RUIDO 47
A las dos y diecisiete de la madrugada, el Instituto Pasteur tenía el aspecto vulgar de esos lugares en que solo pasan cosas: una papelera desbordada de guantes y vasos de cartón, dos tazas con un cerco oscuro en el fondo y los bancos del pasillo vacíos. La doctora Élise Montauban seguía frente a las múltiples pantallas de su ordenador.