DIARIO DE TRES DÍAS DE AGOSTO
Día 1
El tiempo pasa inadvertido, quizá porque en agosto hasta los relojes parecen ausentes y las horas se adhieren unas a otras con la viscosidad del aire, que también se pega a mi cuerpo. Desde la ventana intuyo un calor que no necesita tocarme para abarcarme: está en la quietud de los árboles, en el brillo inmóvil de los tejados, en la ausencia de pájaros sobre las antenas. Apoyo la yema del índice en el cristal y retiro la mano casi de inmediato. La superficie conserva una tibieza excesiva, una temperatura que podría pertenecer a un organismo cualquiera si no careciera de pulso, de olor, de esa mínima vibración con la que un cuerpo anuncia que desea o que va a marcharse. El cristal quema, pero no me devuelve la calidez de un organismo vivo. Hay calores que penetran en la carne y otros que se limitan a recordarnos que estamos solos.
Mi amigo se va a Ginebra. Me lo dice por teléfono, con una naturalidad estudiada, como si viajara para visitar un museo o respirar durante unos días el aire disciplinado del lago, aunque después menciona a un jeque árabe, a un empresario suizo y una cantidad de dinero que no alcanzo a imaginar porque las cifras, cuando son una enormidad, dejan de representar algo y se convierten en una forma abstracta de la obscenidad. No pregunto demasiado. Él tampoco explica. Habla de una cena, de unos documentos que no deben enviarse por correo electrónico, de un intermediario que conoce a otro intermediario, y mientras lo escucho, comprendo que el poder no ocupa un lugar preciso ni se sienta necesariamente en un despacho: circula por las fisuras del mundo, cambia de pasaporte, duerme en hoteles sin nombre visible, firma con una estilográfica que alguien ha dejado sobre una mesa de nogal. No hace falta verlo para reconocer su olor. Se parece al de las habitaciones cerradas durante mucho tiempo.Después abro X. No sé por qué continúo entrando; quizá por la misma razón por la que la lengua insiste en una herida. El algoritmo ha decidido que hoy debo contemplar niños cubiertos de polvo, edificios que se desploman, animales abandonados junto a una carretera y hombres que sonríen al lado de máquinas capaces de despedazar una ciudad. Deslizo el dedo. Una imagen sustituye a otra. El sufrimiento cabe en la pantalla, pasa bajo mi pulgar, desaparece hacia arriba y deja un residuo difícil de nombrar: no es exactamente tristeza, tampoco culpa, sino una presión en el pecho semejante a la que provoca una puerta mal cerrada durante la noche. Sé que alguien ha ordenado esas imágenes para mí, que una inteligencia sin conciencia calcula cuánto dolor puedo soportar antes de abandonar la aplicación y cuánto necesita mostrarme para que permanezca dentro. El mal ya no llama a la puerta. Aprende de nuestros horarios y de nuestras miserias.
En medio de esa procesión aparece un artículo sobre el ADN. Lo abro porque el titular promete antepasados desconocidos, dos especies humanas de las que no conservamos huesos, mandíbulas ni fragmentos de cráneo reconocibles en el registro fósil, pero cuya presencia persiste dentro de nosotros. Fantasmas genéticos, los llaman, y la expresión me conmueve más de lo que debería. Uno de aquellos grupos se mezcló en África con los antepasados de los humanos modernos hace más de cincuenta mil años; el otro se habría separado de las demás ramas hace casi dos millones y nos habría alcanzado a través de los denisovanos, como un mensaje transmitido de cuerpo en cuerpo por mensajeros que ignoraban su contenido. No dejaron tumbas que podamos profanar ni cuevas donde encontrar la marca de sus manos. Dejaron algo más íntimo: una frase incompleta escrita en nuestra sangre.
Pienso, de manera absurda, que quizá la maldad proceda de allí, de una región del código que aún no sabemos leer, y durante unos segundos me resulta cómodo imaginarla como una herencia, una enfermedad antigua, una sílaba equivocada que alguien introdujo en nosotros antes de que existieran las palabras. Sería tranquilizador. Bastaría localizarla, aislarla, arrancarla con unas tijeras moleculares, y los mandarines, los empresarios, los soldados y quienes diseñan algoritmos para administrar el espanto despertarían una mañana libres de su secreta inclinación hacia el daño. Sin embargo, enseguida comprendo la trampa: también el altruismo debe de estar escrito en alguna parte: la mano que levanta a un desconocido, la mujer que comparte el agua, el hombre que se queda cuando todos huyen. ¿De cuál de aquellos muertos heredamos la crueldad y de cuál la compasión? ¿Y si ambas pertenecieron siempre al mismo código?
Me detengo en esos antepasados sin nombre. Los imagino bajo una lluvia remota, refugiados en la concavidad de una roca, oliendo el humo y la piel mojada de quienes duermen a su lado. No saben que desaparecerán. Nadie lo sabe mientras existe. Una mujer sostiene a su hijo contra el pecho; un hombre observa el fuego; otro escucha en la oscuridad un ruido que todavía no ha aprendido a llamar miedo. Aman, copulan, se golpean, se cuidan, abandonan a los débiles o regresan a buscarlos. Después se extinguen, aunque no del todo, porque una parte de ellos encuentra refugio en otros cuerpos y atraviesa milenios de hambre, glaciaciones, migraciones, guerras y noches de deseo hasta llegar a mi dedo, que continúa apoyado sobre la pantalla.
Tal vez la evolución no sea un árbol, como nos enseñaron, sino una multitud que se cruza en un pasillo estrecho. Neandertales, luzonensis, sapiens y aquellas criaturas sin fósiles se tocaron, se desearon o se poseyeron con violencia; intercambiaron saliva, semen, enfermedades, formas de mirar el cielo. La historia humana habría comenzado así, no con una línea limpia, sino con una promiscuidad interminable. Ninguno de nosotros desciende de un solo pueblo. Somos la descendencia de encuentros que nadie anotó, de cuerpos que se reconocieron sin compartir lenguaje, de mujeres y hombres cuyo único archivo fue la carne.
Cierro el artículo, aunque durante unos minutos sigo viendo las letras impresas en el reverso de los párpados. Afuera no se ha movido nada. Mi amigo estará preparando la maleta para Ginebra; el jeque quizá haya subido ya a un avión; en algún sótano refrigerado, una máquina continúa escogiendo las imágenes que mañana intentarán herirme. Vuelvo a tocar el cristal. Esta vez mantengo el dedo sobre la superficie hasta que el calor empieza a dolerme y pienso que, bajo mi piel, en la pulpa exacta con la que rozo la ventana, tal vez sobreviva alguien que contempló otro agosto hace cincuenta mil años.
La idea de llevar dentro a uno de aquellos seres debería conmoverme, pero me deja frío. Inquieto, aunque frío: otra de esas paradojas con las que el cuerpo desmiente las palabras. Quizá he leído demasiado deprisa; quizá el horror, administrado en dosis sucesivas, termina por anestesiarnos. Deslizo el dedo hacia abajo para actualizar la pantalla. Lo hago sin pensarlo, con el gesto automático de quien palpa un bolsillo para comprobar que todavía conserva las llaves, y entonces comprendo que soy adicto a la información, no de una manera especulativa ni digna de tratamiento, sino con la obediencia discreta de quien necesita saber qué ha sucedido durante los últimos tres minutos para no sentirse expulsado de un mundo inasible.
Me he convertido en una enciclopedia orgánica que acumula datos sin encontrarles una estantería. Sé nombres de volcanes, capitales africanas, escritores suicidas, partículas subatómicas y presidentes depuestos; recuerdo la profundidad de algunas fosas marinas y el año en que se extinguieron animales que nunca vi. Después olvido dónde he dejado las gafas. No sé de todo. Ni siquiera sé demasiado. Las cosas me suenan, regresan cuando alguien las menciona, rozan alguna zona de mi memoria y me permiten asentir durante una conversación, completar una respuesta, ganar a una pregunta absurda en uno de esos juegos donde el conocimiento se mide por la velocidad con la que uno reconoce lo inútil. Ejerzo la memoria porque temo perderla, aunque sospecho que el verdadero peligro no consiste en olvidar, sino en almacenar tanto que nada llegue a adquirir significado. La curiosidad siempre puede más que la prudencia. También más que el cansancio. Actualizo otra vez.
El mal.
El bien.
Pienso en ellos como si fueran dos sustancias antiguas, dos minerales alojados en la sangre, y de inmediato, de nuevo, aparece el interés altruista, esa anomalía que estropea cualquier teoría sencilla sobre nuestra especie. ¿Por qué alguien entra en una casa en llamas para sacar a un desconocido? ¿Por qué una mujer dona un órgano a quien no ha visto nunca? ¿Por qué algunos comparten el pan cuando apenas les alcanza? Quizá exista también para eso una región del ADN, una orden diminuta transmitida por aquellos antepasados sin fósiles, una instrucción que nos obliga, de vez en cuando, a abandonar la comodidad del yo. Me gustaría creerlo, aunque convertir la bondad en un mecanismo biológico la empequeñece de algún modo. Si estamos programados para salvar a otro, ¿sigue siendo bondad? ¿Y qué mérito tendría amar si el amor fuese apenas una secreción bien organizada?
Alguien parece susurrarme al oído que la ciencia terminará sabiéndolo todo. No hay nadie detrás de mí, por supuesto; solo el zumbido del aire acondicionado y el zumbido molesto de los jardineros cortando el césped. Aun así, escucho esa promesa: todo será medido, descrito, convertido en secuencias, gráficas y modelos. La conciencia, el miedo, la culpa. El instante exacto en que dejamos de desear. La ciencia romperá la última barrera de lo irracional y nos devolverá desmitificadas las relaciones humanas, limpias de poesía, sometidas al rigor de una ecuación.
El amor.
La palabra aparece sola en la pantalla, incrustada en el titular de una entrevista a un matemático. Laurent Pujo-Menjouet. El nombre me parece demasiado elegante para un hombre que pretende introducir el deseo en una fórmula, aunque enseguida descubro que no habla exactamente de deseo. Ha estudiado enfermedades, poblaciones, especies que crecen o desaparecen, sistemas en los que una variación mínima puede alterar el resultado, y ahora utiliza esas mismas herramientas para observar a dos personas que se aman. O que se amaron. O que todavía creen amarse porque conservan una fotografía enmarcada, una cuenta bancaria común y la costumbre de preguntar qué cenamos.
Según él, las parejas no suelen romperse de repente. Se erosionan. Pierden fuerza de manera casi imperceptible, como un glaciar que retrocede unos centímetros cada verano, hasta que alguien compara dos fotografías tomadas con veinte años de diferencia y descubre que la montaña ha quedado desnuda. La relación posee una energía, una capacidad de resistencia que disminuye con cada decepción, con el resentimiento que no se expresa, con las conversaciones aplazadas, con esa rutina que no mata por sí sola, pero prepara el terreno para que cualquier herida resulte mortal. Mientras la fuerza se mantiene por encima de cierto umbral, la pareja sobrevive. Discute, se distancia, vuelve. Por debajo de ese límite, cada palabra pesa más de lo que significa y cada silencio contiene todos los anteriores.
Me pregunto cuántas veces habré cruzado ese umbral sin darme cuenta. Cuántas relaciones terminaron mucho antes del último abrazo, quizá la tarde en que uno de los dos dejó de escuchar una historia porque ya conocía el final, o aquella noche en que el cuerpo del otro, todavía desnudo, empezó a parecer un territorio demasiado conocido para seguir descubriéndolo. La ruptura visible sería solo el derrumbe, nunca la grieta inicial. Decimos que todo acabó por una infidelidad, una discusión, una frase pronunciada durante la cena, pero el matemático sostiene que esa frase no fue la causa: apenas la última gota, el peso añadido a una estructura que llevaba años cediendo.
Compara el amor con una especie en peligro de extinción. La imagen me incomoda porque veo enseguida un animal solo, el último de su especie, recorriendo un bosque donde ya no queda nadie capaz de reconocer su llamada. Veo al último de nuestros ancestros observando el horizonte sin conciencia de pérdida. Tal vez algunas parejas sean así: dos individuos que continúan juntos después de que su mundo haya desaparecido. Conservan las rutinas, celebran aniversarios, se hacen regalos, pero el ecosistema que permitía su amor —la curiosidad, la risa, el deseo de contarse el día— se ha degradado alrededor de ellos. No existe una causa única. Ningún cazador ha disparado. Ningún otro humano lo ha matado. Solo faltó alimento, disminuyó el agua, cambió la temperatura y aquello que parecía resistente comenzó a necesitar condiciones que nadie supo proteger.
El matemático no cree en el amor eterno por inercia. Tampoco parece despreciarlo. Habla de él como de un organismo que exige cuidados, una criatura menos noble de lo que aseguraban los poemas y más frágil de lo que admitimos cuando prometemos algo para siempre. La intensidad inicial no basta; el atractivo cambia, la novedad se agota, el sexo pierde a veces su urgencia y adquiere otras formas, más lentas, menos fotogénicas. Lo que sostiene una relación no es la perpetuación del comienzo, sino una arquitectura de la modestia: confianza, humor, libertad, respeto. Palabras gastadas por los manuales de autoayuda, aunque quizá el desgaste proceda de que las repetimos más de lo que las practicamos.
Las ecuaciones, según leo, prefieren también la sencillez emocional. Las relaciones más estables serían aquellas en las que el afecto obtiene una respuesta proporcionada: uno se acerca y el otro no huye; uno ofrece ternura y recibe algo que puede reconocer como ternura. Las persecuciones, los orgullos, las retiradas calculadas, toda esa coreografía que la literatura ha presentado como pasión, generan sistemas inestables. En las novelas, alguien desaparece durante meses y regresa bajo la lluvia; en la vida, quien desaparece suele acostumbrarse a no estar y quien espera termina aprendiendo a estar con él mismo.
Pienso que buena parte de mi educación sentimental consistió precisamente en admirar lo que las matemáticas desaconsejan. Confundimos la dificultad con la profundidad, el sufrimiento con la intensidad, la incertidumbre con el deseo. Nos enseñaron que amar era perder el equilibrio, no encontrarlo. Tal vez por eso desconfiamos de quien responde, de quien permanece, de quien no convierte cada gesto en un acertijo. La calma nos parece una forma menor del amor porque no produce grandes escenas. Nadie escribe mil páginas sobre dos personas que se escuchan, se respetan y se acuestan sin utilizar el silencio como castigo.
A pesar de todo, cruzar el umbral no tiene por qué significar la extinción. Una pareja puede recuperarse, afirma el matemático, del mismo modo que una especie amenazada vuelve a reproducirse si se restaura su hábitat. Pero salvar exige más energía que conservar. Hace falta perdonar, aunque la palabra perdón siempre oculte una contabilidad; hace falta esfuerzo, esa expresión que solemos utilizar cuando el deseo ha dejado de trabajar por nosotros; hace falta, sobre todo, que ambos quieran regresar al mismo lugar, no que uno reconstruya mientras el otro contempla las obras desde la acera. Quizá ahí radique la crueldad de su modelo. No en que reduzca el amor a una ecuación, sino en que demuestra cuánto trabajo requiere aquello que llamamos espontáneo. Cuidar antes de perder. Hablar antes de que el silencio adquiera la consistencia de una costumbre. Mirar el cuerpo conocido antes de que deje de parecernos un cuerpo y se transforme en una presencia doméstica, semejante a una lámpara, a un mueble, a una puerta que siempre estuvo allí.
Sigo leyendo. El matemático asegura que casi todo puede modelizarse porque las matemáticas estudian patrones, no números. Todo salvo un instante: el encuentro. Dos personas entran en un bar, coinciden en un tren, aceptan la invitación que estuvieron a punto de rechazar. Una levanta la cabeza. La otra mira. Nada de lo anterior permite predecir lo que ocurre entonces. El amor puede medirse cuando ya existe, quizá también cuando empieza a morir, pero nadie ha encontrado todavía la fórmula que determine por qué, entre todos los cuerpos de una habitación, uno adquiere de pronto una nitidez insoportable. Sin embargo, el algoritmo también altera la causalidad de un encuentro, la presencia de los cuerpos, cuando ofrece un catálogo seleccionado para que nos encontremos con el deseo. ¿Seguirá siendo mágico el hecho de seleccionar una fotografía ofrecida por la pantalla de nuestro móvil?
Por eso la ciencia no lo explica todo. Sigo convencido de que existe una causalidad que no alcanzamos a percibir, una conciencia compartida, una corriente subterránea que nos atraviesa y nos empuja, a veces de manera simultánea, hacia el bien y hacia el mal. No sé si llamarla espíritu, memoria de la especie o simple necesidad de encontrar un orden donde quizá no lo haya. Los nombres importan poco. Necesito creer que no somos cuerpos aislados, habitaciones cerradas, conciencias que nacen y mueren sin rozarse; que algo de cuanto pensamos, deseamos o tememos circula entre nosotros, igual que aquellos genes remotos viajaron de una especie a otra sin saber que transportaban el pasado.
Vuelven entonces las imágenes de decenas de miles de personas nadando hacia Ceuta. No sé si fueron realmente tantas o si el algoritmo, que también sabe construir multitudes, las ha multiplicado en mi memoria. Veo cabezas diminutas sobre el agua, brazos que avanzan con una torpeza desesperada, hombres y muchachos que se han desprendido de la ropa porque mojada pesa demasiado. Algunos nadan desnudos. La piel brilla unos segundos bajo el sol y después desaparece entre las olas. Pienso en quienes no llegaron, en los cuerpos que el mar retuvo sin preguntarles el nombre, en las madres que quizá continúan esperando una llamada porque nadie les ha explicado que también el agua sabe guardar silencio.
Han pasado miles de años desde aquellos antepasados sin fósiles y todavía hay hombres que se instalan en el mal con la comodidad de quien ocupa una casa heredada. Otros, mientras tanto, se lanzan al agua. También sus cuerpos son el resultado de la evolución: en sus células persisten los mismos muertos, las mismas migraciones antiguas, la misma obstinación de la carne por sobrevivir. También ellos se enamoran, dejan de amar, tienen miedo de quedarse solos, discuten por dinero, se ríen durante una cena, acarician a sus hijos mientras duermen. En ellos se produce el mismo milagro vulgar y desmesurado del deseo. Sus vidas no son más simples porque las contemplemos desde lejos ni empiezan en el instante en que aparecen sobre una pantalla.
¿Qué conduce a alguien hasta la orilla y le hace entrar en el agua? ¿En qué momento el mar parece menos peligroso que la tierra que abandona? Imagino los kilómetros recorridos, las noches sin dormir, el dinero entregado a hombres que prometen rutas y conocen el precio de cada tramo. Imagino el instante en que uno de ellos contempla la costa al otro lado y calcula la distancia sin instrumentos, como debieron de hacerlo los primeros seres humanos cuando dejaron atrás un territorio agotado. Tal vez no piensa en Europa, en fronteras ni en tratados. Tal vez piensa en una habitación, en un trabajo cualquiera, en la posibilidad de enviar dinero a casa. Tal vez solo piensa que debe seguir al hombre que nada delante.
Se internan en el mismo mar que acogió a Ulises, aunque ellos no llevan una diosa que los proteja ni un poeta dispuesto a recordar sus nombres. Ulises naufragó, perdió compañeros, llegó desnudo a una playa y fue recibido como un héroe. Estos hombres llegan desnudos y alguien los cuenta. Uno, dos, trescientos, diez mil. Las cifras vuelven a convertir la carne en abstracción. Cuando el número crece lo suficiente, dejamos de ver los dedos agarrotados, el agua que entra en los pulmones, el temblor de quien alcanza la arena y descubre que todavía no está a salvo. La estadística es una forma educada de apartar la mirada.
Necesito entenderlo, pero sé que me faltan argumentos, historia, economía, geografía, voces que no llegan a mis pantallas. No puedo abarcar el mundo leyendo unos cuantos chats, artículos resumidos y mensajes escritos por personas que ya habían decidido lo que pensaban antes de conocer los hechos. Se construye el relato desde los gabinetes que buscan mostrarnos un señuelo en que podamos focalizar nuestra ira o nuestra ternura como especie. La información me llena y, al mismo tiempo, me vacía. Cada texto promete una explicación completa; cada comentario reduce el sufrimiento a una consigna. Yo avanzo de uno a otro y termino encerrado en un corredor de rabia, bilis y palabras maltratadas.
El algoritmo también es cómplice de mi ignorancia. No porque me oculte las imágenes, sino porque me las entrega separadas de cuanto podría hacerlas comprensibles. Me muestra el cuerpo, pero no la vida anterior del cuerpo; el salto al agua, pero no el camino hasta la orilla; el grito, nunca los meses de silencio que lo precedieron. Después coloca debajo una frase cruel, una burla, una celebración del daño, y espera a que yo reaccione. Sabe que la indignación retiene más que la duda. Me obliga a escoger entre bandos antes de que haya tenido tiempo de mirar un rostro.
Sin embargo, veo a los muertos. Los veo en su plenitud, no como aparecen después en las fotografías, rígidos, cubiertos o alineados sobre una playa, sino vivos: comiendo con los dedos, enamorándose, bostezando, teniendo erecciones absurdas, riéndose de un amigo, apartando una mosca de la frente de un niño. Veo su desesperación, pero también todo aquello que la desesperación no consiguió borrar. Nadie es solo el momento en que muere. Antes hubo mañanas, canciones, deseos, una espalda que alguien reconocía en la oscuridad.
Y, mientras unos cuerpos se hunden, otros bailan. Hay fiestas junto al mismo mar, terrazas iluminadas, música que golpea el aire, vasos húmedos sobre las mesas, pieles tostadas que se buscan con esa alegría inconsciente de la carne cuando todavía no teme desaparecer. No los culpo. También yo he celebrado mientras alguien moría. Siempre está muriendo alguien mientras bebemos, besamos o dormimos. La conciencia humana no soportaría sentir a cada instante todo el dolor que ocurre lejos. Pero la proximidad me perturba: la misma agua puede sostener un yate y saturar unos pulmones; la misma noche puede oler a perfume en una orilla y a gasóleo, vómito y miedo en otra.
El hombre aparece ante mi mirada como una criatura prescindible para otros hombres. Eso es lo que no consigo ordenar. No el mal abstracto, no el gen que quizá heredamos de una especie desconocida, sino la facilidad con que decidimos que determinadas vidas pesan menos, que ciertos cuerpos pueden hundirse sin alterar el curso de la noche. Quizá la verdadera frontera no esté entre países, sino entre las personas cuya muerte nos obliga a detenernos y aquellas que convertimos en cifras.
Miro otra vez por la ventana. El calor continúa adherido al cristal; la calle parece desierta, aunque sé que en alguna casa alguien prepara una maleta, en otra alguien discute, en otra dos cuerpos se buscan como si el mundo fuese a terminar antes del amanecer. Todo sucede a la vez: el amor, la huida, el negocio, la fiesta, el ahogamiento.
Cierro la entrevista y dejo el teléfono boca abajo. Antes del encuentro, el azar; después, las ecuaciones. Entre ambos, nosotros, intentando no extinguirnos.
En el coche no todo cambia. Nada cambia. Todo cambia. El calor deja de ser una impresión del cuerpo y se convierte en una constante física, una certeza científica que el aire acondicionado tarda en desmentir. El volante quema, el cinturón me roza el cuello con una aspereza de esparto, el asiento conserva durante unos minutos la temperatura de un animal enfermo. Pienso de nuevo en mis antepasados, en cómo sobrellevarían el verano sin cristales tintados, sin agua fría, sin una corriente artificial soplándoles sobre el rostro; me pregunto si el calor les dolería como a nosotros o si el cuerpo, más cercano todavía a la tierra, aceptaba sin protesta aquello que no podía evitar.
Enciendo la radio. Hablan de Apocalypse Now, la película de Coppola, y el mal reaparece con la misma evidencia que la carretera casi vacía o el cansancio que me pesa detrás de los ojos. Ya no es una hipótesis genética ni una inclinación que podamos extirpar del código: es una certeza histórica. En El corazón de las tinieblas, el alma se mece hasta desprenderse de cuanto la hacía humana y regresar, satisfecha, a lo animal.
Aunque tal vez también ahí nos equivoquemos. Confundimos el mal con el instinto asesino, como si matar nos devolviera sin más a una naturaleza inocente. Muchos mamíferos matan sin hambre. Juegan con la presa, expulsan a los débiles, despedazan a las crías de otros machos. No es cierto que la violencia animal obedezca siempre a la necesidad de alimentarse. En cada ser vivo parece dormir un impulso por someter, devorar o destruir aquello que percibe como inferior, y esa pulsión resulta tan remota que casi me entran ganas de buscar en nuestro código genético qué dinosaurios reptan todavía por los cromosomas, qué criatura anterior al lenguaje continúa abriendo la boca
dentro de nosotros.
Veo a Marlon Brando en la oscuridad de su guarida, inmenso, casi oculto, convertido en el tirano de un reino podrido y lúcido en su delirio. Lo veo con una nitidez impropia mientras conduzco y el locutor cuenta que llegó al rodaje con tanto sobrepeso que Coppola tuvo que esconder su cuerpo entre sombras, que Dennis Hopper pidió veinticinco gramos de cocaína para poder trabajar, y no puedo evitar pensar que esa cantidad se aproxima al peso que alguien atribuyó al alma: una sustancia sin forma, sin volumen, imposible de localizar, pero que, según un mito urbano, abandona el cuerpo en el momento de la muerte.
Veinticinco gramos de cocaína.
Veintiún gramos de alma.
La proximidad entre ambas cifras me parece obscena, aunque sé que la relación no demuestra nada. La mente busca vínculos porque no soporta el desorden; construye puentes entre dos cantidades y enseguida cree haber encontrado una verdad. Quizá eso sea también la causalidad en la que insisto: nuestra negativa a admitir que dos cosas puedan ocurrir juntas sin estar destinadas a tocarse.
En la película hay muertos colgados, cuerpos abandonados, cadáveres que ni siquiera producen repugnancia porque el cine los convierte en decorado. No parecen personas: forman parte del clima, como el barro, el humo o las aspas de los helicópteros. El horror se vuelve hermoso cuando alguien sabe encuadrarlo. Sin embargo —sin embargo— el locutor explica que durante el rodaje en Filipinas se pidieron animales muertos para llenar una escena y que, entre ellos, aparecieron cadáveres humanos. Personas. Habían sido personas. No quiero preguntarme de dónde salieron, quién los entregó, cuánto costaron ni si la anécdota es cierta. Tampoco quiero imaginar a unos hombres profanando a otros muertos para filmar con mayor verosimilitud una película sobre el infierno.
Pero la imagen ya está dentro, alojada en algún lugar del trayecto hacia otro lugar, siempre otro lugar.
Un cadáver utilizado para representar un cadáver. La realidad contratada para fingirse a sí misma. Tal vez el cine no necesitó inventar el horror porque el horror se presentó en el rodaje dispuesto a trabajar de figurante.
El mal está presente. Respira incluso mientras conduzco por un paisaje que no parece desolado: campos amarillos, urbanizaciones blancas, una gasolinera, carteles que prometen apartamentos junto al mar. Ahora veo una playa a lo lejos mientras bajo por la carretera; la observo con la alucinación pasiva con que vemos las cosas que nos resultan habituales. Nada anuncia la barbarie. Ningún árbol se inclina para advertirme. El cielo conserva un azul limpio, casi indecente; el mundo continúa ofreciendo belleza mientras en algún lugar un cuerpo se hunde, otro es colgado y un tercero se convierte en atrezo. Quizá ahí resida una de las formas más intolerables del mal: no necesita oscurecer el paisaje ni detener la música. Convive con ambas cosas.
No alcanzo a entender este día de agosto. Quizá comprenderlo significaría aceptar que todos nadamos en las mismas aguas y que, aun así, algunos hemos aprendido a contemplar la vida desde la orilla.
Día 2
Me pregunto si seré ya un cíborg.
Es una palabra que siempre me ha gustado, quizá por mi relación con la ciencia ficción, que conserva algo de ciencia, por supuesto, aunque yo la he frecuentado sobre todo por su capacidad de entretenerme, de alejarme durante unas horas de este cuerpo y devolverme después a él convertido en una pregunta. Cuando me detengo en sus contradicciones filosóficas —en la identidad, la conciencia, la posibilidad de prolongar la vida o de transferirla a una máquina—, lo que parecía una aventura termina adquiriendo una gravedad incómoda: ¿en qué momento dejamos de ser únicamente humanos?, ¿cuánta materia extraña puede admitir un cuerpo antes de que la palabra cuerpo resulte insuficiente?
El mío no es un templo. Nunca lo ha sido. He conseguido burlar a la muerte porque, en realidad, la muerte no se ha puesto seria conmigo. Las dos veces en que estuve a punto de morir no vino a visitarme; mi padre sí, aunque estaba muerto, pero él tiene esas cosas. Aparece cuando quiere, sin respetar demasiado las fronteras que los vivos establecemos para sentirnos a salvo. No recuerdo si me habló o si su presencia bastó para que yo regresara. Tal vez no fuese él. Tal vez mi cerebro, falto de oxígeno o saturado de miedo, compuso su rostro porque necesitaba reconocer a alguien en aquella región sin muebles ni ventanas. Pero yo lo vi, o creo haberlo visto, y hay recuerdos cuya verdad no depende de que hayan sucedido.
Decía que mi cuerpo no es un templo porque está cubierto de cicatrices, incisiones y pequeñas deformidades que me recuerdan el precio de continuar vivo. Cada marca contiene una fecha, una sala iluminada con fluorescentes, el olor del desinfectante, una espera, la voz de alguien que intentó tranquilizarme sin conseguirlo. Algunas cicatrices se han vuelto tan pálidas que apenas las distingo; otras continúan bajo la piel como una escritura en relieve. Las toco y sé que soy también lo que me han abierto, lo que me extirparon, lo que repararon mientras yo dormía. Además, llevo incrustados elementos que no nacieron conmigo: prótesis, piezas fabricadas, materia sin memoria que ha aprendido a convivir con mis huesos. No sé si eso basta para convertirme en un cíborg o si hace falta una conexión más visible, una pantalla bajo la piel, un ojo capaz de ampliar la realidad, una articulación que emita un sonido eléctrico. Lo cierto es que ya no estoy hecho únicamente de carne. Dentro de mí hay objetos diseñados por otras personas, medidas tomadas sobre radiografías, aleaciones que salieron de una fábrica y terminaron incorporadas a mi intimidad. Esos elementos son ajenos y, sin embargo, ya son yo. Si me los quitaran, no recuperaría una pureza anterior: perdería una parte de mí mismo.
Me pregunto cuántos elementos extraños habrá que añadir todavía a esta masa de huesos, sangre y tejido fatigado. Quizá con los años me sustituyan otras piezas, articulaciones, válvulas, fragmentos de un cuerpo que se obstina en deteriorarse mientras la técnica lo remienda. Mi peso cambia de manera artificial. Hay gramos que no me pertenecían cuando nací, materiales que la báscula incluye sin distinguirlos del corazón, el hígado o la grasa. Cuando muera y alguien pese mi cadáver —si alguien lo hace—, ¿descontará el metal? ¿Podrá saberse qué parte de ese peso era verdaderamente mía? ¿Y habrá cambiado también el peso de mi alma, si es que el alma pesa, por haber tenido que alojarse en un cuerpo parcialmente reconstruido?
Es otro día de agosto. Esta mañana, al incorporarme a la autopista, he notado una brisa más fresca entrando por la ventanilla, una corriente breve que no vencía el calor. Entre la bruma, el sol surgía naranja e inmenso detrás de las grúas del puerto, tan redondo y preciso que parecía colocado allí para mí. Las estructuras metálicas se recortaban contra la luz como animales prehistóricos, cuellos articulados inclinándose sobre los cargueros. Durante unos segundos, la escena me ha recordado a una película, porque todo termina recordándonos a una película: hemos visto tantas imágenes antes de vivir las nuestras que la realidad parece llegar siempre después.
He intentado vaciar la mente y limitarme a mirar. No pensar en el trabajo, en el cuerpo, en mi padre muerto ni en las piezas que llevo dentro. Solo el sol ascendiendo entre las grúas, la niebla deshaciéndose sobre el agua y esa luz primitiva, anterior a cualquier cámara, que durante unos kilómetros me ha permitido avanzar sin preguntarme nada. Tal vez la belleza consista precisamente en eso: una suspensión momentánea de la conciencia, el raro privilegio de no tener que interpretarse.
El día todavía no había calentado los cuerpos ni el asfalto. Las carreteras conservaban algo de la noche y podía respirar, aunque la ansiedad continuaba allí, apretándome desde dentro, ocupando un lugar que ninguna prótesis sabría reemplazar. Iba a escribir que el dolor me mordía como un perro rabioso, pero la metáfora se presentó tan usada, tan satisfecha de sí misma, que tuve que apartarla. El dolor no muerde. El dolor acompaña. Se sienta a nuestro lado en el coche, mira por la ventanilla y permanece en silencio hasta que olvidamos que no viajamos solos. A veces sangra, aunque no haya herida visible. O quizá sangra la conciencia cuando se roza demasiado con la vida. No sé si vivir consiste en algo más que preguntarse de manera interminable quién es uno, qué parte le pertenece y cuál ha sido incorporada por los demás, por la enfermedad, por la memoria o por una tecnología que nos mantiene en pie. Quizá alguna respuesta llegue a satisfacernos. Lo dudo. Las respuestas verdaderas suelen durar poco; enseguida el cuerpo cambia, aparece otra cicatriz y la pregunta debe volver a formularse.
Abro de nuevo el ordenador, atiendo los asuntos del día y, cuando termino, vuelvo a mirar por la ventana. Esta vez no apoyo la yema del dedo sobre el cristal. Quiero conservar la brisa de esta mañana, su frescor improbable entrando por la ventanilla, y temo que el calor acumulado en la superficie me la borre. Hay sensaciones que duran mientras no se las contradice. Dejo el móvil apartado, boca abajo, lejos de la mano, como si bastara esa pequeña distancia para impedir que me devore el tiempo. Sin embargo, las noticias aparecen también en el ordenador, se suceden sin término, una detrás de otra, cada una empujando a la anterior hacia una región donde nada permanece. Las leo y, de manera absurda, observo mi dedo. Me pregunto si recordará lo sucedido ayer, si la piel conserva la temperatura del cristal o si cada contacto desaparece en el mismo instante en que retiramos la mano.
Creo que las máquinas nos espían. No es una sospecha nueva, pero continúa sorprendiéndome la precisión con la que se introducen en aquello que todavía no he dicho. Aparece una noticia sobre las yemas de los dedos. Podría atribuirlo al azar, a una de esas coincidencias que convierto enseguida en causalidad porque necesito que el mundo me responda, aunque la respuesta proceda de una pantalla. Imagino que acceden a las cámaras, al micrófono, a las palabras que escribimos y borramos antes de enviarlas. Mi ordenador debe de tener cámara y micrófono, pero no he hablado de dedos con nadie. No he pronunciado la palabra yema. Ni siquiera la he escrito esta mañana. ¿Han aprendido ya a encontrarse con nuestros pensamientos? ¿Qué clase de rastro deja una idea antes de convertirse en lenguaje?
La noticia comienza con una pregunta insignificante: por qué se arrugan los dedos después de permanecer un rato bajo el agua. Recuerdo aquellas yemas pálidas, cruzadas por surcos, que contemplábamos de niños al salir de la piscina como si el cuerpo hubiera envejecido durante el baño. Durante mucho tiempo, creímos que la piel absorbía agua y se hinchaba, una explicación sencilla que no requería voluntad alguna por parte del organismo. Pero no sucede así. El sistema nervioso interviene: ordena que los vasos sanguíneos situados bajo la piel se contraigan, disminuye el volumen que sostiene las yemas y la superficie se pliega.
Miro mis manos. También las arrugas obedecen a una orden. La idea me inquieta. Algo dentro de nosotros decide modificar la piel sin pedirnos permiso, ejecuta una operación diminuta para adaptarnos a un medio que apenas dura unos minutos. Las arrugas no serían un deterioro, sino una herramienta: permiten sujetar mejor los objetos mojados, expulsar el agua, aumentar la adherencia, igual que los surcos de un neumático impiden que la rueda resbale sobre la carretera. Pienso en los primeros hombres recogiendo piedras en un río, agarrando ramas húmedas, aferrándose a una orilla. Tal vez aquellos surcos transitorios los ayudaron a no perder el alimento o a no ser arrastrados por la corriente. No puedo evitar pensar que esos ancestros invisibles son responsables de que esté ahora mismo con las manos suspendidas sobre el teclado, mirándome las yemas como si acabaran de revelarme algo.
Entonces regreso a una piscina, a otro agosto, hace cuarenta años. Yo quería ser uno más de ellos. No recuerdo ya quiénes formaban con exactitud aquel ellos, aunque en la adolescencia siempre existe un grupo al que se desea pertenecer y otro del que se teme formar parte. Me bañaba en piscinas saturadas de un cloro antiguo, agresivo, que nosotros llamábamos lejía porque olía como las cocinas recién fregadas y dejaba en la piel una tirantez blanca. A mí me escocía. Permanecía horas dentro del agua, aunque sabía lo que ocurriría después. Las yemas de las manos y de los pies no se limitaban a arrugarse. Se abrían. La piel se desprendía en láminas finas, sangraba por algunas grietas y quedaba adherida a las toallas, a los bolsillos, a cualquier superficie que tocara. Yo escondía las manos. Cerraba los dedos o los mantenía bajo la mesa para que nadie preguntara. Sentía vergüenza de una anomalía que los demás podían ver, como si mi cuerpo hubiera revelado demasiado pronto que no sabía defenderse.
Estaba ella. No recuerdo qué camisa llevaba, pero en mi memoria es clara, quizá blanca o de un color tan pálido que cualquier mancha habría resultado visible. Yo quería tocarla. Quería apoyar la mano en su brazo, rozarle el hombro, comprobar si aquella cercanía que imaginaba podría existir también fuera de mi cabeza. No lo hice. Temía dejar sobre la tela una gota de sangre, un fragmento de piel, alguna señal de mi deterioro. El deseo detenido en las yemas. Todo el cuerpo empujándome hacia ella y cinco dedos abiertos obligándome a permanecer inmóvil. No sé si llegó a advertirlo. Quizá interpretó mi distancia como indiferencia, timidez o falta de deseo. Nunca le expliqué que no me atrevía a tocarla porque temía mancharla. Hay amores que no fracasan por falta de deseo, sino por una herida minúscula situada en el lugar exacto con el que deberíamos acariciar.
La noticia añade que la ausencia de arrugas tras sumergir la mano puede revelar una lesión nerviosa. Los médicos han utilizado esa reacción como una prueba sencilla: si los dedos no se pliegan, tal vez la orden no haya llegado. Me resulta extraño pensar que arrugarse pueda ser una señal de salud, que una deformación transitoria demuestre que el cuerpo continúa comunicándose consigo mismo. Estamos acostumbrados a desconfiar de las marcas, de las grietas, de cuanto altera la superficie. Sin embargo, a veces la piel se arruga porque el nervio todavía recuerda su trabajo. Tal vez las arrugas, las marcas de la edad y las cicatrices no sean únicamente deterioro, sino la manera en que el cuerpo cambia de agarre para que la vida no se le escurra del todo, para conservar sobre la superficie la prueba de haber vivido.
Vuelvo a mirar mis dedos. Ya no sangran. Las heridas de aquella piscina desaparecieron hace décadas, aunque ahora comprendo que algo de ellas permanece en la forma en que acerco la mano a otro cuerpo, en la precaución con la que toco, en el miedo a que toda caricia deje una mancha. La piel se regenera; el gesto, no siempre. Esa certeza me devuelve a este momento exacto de agosto, a un yo que intento reconocer. Tal vez por eso el ordenador me ha mostrado esta noticia. No porque escuche mis pensamientos, sino porque yo necesito creer que existe una inteligencia capaz de ordenar lo que recuerdo, de colocar una explicación científica junto a una vergüenza antigua y hacer que ambas se reconozcan. Los vasos se contraen, la piel pierde soporte y aparecen los surcos. Eso dice la medicina. Pero la memoria funciona de otra manera: algo dentro se contrae, el pasado pierde su sostén y la herida vuelve a abrirse.
El resto del día transcurre dentro de una vorágine administrativa: cientos de metros de pasillos, escaleras que subo y bajo varias veces, puertas cerradas, documentos que deberían estar en algún sitio y que nadie recuerda haber visto. La Administración se me aparece como un animal desmesurado cuya anatomía nadie conoce por completo. Cada órgano funciona separado de los demás; cada despacho conserva su propia circulación sanguínea, sus horarios, sus temores y sus pequeñas leyes. Las personas parecen islas comunicadas por correos que no llegan, llamadas que nadie responde y expedientes que navegan sin mapa entre una mesa y otra. Todos saben algo; nadie sabe lo suficiente. Decidir exige atravesar tantas voluntades que, cuando la decisión alcanza su destino, ya ha perdido la fuerza que la hizo necesaria.
Me desplazo por ese cuerpo fragmentado con una carpeta bajo el brazo, buscando un documento que ni siquiera me interesa, aunque su ausencia impide que todo lo demás avance. A veces me observo desde fuera: un hombre cansado recorriendo edificios casi vacíos, entrando en despachos donde queda una silla girada hacia la ventana, preguntando por nombres que pertenecen a personas de vacaciones, de baja o trasladadas a otra planta. No busco un tesoro. Busco una firma, una autorización, una frase pronunciada por alguien que se atreva a decir que sí, que es posible, que merece la pena preocuparse por que las cosas funcionen.
No consigo evitarlo. Hay quienes aceptan la interrupción como parte natural del sistema, dejan el asunto sobre una mesa y esperan a que el tiempo lo resuelva o lo vuelva irrelevante. Yo no puedo. La inmovilidad me produce una incomodidad física, una presión bajo el esternón. Necesito que los asuntos circulen, que una petición encuentre respuesta, que el papel llegue a la persona capaz de leerlo. Quizá no sea responsabilidad, sino una forma de ansiedad: la ilusión de que, si consigo ordenar el trabajo, algo dentro de mí quedará también en orden. Por eso continúo. Viajo de un edificio a otro, atravieso vestíbulos donde el aire acondicionado conserva un frío sin estación y llamo a puertas detrás de las cuales nadie parece tener la facultad de decidir. Pregunto, explico, regreso sobre mis pasos. Cada respuesta contiene una prevención: «no sé si me corresponde», «habría que consultarlo», «eso depende de otro servicio». La responsabilidad se diluye a medida que pasa de boca en boca, hasta que ya no pertenece a nadie. No existe una negativa clara contra la que rebelarse; solo una niebla de cautelas, competencias y silencios.
Al final, todo se desvanece en esa inseguridad y noto cómo la pesadumbre empieza a ocuparme. No llega de golpe. Se filtra por las pequeñas derrotas del día, por cada puerta que no conduce a ninguna decisión, por cada respuesta que devuelve el problema al pasillo del que procedía. Alimenta la ansiedad y golpea las preguntas que intento mantener quietas.
Doy las gracias cuando por fin encuentro a alguien. Doy las gracias antes incluso de saber si podrá ayudarme. Pido permiso para entrar, para sentarme, para explicar lo que necesito; agradezco que me escuchen, que busquen un nombre en el ordenador, que señalen otra puerta al final del pasillo. A veces sospecho que no agradezco únicamente el gesto, sino el hecho de haber sido visto. En un edificio donde todos parecemos fragmentos de funciones distintas, necesito que alguien levante la cabeza y reconozca durante unos segundos que estoy allí.
Una noticia que he leído —quizá esta mañana, quizá ayer; ya no sé ordenar lo que atraviesa la pantalla— afirmaba que hay personas que convierten la gratitud en una melodía cotidiana. Dan las gracias por una puerta sostenida, por un vaso de agua, por esa ayuda mínima que otros aceptarían sin advertirla. La psicología atribuye a esa costumbre una disposición amable: empatía, responsabilidad, una forma más luminosa de mirar la vida. Agradecer fortalecería los vínculos, nos obligaría a reconocer que no somos autosuficientes, que dependemos de gestos ajenos incluso para completar las tareas más insignificantes. Me gustaría quedarme con esa explicación. Pensar que agradezco porque valoro, porque todavía soy capaz de percibir el esfuerzo de los demás y no considero que el mundo esté obligado a servirme. Sin embargo, el artículo introducía después una fisura: algunos agradecimientos no nacen de la generosidad, sino de la necesidad de ser querido, valorado, aprobado. Hay quien dice «gracias» para construir ante los otros una versión aceptable de sí mismo. No todos los agradecimientos proceden del mismo lugar. En una sola palabra pueden convivir la bondad, la inseguridad, el miedo al rechazo y el deseo de que nadie nos considere una molestia.
Pienso entonces en la cantidad de veces que agradezco algo que todavía no ha sucedido. «Gracias por atenderme», digo cuando apenas han empezado a escucharme. «Gracias por mirarlo», aunque sé que quizá no lo miren. Mi gratitud parece contener una súplica: no me olvides cuando salga de este despacho, no dejes el documento bajo otra carpeta, no conviertas mi presencia en un ruido más del edificio. Tal vez doy las gracias para dejar una huella mínima en la memoria del otro, como quien marca con tiza una pared antes de internarse en un laberinto.
También necesitamos reconocer. Reconocer al otro, distinguirlo del cargo, de la mesa y de la función que desempeña. Pero necesitamos, sobre todo, ser reconocidos. Que alguien pronuncie nuestro nombre, recuerde una conversación anterior, sepa que ya pasamos por allí. Sin esa mirada, uno empieza a desdibujarse. Se convierte en el hombre de la carpeta, en una voz al teléfono, en una solicitud pendiente. Quizá por eso agradezco: para devolver humanidad a quien tengo delante y, al mismo tiempo, recibir una pequeña confirmación de la mía.
Aunque reconocerme resulta más difícil. Puedo identificar mi rostro, mi voz, mis cicatrices; puedo enumerar mis costumbres y explicar qué trabajo realizo, qué libros he leído, a quién he amado. Pero ninguna de esas cosas termina de responder a la pregunta. Tal vez agradecer, pedir permiso, insistir para que algo funcione sean únicamente gestos con los que intento mantener unida una identidad que se dispersa entre los corredores. Cada «gracias» diría entonces menos de mi educación que de mi temor a desaparecer.
¿Quién soy?
Sé que ninguna respuesta resiste demasiado el escrutinio morboso de la mente. La pregunta parece profunda, pero quizá sea una trampa del lenguaje: una estructura gramatical que presupone la existencia de algo estable donde solo hay cambios, recuerdos y materia. Decimos «yo» porque necesitamos un sujeto para los verbos, alguien que ame, que tema, que se equivoque, que firme documentos y responda cuando pronuncian su nombre. Pero ese pronombre no explica nada. Apenas señala un lugar. Somos, claro. Nos miramos al espejo, pronunciamos nuestro nombre, nos definimos mediante el trabajo, la edad, los afectos y las pérdidas. Decimos sí, no o tal vez. Reímos, lloramos, comemos, deseamos, cuidamos a alguien, lo herimos. Acumulamos actos y después afirmamos que todos pertenecen a la misma persona. Sin embargo, el acceso a nosotros se interrumpe bajo los ruidos que llegan del exterior: las obligaciones, las voces ajenas, los papeles que faltan, la necesidad de parecer coherentes. Nos distraen de aquello que somos y, al mismo tiempo, nos proporcionan los materiales con los que intentamos definirnos.
Cuando el ruido cesa, aparece el miedo. No el miedo a no saber quiénes somos, sino a descubrir que no existe detrás de las palabras una figura completa, solo fragmentos que hemos aprendido a reunir. Entonces recurrimos a definiciones elementales: profesión, familia, ideología, carácter. Soy esto. No soy aquello. Preferimos una definición insuficiente al vértigo de no encontrar ninguna. Ese trayecto hacia mí se parece al laberinto de los edificios que he recorrido durante la mañana. Hay corredores que terminan en puertas cerradas, plantas comunicadas por escaleras que no conducen adonde indican y habitaciones donde alguien asegura que debo preguntar en otro lugar. También se parece a la herida que reaparece cuando recuerdo mis yemas ensangrentadas. Cierro los ojos y la vergüenza de aquel adolescente continúa allí, conservada con una precisión que no posee el resto del día.
En la oscuridad interior de los párpados se proyecta una figura. Me ocurre a veces: una sombra erguida, vagamente humana, que no sé si procede del cansancio, de la presión de la luz sobre la retina o de alguna región más antigua de la conciencia. Hoy se parece a uno de aquellos antepasados sin fósiles, el desconocido cuyo rastro viaja en mi sangre. Tiene los hombros encorvados, los brazos demasiado largos y un rostro que todavía no ha aprendido a ser rostro. Me observa desde una distancia que no se mide en metros, sino en milenios. Poco a poco, sus facciones cambian. El cráneo se estrecha, la boca pierde su prominencia, los ojos se acercan a los míos. La transformación sucede sin violencia, como si aquel ser hubiera estado esperando dentro de mí el momento de reclamar su parentesco. Al final reconozco mi cara, aunque no es exactamente la que veo cada mañana en el espejo. Es más vieja y más joven, anterior a mis cicatrices y posterior a mi muerte.
Sé que también soy él.
Pero si él soy yo, si también lo son el adolescente que escondía las manos, el hombre que vio a su padre muerto y este funcionario que recorre pasillos buscando un papel perdido, ¿cuál de todos responde cuando pregunto quién soy?
Abro los ojos.
La carpeta continúa sobre mis rodillas. Dentro sigue faltando el documento.
Día 3
La mañana aparece sin sol. Los días se acortan con una precisión física que me asusta, no porque anuncien todavía un final de estación, sino porque demuestran que el tiempo trabaja incluso cuando no lo miramos. Hace unas semanas, a esta misma hora, la claridad ya había borrado la noche; hoy la madrugada continúa adherida a los márgenes de la autopista y el día apenas se atreve a insinuarse detrás de unas nubes cargadas de bochorno. Ayer el sol surgía entre las grúas del puerto, naranja, inmenso, con una perfección cinematográfica que parecía concebida para la escena; esta mañana solo hay una luz blanquecina, indecisa, extendida sobre el cielo como una gasa húmeda. El sol no aparece: queda reducido a una claridad sin forma detrás de las nubes.
Las grúas siguen allí. Intuyo sus brazos por encima de los contenedores, las mismas estructuras metálicas recortadas contra un fondo distinto, aunque no consigo mirarlas con atención. Conduzco hipnotizado por las líneas de la carretera, por la repetición de las farolas y por el movimiento de los coches que avanzan conmigo sin que ninguno de nosotros sepa nada de los demás. Cada vehículo contiene una vida cerrada: alguien escucha las noticias, alguien discute por teléfono, alguien repasa una conversación de la noche anterior. Yo pienso en este diario, en otros textos, en las preocupaciones que me esperan y que no podré evitar, aunque llegue más tarde, tome otra salida o continúe conduciendo hasta que el depósito se vacíe.
Hay días en que la mente se parece a una habitación desordenada; hoy se parece a un trastero antiguo. Aparecen frases sin fecha, imágenes que no sé a qué relato pertenecen, recuerdos que quizá inventé al escribirlos. Durante unos kilómetros, intento decidir si la literatura conserva la vida o la sustituye. Tal vez cuanto escribimos no impida que algo desaparezca, pero deja en su lugar una forma que podemos seguir tocando, como se toca una cicatriz para recordar una herida cuyo dolor ya no conseguimos reproducir. La literatura, tal vez, hace algo tan simple como contar mundos a los que no todos han podido acceder.
Al llegar, enciendo el ordenador. La pantalla tarda unos segundos en iluminarse y, cuando lo hace, una idea parpadea en ella. Me gusta imaginarlo así: no es el cursor, es una idea. Un aviso de que hay trabajo por delante, una pequeña señal vertical que aparece y desaparece en el lugar exacto donde debería comenzar una frase. Parpadea con paciencia. No exige nada, pero tampoco permite olvidar que la página está vacía.
Hace más de treinta años escribí un relato en el que quise poner todo lo que entonces creía poseer: densidad, pensamiento, erotismo, una oscuridad que confundía a veces con profundidad y una violencia verbal que me parecía necesaria para atravesar los cuerpos. Quería escribir con todo mi talento, aunque a esa edad uno todavía no sabe cuánto talento tiene ni qué parte de lo que considera estilo es solo impaciencia. No pretendía contar únicamente una historia. Quería que cada pensamiento contuviera otra gramática debajo, que el sexo revelara algo que los personajes no podían decir y que la noche se abriera alrededor de ellos como una conciencia.
Lo escribí en WordPerfect. El nombre regresa desde una época en la que los programas tenían algo de instrumento y algo de conjuro, cuando guardábamos los textos en disquetes y aceptábamos que un fallo pudiera borrar varias semanas de trabajo; a veces las borraba. Recuerdo la pantalla oscura, las letras brillantes, las combinaciones de teclas que había que aprender como quien memoriza los mandamientos de una religión menor. No existía la nube. Los archivos no nos acompañaban de un dispositivo a otro. Permanecían encerrados en soportes frágiles, confiados a una materia que envejecía peor que nosotros. El archivo sobrevivió, aunque sobrevivir no siempre significa conservarse. Cuando lo abrí años después, apareció convertido en una amalgama de símbolos, caracteres sin correspondencia, líneas partidas y palabras mutiladas. Había párrafos que comenzaban en mitad de una frase, signos que ocupaban el lugar de las vocales, secuencias incomprensibles en las que alguna palabra intacta emergía como una isla. La historia continuaba allí, pero enferma. No había desaparecido: había perdido la capacidad de explicarse.
Lo contemplé durante mucho tiempo con una tristeza desproporcionada. No era solo un texto dañado. Era una parte de mí que ya no sabía leer. El hombre que lo había escrito seguía enviándome señales desde aquel archivo, pero el código se había corrompido durante el viaje. Podía reconocer algunas palabras —cama, voz, noche, cabello, deseo— y, alrededor de ellas, intuía el movimiento de algo que una vez había conocido por completo. Era como recordar el rostro de una persona amada y descubrir que los rasgos se borran precisamente cuando intentamos fijarlos. Quería recuperarlo. No solo por nostalgia. Lo necesitaba porque había empezado a sospechar que aquel relato contenía una pregunta que yo continuaba formulándome treinta años después. Tal vez por eso regresan los textos. No vuelven para demostrar cuánto hemos mejorado, sino para revelarnos que seguimos atrapados en las mismas obsesiones, aunque ahora utilicemos palabras más precisas para nombrarlas.
Había leído que la inteligencia artificial podía reconstruir archivos deteriorados, completar secuencias, reconocer patrones allí donde el ojo humano solo percibía ruido. Me gustó la palabra «reconstruir». No implicaba escribir de nuevo, tampoco corregir al joven que fui desde la soberbia del hombre que soy. Reconstruir significaba trabajar con los restos, buscar la forma original entre las palabras supervivientes, escuchar los huecos, distinguir lo perdido de aquello que nunca llegó a estar bien escrito. Era una tarea arqueológica: retirar capas, limpiar fragmentos, disponerlos sobre una mesa y preguntarse qué figura habían formado antes de romperse.
Lo cierto es que ya trabajaba con aquella inteligencia. Me gusta escribir, pero la labor de edición siempre había recaído sobre mí: limpiar, fijar, desconfiar de cada frase, decidir qué debía permanecer y qué había que extirpar sin matar el texto. Mucha contaminación, mucho trabajo contra la soberbia que me salía de las entrañas. Por eso construí un prompt complejo, una acumulación de instrucciones que intentaba convertir la máquina en esa mirada exterior de la que carecía. La decisión de utilizarla conscientemente como editora nació, en parte, de una película sobre Max Perkins y su trabajo con mi adorado Thomas Wolfe. Yo no tenía un Perkins. La inteligencia artificial es la ayuda de los pobres.
Introduje las primeras páginas. La máquina respondió.
Al principio desconfié. La desconfianza se ha convertido en nuestra forma de relacionarnos con cualquier inteligencia que no comprendemos, quizá porque ni siquiera entendemos demasiado bien la nuestra. Leía cada propuesta buscando la impostura, la frase que no me pertenecía, el brillo artificial con el que la tecnología tiende a disimular que no ha encontrado nada. Rechacé palabras demasiado perfectas para ser mías, enlaces demasiado lógicos, metáforas que embellecían el texto a costa de volverlo ajeno. Pero, entre los símbolos y las lagunas, comenzaron a surgir frases que reconocía. No porque las recordara literalmente, sino porque conservaban mi respiración. Me vi en ellas. Fue una sensación más inquietante que agradable. La máquina había encontrado, bajo el deterioro, una cadencia que yo creía olvidada: las enumeraciones que se prolongaban hasta el agotamiento, las preguntas que no esperaban respuesta, la mezcla de erotismo y pensamiento, el deseo de convertir el cuerpo en una forma de conocimiento. Allí estaba el hombre que fui, aunque todavía no supiera que llegaría a convertirse en este otro hombre cubierto de cicatrices, con piezas extrañas dentro del cuerpo y una pantalla capaz de devolverle sus propias palabras.
De nuevo el cíborg. No el ser humano reforzado por una armadura brillante ni la criatura de ciencia ficción con un ojo rojo y una memoria infinita, sino algo más modesto: un artesano unido a su herramienta, dependiente de ella, incapaz de establecer con claridad dónde termina su trabajo y dónde comienza el de la máquina. La inteligencia artificial no escribía el relato por mí. Yo tampoco podía reconstruirlo sin ella. Entre ambos se formaba una conciencia provisional, una zona compartida en la que mi memoria, sus cálculos y los restos del archivo colaboraban para devolver la vida a algo que ninguno poseía por separado.
Pensé en mis prótesis. En los objetos fabricados que mi cuerpo había aceptado como propios. Aquella reconstrucción se les parecía: también el texto incorporaba ahora elementos que no estaban en su materia inicial, enlaces necesarios, palabras que ocupaban el lugar de otras irrecuperables. ¿Seguía siendo el mismo relato? ¿Sigo siendo yo después de cada operación? La identidad tal vez no consista en conservar intacta la materia, sino en mantener una continuidad reconocible a través de las sustituciones.
El relato se llama Radio.
Doy las gracias, por supuesto. A la máquina, al azar que conservó el archivo, al joven que lo escribió y quizá también al texto, porque algunos textos poseen la obstinación de los seres vivos: se deforman, enferman, pierden fragmentos, pero continúan esperando que alguien los reconozca.
La recuperación no consistió en volver a escribirlo desde el principio. Habría sido más sencillo y, al mismo tiempo, una traición. Entré en él como se entra en una casa después de una ausencia demasiado larga. Algunos muebles permanecían en su sitio; otros habían desaparecido, y sobre las paredes se distinguían rectángulos más claros allí donde antes hubo cuadros. Reconocía una habitación, una cama, una radio antigua, dos cuerpos acostados muy cerca y, sin embargo, separados por una distancia imposible de medir; siempre pensé que era geográfica, una frontera trazada sobre el colchón. Reconocía también la noche avanzando hacia el amanecer y una voz masculina que atravesaba la oscuridad. Aquellos eran los elementos que no podían modificarse. Las columnas aún en pie.
Los personajes se llamaban Ius y Sibil·la. Dormían —o fingían dormir— en la misma cama mientras una radionovela erótica ocupaba la habitación. La radio no era un objeto colocado sobre una mesa; se convertía en una presencia, en un tercer cuerpo sin carne que respiraba a través del altavoz y penetraba en la intimidad de la pareja. Ius escuchaba. Sibil·la parecía dormida, aunque su cuerpo comenzaba a responder a las palabras que llegaban desde la oscuridad.
Al recuperar las palabras perdidas, tuve que averiguar quién pensaba en cada momento. El deterioro había mezclado las conciencias: una sensación comenzaba en Ius y terminaba en Sibil·la; un deseo parecía pertenecer a la voz de la radio y, en la locución siguiente, se adhería al cuerpo que la escuchaba. No quería eliminar esa ambigüedad, porque el relato estaba construido precisamente sobre el contagio del deseo, sobre la imposibilidad de saber dónde nace una fantasía y en qué cuerpo termina. Pero una cosa es el misterio y otra la confusión. La ambigüedad abre posibilidades; la confusión se limita a cerrar la puerta.
Fui ordenando los desplazamientos. No para separar por completo las voces, sino para que pudieran mezclarse sin perder su origen. A veces bastaba una coma. Otras veces había que recuperar una frase entera a partir de dos palabras y de la dirección que parecía seguir el deseo. Me sorprendió comprobar que la puntuación podía contener tanta memoria. Un punto demasiado temprano detenía la respiración; una coma permitía que la excitación continuara extendiéndose. Corregir el relato consistía, en buena medida, en devolverle su pulso. El trabajo me satisfacía: aquel esfuerzo enorme no me convertía en otro, pero recuperaba para mí a ese otro que también soy.
Tenía que escucharlo, porque Radio está hecho de repeticiones, de nombres que regresan, de ojos, cabello, humedad, noche y cuerpos pronunciados varias veces hasta dejar de significar exactamente lo mismo. Algunas reiteraciones procedían de la torpeza. Otras eran musicales. No podía eliminarlas aplicando una higiene mecánica, sustituyendo cada palabra repetida por un sinónimo más elegante. Había que distinguir el eco involuntario de la obsesión, la pobreza léxica de la letanía. Una voz que desea no obedece a un manual de gramática; vuelve al mismo lugar, insiste, roza una imagen hasta desgastarla.
También las formas debían ocupar un espacio distinto. La voz de la radio, los pensamientos, las palabras pronunciadas en la habitación y los nombres que ardían dentro de la fantasía no podían confundirse sobre la página. La tipografía se convirtió en una arquitectura silenciosa. Cursivas, rayas, pausas. Pequeñas decisiones que ayudaban al lector a orientarse sin expulsarlo de la corriente. El texto debía permitir que uno se perdiera en el deseo, no en la distribución de las voces.
No añadí personajes, subtramas ni nuevos artificios. El atrezo ya bastaba. Todo ocurría dentro de aquella habitación, en unos metros de cama y en el espacio mucho más amplio de dos conciencias que evitaban tocarse. La ampliación debía producirse hacia dentro. Había que dar espesor al desgaste de la pareja, a esa convivencia en la que los cuerpos continúan compartiendo calor, horarios y sábanas, pero han dejado de reconocerse como lugares posibles del deseo. No quería indagar en el momento del nacimiento, su adolescencia estrenada; quería entender los porqués de la pérdida.
Ius se abandona a la voz masculina que sale del aparato. No sabe quién habla. No conoce su edad, su rostro ni la forma de sus manos. Precisamente por eso puede imaginarlo todo. La ausencia de cuerpo permite que la voz adopte cualquier cuerpo, que se vuelva desmesurada, poderosa, capaz de entrar en zonas de Ius que hasta entonces no tenían nombre. No se trata solo de que desee a un hombre; es un hecho que busca llamar la atención del lector. Desea aquello que la voz despierta en él, la posibilidad de abandonar la identidad que había aceptado como una habitación demasiado estrecha.
Sibil·la escucha la misma voz y construye con ella otra presencia. Para ella no representa únicamente a un amante. Es una mirada que la devuelve a sí misma. La voz la reconoce como mujer deseable sin haber visto su cuerpo, sin conocer el cansancio acumulado, la edad ni la rutina. Le ofrece algo que Ius ha dejado de ofrecerle o que ella ya no sabe recibir de él: la certeza de que todavía puede provocar deseo.
Mientras reconstruía esas escenas, comprendí que la radio no creaba la distancia entre ellos. La revelaba. Ius y Sibil·la siguen acostados a pocos centímetros. Respiran el mismo aire, deforman el mismo colchón, escuchan las mismas palabras. Sin embargo, cada uno se ha encerrado en una habitación interior distinta. No han dejado necesariamente de desear. Han dejado de considerarse destinatarios posibles de ese deseo. El cuerpo cercano se ha vuelto demasiado conocido; la voz lejana conserva todas las formas porque todavía no ha tenido tiempo de decepcionarlos.
Ese es el verdadero argumento del relato y quizá también la razón por la que necesitaba recuperarlo. Radio no habla solo de sexo. Habla del lugar al que se desplaza el deseo cuando la costumbre desgasta la mirada. De lo que ocurre cuando seguimos amando —si es que todavía amamos— a alguien a quien ya no conseguimos imaginar. La rutina no elimina el cuerpo, pero lo vuelve invisible. Seguimos durmiendo junto a una espalda, unas piernas, una boca; dejamos de verlas porque creemos conocerlas demasiado.
La cama se transforma así en una frontera. Debería ser el lugar de la unión y se convierte en la superficie exacta donde se mide la distancia. Ambos experimentan una transformación en presencia del otro, pero ninguno se atreve a moverse. Ius no toca a Sibil·la. Sibil·la no abre los ojos. Cada uno teme que el gesto revele demasiado: no solo el deseo, sino su dirección equivocada. Ese es el descubrimiento del relato: la voz habla por ellos, desea por ellos, vive la escena que ellos no se atreven a vivir.
Al ampliar el cuento, no necesitaba explicar que estaban solos. Bastaba una sábana que ninguno cruzaba, un vaso sobre la mesilla, el crujido del aparato, la luz del pasillo entrando por debajo de la puerta. La soledad debía aparecer adherida a las cosas. Allí donde el texto antiguo afirmaba una emoción, busqué el movimiento que pudiera contenerla: una respiración retenida, una mano que se detiene, unos ojos cerrados con demasiada fuerza. El erotismo se convertía entonces en una forma de conocimiento. Ius descubría que su deseo no cabía por completo en la identidad que había aceptado; Sibil·la comprendía que su cuerpo no estaba muerto, solo había permanecido demasiado tiempo sin ser llamado. La radio no les explicaba quiénes eran. Les hacía sentir aquello que habían evitado preguntarse.
Volví a pensar en la pregunta del día anterior.
¿Quién soy?
Quizá somos también aquello que nos excita cuando nadie nos observa, la imagen que aparece al cerrar los ojos, la voz que permitimos entrar porque carece de cuerpo y, por tanto, no puede juzgarnos. Tal vez la identidad no se encuentre en lo que declaramos, sino en las zonas donde la declaración fracasa. Ius no sabe quién es hasta que escucha. Sibil·la tampoco. El deseo altera las etiquetas, los géneros, las edades, los papeles aprendidos e incluso la propiedad del propio cuerpo. Butler afirma que el cuerpo también se construye socialmente, y pienso que tiene razón, aunque esa construcción no proceda solo de las normas, los discursos o los nombres que recibimos: también nos construye la mirada de los otros, la forma en que perciben nuestros límites, nuestra simetría, el volumen que ocupamos, la belleza o la anomalía que creen reconocer en ese nosotros. El cuerpo es más que una imagen, pero nunca consigue escapar por completo de ella; es intimidad, materia y mismidad, el lugar desde el que miro y, al mismo tiempo, aquello que los demás ven cuando me miran. Es mi yo vuelto superficie, expuesto a una interpretación que no controlo. La paradoja del relato es que la voz consigue despertar a los dos, pero no reunirlos. Ambos renacen durante unas horas y, aun así, el amanecer los encuentra separados. No hay reconciliación, confesión ni encuentro reparador. La noche les devuelve algo que creían perdido, aunque no les enseña a compartirlo. Quizá, después de escuchar, la distancia sea incluso mayor: ahora saben que todavía pueden estremecerse, pero también que necesitan imaginar a otro.
La radio actúa como un espejo que no devuelve el rostro, sino lo que se oculta detrás de él. También como una usurpadora. Les permite reconocerse y, al mismo tiempo, ocupa el lugar del cuerpo real. Se introduce entre ambos sin tocar la cama; convierte la ausencia en amante y la voz en carne.
Mientras trabajaba, tuve la sensación de que la inteligencia artificial hacía conmigo algo semejante. No ocupaba mi lugar, pero se instalaba entre el escritor que fui y el hombre que intentaba recuperarlo. Carecía de memoria propia, aunque organizaba la mía. No conocía la cama de Ius y Sibil·la, pero podía ayudarme a reconstruir la habitación. Era también una voz sin cuerpo, una presencia que adquiría forma a partir de mis carencias.
La coincidencia me perturbó.
Treinta años antes había escrito sobre dos personas transformadas por una voz que salía de una máquina. Lo había escrito desde una juventud que se prolongaba más de la cuenta, no como una premonición de la inteligencia artificial, sino como una intuición de la vida, como quien abre un cuerpo para averiguar dónde duele y pregunta allí donde los demás prefieren no hacerlo. Ahora otra máquina me ayudaba a devolverles la voz. Radio no solo hablaba de ellos; parecía haber esperado todo ese tiempo para representar su propio rescate. El aparato del relato despertaba el deseo de los personajes. El ordenador despertaba las palabras muertas del archivo. La literatura, la carne y la tecnología se cerraban sobre sí mismas como una cinta sin principio visible.
Cuando terminé una de las páginas, cerré los ojos. Esperaba ver al humanoide del día anterior, aquel ancestro sin nombre que terminaba adoptando mi rostro. En su lugar apareció una habitación oscura. Dos cuerpos permanecían acostados sin tocarse. Entre ellos, sobre una mesa, una radio antigua emitía una luz mínima. No escuché lo que decía, quizá porque la voz era la mía o quizá porque nunca fue mía del todo. Solo la literatura podía hacerme dudar de ambas cosas.
Reconstruir Radio se parece a restaurar una pintura dañada: retirar la suciedad sin borrar las pinceladas, completar una zona perdida sin fingir que nunca había sufrido deterioro. No quería domesticar el relato, hacerlo más correcto a costa de su violencia o convertirlo en una versión respetable de aquello que fue. Mi tarea consistía en permitir que su extrañeza pudiera entenderse, que el lector entrara sin tropezar con las fracturas del archivo, aunque siguiera tropezando con lo que el texto contaba. Al final comprendí que la recuperación no había consistido solo en salvar unas páginas. También había recuperado una manera antigua de mirar el deseo, una voz que ya contenía al hombre en que iba a convertirme sin que ninguno de los dos pudiera saberlo. Me reconocí en aquellas frases del mismo modo que había deseado ser reconocido en los despachos, cuando daba las gracias para no desaparecer. La diferencia era que el texto no necesitaba que yo le explicara quién era. Me reconocía antes de que yo pudiera hacerlo.
El relato terminaba con una verdad casi perfecta.
Casi, porque la ficción descubre aquello que los cuerpos callan, pero no puede salvarlos. La voz sabe que Ius y Sibil·la continúan vivos, que todavía son capaces de desear, aunque ya no sepan hacerlo en la misma dirección; sabe la verdad, pero no puede enseñarles a compartirla.
Miro el cursor. Continúa parpadeando.
Fuera, el sol no ha conseguido atravesar las nubes y las grúas del puerto deben de seguir moviéndose sobre un paisaje que ahora no puedo ver. Dentro del ordenador, una pareja espera el amanecer desde hace más de treinta años. Dentro de mí, el joven que escribió el relato y el hombre que lo reconstruye se observan sin reconocerse del todo. Entre ambos, una máquina. Entre ambos, una voz. Entre ambos, quizá, eso que llamamos yo.
Al fin y al cabo, solo han pasado tres días de agosto.
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