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martes, 3 de noviembre de 2026

Nadie

 Él había escrito Decídselo al padre con una violencia que acabó por volverse contra quien escribía,  demasiado infiltrado el texto por el ego, por sentimientos que parecían haber perdido cualquier posibilidad de contención hasta dejarlo exhausto y alejado durante un tiempo de la idea misma de volver a ser escritor; no fue una decisión ni hubo una renuncia expresa, quizá solo la consecuencia de una época en que dedicarse a la escritura le resultaba tan absurdo como aspirar a vivir en paz. 

Aquel relato terminaba diciendo: «Sólo la cama, el colchón y la presencia de Kraus en los restos de mis sueños, después un universo de sensaciones desconocidas, un fuerte dolor en el pecho, de nuevo el vacío, la certidumbre de una revelación que nace de ese corazón que me ha sido otorgado, ahora no soy nadie, por fin un hombre». Durante mucho tiempo creyó que ahí concluía todo, en ese ángel caído que, después de atravesar la violencia y el exceso, obtenía un cuerpo y descubría que convertirse en hombre exigía desprenderse de cuanto había sido antes; sin embargo, quedó adherida a la literatura una palabra que no terminaba de cerrarse. Nadie. No el vacío ni la inexistencia, tampoco la negación del individuo, sino una forma de identidad anterior al nombre, quizá posterior a todos los nombres, un hombre reducido a aquello que todavía podría pertenecer a cualquier otro, provisto de conciencia, cuerpo, deseo y miedo, aunque despojado de esa acumulación de recuerdos con la que cada persona aprende a levantar las paredes de sí misma. Comenzó entonces a preguntarse qué ocurriría si aquel Nadie no necesitara ser configurado porque contuviera algo de todos, si la identidad fuera apenas una delimitación provisional dentro de una conciencia mucho más extensa, una frontera que permite decir yo mientras al otro lado continúan existiendo memorias, lugares y sensaciones que no nos pertenecen y que, por alguna fisura imposible de comprender, pudieran atravesarla. Tal vez por eso llegaron después las imágenes de alguien que aparecía sin rastro, no nacido ni traído desde ninguna parte reconocible, abandonado en una carretera con el aspecto de quien acaba de descender al mundo y, pese a ello, sabe leer, preparar café, reconocer una ciudad que nunca ha visitado y sentir la ausencia de calles que no existen; un nuevo Adán sin paraíso ni dios que lo aguarde, arrojado a las aceras, a los parques descuidados, a la multitud que pasa a su lado sin mirar y presta el cuerpo al espectáculo incesante de una modernidad hecha de tráfico, escaparates y neones donde todo individuo necesita un nombre, un número, una contraseña que certifique que existe. Nadie podía ser un hombre y después una mujer; podía llamarse Daniel o Elena sin que esos nombres explicaran nada, conservar recuerdos que no fueran suyos y reconocer geografías que jamás hubieran pertenecido al mundo en que despertaba, no porque tuviera que proceder de otro tiempo o de otra realidad, sino porque empezaba a resultar posible imaginar que aquello que llamamos ser fuera solo la parte visible de una conciencia compartida, cercada durante un tiempo por un cuerpo y una biografía. De esa sospecha nació él, o quizá habría que decir que apareció, porque la literatura posee también esa potestad de hacer surgir una vida donde antes no había nada, un pequeño poder de demiurgo que conoce la trampa de su omnisciencia y aun así coloca a un hombre junto a una carretera, le vacía los bolsillos, le retira el pasado y espera a descubrir, junto a él, si para ser alguien hace falta recordar quién se ha sido. Y por eso lo encontraron una mañana cualquiera sentado sobre el guardarraíl de una carretera de servicio que discurría entre los últimos almacenes del polígono y los campos que aún sobrevivían alrededor del aeropuerto, allí donde Vesluria parecía cansarse de ser la ciudad ancestral de una luz intensa y comenzaba a deshacerse entre acequias cubiertas de maleza, naranjos que nadie recogía, solares, vallas metálicas y carreteras por las que a esas horas circulaban los camiones que abastecían los polígonos del sur. Llevaba una camisa blanca demasiado fina para el frío húmedo de noviembre, limpia, sin manchas ni señal alguna de desgaste, pantalones grises y zapatos que se hundían en la grava; mantenía las manos apoyadas sobre los muslos y miraba hacia las luces de la pista, aunque ninguno de los agentes que acudieron después pudo precisar si observaba los aviones o aquel espacio anterior al amanecer en que las cosas extravían durante unos minutos la seguridad de sus contornos. No parecía perdido, tampoco esperaba a nadie. Había en su manera de permanecer allí una ausencia difícil de conciliar con la quietud de su cuerpo, como si algo en él se hubiese detenido en otro lugar y solo aquella figura, vestida con una pulcritud inexplicable en mitad de la carretera, hubiera alcanzado la mañana.

La frase acabó en el informe y años después el agente no podría asegurar que la hubiera oído de ese modo. Recordaba el frío, el olor de la tierra mojada, la espera de la ambulancia; las palabras, en cambio, habían quedado fijadas por el papel con una seguridad que su memoria ya no poseía. Fue uno de los primeros detalles que interesaron a Clara Vidal cuando leyó el documento aquella mañana, aunque todavía ignoraba que la distancia entre lo vivido y lo escrito iba a acompañarla el resto de su vida.

Clara llevaba veintidós años trabajando con desaparecidos y había terminado por comprender que la ausencia dejaba demasiadas cosas sin explicación alguna, una incertidumbre que se instalaba en las casas, asuntos interrumpidos que nadie sabía si debía concluir, dolores capaces de alterar incluso la forma en que quienes esperaban ocupaban el espacio. Una taza con el café reseco podía aproximar la hora en que alguien había salido; una camisa abandonada sobre una silla sugería que pensaba regresar; una búsqueda en internet, una multa, el tique de una gasolinera o una fotografía tomada sin intención adquirían después una gravedad que nadie les había concedido cuando ocurrieron, porque en aquellos casos no existían datos insignificantes y todo debía conservarse con esa paciencia analítica que obligaba a desconfiar de lo evidente y buscar una pista allí donde cualquier otro habría visto una nimiedad. Incluso quien deseaba marcharse sin dejar rastro arrastraba consigo algunos objetos y abandonaba otros, de modo que quienes lo buscaban acababan obligados a decidir qué pertenecía a la casualidad y qué formaba parte de una huida pensada con anterioridad. Aquel hombre alteraba el mecanismo porque nadie parecía haberlo perdido; tampoco ofrecía la impresión de alguien que hubiera extraviado la memoria y tratara de recuperarla, sino la de quien buscaba su propia identidad en el movimiento de los ojos, más allá de las paredes del hospital, sobre un horizonte que ninguno de los que le hacían preguntas podía alcanzar. No había una casa de la que faltara, una llamada que alguien estuviese esperando, una madre sentada ante una comisaría ni una mujer preguntando si habían encontrado el coche; tampoco aparecían en él la ansiedad de quien se oculta ni esa impaciencia de quien sabe que existe algo que debería recordar y no consigue alcanzarlo. Estaba allí sin que su presencia respondiera a ninguna ausencia previa y esa inversión, más que cualquiera de las pruebas que ya habían comenzado a practicarle, era lo que desconcertaba a Clara; sin embargo, cuanto más pensaba en ello menos segura estaba de que aquella falta de pasado resultara tan excepcional. Si una noche aceptaba tomar una copa con un hombre conocido a través de una aplicación, ¿qué sabía de él antes de sentarse a la mesa? Un nombre, unas fotografías escogidas por él mismo, una profesión acaso cierta, algunas preferencias, unas pocas frases destinadas a producir una impresión favorable; el resto era una biografía contada, una sucesión de hechos que ella aceptaría mientras no tuviera motivos para desconfiar. Podía decir que había estudiado en París, que llevaba cinco años buscando a alguien con quien ser feliz, que odiaba la montaña y había cuidado a su padre durante una enfermedad, y ninguna de aquellas afirmaciones poseería más realidad para Clara que la confianza concedida a quien las pronunciaba. Si no investigaba, si no buscaba registros, antiguas parejas, domicilios, fotografías o rastros, aquel desconocido seguiría siendo el hombre con quien había bebido vino, quizá el cuerpo junto al que despertara al día siguiente, alguien cuya historia existía porque él se la había contado. Daniel no era tan distinto; lo perturbador no consistía en que careciera de pasado, sino en que no disponía siquiera de una historia con la que fingir que lo tenía.

En el hospital tampoco encontraban nada que permitiera devolverlo a una vida concreta. Presentaba dos erosiones pequeñas en la palma izquierda, una cicatriz antigua junto al tobillo y otra debajo de las costillas cuyo origen no podía explicar; la analítica descartó alcohol y las drogas que buscaron; estaba orientado en tiempo y espacio, conocía el año y sabía que se encontraba en Vesluria, utilizaba un teléfono, hacía cálculos lógicos, leía en castellano y en inglés y escribía con la derecha mediante una letra pequeña inclinada hacia delante que no mostraba vacilación alguna. Reconocía algunos autores, sabía qué era una hipoteca y habría podido explicar por qué la Tierra giraba alrededor del Sol; si le pedían que preparara café, medía el agua y buscaba el filtro sin instrucciones, aunque no recordaba una cocina donde hubiera repetido antes aquella rutina, y las enfermeras habían terminado por convertir aquella habilidad absurda, dentro de todo lo que ignoraba sobre sí mismo, en una pequeña costumbre de la planta, una excusa para llevárselo alguna vez hasta la salita situada detrás de admisión y dejar que preparara ese café mientras conversaban con él de cualquier cosa que no exigiera recordar nada. Su memoria parecía haber conservado cuanto necesitaba para desenvolverse en el mundo y borrado aquello que explicaba quién había aprendido a hacerlo, paradoja que a Clara empezó a resultarle más inquietante cuanto más la observaba, porque aquel hombre podía desenvolverse entre los objetos, comprender las palabras, respetar las convenciones y responder a las necesidades más sencillas de la vida, mientras quienes lo rodeaban insistían en preguntarle por aquello que no podía ofrecerles. Había algo casi obsceno en esa necesidad de exigirle un origen antes de permitirle existir en el presente, aunque Clara no habría sabido todavía formularlo de ese modo. Ni siquiera recordaba haber tenido una infancia. Cuando le preguntaron por su madre comprendió la palabra y entendió la pregunta, pero no apareció ningún rostro, ninguna voz que pudiera asociar a los primeros años ni una presencia concreta que hubiera cuidado de él; tampoco sabía si había tenido hermanos, dónde había dormido la noche anterior o qué había comido. No recordaba haber perdido a nadie.

Clara entró en la habitación a las nueve y cuarto con el pelo aún húmedo, olor a desayuno en el abrigo y cuatro horas de sueño acumuladas bajo unas ojeras que comenzaban a preocuparla; la noche anterior su hija había enviado desde Bruselas un audio de seis minutos y cuarenta segundos que ella había dejado para después, siempre para después, uno de esos aplazamientos sin importancia con los que había ido construyendo durante años una distancia que nunca había sabido medir. El desconocido permanecía sentado en la butaca del acompañante, vestido con el camisón del hospital, y al verla aparecer levantó la vista con una cortesía que la desconcertó más que cualquier signo de miedo. Se dieron los buenos días y Clara se presentó con su nombre completo; el desconocido respondió con una cortesía antigua, dijo que estaba encantado y sonrió cuando ella quiso comprobar si sabía quién tenía delante porque acababa de decírselo. La ocurrencia estuvo a punto de hacerla sonreír también, pero abrió la carpeta para evitarlo y preguntó si entendía por qué estaba allí. Él supuso que porque querían saber dónde llevarlo o saber quién era. Clara se precipitó a responder, con una sequedad que borró la sonrisa de su rostro, que el asunto era serio, y se quedó con la desagradable sensación de haber reprendido a alguien que, hasta donde podían demostrar, llevaba pocas horas en el mundo. Sin la posibilidad de apoyarse en una conjetura, admitió que no lo sabía.

Le preguntó por la carretera y él recordó el guardarraíl mojado, las bolsas entre la hierba, los almacenes de luces amarillas, el primer avión que oyó antes de verlo, el camión que pasó dos veces, el frío introduciéndosele por el cuello de la camisa hasta hacerle tiritar; lo explicó con tanta precisión que Clara dejó de tomar notas. Cuando ella intentó ir más allá de la carretera, el hombre quiso responder y tuvo que detenerse, como si al abrir la boca hubiese alcanzado un lugar donde ya no había continuidad. Antes de estar sentado allí no encontraba nada a lo que aferrar un recuerdo. Lo primero que parecía saber de su vida era el guardarraíl bajo el cuerpo, no el gesto de sentarse ni el trayecto hasta aquel punto; tampoco un coche, una persona caminando a su lado o alguna voz capaz de conducirlo por el laberinto de la memoria hacia un pasado que daba la sensación de haberse esfumado. Cada nueva posibilidad encontraba la misma negación, aunque al final el cansancio empezó a notarse en la forma en que movía la cabeza. Clara cerró la carpeta. Todas las preguntas la devolvían a ese instante, un hombre sentado junto a una carretera bajo un cielo que empezaba a aclarar, y entonces pensó que quizá el problema no consistía en cuánto había olvidado, sino en la precisión con que parecía comenzar, provisto de lo necesario para vivir y privado de todo lo que permitía explicar de dónde venía. Clara, curiosa, quiso saber si tenía miedo de alguien o de algo. Él volvió el rostro hacia la ventana, donde el cristal le devolvía sus facciones superpuestas a un cielo gris, y se observó durante unos segundos con la misma dificultad con que habría mirado la fotografía de un desconocido; todavía, respondió, no sabía a qué debía temer. Años después Clara seguiría recordando aquella respuesta, aunque para entonces ya no estaría segura de reproducirla tal como fue pronunciada o tal como había aprendido a contarla.

 

 

Durante las primeras semanas fue posible proteger lo ocurrido bajo la burocracia habitual, envolverlo en una terminología conocida para informes y protocolos, aunque no alcanzara a explicar por qué aquel hombre parecía comenzar su existencia en una carretera. Amnesia retrógrada, pérdida de memoria autobiográfica, fuga disociativa, alteración funcional, simulación; cada denominación trazaba un límite y permitía a médicos, policías y trabajadores sociales continuar con su trabajo sin acercarse demasiado a la pregunta que ninguno quería formular todavía. Elisa Narbona, neuropsicóloga del hospital, intentó apartarla una tarde de la idea de una memoria apagada de una sola vez y le explicó que podían perderse los recuerdos personales mientras permanecían intactos el lenguaje, los conocimientos, ciertas habilidades e incluso respuestas emocionales cuyo origen la persona ya no era capaz de reconocer; había personas que olvidaban haber aprendido a montar en bicicleta y seguían montando. Clara aceptó la explicación hasta que quiso saber si también era posible olvidar a todas las personas conocidas. Elisa se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa; sus compañeros interpretaban aquel hábito como cansancio y Clara reconocía en él el comienzo de una irritación; admitió que existían pérdidas muy amplias, pero ella no la dejó refugiarse en esa fórmula y precisó que hablaba de todas, de cada rostro, cada vínculo, cada persona que hubiera formado parte de su vida. Elisa hizo girar las gafas entre los dedos antes de admitir que ahí la explicación empezaba a perder consistencia.

Mientras se discutía sobre qué podría haber ocurrido, el desconocido tuvo que enfrentarse a una dificultad menos inquietante, aunque quizá más urgente para quienes debían ocuparse de él, porque la maquinaria administrativa podía tolerar que un hombre hubiera olvidado quién era, pero no parecía preparada para admitir que permaneciera demasiado tiempo sin una palabra que permitiera nombrarlo, clasificarlo y situarlo entre los demás. El control de los cuerpos y de las identidades se había ido extendiendo hasta convertir la existencia en una sucesión de correspondencias identificables: un rostro debía conducir a una imagen anterior, unas huellas a un registro, una fecha a un nacimiento, un nombre a una dirección, una dirección a contratos, teléfonos, cuentas, fotografías, vínculos; cada individuo dejaba tras de sí una constelación de datos que acababa formando una segunda persona, menos contradictoria que la verdadera y quizá por eso más manejable, capaz de caber en expedientes, bases informáticas y perfiles donde el cuerpo, la vida administrativa y la actividad cotidiana terminaban fundiéndose en una identidad que otros podían consultar sin haber conocido nunca a quien representaba. Que aquel hombre no apareciera en ninguno de esos lugares, que su rostro no encajara con ninguna fotografía, sus huellas con ninguna correspondencia ni sus características con una coincidencia capaz de devolverlo a alguna parte, no resultaba solo extraño, empezaba a parecer inadmisible; era una anomalía dentro de un mundo acostumbrado a creer que todo ser humano dejaba un rastro suficiente para ser reconstruido. Número 1324, el de la carretera, varón sin identificar, cualquier fórmula servía durante unas horas, hasta que el expediente comenzaba a viajar por despachos, bases de datos y solicitudes donde alguien debía escribir un nombre, aunque fuera provisional, porque incluso la incertidumbre necesitaba una casilla y la burocracia, obligada a ordenar cuanto encontraba, terminaba convirtiendo la identidad en una necesidad práctica. Hubo un tiempo en que habría bastado con considerarlo un desconocido a la espera de identificación, alguien cuya ignorancia acerca de sí mismo no exigía una solución inmediata, pero aquella tolerancia hacia lo desconocido parecía haberse perdido junto con tantas otras formas de espera; todo debía saberse, verificarse, encontrar una respuesta antes de que la pregunta hubiera tenido tiempo de asentarse y la imposibilidad de hacerlo producía una incomodidad que ya no pertenecía solo al hospital ni a quienes trataban de averiguar quién era aquel hombre, sino a una época que había terminado por confundir conocimiento con disponibilidad y soportaba cada vez peor que algo, o alguien, pudiera permanecer durante unas horas fuera de su alcance.

Sonia apareció con una tarjeta de identificación colgada del cuello y varios papeles en la mano, una mujer que, a los ojos de aquel hombre que todavía no podía responder a ninguna palabra como propia, era apenas otra de las personas que entraban y salían de la habitación desde que lo encontraron, aunque fue ella quien tuvo que explicarle que necesitaban alguna forma de llamarlo mientras averiguaban quién era. Al principio no entendió qué esperaba que hiciera y Sonia repitió que debía elegir un nombre, cualquiera, al menos para el trato cotidiano, hasta que apareciera el verdadero; la propuesta le produjo una perplejidad que no nacía de la dificultad de escoger entre posibilidades que nunca se había planteado, sino de la lógica misma del procedimiento, porque elegir un nombre suponía fingir que existía alguna relación entre aquella palabra y él, cuando lo único que sabía con certeza era que ignoraba cuál le pertenecía. Preguntó qué ocurriría si después descubrían quién era y Sonia respondió que ya lo resolverían, con esa confianza adquirida por quienes trabajan dentro de sistemas donde cualquier anomalía termina encontrando un lugar, aunque para hacerlo haya que crear una solución provisional; él, en cambio, habría preferido seguir siendo el Número 1324, porque al menos aquella cifra no pretendía contar ninguna historia sobre su vida y poseía la ventaja de haber nacido después que él, allí mismo, dentro de un expediente cuyo origen empezaba a conocer. Sonia no pareció considerar aquella posibilidad, de modo que el hombre bajó los ojos hacia la tarjeta que colgaba de su cuello y permaneció observándola unos segundos, quizá porque Sonia era en aquel momento la única palabra de la habitación que designaba sin duda a una persona concreta; acabó proponiendo que, si Número 1324 no servía, siempre podía llamarse Sonia también. Ella respondió que ese ya era suyo y la carcajada surgió antes de que él pudiera contenerla, una risa inesperada en alguien que acababa de descubrir que no podía recordar una madre, una casa ni el rostro de la última persona con quien había hablado, y Sonia, después de intentar conservar la seriedad que todavía parecía exigirle la circunstancia, terminó riendo también. Durante unos instantes desaparecieron los formularios, la cama del hospital y la extrañeza de tener delante a un hombre sin pasado, hasta que ella regresó al papel y le recordó que seguían necesitando alguna palabra con la que dirigirse a él. Recorrió entonces la habitación con la vista, deteniéndose en la ventana, la bandeja del desayuno y el borde metálico de la cama, buscando quizá un nombre que no tuviera que reconocer como propio para poder aceptarlo y, después de un silencio, eligió Daniel. Sonia quiso saber por qué y él tuvo que buscar una razón para una decisión que carecía de argumentos; no recordaba a nadie con ese nombre, no podía asociarlo a un rostro, a una voz ni a una historia y quizá fue esa ausencia absoluta de vínculos lo que terminó haciéndoselo soportable. No conocía a ningún Daniel. Así apareció para los demás, no como el recuerdo recuperado de alguien que hubiera sido, sino a partir de una elección casi casual que comenzó a adherírsele al cuerpo; durante los primeros días todavía tardaba una fracción de segundo en reaccionar cuando lo llamaban y, al cabo de un mes, ya parecía difícil imaginar que hubiese tenido cualquier otro nombre, aunque él conservó durante mucho tiempo una preferencia difícil de explicar por aquel 1324 que los demás consideraban una designación administrativa, porque Daniel podía adquirir significados, recuerdos y vínculos que todavía no existían, mientras que el Número seguía siendo, por el momento, lo único acerca de su identidad cuya procedencia conocía.

Hubo que difundir su fotografía por los canales habituales de la policía y durante las primeras veinticuatro horas llegaron decenas de llamadas, algunas de familias de desaparecidos, otras de antiguos conocidos que creían reconocer a un compañero de trabajo o a alguien visto muchos años atrás, aunque Clara empezó pronto a comprender que buena parte de aquellas personas no reconocían a Daniel tanto como necesitaban imponer sobre su rostro una historia propia, aliviar durante unos minutos la incertidumbre de una pérdida que seguía abierta. Un hombre aseguró que 1324 había trabajado con él en Albacete; una mujer dijo que era el novio de una prima que se había marchado a Alemania y otra afirmó haberlo visto morir doce años atrás, no en una calle ni en una habitación de hospital, sino durante un sueño tan vívido que al despertar había conservado durante horas la impresión física de aquella muerte. Clara conocía esa capacidad de la memoria para rehacer lo perdido con materiales que ya no podían distinguirse del recuerdo original, para devolver una voz, corregir un rostro, recomponer una presencia hasta hacerla ocupar de nuevo el espacio que había dejado vacío. Tampoco faltaron quienes hablaron de espías, experimentos, extraterrestres o viajeros desplazados desde otro tiempo, incluso de personas capaces de existir en más de un lugar y en más de una época porque alguna grieta de la realidad las había apartado de aquello que les correspondía; Clara escuchaba aquellas teorías con la paciencia adquirida después de años viendo hasta qué punto el deseo podía trabajar sobre una fotografía, modificar una nariz, aproximar unos ojos o descubrir un gesto conocido allí donde quizá solo existía una semejanza remota. José Manuel llegó desde Murcia convencido de que Daniel era Rubén, su hermano, desaparecido nueve años atrás después de dejar el coche junto a una playa de Mazarrón. No coincidían la altura ni el grupo sanguíneo y las mediciones faciales ofrecían diferencias suficientes para hacer muy improbable aquella identificación, pero llevaba en la cartera una fotografía doblada por los bordes y se negó a regresar sin verlo; los escasos registros médicos de Rubén podían contener errores, insistía, y mientras quedara una posibilidad no estaba dispuesto a dejarla pasar. Clara trató de advertirle de que aquel encuentro podía añadir otro daño al que ya arrastraba, pero José Manuel respondió que ella no sabía lo que era vivir cada día con la ansiedad de una desaparición y que, cuando uno llevaba nueve años buscando a alguien, el dolor de equivocarse podía llegar a parecer menor que la posibilidad, por remota que fuese, de encontrarlo. Daniel aceptó la visita y José Manuel entró en la sala convencido de saber qué iba a decirle, pero cuanto había preparado durante el viaje dejó de servir en cuanto lo tuvo delante. Lo llamó Rubén, después Rubi, el Rubi, insistiendo en aquel diminutivo con la esperanza de alcanzar una zona a la que el nombre completo no hubiera llegado; le habló de una bicicleta, de una cuesta junto a la casa de la abuela, de un viaje durante el cual había vomitado melón sobre la tapicería que su padre acababa de limpiar, recuerdos pequeños, casi ridículos, convertidos después de nueve años en pruebas de una existencia compartida. Daniel escuchaba inclinado hacia él y Clara tuvo la impresión de que atendía menos a las historias que a aquello que pudieran provocar dentro de su cuerpo, una alteración de la respiración, el rechazo ante el melón, una imagen surgida antes de que las palabras consiguieran construirla, cualquier reacción que le perteneciera antes de comprenderla. José Manuel terminó preguntándole si de verdad no lo conocía y Daniel tuvo que admitir que no; le pidió entonces que lo mirara bien, que no contestara con tanta prisa, y cuando Daniel levantó los ojos encontró a aquel hombre esperando algo con tal intensidad que durante unos segundos pareció que reconocerlo dependiera de una decisión y no de un recuerdo. José Manuel afirmó que era su hermano con una seguridad que empezaba a quebrarse mientras la pronunciaba. Daniel sostuvo su mirada sabiendo que nada de lo que dijera podía evitarle el dolor y, al comprobar que dentro de él seguía sin ocurrir nada, solo pudo reconocer cuánto habría deseado que aquella mirada despertara por fin un recuerdo. La bofetada llegó con tan poca fuerza que resultó peor que un golpe verdadero, porque parecía proceder de una intimidad anterior, de esa clase de gestos que solo se permite quien todavía cree conservar algún derecho sobre el rostro que tiene delante. Clara se levantó, aunque José Manuel ya había retrocedido, sorprendido quizá por su propio acto; 1324, en cambio, permaneció quieto, con una mínima curvatura en la boca que apenas alcanzaba a ser sonrisa, sin rabia ni intención de defenderse, observando al hombre que acababa de golpearlo con una serenidad que parecía concederle una razón que él mismo desconocía. No preguntó por qué. Tal vez comprendía que aquel golpe tampoco estaba dirigido contra él. José Manuel se disculpó, se sentó y comenzó a llorar con el abandono de quien había pasado nueve años avanzando hacia un encuentro cuya forma desconocía y acababa de descubrir que tampoco aquel camino conducía a ninguna parte. Días después, cuando la prueba genética descartó el parentesco y Clara llamó para comunicárselo, José Manuel la interrumpió antes de que terminara porque ya lo sabía; durante aquella visita había comprendido que ni Daniel ni 1324 eran Rubén. Clara no pudo evitar preguntarle por qué había venido entonces, por qué había necesitado sentarse frente a él si en algún momento del encuentro ya había sabido que aquel hombre no era Rubén, y al otro lado del teléfono escuchó una respiración larga antes de que José Manuel admitiera que, durante un rato, aunque solo hubiese sido aquel rato, su hermano había vuelto.

La salida del hospital, tres semanas después, convirtió el misterio en algo menos atractivo y mucho más difícil de administrar. Daniel no tenía casa, dinero ni una persona a quien telefonear; ni siquiera podía demostrar que fuera español, aunque hablase con una naturalidad que hacía difícil imaginar otra lengua materna. Vivió durante unas semanas con la ayuda de la asistencia social, recibió ropa, un teléfono proporcionado por una ONG y una tarjeta de transporte mientras la investigación recorría hospitales, bases de desaparecidos, registros, antecedentes, fotografías y archivos dentales. Clara había pensado siempre que cualquier persona dejaba un rastro sin saberlo, incluso cuando deseara borrarse, porque una radiografía seguía en alguna clínica, una nómina en una empresa, una tarjeta retenía compras de años atrás y alguna fotografía escolar podía sobrevivir en la casa de alguien a quien uno ya ni recordaba. Con Daniel no aparecía nada y, sin embargo, cada día demostraba que una vida anterior había existido en algún sitio. Lo revelaban sus costumbres más que sus conocimientos del mundo. Dejaba el vaso a la derecha del plato y dormía orientado hacia la puerta; escribía con la derecha, pero la mano izquierda buscaba el cuchillo al cortar el pan, rechazaba el tomate sin saber por qué y comprobaba el cinturón al subir a un coche. Eran movimientos pequeños, adquiridos a través de repeticiones de las que ya no quedaba recuerdo, y Clara empezó a pensar que el cuerpo conservaba una biografía que la conciencia había perdido.

Una tarde lo llevaba de vuelta al hospital cuando Daniel abrió la guantera buscando un pañuelo, encontró un paquete de tabaco y comentó, sin pensarlo, que creía que Clara había dejado de fumar. Ella tardó en reaccionar y le hizo repetir lo que acababa de decir; llevaba once años sin coger un cigarrillo y aquel paquete era apenas un vestigio, una presencia conservada quizá para comprobar que la antigua dependencia ya no podía obligarla a nada. Daniel intentó refugiarse en la lógica más simple, él nunca la había visto fumar, pero Clara ya no discutía la explicación, sino un conocimiento que no pertenecía a ninguna vivencia compartida. Él probó entonces con una sonrisa de cortesía, una forma de retirarse de la conversación sin añadir nada, y cerró la guantera antes de mirar por la ventanilla. Cuando reconoció que no sabía por qué lo sabía, Clara observó que esa clase de respuestas empezaba a convertirse en una costumbre y él giró la cabeza para preguntarle, con una ironía que la irritó más de lo esperado, si la costumbre era suya o de ella. La molestia llegó porque había una verdad incómoda en la pregunta. A partir de entonces comenzó a anotar esos pequeños accidentes del lenguaje, aun sabiendo que escribirlos podía concederles una importancia que quizá no tenían; necesitaba llegar a algún sitio y aquel camino no era peor que cualquier otro. Pocos días después apareció la primera anomalía espacial. Caminaban por el centro buscando zapatos nuevos porque Clara quería conservar como evidencia los que llevaba cuando lo encontraron y Daniel, por su parte, se negaba a seguir usando el único objeto que quizá pertenecía a una vida sobre la que nadie sabía nada. Al pasar frente a un edificio de oficinas se detuvo y retrocedió unos pasos; allí faltaba una calle. Clara señaló las que se abrían a ambos lados, pero él se acercó a la fachada e indicó el espacio entre dos locales por donde, aseguraba, tendría que haber continuado otra. El edificio llevaba años en pie, de modo que Daniel supuso que aquella calle debía pertenecer a un tiempo anterior al que tenía delante, aunque fue incapaz de ofrecer un nombre, una imagen o cualquier explicación para esa presencia que sentía en el cuerpo. Solo sabía que faltaba. Clara le dijo que saberlo ya era una forma de recuerdo y él pasó la lengua por una muela antes de encontrar una analogía que ella conservaría durante años: cuando se pierde un diente, uno no necesita recordarlo cada vez que come; la lengua encuentra el hueco. Clara dejó de mirar la fachada y lo miró a él. No anotó la comparación. Se quedó observándolo con una inquietud que todavía no sabía separar de la curiosidad y comprendió que Daniel no recuperaba escenas concretas de una historia que pudiera reconstruirse, sino que tropezaba con la forma de ciertas ausencias de ese espacio denso que ella solo podía conocer desde los sueños.

 

 

Pilar Gadea entró en sus vidas a través de una coincidencia genética. Tenía setenta y cuatro años, vivía en Horta y su perfil figuraba en una base relacionada con la desaparición de su hermana Amparo en 1997; la primera comparación con Daniel indicó un parentesco cercano y Clara pidió repetir el análisis antes de contactar con la mujer, porque sabía cuánto daño podía causar una coincidencia convertida demasiado pronto en esperanza. El piso de Pilar conservaba los muebles oscuros comprados después de la boda, una vitrina con copas que parecían no haber tocado una mesa en años y fotografías familiares cuyo orden permitía recorrer varias décadas sin que nadie hubiera tenido intención de construir una historia. Pilar estudiaba la fotografía de Daniel; la acercó a los ojos, la dejó sobre la mesa y volvió a cogerla antes de preguntar quién era el hombre y Clara admitió que eso era lo que intentaban averiguar; Pilar preguntó si había hecho algo y apenas escuchó a Clara decir que no, porque la semejanza con su hijo había empezado a incomodarla. Vicente, explicó, estaba trabajando y tenía cincuenta y un años. Se levantó, abrió una cómoda y regresó con un álbum. En las primeras páginas aparecía un niño vestido de comunión; después, un adolescente en la playa, un joven apoyado sobre una motocicleta, un hombre durante su boda. Clara sintió resentirse su percepción de la realidad antes incluso de que la razón encontrara la causa. No era Daniel, aunque compartía con él la desviación de la nariz, el arco de las cejas, la forma de la mandíbula y aquella ligera desigualdad en la boca que se hacía visible al sonreír. Clara, sorprendida, preguntó si tenía hermanos; Pilar cerró el álbum con una lentitud que ya contenía la respuesta y dijo que no; cuando Clara insistió en si estaba segura, levantó los ojos con una firmeza casi ofendida y recordó que había parido un solo hijo, una certeza que, a diferencia de tantas otras cosas, no necesitaba de ningún esfuerzo de la memoria.

Vicente llegó a comisaría al día siguiente con la ropa de trabajo y el gesto de quien ha dejado a medias una jornada para atender un asunto absurdo, aunque se le notaba nervioso porque no le gustaba que indagaran en la vida de su madre. Al verlo caminar por el pasillo, Clara reconoció uno de los rostros que podría haber tenido Daniel y, al mismo tiempo, comprendió que no podía confundirlos; Vicente parecía más pesado, llevaba el pelo muy corto y tenía una cicatriz junto al labio que desviaba la boca bastante más que aquella ligera inclinación socarrona de la de Daniel, pero la diferencia mayor estaba en la forma de ocupar el espacio, porque Daniel observaba las habitaciones antes de entrar, mientras Vicente parecía esperar que fueran ellas las que se acomodaran a su presencia. Cuando llegó a su altura preguntó, cansado, qué coño ocurría, más molesto por la inquietud de su madre que curioso por lo que pudieran contarle, hasta que Clara le colocó la fotografía delante; la sostuvo unos segundos, preguntó quién era aquel hombre y, al saber que tampoco ellos lo sabían, formuló la única cuestión que de verdad parecía importarle, por qué tenía una cara que se parecía a la suya por las mañanas, cuando todavía veía el mundo borroso antes de ponerse las gafas.

Vicente aceptó hacerse una prueba genética después de negarse, pero pidió ver a 1324 antes de conocer el resultado. Daniel ya se había sometido a la prueba y seguía reacio a una búsqueda que se le antojaba ajena a sus necesidades, pero aceptó el encuentro, y Clara sospechó que ambos habían terminado obedeciendo al mismo impulso, una curiosidad que no pertenecía del todo a la razón porque encontrarse frente a una versión posible de uno mismo alteraba una certeza demasiado profunda, la de que el rostro propio no era más que una frontera capaz de replicarse en otro cuerpo. Cuando estuvieron frente a frente no ocurrió ninguna de las escenas que Clara había imaginado. Vicente observó a Daniel durante unos segundos, se acercó y dejó escapar un joder dicho con tanta calma que consiguió arrancarle una sonrisa; Daniel reconoció que le sorprendía ver su propio rostro distorsionado en otro cuerpo. El otro acortó entonces la distancia sin pedir permiso y comenzó a examinarle las orejas, la nariz, la barbilla, comparando pequeños detalles hasta señalar la cicatriz que atravesaba su propio labio y comprobar que Daniel no la tenía, a lo que respondió que empezaban bien y Vicente se rio, una tregua breve que terminó cuando quiso saber quién era aquel hombre que tenía una cara demasiado parecida a la suya. 1324 le ofreció el nombre que le habían prestado. También le hizo notar que hablaba de una forma extraña; Daniel replicó, seco, que él, en cambio, parecía normal, suficiente para que Vicente sospechara que se estaba riendo de él y Daniel admitiera que ya había aprendido que era imprescindible reírse de uno mismo. La pregunta por los amigos desplazó de pronto todo lo anterior. Daniel bajó los ojos y reconoció que tampoco sabía si los había tenido, si existía en alguna parte alguien que pudiera llamarlo por su verdadero nombre mientras él era incapaz de recordarlo. La dureza de Vicente se quebró lo suficiente para dejar escapar otra blasfemia, esta vez sin desafío, y Daniel asintió porque no había nada que añadir. La confesión hizo más por acercarlos que la genética. Durante unos segundos Vicente dejó de contemplar una copia de sí mismo y vio a un hombre que podía haber amado, trabajado, discutido por dinero, acompañado a un hijo al colegio o pasado una noche entera esperando fuera de una habitación de hospital, una vida cualquiera hecha de problemas y afectos cuya existencia parecía indudable, aunque él no pudiera recuperar una sola de las experiencias que lo habían convertido en quien era.

Después vinieron los análisis que complicaron todavía más el asunto. Los perfiles eran compatibles con gemelos monocigóticos y las pequeñas diferencias podían explicarse por mutaciones posteriores a la separación embrionaria, pero Pilar insistía en que había dado a luz a un solo hijo, los registros hospitalarios recogían un único nacimiento y las fotografías de aquellos primeros años ofrecían una continuidad demasiado compacta para introducir en ella a otro niño sin dejar alguna ausencia visible. Aquella semejanza empezó a resultarle desagradable a Clara, no porque Daniel pareciera una copia de Vicente, sino porque obligaba a contemplar la posibilidad de que un rostro pudiera desprenderse de la historia que debía sostenerlo y continuar existiendo por su cuenta. A veces pensaba en un reflejo que hubiera abandonado el espejo y aprendido a caminar solo, imagen absurda que rechazaba en cuanto aparecía y que, pese a ello, regresaba cada vez que los veía juntos. Hasta entonces había pensado en la identidad como inseparable de una continuidad, una acumulación de experiencias, dolores, vínculos, pequeñas alegrías, errores y decisiones que acababan adhiriéndose a un cuerpo concreto y a un tiempo determinado hasta volverlo reconocible incluso para sí mismo. Daniel trastornaba esa certeza. Tenía conciencia, deseos, preferencias, conocimientos, una forma propia de mirar y de estar con los demás, pero ninguna de esas cosas conducía hacia atrás; era un hombre completo en el presente y, al mismo tiempo, carecía de la historia que debía haberlo configurado. A Clara le producía un malestar difícil de verbalizar, porque aquella existencia contradecía una convicción tan antigua que nunca había necesitado ser formulada; para ser alguien era necesario haber sido alguien antes. Si Daniel no podía reclamar una infancia, una familia, una casa, una memoria compartida, ¿dónde comenzaba entonces una identidad que no pareciera prestada? Tal vez por eso seguía aferrándose en ocasiones al Número 1324, no porque aquella cifra dijera quién era, sino porque al menos sabía cuándo y por qué había empezado a pertenecerle. Nada en él correspondía, además, a la vida de alguien que hubiera desaparecido después de años de abandono; estaba sano, limpio, conservaba hábitos, conocimientos y una forma de relacionarse con los demás que hablaba de educación y de una existencia integrada en alguna parte. No parecía haber huido de una vida ni haber sido expulsado de ella. El problema estaba ahí: todo indicaba que había pertenecido a algún lugar y cada búsqueda devolvía la misma ausencia. Las hipótesis empezaron a multiplicarse porque cualquier explicación resultaba menos incómoda que aceptar que no tenían ninguna. Clara podía pasar horas entre errores hospitalarios, filiaciones ocultas, adopciones sin registrar o documentos equivocados y regresar siempre al mismo punto, de modo que cuando sostuvo ante Elisa que debía de existir algún error, esta respondió que podían existir muchos. Clara insistió en que Pilar no mentía y Elisa le recordó que no tenía forma de saberlo, porque una persona podía decir la verdad y estar equivocada acerca de aquello que recordaba. Había hablado con ella, respondió Clara, casi ofendida, y durante un instante Elisa volvió a mirarla como hacía cuando descubría una debilidad antes que la propia Clara. Ahí estaba el problema, dijo. No necesitó añadir nada más. Clara confiaba sin fisuras en su capacidad para leer una vacilación, un gesto o una forma de sostener la mirada, y Elisa sabía que esa confianza podía ser otra manera de equivocarse.

 

Laura tardó varias semanas en aceptar que Daniel entrara en su casa. Llevaba veintisiete años con Vicente, tiempo suficiente para que el cuerpo del otro dejara de ser un objeto extraño y se transformara en una suma de anticipaciones, una manera de caminar que se reconoce antes de escuchar la llave, un ruido al dormir, la posición de unas piernas bajo las sábanas; cuando al final lo recibió, Clara advirtió que apenas levantaba los ojos hacia Daniel, como si mirarlo pudiera producir una familiaridad que no deseaba. Hubo una comida que transcurrió en la pequeña cotidianeidad que se nutre de anécdotas y lugares comunes. Nuria, la hija mayor, quiso hacerse una fotografía con los dos y, al colocarse entre ellos, bromeó con que parecían el mismo diferente hombre. Vicente protestó con un temor que desentonaba con la ligereza de la escena; no eran iguales y prefería que no lo dijera de esa manera, mientras Daniel, levantando la copa, reconocía que a él le molestaba bastante menos. Más tarde, ya en la cocina, Laura preguntó a Clara si Daniel recordaba cosas de Vicente, como si diera por supuesto que existía algún vínculo remoto, casi umbilical, imposible de detectar. Clara negó esa posibilidad hasta que la otra mencionó la mesa del comedor: al entrar, Daniel había dicho que antes estaba junto a la ventana. Clara quiso saber si era cierto y Laura, después de cerrar el lavavajillas, explicó que había estado allí hasta cinco años antes. Daniel no pudo explicarlo, del mismo modo que no supo explicar por qué una canción de los noventa le resultaba incorrecta porque la guitarra entraba antes de donde él la esperaba ni por qué, una tarde al cruzar el antiguo cauce del Turia, señaló hacia el oeste y preguntó qué había ocurrido con una torre blanca que sabía que había estado allí. Hablaba de la torre del agua, convencido de que ocupaba un punto donde Clara sabía que nunca había existido nada semejante. Dos días después, frente a los planos de un proyecto que jamás se construyó, Elisa propuso la explicación más simple, que Daniel podía haberlos visto en una exposición, una revista o un archivo. Clara respondió con sarcasmo que no habían encontrado ni siquiera el colegio donde había estudiado, pero quizá sí debían imaginarlo revisando proyectos hidráulicos de los años sesenta. Elisa le pidió que no ridiculizara una posibilidad solo porque no le gustara; a Clara, sin embargo, empezaba a irritarle que todo pudiera explicarse mediante una causa que tampoco encontraban. Elisa se quitó las gafas y le recordó que la ausencia de una explicación ordinaria no convertía en verdadera cualquier explicación distinta. Clara no respondió. Había empezado a sentir una decepción que prefería no reconocer cada vez que una explicación ordinaria parecía bastar, aunque eso no significara que creyese en una causa extraordinaria.

Con Laura el asunto dejó de pertenecer a los informes. Unas semanas después quiso hablar con Clara y eligió un bar alejado de su casa. El café se enfrió entre sus manos mientras buscaba cómo contar lo que parecía avergonzarla no porque hubiera ocurrido, sino porque podía ocurrir. Laura empezó hablando de Vicente, de la forma en que movía la boca antes de enfadarse, del ruido que hacía cuando dormía boca arriba, de la posición de sus piernas al conducir, incluso de lunares que él mismo no había visto nunca y de esa manera en que una mujer aprende a reconocer el deseo del otro aunque esté hablando de cualquier otra cosa; la conversación derivó hacia Daniel y se detuvo. Clara tuvo que alentarla con una pregunta antes de que admitiera lo que la avergonzaba, que había gestos de Daniel que su cuerpo reconocía. Clara respondió que no era Vicente, pero Laura alzó la vista con una irritación inmediata; por supuesto que lo sabía, no necesitaba que nadie se lo explicara. Ese era el problema, que ella lo sabía y otra parte de sí misma parecía necesitar más tiempo para convencerse de que aquel era otro hombre.

Clara llegó al hospital cuando ya le habían curado el labio y entró con una rabia que necesitaba encontrar dónde asentarse. Quiso saber por qué había acudido a aquel encuentro y Daniel respondió que Vicente lo había llamado, como si eso bastara, aunque después añadió que no podía pasarse la vida evitando cuanto pudiera complicarlo, observando desde fuera un mundo que todavía sentía demasiado pequeño porque casi todo lo que contenía había ocurrido desde aquella mañana junto a la carretera. Clara replicó que también podía haberse negado y él aceptó que sí, del mismo modo que podía haber ido, podía equivocarse, meterse donde no debía y descubrir después que aquella decisión le pertenecía; si todo cuanto hacía tenía que quedar reducido a proteger al hombre que no recordaba haber sido, nunca llegaría a saber quién estaba empezando a ser. Clara descubrió que oírlo la irritaba más de lo que debería y le reprochó que supiera lo que estaba ocurriendo con Laura, que hubiera visto el miedo de Vicente y aun así no hubiese hecho nada por apartarse de unas vidas que no eran las suyas. Daniel levantó los ojos. Eso, dijo, estaba por ver. Ella quiso entender a qué se refería, pero él no respondió enseguida y Clara comprendió que había utilizado una expresión que hasta entonces solo pertenecía a ella, esa manera de decidir qué vidas correspondían a cada cual, quién podía entrar en ellas y quién debía quedarse fuera. Dijo entonces que todo aquello daba igual, que Vicente lo había golpeado y que eso era lo único concreto a lo que se habían de enfrentar; Daniel negó con una firmeza que ella no le conocía, porque para él sí importaba no haber hecho nada que necesitara ocultar, haber sentido algo sin convertirlo en una traición, haber acudido a una cita absurda porque empezaba a cansarse de vivir como si cualquier deseo pudiera proceder de un hombre anterior al que debía obediencia. Clara tomó una gasa y limpió el hilo de sangre que volvía a abrirse bajo el labio. Le preguntó qué había dicho a Vicente y Daniel intentó escabullirse asegurando que solo le había dicho lo que podía, pero ella insistió, acercándose para ver mejor la herida, y cuando volvió a pedirle que concretara él dejó de mirar hacia otro lado. Sus rostros habían quedado demasiado cerca para que la conversación pudiera seguir fingiendo que trataba de Laura o de Vicente. Daniel quiso saber entonces si a Clara le ocurría también que, cuando estaban juntos, dejaba por un rato de sentir que todo en él necesitaba una explicación. La mano de Clara se detuvo con la gasa todavía junto a su boca. La retiró antes de terminar de limpiar la sangre y fingió no haber comprendido la pregunta. Daniel sostuvo su mirada unos segundos, después la dejó marcharse sin insistir, quizá porque empezaba a conocerla lo suficiente para saber que algunas respuestas podían tardar mucho más en llegar que los recuerdos.

Aquella noche Clara soñó con Daniel. Al despertar recordó poco del sueño, salvo la incomodidad física de haber deseado en él algo que durante meses había entendido como un problema.

Amparo Gadea llevaba casi treinta años desaparecida cuando comenzó a regresar de ninguna parte, no como una realidad palpable de entre los ausentes, sino adherida a objetos y anotaciones que hasta entonces habían permanecido inmóviles. Pilar conservaba en una habitación varias cajas con cosas de la hermana, quizá sostenida por una esperanza antigua que ya no se atrevía a llamar anhelo y también porque nunca había sabido qué hacer con aquello que permanece cuando una persona deja de estar y nadie puede decidir si debe considerarla muerta o ausente. Daniel comenzó a visitarla los domingos y la primera vez que apareció después de la pelea con Vicente llevaba aún una zona amoratada junto al pómulo que Pilar vio sin preguntar; le sirvió café, apartó unos periódicos de la mesa y siguió hablando de cualquier cosa, quizá porque aquella casa se había convertido para él en uno de los pocos lugares donde nadie necesitaba saber quién era antes de permitirle quedarse. Fue durante una de esas tardes cuando abrió una caja y encontró un pequeño pez de madera, con la pintura azul desgastada en las aletas, una pieza barata comprada en algún viaje cuya insignificancia parecía haberla condenado a sobrevivir. En cuanto la sostuvo, la respiración se le alteró y las lágrimas llegaron antes de que pudiera reconocer que estaba llorando. Pilar quiso saber si conocía aquel objeto; Daniel lo hizo girar entre los dedos, examinó las marcas de la madera y negó que surgiera evocación alguna, de modo que ella preguntó por qué lloraba y él no pudo explicarlo, con el pez apoyado sobre la palma mientras una parte de su cuerpo reaccionaba ante algo que la conciencia no sabía devolverle. Semanas después Pilar contaría a Clara una historia que durante años había preferido guardar. Poco antes de desaparecer, Amparo había mantenido una relación con un hombre al que llamaba Antonio, aunque ni siquiera estaba segura de que aquel fuera su nombre; todo había transcurrido con una discreción que entonces atribuyeron al carácter de su hermana y que después, cuando Amparo se esfumó, empezó a adquirir otros significados. Pilar creía haberlo visto una sola vez durante una comida y apenas conservaba detalles; tampoco sabía dónde vivía, a qué se dedicaba o quiénes eran sus amigos, porque Amparo respondía con evasivas siempre que alguien intentaba acercarse a su intimidad. Clara preguntó si Antonio se parecía a Daniel y Pilar la miró con un cansancio que contenía algo más que la fatiga de recordar lo doloroso; no lo sabía y, en cualquier caso, también podría haber dicho que se parecía a Vicente, incluso que era él. No podía saberlo. La insistencia de Clara acabó irritándola y Pilar terminó diciéndole que ese era el problema de quienes investigaban, la confianza en que un recuerdo, sometido a suficiente presión, acabaría entregando una verdad escondida en alguna parte. Ella conservaba dentro una comida de hacía treinta años mientras Clara sostenía una fotografía reciente de Daniel, y si le preguntaban veinte veces lo mismo terminaría viendo aquel rostro sentado a la mesa aunque nunca hubiera estado allí. Clara conocía demasiado bien aquella deformación de la memoria para discutirla y, sin embargo, no consiguió desprenderse de la intuición de que Amparo había dejado algo sin cerrar, una presencia apenas dibujada en los márgenes del caso que podía no significar nada y que por eso costaba abandonar. Prefirió seguir investigando sin Pilar. En el inventario del coche de Amparo, encontrado después de su desaparición en un aparcamiento de Sagunto, localizó una referencia a un mapa urbano de Vesluria de 1994 con marcas manuscritas. El documento no figuraba en el expediente y tardó dos semanas en encontrarlo dentro de una caja mal clasificada en los sótanos de la central, uno de esos lugares donde los casos antiguos parecían adquirir una segunda forma de desaparición. El papel se había abierto y cerrado tantas veces que empezaba a romperse por los pliegues. Siete círculos trazados con bolígrafo azul señalaban distintos puntos de la ciudad y sus alrededores. Clara reconoció uno al instante, el lugar donde Daniel había asegurado que faltaba una calle; otro correspondía al emplazamiento de la torre hidráulica que nunca llegó a construirse, y había también una marca sobre el solar de una casa demolida doce años atrás que Daniel había descrito durante una sesión a partir de una impresión casi corporal, una entrada estrecha que desembocaba en un patio de baldosas rojas y una cocina desde la que, según él, llegaba olor a pescado. Junto a uno de los círculos, Amparo había escrito que él decía que aquello estaba allí. Clara leyó la anotación varias veces y apoyó la mano sobre el mapa. Muchos años antes de que encontraran a Daniel, otra mujer había recorrido Vesluria siguiendo los recuerdos de un hombre que veía ausencias allí donde los demás solo veían la geografía reconocible de la ciudad. Podía tratarse de una coincidencia, de una reconstrucción posterior, incluso de un fraude cuyo sentido hubiera desaparecido con Amparo; Clara conocía esas posibilidades y se obligó a considerarlas antes de hacer una copia del mapa y llevársela a Daniel.

Él reconoció algunos lugares antes de que Clara explicara nada. Quiso saber de quién era el mapa y, al oír el nombre de Amparo, preguntó si también aquellos círculos los había trazado ella; pasó el dedo cerca de uno sin tocarlo, quizá esperando que la proximidad bastara para despertar alguna de esas evocaciones sin forma que parecían preceder a sus recuerdos, hizo lo mismo con otro y después con los demás, deteniéndose en algunos con aquella vacilación que Clara había aprendido a reconocer, una suspensión de la respiración que llegaba antes de que él mismo supiera qué esperaba encontrar. Después de un largo silencio señaló que faltaba un lugar y lo dijo con una seguridad que contrastaba con la incertidumbre de todo lo demás, como si la certeza procediera de una zona que ninguno de los dos alcanzaba a mirar. A Clara se le alteró la respiración. Daniel recorrió el plano, tomó un bolígrafo y marcó un punto cercano a la costa donde, según él, debería haber una estación. No constaba ninguna. Clara lo llevó al ayuntamiento, revisaron planos antiguos, líneas ferroviarias, proyectos que nunca llegaron a ejecutarse y fotografías aéreas sin encontrar nada que justificara aquella convicción, pero fueron de todos modos. Durante el viaje apenas hablaron; la carretera avanzaba junto a una costa que había perdido buena parte de su horizonte bajo urbanizaciones interminables, edificios y vías nuevas que interrumpían la continuidad del paisaje y obligaban a mirar el mar por fragmentos, entre bloques de viviendas, solares y descampados. Daniel seguía esos espacios desde la ventanilla con una atención que Clara no sabía interpretar y, cuando bajaron del coche, comenzó a caminar con una seguridad intermitente, deteniéndose ante una esquina, retrocediendo algunos metros, corrigiendo después la dirección hasta alcanzar un punto desde el que el mar volvía a quedar abierto ante ellos. Allí afirmó que era ese el lugar, sin duda. Clara le pidió que describiera lo que recordaba y Daniel cerró los ojos; habló de un andén, de la impresión de haber acudido muchas veces, no sabía cuándo ni desde qué parte de sí mismo llegaba aquella certeza, y después, tras una vacilación que pareció sorprenderlo, mencionó a una niña que lo acompañaba. Tampoco sabía quién era. Clara tanteó las posibilidades más obvias, una hija, una hermana, pero él negó con la cabeza mientras parecía seguir atendiendo a algo que ocurría detrás de los párpados; cuando preguntó si conocía su nombre, el rostro de Daniel cambió antes de que abriera los ojos y pronunciara, sorprendido, Clara. Durante unos segundos ninguno habló y el ruido del mar llegó hasta ellos debilitado por el tráfico de aquella mañana de otoño. Clara quiso saber por qué había dicho su nombre y Daniel solo pudo explicar que había surgido dentro de él sin que pudiera asociarlo a una imagen precisa, no como la certeza de que aquella niña se llamara así, sino como una convicción anterior a cualquier razonamiento, una palabra que parecía haber estado esperándolo. Clara negó con una brusquedad en la que no se reconocía y, cuando él intentó decir que tampoco comprendía lo ocurrido, le pidió que no volviera a asociar su nombre con aquella niña sin saber por qué lo hacía. Empezaban a pesarle demasiado esas irrupciones de un Daniel que no coincidía con el hombre que tenía delante, destellos de conocimientos que parecían pertenecer a otros tiempos, quizá a otras personas, y que ella no conseguía colocar en ninguna vida posible. Tuvo que marcharse sin esperar a que la siguiera y lo dejó allí, frente al mar, solo con aquellas impresiones que no sabía convertir en recuerdos, mientras ella se alejaba empujada por un miedo que había nacido antes que cualquier explicación.

Durante las tres semanas siguientes rechazó sus llamadas y dedicó horas a revisar fotografías de su infancia con plena conciencia de estar cayendo en aquello contra lo que había prevenido a testigos y familias durante años. Había crecido en Benimaclet, sus padres no tenían ninguna relación conocida con Pilar ni con Amparo, y aun así buscó vacaciones, excursiones, cumpleaños, cualquier imagen capaz de acercarla a aquel tramo de costa. Cada coincidencia posible aumentaba la vergüenza de estar persiguiendo una sospecha que no sabía formular y que, pese a su imprecisión, ejercía sobre ella una certeza sin ningún dato que pudiera sostenerla. Una tarde encontró una fotografía en la que aparecía de espaldas frente al mar, tendría ocho o nueve años y llevaba un bañador rojo; a cierta distancia había un hombre cuyo rostro quedaba fuera del encuadre, deformado por el movimiento de la cámara hasta adquirir una consistencia extraña, no la de alguien captado en una fotografía familiar, sino la de una presencia que parecía haber entrado en ella por accidente y estuviera ya alejándose. Clara sostuvo la imagen durante varios minutos y trató de reconstruir una cara que la fotografía no contenía. Por un instante pensó en un viajero que hubiera atravesado aquel verano desde un lugar imposible y se avergonzó de la ocurrencia antes incluso de terminar de pensarla. Todo le resultaba familiar, aunque sabía que esa familiaridad podía nacer del propio esfuerzo por encontrarla. Podía ser su padre, un desconocido, cualquiera de los hombres que habrían atravesado aquella playa durante aquel verano. Guardó la fotografía dentro de la caja y cerró la tapa con la incomodidad de quien empieza a temer más aquello que desea encontrar que lo que pudiera permanecer oculto.

 

Él, mientras tanto, empezó a construir una vida que nacía del presente que descubría cada día. Al principio había supuesto que recordar equivaldría a recuperarse, que detrás del guardarraíl existía una versión completa de sí mismo a la que algún día podría regresar; con los meses empezó a desconfiar de esa idea; recordar dejó de parecerle tan importante como había previsto. Veía a los demás corregir sus propios recuerdos al contarlos, convertir antiguos fracasos en decisiones, amores inciertos en destinos y discusiones familiares en escenas que cambiaban según quién las evocara, y comprendió que poseer un pasado tampoco garantizaba conocerlo. Él, al menos, sabía dónde empezaban sus recuerdos y podía decidir qué hacer con el tiempo que tenía delante sin detenerse a esperar ninguna respuesta. Encontró trabajo en una librería; el librero descubrió durante sus conversaciones que aquel hombre reconocía autores, recordaba argumentos y sabía recomendar novelas sin poder decir dónde o cuándo las había leído. Alquiló un apartamento pequeño y, por primera vez desde la carretera, empezó a rodearse de objetos cuya procedencia no necesitaba imaginar.

Pudo sacarse el carné de conducir con aquella acreditación administrativa construida para alguien cuya existencia ya nadie podía seguir dejando en suspenso, una personalidad estrenada que empezaba a catalogarlo como ciudadano aprovechable, como ser verificable; un día llegó una multa por aparcar sobre la acera y Daniel llamó a Clara para anunciar con satisfacción que ya tenía antecedentes. Ella tuvo que explicarle que una multa no contaba y él le pidió que no fuera tan exigente con una persona recién estrenada; cuando quiso saber si al menos sabía que no podía dejar el coche allí, respondió que ahora sí. Aquella capacidad para reírse de sí mismo fue modificando la relación entre los dos y, con el tiempo, dejaron de encontrarse solo en despachos; alguna vez cenaban, otras terminaban bebiendo vino en el apartamento de Daniel mientras él mostraba una fascinación casi infantil por los rastros de aquella vida que empezaba a ocupar lugares, producir papeles, dejar objetos donde antes no había habido nada. Una noche extendió sobre la mesa facturas de electricidad, recibos de supermercado, el contrato de alquiler, su nómina y la multa; la identidad provisional había encajado mal con la burocracia, pero incluso los funcionarios habían terminado aceptando que un hombre sin pasado podía pagar un alquiler, cobrar una nómina y recibir aquella misma sanción que Daniel exhibía con tanto orgullo. Recordó una observación de Clara, que una persona dejaba huellas por todas partes, y ella protestó porque nunca lo había formulado de ese modo; él aseguró que sus palabras habrían sido bastante más técnicas. Cogió entonces el recibo de una tostadora y lo sostuvo como si fuera una prueba importante, porque podía demostrar que la había comprado. Clara se rio de aquella gran biografía, pero Daniel no compartió la broma. Para él sí lo era. Era la primera cosa que recordaba haber comprado sabiendo que sería suya; ignoraba si antes había tenido una casa o veinte, si había elegido muebles, regalado objetos o discutido con alguien por un sofá, pero había habido un día en que entró en una tienda, pagó una tostadora y supo que al volver seguiría allí, en su cocina, porque la había elegido él. Lo que Clara habría querido responder se le quedó dentro. Bebieron un poco más y cambiaron de asunto; en algún momento de la noche se acercaron, aunque años después ella seguía sin poder recordar quién inició aquel movimiento cuya incertidumbre, a esas alturas, despertaba más curiosidad que temor. Le molestaba esa imprecisión porque había dedicado media vida a buscar secuencias, causas, un gesto anterior a otro y, sin embargo, de aquel comienzo solo conservó la boca de Daniel con sabor a vino, una mano en su nuca y el golpe de una rodilla contra la mesa cuando intentaron levantarse sin separarse. El sexo no resolvió nada. Daniel no recordó a otra mujer cuando Clara lo tocó ni apareció ninguna vida antigua a través del cuerpo; se rieron y después quedaron tendidos escuchando los coches que pasaban por la calle. Daniel quiso saber si ella creía que ya había hecho aquello antes y Clara, con la mejilla apoyada sobre su pecho, supuso que sí, aunque él rechazó entre risas las suposiciones; quería certezas. Tener más de cincuenta años tampoco demostraba nada ni garantizaba que hubiera sabido amar de aquella manera antes de conocerla. Ella sonrió y observó que su cuerpo, al menos, no parecía sorprendido; Daniel pasó los dedos por su espalda y reconoció que estaba bien que su cuerpo supiera cosas sin contar con él. Clara permaneció callada; estuvo a punto de convertir aquella idea que le rondaba sobre otros cuerpos, sobre todo aquello que acaso permanece en ellos después de que la memoria haya perdido sus nombres y sus escenas, en una revelación acerca de la vida, pero prefirió no decir nada y dejarla allí, sin forma todavía, confundida con el calor que conservaban las sábanas y con la respiración de Daniel junto a ella.

 

 

Pilar, en cambio, fue incorporándolo a una intimidad distinta. Los miércoles comían juntos, Daniel arreglaba alguna cosa de la casa y ella hablaba de Amparo sin que nadie tuviera que preguntarle, dejando que los recuerdos aparecieran entre un plato y otro con esa libertad que adquieren las historias cuando ya no se espera de ellas ninguna explicación. Cuando una neumonía la llevó al hospital, él acudió cada tarde y una de esas veces Pilar abrió los ojos y lo llamó Amparo. Daniel la corrigió, pero la anciana respondió que ya sabía que no era ella; cuando insistió en que era Daniel recibió una negativa que lo desconcertó más que la confusión inicial, de modo que acercó la silla y quiso saber entonces cómo debía llamarse. Pilar no tenía respuesta. Daniel advirtió, con una extrañeza que no supo interpretar, que hacía tiempo que tampoco echaba de menos 1324, aquella cifra a la que se había aferrado porque era lo único de sí mismo cuyo origen conocía. Probó entonces con Antonio y Pilar cerró los ojos; Daniel sintió que había rozado algo que ninguno de los dos sabía nombrar. Volvió a preguntarle si aquel hombre se parecía a él y Pilar admitió que sí, aunque cuando quiso saber cuánto se parecían ella negó con la cabeza y pidió no tener que recordarlo. Daniel, en cambio, necesitaba hacerlo. Pilar abrió los ojos y contó que Amparo también había dicho, muchos años atrás, que necesitaba saber de dónde había salido aquel hombre. Daniel quiso saber si llegó a averiguarlo y la anciana volvió la mirada hacia la ventana antes de responder que después Amparo desapareció.

La muerte llegó poco después sin dejar ninguna revelación detrás. A 1324 lo sorprendió la violencia sencilla de aquel hecho, la desaparición de un cuerpo que esta vez no contenía ningún enigma y que, por eso mismo, no permitía refugiarse en preguntas; quizá había conocido otras muertes, quizá había acompañado a alguien en una habitación parecida o llorado ante otro ataúd, pero Pilar era la primera persona que podía recordar haber perdido y descubrió entonces que el dolor tampoco necesitaba una biografía anterior para reconocerlo como propio. Durante el funeral permaneció junto a Vicente sin saber si la mujer que acababan de enterrar había sido algo parecido a una madre o si concederle ese lugar suponía apropiarse de una vida que no le correspondía, aunque la duda empezaba a importarle menos que la ausencia. Vicente lo miró varias veces y no dijo nada. Tal vez entendía que aquella tristeza no dependía de la sangre, de los registros ni de la semejanza entre dos rostros, porque había una intimidad que se construía también hacia delante y llegaba un momento en que perder a alguien bastaba para demostrar que había formado parte de uno.

 

El expediente no llegó a cerrarse nunca; se fue olvidando. Dejaron de aparecer datos, las pistas terminaban en lugares ya revisados y ninguna búsqueda ofreció una identidad anterior para 1324; algunas consultas tardaban semanas en recibir respuesta, otras regresaban con la misma ausencia que las anteriores, la prensa encontraba nuevas historias y Daniel empezó a rechazar pruebas que solo añadían informes a una carpeta cada vez más gruesa. Clara regresó a los casos de siempre y la desaparición recuperó sus aristas habituales, alguien que había estado y dejaba de estar. Los años hicieron con Daniel lo que ni investigadores ni recuerdos habían conseguido y fueron rodeándolo de hechos propios, de costumbres, vínculos y pequeños acontecimientos hasta construir un hombre dentro del que parecía sentirse cada vez más cómodo. El vacío anterior al guardarraíl seguía existiendo, pero ya no ocupaba aquel espacio oscuro hacia el que todos habían querido avanzar, aunque fuera por medio de los sueños. Cinco años después celebraron su cumpleaños utilizando como fecha el día en que lo encontraron. Nuria colocó cinco velas sobre una tarta y Daniel protestó porque le parecían pocas; ella respondió que eran las únicas que podía reclamar como propias y esas cinco velas, al menos, constituían una certeza dentro de aquella vida estrenada tan tarde. Vicente, con una copa de vino en la mano, le ofreció usar su cumpleaños, quizá porque también fuera el suyo, pero Daniel negó con la cabeza; bastante le había robado ya. Laura se rio y Clara reparó en los años que habían necesitado para llegar a una risa así, sin que nadie quisiera detenerse a averiguar qué significaba. Después Daniel apagó las velas y, cuando Clara quiso saber si había pedido algo, confesó que deseaba no volver a aparecer. Más tarde caminaron hacia casa porque habían bebido demasiado para conducir. La ciudad tenía esa quietud extraña de las noches de entre semana, cuando los semáforos regulan calles casi vacías y las fachadas parecen existir para nadie. Daniel contó que algunas zonas de Vesluria seguían haciéndole evocar la torre y la estación, aunque cada vez evitaba más hablar de ellas. Clara preguntó si continuaban apareciendo en sus sueños y él confirmó que sí; la estación permanecía allí con la misma obstinación que aquellos semáforos que seguían ordenando un tráfico inexistente. Clara dejó pasar unos pasos antes de preguntarle si ella formaba parte de esas escenas y reconoció, mientras la formulaba, que había en la pregunta un deseo íntimo de confirmación, la necesidad de descubrirse dentro de algún lugar de Daniel que no perteneciera solo a la vida consciente que habían construido juntos. A veces, admitió él, aunque ya no aparecía como aquella niña de recuerdos borrosos, sino con la edad que tenía entonces, dentro del mismo mundo en que vivían. Clara sonrió ante lo absurdo y Daniel le recordó que los sueños no estaban obligados a respetar una sola realidad; mientras dormían, dijo, todos aceptaban vivir otras vidas, atravesar lugares inexistentes, amar a desconocidos, temer cosas que nunca habían ocurrido y regresar después a la mañana convencidos de que aquello no había sido más que un sueño. Tal vez lo extraño no fuera soñar varias vidas, sino la necesidad de considerar verdadera solo una de ellas. Clara lo miró sin sorpresa, con esa placidez que a veces llega cuando uno reconoce que no necesita comprender un instante para saber que pertenece a su vida. Poco después, al alcanzar una esquina, Daniel se detuvo frente a un bloque de viviendas con aquella concentración que ella conocía demasiado bien. Clara preguntó qué faltaba. Él aseguró que no faltaba nada, aunque ella supo que aquella detención no había sido casual y estuvo a punto de insistir. Daniel reanudó la marcha y le pidió que lo dejara estar, apenas una impresión, quizá un sueño. Esta vez Clara contuvo las preguntas que ya buscaban salir y recordó todos los años durante los que había convertido cualquier vacilación suya en una pista. Siguió caminando a su lado. Por una vez dejó que aquello que faltaba siguiera faltando.

 

La fotografía apareció dos años más tarde mientras la hija de Clara, de visita desde Bruselas, la ayudaba a vaciar el piso de su abuela. Abrieron cajas con ropa que todavía conservaba un olor leve a armario cerrado, vajillas que nadie quería, revistas, libros subrayados por una mujer muerta hacía tiempo; entre todo aquello encontraron un álbum de principios de los noventa y empezaron a pasar las páginas sobre la mesa de la cocina. La hija se burló de uno de aquellos peinados y Clara intentó defenderlo recordando que era 1992; la fecha, respondió ella, no justificaba nada, de modo que su madre contraatacó recordándole el flequillo que había llevado a los doce años. Rieron. A Clara le hizo bien aquella trivialidad, regresar durante unos minutos a una conversación que no exigía interpretar nada, no perseguía una pista ni obligaba a buscar una ausencia en cada detalle. Fue entonces cuando, en una fotografía tomada durante una comida familiar, su hija reparó en un hombre que volvía la cabeza hacia la cámara desde otra mesa y quiso saber quién era. La sensación de desasosiego le resultó familiar, inmediata, como si quisiera retomar una senda cerrada hacía tiempo. Clara acercó el papel y volvió a reconocer aquella presencia imprecisa que ya había sentido en la fotografía de la playa, no tanto un rostro como la impresión de que algo insistía en aparecer sin terminar de mostrarse. El hombre ocupaba apenas una parte del encuadre y el grano deshacía los detalles; al ampliarlo con el teléfono, los píxeles convirtieron los ojos en manchas y la boca en una sombra, pero aun así se parecía a Daniel. Clara sabía que aquella semejanza podía proceder tanto del deterioro de la imagen como de su necesidad de encontrarla y, pese a ello, no pudo evitar estremecerse.

Se llevó la fotografía a la librería con una esperanza que no quiso reconocer ni siquiera para sí. Durante el camino había intentado limpiarla con el móvil, ampliando, ajustando contraste, buscando en aquella materia borrosa una definición que no estaba allí, con la ingenuidad aprendida de tantas ficciones donde una imagen imposible terminaba entregando, después de unos cuantos gestos sobre una pantalla, el rostro exacto que resolvía el caso. Daniel sostuvo la fotografía unos segundos y negó que fuera él. No lo dijo con inquietud, sino con una especie de cansancio ante aquella necesidad ajena de devolverlo siempre a algún lugar anterior. Clara protestó porque no había afirmado tal cosa y él dejó pasar la contradicción evidente de que hubiera cruzado media ciudad para enseñársela. En el reverso figuraba la fecha, 12 de agosto de 1992, y Daniel insistió en que podía ser cualquiera. Clara volvió a guardarla y sintió un alivio que apenas duró unos segundos, porque antes de cerrar el bolso él añadió que aquel restaurante estaba cerca de la estación. La mano se le quedó detenida entre la fotografía y la cremallera. Había aprendido a desconfiar de esas asociaciones suyas, de aquellas certezas que aparecían sin origen y acababan conduciéndolos a lugares que no existían o no habían existido nunca, pero cada una dejaba detrás un peso demasiado concreto para ser ignorado. Quiso saber a qué estación se refería y Daniel levantó la vista antes de responder que a la misma, a la que no constaba en ningún plano y, sin embargo, seguía apareciendo en él con una persistencia que no pertenecía a las imágenes ni a las palabras, sino al cuerpo. Hubo un tiempo en que habrían buscado el restaurante, revisado licencias, fotografías aéreas, guías antiguas, nombres de propietarios, incluso camareros jubilados capaces de recordar una distribución de mesas desaparecida hacía décadas. Esta vez no hicieron nada. Para Clara aquella renuncia resultó más difícil que muchas investigaciones porque seguía identificando una pregunta sin responder con un trabajo incompleto y había construido buena parte de su vida profesional sobre la convicción de que abandonar una pista equivalía a perder algo; solo entonces empezó a admitir que también podía ocurrir lo contrario, que ciertas respuestas, si llegaban demasiado tarde o desde un lugar equivocado, podían destruir la vida que uno había conseguido edificar alrededor de una ausencia.

También llegó la muerte de Vicente sin guardar relación con nada de aquello. Un infarto, un simple infarto, una causa anodina, pero de una eficiencia letal. Clara pensó después que quizá por eso le resultó tan perturbadora. Durante años había contemplado a Vicente y a Daniel como dos versiones enfrentadas de un mismo rostro, una semejanza que invitaba a preguntarse cuál de los dos había llegado primero, cuál era la copia, si esa palabra tenía sentido cuando ambos habían acumulado gestos, recuerdos y pérdidas distintas. Con Vicente muerto, la pregunta empezó a perder su significado. Ya no quedaba delante de Daniel un cuerpo idéntico con el que compararlo, ningún espejo vivo capaz de devolverle una posibilidad alternativa de sí mismo, y Clara advirtió entonces lo que llevaba años ocurriendo sin que ella hubiera sabido verlo; 1324 casi había desaparecido, quedaba en los documentos antiguos, en alguna broma, en la memoria de quienes lo habían conocido cuando todavía necesitaba una identificación porque nadie sabía cómo llamarlo, pero el hombre que estaba junto a ella en aquel funeral era Daniel, no porque hubiese recuperado un origen, sino porque había vivido suficiente tiempo para que aquel nombre dejara de parecer prestado.

Durante el funeral proyectaron fotografías de la infancia de Vicente y Daniel se incorporó cuando apareció una tomada en una playa en 1987. Al fondo corría una niña con bañador rojo. Clara vio primero el color, después la forma diminuta del cuerpo, y negó en voz alta antes de que Daniel hubiera dicho nada. Él ni siquiera la estaba mirando y se lo hizo notar; Clara respondió que entonces prefería que siguiera así, sin decirlo. La imagen desapareció enseguida, sustituida por otra dentro de aquella sucesión rápida con que los funerales intentan comprimir una vida en unos minutos, y Clara supo que podía tratarse de cualquier niña, que ella había tenido bañadores de aquel color y que cientos de familias conservarían fotografías parecidas.

 

La jubilación llegó primero y el hacerse mayor después, sin un día concreto en que pudiera decirse que una había terminado de convertirse en la otra. Daniel empezó a olvidar cosas sin que esa vez nadie llamara a especialistas, porque ahora los fallos tenían una explicación demasiado común; perdía las gafas, confundía una cita, buscaba una palabra durante unos segundos hasta que Clara acababa dándosela. Una tarde bromeó con la ironía de haber pasado media vida intentando recordar para empezar ahora a olvidar, gracia que Clara se negó a concederle. Él fingió pensar y preguntó quién era ella; Clara lo llamó imbécil y Daniel respondió con el nombre de Elisa, provocando un golpe en el brazo y una risa que todavía pertenecían a la vida compartida. Una noche, sin embargo, despertó y recorrió la habitación con los ojos antes de preguntar dónde estaban. Clara respondió que en casa. Daniel quiso saber cuál y el miedo atravesó el cuerpo de ella antes de poder contenerlo; la suya, dijo, la casa de ambos. Él parpadeó y pareció regresar a algún espacio conocido; Clara se incorporó, necesitó comprobar si sabía quién era y escuchó su nombre. Cuando Clara le devolvió la pregunta, Daniel sonrió despacio y recordó que eso, quién era él, nunca habían llegado a saberlo.

Daniel se marchó dos años después. Clara insistió, ante quien quiso escucharla, en que no había desaparecido. Esta vez hubo una hora, un médico, una causa, un certificado, un cuerpo que enterrar; quedaron cuentas que cancelar, ropa, plantas, libros, fotografías y una cantidad de objetos que habría resultado absurda para aquel hombre sentado décadas atrás junto a una carretera sin una sola llave en los bolsillos. Al vaciar el último cajón encontró una carpeta; Daniel había escrito en la portada COSAS QUE NO SÉ. Dentro había páginas que había ido acumulando durante años; algunas conservaban preguntas antiguas, quiénes habían sido sus padres, si tenía hijos, quién era Antonio, por qué recordaba la torre; otras ya pertenecían a la vida que sí había tenido, la fecha de una revisión médica, una película cuyo título no encontraba, el teléfono de Nuria. En una hoja había escrito dejar de buscar y, debajo, con una tinta diferente, comprar vino. Clara rio sola en aquella habitación llena de cosas que ya no tenían dueño. En la última página solo había escrito si algún día recuerdas quién fui, no me lo digas. Cerró la carpeta y permaneció sentada junto al cajón abierto, sosteniéndola sobre las piernas, sin decidir si Daniel se refería al hombre anterior al guardarraíl o al que había vivido después.

 

Clara tenía ochenta y tres años cuando una mujer apareció en Alicante. La encontraron sentada cerca de la estación de autobuses sin bolso, documentación ni teléfono; tendría alrededor de cuarenta años, sabía leer, conducir y utilizar un móvil, reconocía la ciudad y conocía el año, pero no podía aportar un solo recuerdo personal anterior al momento en que descubrió que estaba allí. La noticia apareció durante la cena. Clara dejó el tenedor, subió el volumen y contempló el rostro de la mujer mientras una periodista repetía datos que ella había escuchado tantos años atrás. Sintió en el cuerpo el antiguo impulso de levantarse, coger el teléfono, empezar a preguntar; en lugar de hacerlo apagó el televisor. Esperó varios días, no porque necesitara comprobar nada, sino porque no estaba segura de querer volver a ocupar aquel lugar de su vida. Cuando llamó, un policía joven tuvo que leer antes el expediente de Daniel para entender por qué una anciana jubilada pretendía hablar con aquella mujer. Clara viajó a Alicante llevando una copia del mapa de Amparo en el bolso, aunque no había decidido enseñárselo a nadie; al salir de casa estuvo a punto de dejarlo sobre la mesa y volvió a por él desde el ascensor. El policía quiso saber si conocía a la mujer y recibió una negativa que le dejó un desconcierto visible; entonces no comprendía por qué había viajado hasta allí. Clara tocó el bolso, notó bajo los dedos el mapa que había estado a punto de abandonar en casa y admitió que ella tampoco sabía qué esperaba encontrar.

La mujer permanecía junto a una ventana, abstraída frente a aquel horizonte de edificios. Al entrar, observó al policía y después a Clara sin que ninguna reacción pudiera confundirse con un reconocimiento. Clara sintió alivio y estuvo a punto de avergonzarse por ello. La desconocida miró entonces el bolso y afirmó que lo tenía. Clara no se movió hasta que precisó que hablaba del mapa. Lo sacó sin pedirle ninguna explicación, lo dejó sobre la mesa y, antes incluso de abrirlo, vio aparecer lágrimas en un rostro sorprendido de producirlas. Le preguntó si conocía aquel papel, si lo había visto alguna vez, y ambas preguntas se encontraron con una negación; la mujer extendió el mapa, recorrió con los dedos las marcas de Amparo y tardó un rato en localizar lo que buscaba antes de anunciar que faltaba un sitio. El policía acercó un bolígrafo y ella señaló un punto en las afueras de Vesluria que Clara reconoció como la carretera del aeropuerto. Cuando le preguntaron qué había allí, contempló la marca y respondió que nada. Clara se sentó. Le dolían las rodillas y prefirió atribuir al malestar la necesidad de hacerlo. Delante tenía un mapa recorrido durante décadas por personas que quizá nunca se habían conocido, las marcas de Amparo, el punto de Daniel, aquella nueva señal; pensó en Pilar, en Vicente y su rostro duplicado, en la torre que no llegó a levantarse, en una estación recordada por alguien que jamás había conseguido encontrarla. Con los años también había cambiado el vocabulario de quienes necesitaban apropiarse del caso; los antiguos aparecidos habían dado paso a realidades vecinas, a personas extraviadas en un tiempo que no les correspondía y, cuando la tecnología empezó a prestar metáforas a todo, a errores de una simulación capaz de generar cuerpos sin pasado. Clara había rechazado aquellas teorías porque convertían la ignorancia en una explicación más atractiva que los hechos. Frente a aquella mujer recordó, con disgusto, que rechazar una fantasía tampoco equivalía a poseer una respuesta. Había pasado media vida intentando ordenar lo sucedido y ahora, a los ochenta y tres años, los hechos seguían resistiéndose a formar una figura que no dependiera del deseo de quien los miraba.

La mujer quiso saber quién era Clara. Durante un instante estuvo a punto de responder con el nombre completo y aquella vieja costumbre profesional de acompañarlo de todos los datos que permitían situar a una persona, pero ya no trabajaba, la edad estaba a la vista y un domicilio no significaba nada para una desconocida; prefirió decir que había conocido a un hombre que apareció una vez sin que nadie lo hubiera perdido. La mujer preguntó dónde estaba y Clara respondió que se había marchado. La boca de la desconocida se contrajo, una mano acudió hasta ella y comenzó a llorar con un dolor que no parecía comprender. Negó haberlo conocido, negó recordarlo y, cuando Clara le preguntó por qué lloraba, cerró los ojos durante unos segundos antes de decir que tenía que encontrarlo. No sabía para qué. Años atrás Clara habría aprovechado aquella confesión para formular otra pregunta antes de que la anterior terminara de asentarse; habría querido saber cómo lo sabía, quién se lo había dicho, qué esperaba de él, por qué había llegado tantos años tarde. Ahora vio a una mujer asustada por sus propias lágrimas y dejó el mapa entre las dos. Le preguntó cómo se llamaba y la desconocida soltó una risa pequeña antes de admitir que tampoco sabía eso. Sobre la mesa había una botella de agua cuya etiqueta mostraba el nombre de Elena; Clara la señaló y propuso que podían usarlo. Cuando la mujer quiso saber por qué, respondió que había sido el primero que había visto. La desconocida observó la botella y repitió el nombre en voz baja, probándolo. Clara recordó a Sonia en el hospital, muchos años atrás, obligando a un hombre a elegir una palabra con la que los demás pudieran llamarlo, y empezó a reír; Elena la miró primero con sorpresa y acabó acompañándola, mientras el policía permanecía junto a la puerta sin entender qué podía tener tanta gracia.

Desde la ventana se veía parte de la estación. Los autobuses llegaban y salían y Clara observó aquel movimiento mientras Elena doblaba y desdoblaba una esquina del mapa. Pensó en Daniel, aunque ya no en el desconocido de la carretera ni en las pruebas con que durante años habían intentado devolverlo a una vida anterior; recordó al hombre que discutía por una comida, guardaba el recibo de una tostadora, intentaba comprender a Vicente, visitaba a Pilar, dormía a su lado y buscaba las gafas que llevaba sobre la cabeza. Con los años se había permitido una sospecha que antes habría considerado impropia de alguien educado para separar los hechos de aquello que deseaba encontrar en ellos. Daniel había dejado nóminas, fotografías, testigos, un cuerpo enterrado; su existencia no estaba en duda. Lo que Clara ya no sabía medir era cuánto del hombre que recordaba había nacido en él y cuánto había ido depositando ella sobre sus zonas mudas, atraída por aquellos huecos con la misma obstinación con que había llenado los silencios de su propia vida. Durante demasiado tiempo creyó que comprenderlo exigía alcanzar lo ocurrido antes de las cinco y diecisiete de aquella madrugada, mientras Daniel, casi ajeno a sus investigaciones, había ido construyendo una existencia que con los años necesitó cada vez menos de aquello que pudiera haber sucedido antes.

Clara anunció que al día siguiente empezarían a buscar, pero cuando Elena preguntó qué iban a buscar se agolparon en su memoria fotografías borrosas, mapas abiertos tantas veces que empezaban a romperse por los pliegues, una calle ausente, una estación que ningún plano reconocía y el rostro de un hombre que había aprendido a responder a un nombre elegido por azar. Ya lo verían. Poco después vibró el teléfono del policía y este salió al pasillo, dejándolas solas con el ruido de un autobús que arrancaba en uno de los andenes. Clara pidió permiso para una última pregunta y quiso saber si, cuando la encontraron, Elena esperaba a alguien. La mujer volvió la cabeza hacia la estación y siguió con los ojos el autobús hasta que empezó a girar hacia la avenida. Sí, esperaba a alguien. Clara preguntó a quién y Elena tardó en mirarla antes de responder que a ellos. Clara no supo quiénes cabían dentro de aquel plural. Sintió acudir todas las preguntas que durante media vida habían constituido su oficio y no formuló ninguna; no había aprendido a amar el misterio, tampoco la edad le había concedido una sabiduría que nunca había pedido, pero reconoció en el rostro de Elena la misma fatiga que había visto tantas veces en Daniel cuando una pregunta lo obligaba a enumerar aquello que no poseía. Podían esperar. Se acercó a la ventana. El autobús doblaba ya hacia la avenida y, durante un instante, creyó distinguir a un hombre sentado al fondo que miraba hacia el edificio; el cristal superponía reflejos, la distancia deshacía los rasgos y sus ojos llevaban años obligándola a acercarse los libros para leer. Sabía que podía ser cualquiera y, pese a ello, permaneció allí hasta que dejó de verlo.

Cuando regresó a la mesa, Elena tenía las manos sobre el mapa y pronunciaba otra vez el nombre que acababan de darle, ya sin sonreír, escuchando cómo sonaba en su propia voz. Clara se sentó frente a ella. No intentó averiguar si aquella mujer estaba comenzando una vida o había llegado desde algún lugar que ninguna de las dos sabría recordar. Por una vez tampoco necesitó decidirlo. Cuando volvió a mirar hacia la ventana, el autobús había desaparecido.

 

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