabajo en
una librería; el librero descubrió durante sus conversaciones que aquel hombre
reconocía autores, recordaba argumentos y sabía recomendar novelas sin poder
decir dónde o cuándo las había leído. Alquiló un apartamento pequeño y, por
primera vez desde la carretera, empezó a rodearse de objetos cuya procedencia
no necesitaba imaginar.
Pudo sacarse el carné de conducir con
aquella acreditación administrativa construida para alguien cuya existencia ya
nadie podía seguir dejando en suspenso, una personalidad estrenada que empezaba
a catalogarlo como ciudadano aprovechable, como ser verificable; un día llegó
una multa por aparcar sobre la acera y Daniel llamó a Clara para anunciar con
satisfacción que ya tenía antecedentes. Ella tuvo que explicarle que una multa
no contaba y él le pidió que no fuera tan exigente con una persona recién estrenada;
cuando quiso saber si al menos sabía que no podía dejar el coche allí,
respondió que ahora sí. Aquella capacidad para reírse de sí mismo fue
modificando la relación entre los dos y, con el tiempo, dejaron de encontrarse
solo en despachos; alguna vez cenaban, otras terminaban bebiendo vino en el
apartamento de Daniel mientras él mostraba una fascinación casi infantil por
los rastros de aquella vida que empezaba a ocupar lugares, producir papeles,
dejar objetos donde antes no había habido nada. Una noche extendió sobre la
mesa facturas de electricidad, recibos de supermercado, el contrato de
alquiler, su nómina y la multa; la identidad provisional había encajado mal con
la burocracia, pero incluso los funcionarios habían terminado aceptando que un
hombre sin pasado podía pagar un alquiler, cobrar una nómina y recibir aquella
misma sanción que Daniel exhibía con tanto orgullo. Recordó una observación de
Clara, que una persona dejaba huellas por todas partes, y ella protestó porque
nunca lo había formulado de ese modo; él aseguró que sus palabras habrían sido
bastante más técnicas. Cogió entonces el recibo de una tostadora y lo sostuvo
como si fuera una prueba importante, porque podía demostrar que la había
comprado. Clara se rio de aquella gran biografía, pero Daniel no compartió la
broma. Para él sí lo era. Era la primera cosa que recordaba haber comprado
sabiendo que sería suya; ignoraba si antes había tenido una casa o veinte, si
había elegido muebles, regalado objetos o discutido con alguien por un sofá,
pero había habido un día en que entró en una tienda, pagó una tostadora y supo
que al volver seguiría allí, en su cocina, porque la había elegido él. Lo que
Clara habría querido responder se le quedó dentro. Bebieron un poco más y
cambiaron de asunto; en algún momento de la noche se acercaron, aunque años
después ella seguía sin poder recordar quién inició aquel movimiento cuya
incertidumbre, a esas alturas, despertaba más curiosidad que temor. Le
molestaba esa imprecisión porque había dedicado media vida a buscar secuencias,
causas, un gesto anterior a otro y, sin embargo, de aquel comienzo solo
conservó la boca de Daniel con sabor a vino, una mano en su nuca y el golpe de
una rodilla contra la mesa cuando intentaron levantarse sin separarse. El sexo
no resolvió nada. Daniel no recordó a otra mujer cuando Clara lo tocó ni
apareció ninguna vida antigua a través del cuerpo; se rieron y después quedaron
tendidos escuchando los coches que pasaban por la calle. Daniel quiso saber si
ella creía que ya había hecho aquello antes y Clara, con la mejilla apoyada
sobre su pecho, supuso que sí, aunque él rechazó entre risas las suposiciones;
quería certezas. Tener más de cincuenta años tampoco demostraba nada ni
garantizaba que hubiera sabido amar de aquella manera antes de conocerla. Ella
sonrió y observó que su cuerpo, al menos, no parecía sorprendido; Daniel pasó
los dedos por su espalda y reconoció que estaba bien que su cuerpo supiera
cosas sin contar con él. Clara permaneció callada; estuvo a punto de convertir
aquella idea que le rondaba sobre otros cuerpos, sobre todo aquello que acaso
permanece en ellos después de que la memoria haya perdido sus nombres y sus
escenas, en una revelación acerca de la vida, pero prefirió no decir nada y
dejarla allí, sin forma todavía, confundida con el calor que conservaban las
sábanas y con la respiración de Daniel junto a ella.
Pilar, en cambio, fue incorporándolo a una intimidad
distinta. Los miércoles comían juntos, Daniel arreglaba alguna cosa de la casa
y ella hablaba de Amparo sin que nadie tuviera que preguntarle, dejando que los
recuerdos aparecieran entre un plato y otro con esa libertad que adquieren las
historias cuando ya no se espera de ellas ninguna explicación. Cuando una
neumonía la llevó al hospital, él acudió cada tarde y una de esas veces Pilar
abrió los ojos y lo llamó Amparo. Daniel la corrigió, pero la anciana respondió
que ya sabía que no era ella; cuando insistió en que era Daniel recibió una
negativa que lo desconcertó más que la confusión inicial, de modo que acercó la
silla y quiso saber entonces cómo debía llamarse. Pilar no tenía respuesta.
Daniel advirtió, con una extrañeza que no supo interpretar, que hacía tiempo
que tampoco echaba de menos 1324, aquella cifra a la que se había aferrado
porque era lo único de sí mismo cuyo origen conocía. Probó entonces con Antonio
y Pilar cerró los ojos; Daniel sintió que había rozado algo que ninguno de los
dos sabía nombrar. Volvió a preguntarle si aquel hombre se parecía a él y Pilar
admitió que sí, aunque cuando quiso saber cuánto se parecían ella negó con la
cabeza y pidió no tener que recordarlo. Daniel, en cambio, necesitaba hacerlo.
Pilar abrió los ojos y contó que Amparo también había dicho, muchos años atrás,
que necesitaba saber de dónde había salido aquel hombre. Daniel quiso saber si
llegó a averiguarlo y la anciana volvió la mirada hacia la ventana antes de
responder que después Amparo desapareció.
La muerte llegó poco después sin dejar ninguna revelación
detrás. A 1324 lo sorprendió la violencia sencilla de aquel hecho, la
desaparición de un cuerpo que esta vez no contenía ningún enigma y que, por eso
mismo, no permitía refugiarse en preguntas; quizá había conocido otras muertes,
quizá había acompañado a alguien en una habitación parecida o llorado ante otro
ataúd, pero Pilar era la primera persona que podía recordar haber perdido y
descubrió entonces que el dolor tampoco necesitaba una biografía anterior para
reconocerlo como propio. Durante el funeral permaneció junto a Vicente sin
saber si la mujer que acababan de enterrar había sido algo parecido a una madre
o si concederle ese lugar suponía apropiarse de una vida que no le
correspondía, aunque la duda empezaba a importarle menos que la ausencia.
Vicente lo miró varias veces y no dijo nada. Tal vez entendía que aquella tristeza
no dependía de la sangre, de los registros ni de la semejanza entre dos
rostros, porque había una intimidad que se construía también hacia delante y
llegaba un momento en que perder a alguien bastaba para demostrar que había
formado parte de uno.
El expediente no llegó a cerrarse nunca; se fue
olvidando. Dejaron de aparecer datos, las pistas terminaban en lugares ya
revisados y ninguna búsqueda ofreció una identidad anterior para 1324; algunas
consultas tardaban semanas en recibir respuesta, otras regresaban con la misma
ausencia que las anteriores, la prensa encontraba nuevas historias y Daniel
empezó a rechazar pruebas que solo añadían informes a una carpeta cada vez más
gruesa. Clara regresó a los casos de siempre y la desaparición recuperó sus aristas
habituales, alguien que había estado y dejaba de estar. Los años hicieron con
Daniel lo que ni investigadores ni recuerdos habían conseguido y fueron
rodeándolo de hechos propios, de costumbres, vínculos y pequeños
acontecimientos hasta construir un hombre dentro del que parecía sentirse cada
vez más cómodo. El vacío anterior al guardarraíl seguía existiendo, pero ya no
ocupaba aquel espacio oscuro hacia el que todos habían querido avanzar, aunque
fuera por medio de los sueños. Cinco años después celebraron su cumpleaños
utilizando como fecha el día en que lo encontraron. Nuria colocó cinco velas
sobre una tarta y Daniel protestó porque le parecían pocas; ella respondió que
eran las únicas que podía reclamar como propias y esas cinco velas, al menos,
constituían una certeza dentro de aquella vida estrenada tan tarde. Vicente,
con una copa de vino en la mano, le ofreció usar su cumpleaños, quizá porque
también fuera el suyo, pero Daniel negó con la cabeza; bastante le había robado
ya. Laura se rio y Clara reparó en los años que habían necesitado para llegar a
una risa así, sin que nadie quisiera detenerse a averiguar qué significaba.
Después Daniel apagó las velas y, cuando Clara quiso saber si había pedido
algo, confesó que deseaba no volver a aparecer. Más tarde caminaron hacia casa
porque habían bebido demasiado para conducir. La ciudad tenía esa quietud
extraña de las noches de entre semana, cuando los semáforos regulan calles casi
vacías y las fachadas parecen existir para nadie. Daniel contó que algunas
zonas de Vesluria seguían haciéndole evocar la torre y la estación, aunque cada
vez evitaba más hablar de ellas. Clara preguntó si continuaban apareciendo en
sus sueños y él confirmó que sí; la estación permanecía allí con la misma
obstinación que aquellos semáforos que seguían ordenando un tráfico
inexistente. Clara dejó pasar unos pasos antes de preguntarle si ella formaba
parte de esas escenas y reconoció, mientras la formulaba, que había en la
pregunta un deseo íntimo de confirmación, la necesidad de descubrirse dentro de
algún lugar de Daniel que no perteneciera solo a la vida consciente que habían
construido juntos. A veces, admitió él, aunque ya no aparecía como aquella niña
de recuerdos borrosos, sino con la edad que tenía entonces, dentro del mismo
mundo en que vivían. Clara sonrió ante lo absurdo y Daniel le recordó que los
sueños no estaban obligados a respetar una sola realidad; mientras dormían,
dijo, todos aceptaban vivir otras vidas, atravesar lugares inexistentes, amar a
desconocidos, temer cosas que nunca habían ocurrido y regresar después a la
mañana convencidos de que aquello no había sido más que un sueño. Tal vez lo
extraño no fuera soñar varias vidas, sino la necesidad de considerar verdadera
solo una de ellas. Clara lo miró sin sorpresa, con esa placidez que a veces
llega cuando uno reconoce que no necesita comprender un instante para saber que
pertenece a su vida. Poco después, al alcanzar una esquina, Daniel se detuvo
frente a un bloque de viviendas con aquella concentración que ella conocía
demasiado bien. Clara preguntó qué faltaba. Él aseguró que no faltaba nada,
aunque ella supo que aquella detención no había sido casual y estuvo a punto de
insistir. Daniel reanudó la marcha y le pidió que lo dejara estar, apenas una
impresión, quizá un sueño. Esta vez Clara contuvo las preguntas que ya buscaban
salir y recordó todos los años durante los que había convertido cualquier
vacilación suya en una pista. Siguió caminando a su lado. Por una vez dejó que
aquello que faltaba siguiera faltando.
La fotografía apareció dos años más tarde mientras la
hija de Clara, de visita desde Bruselas, la ayudaba a vaciar el piso de su
abuela. Abrieron cajas con ropa que todavía conservaba un olor leve a armario
cerrado, vajillas que nadie quería, revistas, libros subrayados por una mujer
muerta hacía tiempo; entre todo aquello encontraron un álbum de principios de
los noventa y empezaron a pasar las páginas sobre la mesa de la cocina. La hija
se burló de uno de aquellos peinados y Clara intentó defenderlo recordando que
era 1992; la fecha, respondió ella, no justificaba nada, de modo que su madre
contraatacó recordándole el flequillo que había llevado a los doce años. Rieron.
A Clara le hizo bien aquella trivialidad, regresar durante unos minutos a una
conversación que no exigía interpretar nada, no perseguía una pista ni obligaba
a buscar una ausencia en cada detalle. Fue entonces cuando, en una fotografía
tomada durante una comida familiar, su hija reparó en un hombre que volvía la
cabeza hacia la cámara desde otra mesa y quiso saber quién era. La sensación de
desasosiego le resultó familiar, inmediata, como si quisiera retomar una senda
cerrada hacía tiempo. Clara acercó el papel y volvió a reconocer aquella
presencia imprecisa que ya había sentido en la fotografía de la playa, no tanto
un rostro como la impresión de que algo insistía en aparecer sin terminar de
mostrarse. El hombre ocupaba apenas una parte del encuadre y el grano deshacía los
detalles; al ampliarlo con el teléfono, los píxeles convirtieron los ojos en
manchas y la boca en una sombra, pero aun así se parecía a Daniel. Clara sabía
que aquella semejanza podía proceder tanto del deterioro de la imagen como de
su necesidad de encontrarla y, pese a ello, no pudo evitar estremecerse.
Se llevó la fotografía a la librería con una esperanza
que no quiso reconocer ni siquiera para sí. Durante el camino había intentado
limpiarla con el móvil, ampliando, ajustando contraste, buscando en aquella
materia borrosa una definición que no estaba allí, con la ingenuidad aprendida
de tantas ficciones donde una imagen imposible terminaba entregando, después de
unos cuantos gestos sobre una pantalla, el rostro exacto que resolvía el caso.
Daniel sostuvo la fotografía unos segundos y negó que fuera él. No lo dijo con
inquietud, sino con una especie de cansancio ante aquella necesidad ajena de
devolverlo siempre a algún lugar anterior. Clara protestó porque no había
afirmado tal cosa y él dejó pasar la contradicción evidente de que hubiera
cruzado media ciudad para enseñársela. En el reverso figuraba la fecha, 12 de agosto
de 1992, y Daniel insistió en que podía ser cualquiera. Clara volvió a
guardarla y sintió un alivio que apenas duró unos segundos, porque antes de
cerrar el bolso él añadió que aquel restaurante estaba cerca de la estación. La
mano se le quedó detenida entre la fotografía y la cremallera. Había aprendido
a desconfiar de esas asociaciones suyas, de aquellas certezas que aparecían sin
origen y acababan conduciéndolos a lugares que no existían o no habían existido
nunca, pero cada una dejaba detrás un peso demasiado concreto para ser
ignorado. Quiso saber a qué estación se refería y Daniel levantó la vista antes
de responder que a la misma, a la que no constaba en ningún plano y, sin
embargo, seguía apareciendo en él con una persistencia que no pertenecía a las
imágenes ni a las palabras, sino al cuerpo. Hubo un tiempo en que habrían
buscado el restaurante, revisado licencias, fotografías aéreas, guías antiguas,
nombres de propietarios, incluso camareros jubilados capaces de recordar una
distribución de mesas desaparecida hacía décadas. Esta vez no hicieron nada.
Para Clara aquella renuncia resultó más difícil que muchas investigaciones
porque seguía identificando una pregunta sin responder con un trabajo
incompleto y había construido buena parte de su vida profesional sobre la
convicción de que abandonar una pista equivalía a perder algo; solo entonces
empezó a admitir que también podía ocurrir lo contrario, que ciertas
respuestas, si llegaban demasiado tarde o desde un lugar equivocado, podían
destruir la vida que uno había conseguido edificar alrededor de una ausencia.
También llegó la muerte de Vicente sin guardar relación
con nada de aquello. Un infarto, un simple infarto, una causa anodina, pero de
una eficiencia letal. Clara pensó después que quizá por eso le resultó tan
perturbadora. Durante años había contemplado a Vicente y a Daniel como dos
versiones enfrentadas de un mismo rostro, una semejanza que invitaba a
preguntarse cuál de los dos había llegado primero, cuál era la copia, si esa
palabra tenía sentido cuando ambos habían acumulado gestos, recuerdos y pérdidas
distintas. Con Vicente muerto, la pregunta empezó a perder su significado. Ya
no quedaba delante de Daniel un cuerpo idéntico con el que compararlo, ningún
espejo vivo capaz de devolverle una posibilidad alternativa de sí mismo, y
Clara advirtió entonces lo que llevaba años ocurriendo sin que ella hubiera
sabido verlo; 1324 casi había desaparecido, quedaba en los documentos antiguos,
en alguna broma, en la memoria de quienes lo habían conocido cuando todavía
necesitaba una identificación porque nadie sabía cómo llamarlo, pero el hombre
que estaba junto a ella en aquel funeral era Daniel, no porque hubiese
recuperado un origen, sino porque había vivido suficiente tiempo para que aquel
nombre dejara de parecer prestado.
Durante el funeral proyectaron fotografías de la infancia
de Vicente y Daniel se incorporó cuando apareció una tomada en una playa en
1987. Al fondo corría una niña con bañador rojo. Clara vio primero el color,
después la forma diminuta del cuerpo, y negó en voz alta antes de que Daniel
hubiera dicho nada. Él ni siquiera la estaba mirando y se lo hizo notar; Clara
respondió que entonces prefería que siguiera así, sin decirlo. La imagen
desapareció enseguida, sustituida por otra dentro de aquella sucesión rápida
con que los funerales intentan comprimir una vida en unos minutos, y Clara supo
que podía tratarse de cualquier niña, que ella había tenido bañadores de aquel
color y que cientos de familias conservarían fotografías parecidas.
La jubilación llegó primero y el hacerse mayor después,
sin un día concreto en que pudiera decirse que una había terminado de
convertirse en la otra. Daniel empezó a olvidar cosas sin que esa vez nadie
llamara a especialistas, porque ahora los fallos tenían una explicación
demasiado común; perdía las gafas, confundía una cita, buscaba una palabra
durante unos segundos hasta que Clara acababa dándosela. Una tarde bromeó con
la ironía de haber pasado media vida intentando recordar para empezar ahora a
olvidar, gracia que Clara se negó a concederle. Él fingió pensar y preguntó
quién era ella; Clara lo llamó imbécil y Daniel respondió con el nombre de
Elisa, provocando un golpe en el brazo y una risa que todavía pertenecían a la
vida compartida. Una noche, sin embargo, despertó y recorrió la habitación con
los ojos antes de preguntar dónde estaban. Clara respondió que en casa. Daniel
quiso saber cuál y el miedo atravesó el cuerpo de ella antes de poder
contenerlo; la suya, dijo, la casa de ambos. Él parpadeó y pareció regresar a
algún espacio conocido; Clara se incorporó, necesitó comprobar si sabía quién
era y escuchó su nombre. Cuando Clara le devolvió la pregunta, Daniel sonrió
despacio y recordó que eso, quién era él, nunca habían llegado a saberlo.
Daniel se marchó dos años después. Clara insistió, ante
quien quiso escucharla, en que no había desaparecido. Esta vez hubo una hora,
un médico, una causa, un certificado, un cuerpo que enterrar; quedaron cuentas
que cancelar, ropa, plantas, libros, fotografías y una cantidad de objetos que
habría resultado absurda para aquel hombre sentado décadas atrás junto a una
carretera sin una sola llave en los bolsillos. Al vaciar el último cajón
encontró una carpeta; Daniel había escrito en la portada COSAS QUE NO SÉ.
Dentro había páginas que había ido acumulando durante años; algunas conservaban
preguntas antiguas, quiénes habían sido sus padres, si tenía hijos, quién era
Antonio, por qué recordaba la torre; otras ya pertenecían a la vida que sí
había tenido, la fecha de una revisión médica, una película cuyo título no
encontraba, el teléfono de Nuria. En una hoja había escrito dejar de buscar y,
debajo, con una tinta diferente, comprar vino. Clara rio sola en aquella
habitación llena de cosas que ya no tenían dueño. En la última página solo
había escrito si algún día recuerdas quién fui, no me lo digas. Cerró la
carpeta y permaneció sentada junto al cajón abierto, sosteniéndola sobre las
piernas, sin decidir si Daniel se refería al hombre anterior al guardarraíl o
al que había vivido después.
Clara tenía ochenta y tres años cuando una mujer apareció
en Alicante. La encontraron sentada cerca de la estación de autobuses sin
bolso, documentación ni teléfono; tendría alrededor de cuarenta años, sabía
leer, conducir y utilizar un móvil, reconocía la ciudad y conocía el año, pero
no podía aportar un solo recuerdo personal anterior al momento en que descubrió
que estaba allí. La noticia apareció durante la cena. Clara dejó el tenedor,
subió el volumen y contempló el rostro de la mujer mientras una periodista
repetía datos que ella había escuchado tantos años atrás. Sintió en el cuerpo
el antiguo impulso de levantarse, coger el teléfono, empezar a preguntar; en
lugar de hacerlo apagó el televisor. Esperó varios días, no porque necesitara
comprobar nada, sino porque no estaba segura de querer volver a ocupar aquel
lugar de su vida. Cuando llamó, un policía joven tuvo que leer antes el
expediente de Daniel para entender por qué una anciana jubilada pretendía
hablar con aquella mujer. Clara viajó a Alicante llevando una copia del mapa de
Amparo en el bolso, aunque no había decidido enseñárselo a nadie; al salir de
casa estuvo a punto de dejarlo sobre la mesa y volvió a por él desde el
ascensor. El policía quiso saber si conocía a la mujer y recibió una negativa
que le dejó un desconcierto visible; entonces no comprendía por qué había
viajado hasta allí. Clara tocó el bolso, notó bajo los dedos el mapa que había
estado a punto de abandonar en casa y admitió que ella tampoco sabía qué
esperaba encontrar.
La mujer permanecía junto a una ventana, abstraída frente
a aquel horizonte de edificios. Al entrar, observó al policía y después a Clara
sin que ninguna reacción pudiera confundirse con un reconocimiento. Clara
sintió alivio y estuvo a punto de avergonzarse por ello. La desconocida miró
entonces el bolso y afirmó que lo tenía. Clara no se movió hasta que precisó
que hablaba del mapa. Lo sacó sin pedirle ninguna explicación, lo dejó sobre la
mesa y, antes incluso de abrirlo, vio aparecer lágrimas en un rostro
sorprendido de producirlas. Le preguntó si conocía aquel papel, si lo había
visto alguna vez, y ambas preguntas se encontraron con una negación; la mujer
extendió el mapa, recorrió con los dedos las marcas de Amparo y tardó un rato
en localizar lo que buscaba antes de anunciar que faltaba un sitio. El policía
acercó un bolígrafo y ella señaló un punto en las afueras de Vesluria que Clara
reconoció como la carretera del aeropuerto. Cuando le preguntaron qué había
allí, contempló la marca y respondió que nada. Clara se sentó. Le dolían las
rodillas y prefirió atribuir al malestar la necesidad de hacerlo. Delante tenía
un mapa recorrido durante décadas por personas que quizá nunca se habían
conocido, las marcas de Amparo, el punto de Daniel, aquella nueva señal; pensó
en Pilar, en Vicente y su rostro duplicado, en la torre que no llegó a
levantarse, en una estación recordada por alguien que jamás había conseguido
encontrarla. Con los años también había cambiado el vocabulario de quienes
necesitaban apropiarse del caso; los antiguos aparecidos habían dado paso a
realidades vecinas, a personas extraviadas en un tiempo que no les correspondía
y, cuando la tecnología empezó a prestar metáforas a todo, a errores de una
simulación capaz de generar cuerpos sin pasado. Clara había rechazado aquellas
teorías porque convertían la ignorancia en una explicación más atractiva que
los hechos. Frente a aquella mujer recordó, con disgusto, que rechazar una
fantasía tampoco equivalía a poseer una respuesta. Había pasado media vida
intentando ordenar lo sucedido y ahora, a los ochenta y tres años, los hechos
seguían resistiéndose a formar una figura que no dependiera del deseo de quien
los miraba.
La mujer quiso saber quién era Clara. Durante un instante
estuvo a punto de responder con el nombre completo y aquella vieja costumbre
profesional de acompañarlo de todos los datos que permitían situar a una
persona, pero ya no trabajaba, la edad estaba a la vista y un domicilio no
significaba nada para una desconocida; prefirió decir que había conocido a un
hombre que apareció una vez sin que nadie lo hubiera perdido. La mujer preguntó
dónde estaba y Clara respondió que se había marchado. La boca de la desconocida
se contrajo, una mano acudió hasta ella y comenzó a llorar con un dolor que no
parecía comprender. Negó haberlo conocido, negó recordarlo y, cuando Clara le
preguntó por qué lloraba, cerró los ojos durante unos segundos antes de decir
que tenía que encontrarlo. No sabía para qué. Años atrás Clara habría
aprovechado aquella confesión para formular otra pregunta antes de que la
anterior terminara de asentarse; habría querido saber cómo lo sabía, quién se
lo había dicho, qué esperaba de él, por qué había llegado tantos años tarde.
Ahora vio a una mujer asustada por sus propias lágrimas y dejó el mapa entre
las dos. Le preguntó cómo se llamaba y la desconocida soltó una risa pequeña
antes de admitir que tampoco sabía eso. Sobre la mesa había una botella de agua
cuya etiqueta mostraba el nombre de Elena; Clara la señaló y propuso que podían
usarlo. Cuando la mujer quiso saber por qué, respondió que había sido el
primero que había visto. La desconocida observó la botella y repitió el nombre
en voz baja, probándolo. Clara recordó a Sonia en el hospital, muchos años
atrás, obligando a un hombre a elegir una palabra con la que los demás pudieran
llamarlo, y empezó a reír; Elena la miró primero con sorpresa y acabó
acompañándola, mientras el policía permanecía junto a la puerta sin entender
qué podía tener tanta gracia.
Desde la ventana se veía parte de la estación. Los
autobuses llegaban y salían y Clara observó aquel movimiento mientras Elena
doblaba y desdoblaba una esquina del mapa. Pensó en Daniel, aunque ya no en el
desconocido de la carretera ni en las pruebas con que durante años habían
intentado devolverlo a una vida anterior; recordó al hombre que discutía por
una comida, guardaba el recibo de una tostadora, intentaba comprender a
Vicente, visitaba a Pilar, dormía a su lado y buscaba las gafas que llevaba sobre
la cabeza. Con los años se había permitido una sospecha que antes habría
considerado impropia de alguien educado para separar los hechos de aquello que
deseaba encontrar en ellos. Daniel había dejado nóminas, fotografías, testigos,
un cuerpo enterrado; su existencia no estaba en duda. Lo que Clara ya no sabía
medir era cuánto del hombre que recordaba había nacido en él y cuánto había ido
depositando ella sobre sus zonas mudas, atraída por aquellos huecos con la
misma obstinación con que había llenado los silencios de su propia vida.
Durante demasiado tiempo creyó que comprenderlo exigía alcanzar lo ocurrido
antes de las cinco y diecisiete de aquella madrugada, mientras Daniel, casi
ajeno a sus investigaciones, había ido construyendo una existencia que con los
años necesitó cada vez menos de aquello que pudiera haber sucedido antes.
Clara anunció que al día siguiente empezarían a buscar,
pero cuando Elena preguntó qué iban a buscar se agolparon en su memoria
fotografías borrosas, mapas abiertos tantas veces que empezaban a romperse por
los pliegues, una calle ausente, una estación que ningún plano reconocía y el
rostro de un hombre que había aprendido a responder a un nombre elegido por
azar. Ya lo verían. Poco después vibró el teléfono del policía y este salió al
pasillo, dejándolas solas con el ruido de un autobús que arrancaba en uno de
los andenes. Clara pidió permiso para una última pregunta y quiso saber si,
cuando la encontraron, Elena esperaba a alguien. La mujer volvió la cabeza
hacia la estación y siguió con los ojos el autobús hasta que empezó a girar
hacia la avenida. Sí, esperaba a alguien. Clara preguntó a quién y Elena tardó
en mirarla antes de responder que a ellos. Clara no supo quiénes cabían dentro
de aquel plural. Sintió acudir todas las preguntas que durante media vida
habían constituido su oficio y no formuló ninguna; no había aprendido a amar el
misterio, tampoco la edad le había concedido una sabiduría que nunca había
pedido, pero reconoció en el rostro de Elena la misma fatiga que había visto
tantas veces en Daniel cuando una pregunta lo obligaba a enumerar aquello que
no poseía. Podían esperar. Se acercó a la ventana. El autobús doblaba ya hacia
la avenida y, durante un instante, creyó distinguir a un hombre sentado al
fondo que miraba hacia el edificio; el cristal superponía reflejos, la
distancia deshacía los rasgos y sus ojos llevaban años obligándola a acercarse
los libros para leer. Sabía que podía ser cualquiera y, pese a ello, permaneció
allí hasta que dejó de verlo.
Cuando regresó a la mesa, Elena tenía las manos sobre el
mapa y pronunciaba otra vez el nombre que acababan de darle, ya sin sonreír,
escuchando cómo sonaba en su propia voz. Clara se sentó frente a ella. No
intentó averiguar si aquella mujer estaba comenzando una vida o había llegado
desde algún lugar que ninguna de las dos sabría recordar. Por una vez tampoco
necesitó decidirlo. Cuando volvió a mirar hacia la ventana, el autobús había
desaparecido.
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